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EL VERDADERO 9 DE JULIO DE 1816

9 Jul

Fecha publicación:09/07/2002, FRANCISCO NARCISO DE LAPRIDA

EL VERDADERO 9 DE JULIO DE 1816

La propaganda oficial del 9 de julio – Día de la Independencia – se basa en escarapelas, banderas que ondean al viento, marcha marciales y se repite el himno nacional. Lo que no esta mal porque son símbolos sagrados de la argentinidad, pero de lo que no se habla o solo se hace de manera fugaz es del verdadero 9 de julio de 1816.

En la Argentina actual, convertida en una factoría que es depredada por intereses extranjeros, burguesías nacionales y políticos venales, bueno es recordar los aspectos desconocidos del 9 de julio de 1816.

Era una época difícil para la Patria, donde la globalización de ese tiempo estaba dirigida por el capitalismo inglés y la restauración de las monarquías absolutistas en Europa. La causa de la Revolución de Mayo de 1810 había sido derrotada militarmente por el refuerzo de tropas españolas en Venezuela y la recuperación por los realistas de la Capitanía de Chile. Entre 1813 y 1815 se habían producido derrotas militares de las fuerzas revolucionarias y el insigne Libertador Simón Bolívar debió refugiarse en Jamaica desde donde iba a dictar su famoso manifiesto por la liberación americana.

La llama de la revolución sólo quedó encendida en Buenos Aires y en la Banda Oriental, recuperada de manos extranjeras. San Martín preparaba su ejército en el Plumerillo, Mendoza dentro de la estrategia militar de la Logia Lautaro, cuyo fin era trasponer los Andes, liberar a Chile, subir por mar y tierra por la zona andina a liberar el Perú y reunirse con las fuerzas que batallaban en Venezuela junto a Bolívar.

El Libertador San Martín dio dos instrucciones. Al salteño Martín de Güemes para que iniciara la guerra de guerrillas, a fin de parar a los realistas utilizando todos los medios y sublevando a la población gauchos, indios, negros y burgueses. La otra insistencia de San Martín que se canalizó a través del diputado mendocino Tomás Godoy Cruz (1791 – 1852), Francisco Narciso de Laprida (1780 – 1829) y otros políticos fue la necesidad de declarar la Independencia.

La situación política

Laprida que salvo un monumento Jachal, San Juan y una calle en Buenos Aires sólo es recordado en la Argentina por una marca de cuadernos escolares. La historia oficial se ha encargado de hacer desaparecer a verdaderos próceres, deformar sus vidas y su recuerdo histórico y su verdadero papel político e ideológico.

El Congreso de 1816 que reunió a una treintena de diputados se congregó en las condiciones más difíciles internacionales y nacionales latinoamericanas. Estaba dominado por la Logia Lautaro y por un conjunto de diputados pertenecientes a la masonería, expresión del liberalismo revolucionario de la época, a ellos se unieron sacerdotes católicos sublevados contra el Vaticano como el insigne Fray Justo Santa María de Oro (1772 – 1836) que fue uno de los más ardorosos defensores del sistema republicano de gobierno. Lo que no fue poco porque había sectores que defendían la idea de una monarquía constitucional, de origen incaico y también operaban los carlotistas.
En el Congreso de Tucumán, en una modesta casa ofrecida por la Sra. Bazán, la treintena de diputados estaban recorridos por dos tensiones políticas. La primera fue que ese Congreso declaró no sólo la Independencia de la Argentina porque su ideal era la liberación revolucionaria continental del yugo español, que era la concepción de Mariano Moreno, Julián Alvarez, San Martín y Bolívar. No hay que olvidar que varios diputados procedían del Alto Perú es decir Bolivia cuya Universidad de Chuquisaca irradió el ideal iluminista de la Revolución Francesa y las concepciones sobre tiranicidio y resistencia a la opresión de John Locke y los jesuitas Mariana y Suárez.

La otra tensión era el debate entre formas de estado y formas de gobierno, los partidarios de la monarquía constitucional lo hacían impresionados por la restauración reaccionaria en Europa (entre ellos figuraban San Martín y Belgrano). Después de la caída de Napoleón Bonaparte, derrotado por los imperialistas ingleses, la Santa Alianza impuso gobiernos despóticos en todo el Viejo Continente especialmente en España con la restauración del absolutista Fernando VII (1784 – 1833) que quería recuperar los territorios americanos.

El verdadero Laprida

Laprida jugó un papel muy singular. Había una presidencia rotativa en el Congreso de Tucumán, las provincias o regiones elegían a su representante y San Juan lo instituyó al abogado Laprida. En realidad, había algunos indecisos como algún diputado de Tucumán, sobre la necesidad de declarar la Independencia. Porque ello iba a significar sangre, dolor y lagrimas para los americanos, ante la reacción mundial. Gran Bretaña había tomado una posición de prescindencia en 1816, el Vaticano apoyaba a España y toda la vieja Europa quería cortarle la cabeza a los “jacobinos” americanos.

Los liberales españoles fueron doblegados, acusándoselos de afrancesados, pero lo cierto es que ayudaron mucho a nuestra Independencia como cuando el General Riego (Rafael del Riego y Núñez, 1785 – 1823) se sublevó en Cabezas de San Juan, España (1820), impidiendo así que los ejércitos españoles de relevo vinieran a América a sofocar la Revolución. El masón Riego fue ejecutado por orden de Fernando VII y lamentablemente, en toda América Latina no hay un monumento en su memoria. De todas maneras su nombre ha sido inmortalizado por el himno de la Segunda República española (1931 – 1939).

Unitarios y Federales se unieron en 1816 dejando de lado sus banderías políticas y declararon la Independencia. Las voces de Laprida, Godoy Cruz y Santa María de Oro fueron decisivas como también los representantes bolivianos (Alto Perú).

Es interesante rescatar que en la declaración escrita por Laprida del diputado Pedro A. Medrano (1764 – 1840) que hizo agregar a la Declaración de la Independencia respecto de España la frase: “y de toda otra dominación extranjera”. Medrano federal dorreguista colaboró con el gobierno del Brigadier General Juan Manuel de Rosas.

Laprida, que sólo fue recordado por un descendiente en un programa radial del día de la fecha, murió asesinado en San Juan. El cura Aldao ordenó que fuera degollado “ese doctorcito”, como lo llamaba despectivamente. Sus restos desaparecieron y no tiene una tumba. Bueno sería recordar la historia como fue para sacar conclusiones sobre la Argentina actual, repleta de filisteos y ladrones gobernantes, necesitada de ejemplos éticos y decisiones políticas valientes como la de aquellos hombres del 9 de julio de 1816.