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La Semilla en buena tierra

27 Jun

17 de mayo a las 1:47
El Salvador dice de la semilla que cayó en buen terreno: “Este es el que oye y entiende la palabra, y el que lleva fruto: y lleva uno a ciento, y otro a sesenta, y otro a treinta”. “La que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y llevan fruto en paciencia”.

El “corazón bueno y recto” mencionado en la parábola, no es un corazón sin pecado; pues se predica el Evangelio a los perdidos. Cristo dijo: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.* Tiene corazón recto el que se rinde a la convicción del Espíritu Santo. Confiesa su pecado, y siente su necesidad de la misericordia y el amor de Dios. Tiene el deseo sincero de conocer la verdad para obedecerla. El “corazón bueno” es el que cree y tiene fe en la palabra de Dios. Sin fe es imposible recibir la palabra. “El que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”.*

“Este es el que oye, y entiende la palabra”. Los fariseos de los días de Cristo cerraron los ojos para no ver y los oídos para no oír, y en esa forma, la verdad no les pudo llegar al corazón. Habían de sufrir el castigo por su ignorancia voluntaria y la ceguera que se imponían a sí mismos. Pero Cristo enseñó a sus discípulos que ellos habían de abrir su mente a la instrucción y habían de estar listos para creer. Pronunció una bendición sobre ellos porque vieron y oyeron con ojos y oídos creyentes.

El oyente que se asemeja al buen terreno, recibe la palabra, “no como palabra de hombres, sino según lo es verdaderamente, la palabra de Dios”.* Sólo es un verdadero estudiante el que recibe las Escrituras como la voz de Dios que le habla. Tiembla ante la Palabra; porque para él es una viviente realidad. Abre su entendimiento y corazón para recibirla. Oyentes tales eran Cornelio y sus amigos, que dijeron al apóstol Pedro: “Ahora pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oír todo lo que Dios te ha mandado”.*

El conocimiento de la verdad depende no tanto de la fuerza intelectual como de la pureza de propósito, la sencillez de una fe ferviente y confiada. Los ángeles de Dios se acercan a los que con humildad de corazón buscan la dirección divina. Se les da el Espíritu Santo para abrirles los ricos tesoros de la verdad.

Los oyentes que son comparables a un buen terreno, habiendo oído la palabra, la guardan. Satanás con todos sus agentes del mal no puede arrebatársela.

No es suficiente sólo oír o leer la Palabra; el que desea sacar provecho de las Escrituras, debe meditar acerca de la verdad que le ha sido presentada. Por medio de ferviente atención y del pensar impregnado de oración debe aprender el significado de las palabras de verdad, y debe beber profundamente del espíritu de los oráculos santos.

Dios manda que llenemos la mente con pensamientos grandes y puros. Desea que meditemos en su amor y misericordia, que estudiemos su obra maravillosa en el gran plan de la redención. Entonces podremos comprender la verdad con claridad cada vez mayor, nuestro deseo de pureza de corazón y claridad de pensamiento será más elevado y más santo. El alma que mora en la atmósfera pura de los pensamientos santos, será transformada por la comunión con Dios por medio del estudio de la Escrituras.

“Y llevan fruto”. Los que habiendo recibido la palabra la guardan, darán frutos de obediencia. La palabra de Dios, recibida en el alma, se manifestará en buenas obras. Sus resultados se verán en una vida y un carácter semejantes a los de Cristo. Jesús dijo de sí mismo: “El hacer tu voluntad, Dios mío, hame agradado; y tu ley está en medio de mis entrañas”. “No busco mi voluntad, mas la voluntad del que me envió, del Padre”. Y la Escritura dice: “El que dice que está en él, debe andar como él anduvo”.*

La palabra de Dios choca a menudo con rasgos de carácter hereditarios y cultivados del hombre y con sus hábitos de vida, pero el oidor que se asemeja al buen terreno, al recibir la palabra, acepta todas sus condiciones y requisitos. Sus hábitos, costumbres y prácticas se someten a la palabra de Dios. Ante su vista los mandamientos del hombre finito y falible, se hacen insignificantes al lado de la palabra del Dios infinito. De todo corazón y con un solo propósito busca la vida eterna, y obedecerá la verdad a costa de pérdidas, persecuciones y la muerte misma.

Y da fruto “en paciencia”. Nadie que reciba la palabra de Dios quedará libre de dificultades y pruebas; pero cuando se presenta la aflicción, el verdadero cristiano no se inquieta, no pierde la confianza ni se desalienta. Aunque no podamos ver los resultados finales, ni podamos discernir el propósito de las providencias de Dios, no hemos de desechar nuestra confianza. Recordando las tiernas misericordias del Señor, debemos descargar en él nuestra inquietud y esperar con paciencia su salvación.

La vida espiritual se fortalece con el conflicto. Las pruebas, cuando se las sobrelleva bien, desarrollan la firmeza de carácter y las preciosas gracias espirituales. El fruto perfecto de la fe, la mansedumbre y el amor, a menudo maduran mejor entre las nubes tormentosas y la oscuridad.

“El labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia, hasta que reciba la lluvia temprana y tardía”.* Así también el cristiano debe esperar en su vida los frutos de la palabra de Dios.

Muchas veces, cuando pedimos en oración las gracias del Espíritu, para contestar nuestras oraciones, Dios nos coloca en circunstancias que nos permiten desarrollar esos frutos; pero no entendemos su propósito, nos asombramos y desanimamos. Sin embargo, nadie puede desarrollar esas gracias a no ser por medio del proceso del crecimiento y la producción de frutos. Nuestra parte consiste en recibir la palabra de Dios, aferrarnos de ella, y rendirnos plenamente a su dominio; así se cumplirá en nosotros su propósito.

“El que me ama -dijo Cristo-, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos con él morada”.* En nosotros se manifestará la influencia dominante de una mente más fuerte y perfecta; porque tenemos una relación viviente con la fuente de una fortaleza que lo soporta todo. En nuestra vida divina seremos llevados a Jesucristo en cautividad. No viviremos por más tiempo la vida común de egoísmo, sino que Cristo vivirá en nosotros. Su carácter se reproducirá en nuestra naturaleza. Así llevaremos los frutos del Espíritu Santo: “Uno a treinta, otro a sesenta, y otro a ciento”.

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