Archivo | enero, 2009

¿Estás listo para el desafío?

31 Ene

¿Estás listo para el desafío?

¡Los mayores desafíos de la vida se encuentran en las decisiones del diario vivir! Si aprendes a escoger con sabiduría y a sacar provecho de tus experiencias, estarás mejor preparado para un prometedor futuro.

Por Larry Greider

¿Has meditado alguna vez sobre lo aburrida que sería la vida si no fuera por su extraordinaria variedad? Dios nos da una increíble diversidad por medio de su creación —el día y la noche, las estaciones del año y los ciclos de la naturaleza— lo que hace que la vida esté colmada de contrastes, cambios y desafíos. La vida está llena de suficiente variedad y aventuras como para impulsarnos continuamente a salir de nuestra zona de seguridad.

Nuestros artículos intentan animarte a sacar el mayor provecho de tu vida y a cultivar una dimensión espiritual más profunda para que tengas la confianza de que vas a poder desarrollar ampliamente tu potencial.

La juventud es un tiempo para desperezarse y enfrentar nuevos desafíos. Ya sea aprendiendo a tocar un instrumento musical, aprendiendo un nuevo idioma o desarrollando tus habilidades en algún deporte, mientras más te esfuerces en probar diferentes intereses, más fácil será descubrir tus talentos innatos.

Las decisiones que tomas

Nuestras vidas están compuestas por las decisiones que tomamos, los principios que adoptamos, las crisis que experimen-tamos, y los amigos y consejeros que escogemos.

El libre albedrío es uno de los grandes regalos que Dios le ha dado al hombre. No somos como los animales, que reaccionan principalmente por instinto. Los seres humanos, hechos a imagen de Dios, tienen la habilidad de aceptar o rechazar las oportunidades que se les presentan. Cuando tú tomas decisiones sabias y te propones de corazón lograr alguna meta beneficiosa y saludable, el resultado puede ser muy satisfactorio y además puedes alcanzar un entendimiento más profundo de la vida y de Dios.

Por el contrario, tomar decisiones erradas puede ser muy perjudicial y, en ocasiones, hasta mortal. En el principio, Dios mostró a Adán y Eva, los primeros seres humanos, dos árboles en el huerto del Edén, que representaban dos caminos diferentes de vida (ver Génesis 2-3). Las instrucciones de Dios consistían en no tomar del árbol del conocimiento del bien y del mal.
Probablemente recuerdas esta historia y las repercusiones que trajo para toda la humanidad.

Todos tenemos la oportunidad de escoger. Cuando Dios exhortó a los antiguos israelitas acerca del estilo de vida que debían elegir, les dijo que escogieran la vida (Deuteronomio 30:19) y les explicó cuál sería el resultado de cada opción. Muchas personas hoy en día toman decisiones equivocadas y ni siquiera se dan cuenta de sus consecuencias hasta que les sobreviene algún desastre o sufrimiento.

Los principios que adoptas

Nuestras decisiones por lo general se centran en lo que nos importa como personas. Todos tenemos que decidir cómo vivir nuestras vidas y debemos aceptar la realidad de que no todos los principios y valores son iguales. Los principios que Dios nos ofrece nos muestran cómo tener una mejor relación con él, con nuestros mayores y con nuestros compañeros.

Estos principios se derivan de su ley, que él define como la verdad. Jesús oró así a Dios el Padre: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Dios dice que cuando basamos nuestras vidas en su inspirada ley, nos irá bien: “Guarda y escucha todas estas palabras que yo te mando, para que haciendo lo bueno y lo recto ante los ojos del Eterno tu Dios, te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti para siempre” (Deuteronomio 12:28).

Todos tenemos días de 24 horas, pero algunos utilizan su tiempo de manera mucho más efectiva que otros. Si valoramos el tiempo, podemos usarlo para lograr cosas duraderas e importantes. Un atleta debe entrenarse, un obrero debe cumplir su trabajo, un estudiante debe estudiar, etc.

Se ha dicho que si uno no sabe hacia dónde va, lo más seguro es que termine en otra parte, y eso por lo general significa que uno tiene que enfrentarse a la pregunta de a dónde se fue el tiempo. El tiempo puede ser uno de los mejores regalos de Dios, o puede ser una gran maldición si se invierte para el mal. Uno de los usos más beneficiosos que podemos darle a nuestro tiempo es pasar valiosos momentos aprendiendo los principios de Dios.

Las crisis que experimentas

Sin importar cuán buenas nos parezcan nuestras decisiones, tarde o temprano enfrentaremos desafíos o crisis que pondrán a prueba nuestro carácter. Hay cosas malas que pueden sucederles a las personas buenas, y el solo hecho de estar en el lugar equivocado en el momento inoportuno puede significar un vuelco importante en la vida de uno.

Recuerdo la triste historia de un joven que iba sentado en el asiento trasero del auto descapotable de su familia. Iban disfrutando del tibio clima en un día de esparcimiento, cuando de repente una pelota que salió disparada de un campo de golf próximo a la carretera le golpeó directamente en su frente. Ese terrible accidente hizo que toda su vida sufriera de jaquecas y hasta le provocó cierto grado de daño cerebral. La superación de las secuelas de ese trágico accidente se convirtió en un desafío durante toda su vida.

Algunas personas nacen con graves defectos genéticos, mientras que otras pueden hallarse atrapadas en medio de una guerra o de un desastre natural. Pero aparte de estos actos fortuitos del hombre y de la naturaleza, podemos tomar malas decisiones que acarrean consecuencias igualmente serias, mucho más de lo que hubiésemos creído posible en el momento de tomarlas.

Conducir demasiado rápido, no usar el cinturón de seguridad o salir a divertirse con personas irresponsables, son todas opciones reales que los jóvenes enfrentan en el mundo actual. Tú puedes aprender o no de tus experiencias, y la forma en que te recuperas de tus errores es con frecuencia un indicador de tu carácter.

Dios quiere que aprendamos de nuestros errores y que nos decidamos a cambiar tomando decisiones sabias. Algunas veces necesitamos sufrir las consecuencias de una decisión errónea para motivarnos a hacerlo mejor la siguiente vez.

Los consejeros que escoges

Uno de los factores más importantes para que te vaya bien en la vida, a cualquier edad, es tener a alguien que te guíe. Ojalá que tus padres, un ministro o tus hermanos mayores formen parte de tu red de consejeros.

La oportunidad de relacionarse con gente sabia permite que uno también adquiera sabiduría. “Oirá el sabio, y aumentará el saber, y el entendido adquirirá consejo” (Proverbios 1:5).

Muchas personas dejan que sus vidas se rijan por la rutina y el capricho, en vez de optar por decisiones creativas que produzcan mejores resultados. Aceptar el desafío de desarrollar tu mente, cuerpo y espíritu, puede ser el primer paso hacia una vida plena y emocionante.

Cuando era niño, tuve el privilegio de participar en el escultismo y allí me animaron a esforzarme para alcanzar el nivel más alto, el de Explorador Águila. El aliento que recibí para proponerme metas y esforzarme desde temprana edad me ayudó mucho más de lo que pude apreciar en ese entonces. Aquella motivación fue fundamental para lograr todo lo que he conseguido y para ir a todos los lugares que he visitado.

Vivimos en una época colmada de oportunidades, si uno tiene ojos para verlas y el deseo de superarse. Hazte responsable de tu propia vida. Acepta los retos que se te presentan, para llegar a ser lo mejor que puedes ser. Establece metas que realmente valgan la pena, y recuerda que tu vida está compuesta por las decisiones que tomes, los principios que adoptes, las crisis que experimentes y los consejeros que escojas.

El desafío depende de ti. ¡Haz de tu vida lo mejor que puedas! BN

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Serie la Biblia & la Arqueología

31 Ene

Serie la Biblia & la Arqueología

Esta es una complilación de la serie presentada en la revista Las Buenas Noticias en los años pasados. Estos documentos solo están disponibles como documentos electrónicos. No disponemos de copias impresas en estos momentos.

La evidencia de la arqueología solo es una prueba de la veracidad bíblica, y ese el enfoque de esta serie de articulos. Les ofrecemos ejemplos de evidencia que esta disponible —documentación que muestra los detalles de los personajes, lugares y eventos descritos en la Biblia, muchos de ellos mencionados en brevedad, han sido verificados por arqueologos e historiadores. Muchos libros excelentes han sido publicados en años recientes que verifican la dependabilidad de las Escrituras, y no hay dudas que mas cosas aparecerán a medida que nuevos descubrimientos salgan a la luz.

¿Cuales son las implicaciones de esto para usted? toda la evidencia en el mundo no nos vale de nada si no estamos dispuestos a creer lo suficiente en la Biblia para colocarla bajo la prueba final—la de hacer lo que ahi se nos dice que hagamos.

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Raquel Platero: “Se ha querido ignorar a las mujeres lesbianas y banalizar su sexualidad”

31 Ene

31/1/2009 Edición Impresa AL GRANO // ENTREVISTA CON RAQUEL PLATERO, PSICÓLOGA E INVESTIGADORA

Raquel Platero: “Se ha querido ignorar a las mujeres lesbianas y banalizar su sexualidad”

DAVID CASTRO
Raquel Platero. Foto: DAVID CASTRO
SONIA GARCÍA GARCÍA
BARCELONA

PRESENTACIÓN DE ‘LESBIANAS. DISCURSOS Y REPRESENTACIONES’
Casal Lambda. Verdaguer i Callís, 10. A las 19.00 horas.

Los 12 autores de Lesbianas. Discursos y representaciones (Editorial Melusina, 2008) revisan en el libro la historia reciente del lesbianismo en España. La obra la presenta hoy la coordinadora del equipo, Raquel Platero, en el Casal Lambda.

–¿Qué dicen y qué se dice de las lesbianas?
–Las relaciones lésbicas siempre han existido, pero consideradas como “un pecado tan sucio que ni siquiera se debía nombrar”. El libro es una recuperación de la memoria histórica y una cartografía de la experiencia de las lesbianas en el contexto español.

–¿Hay diferencia entre lesbianismo y homosexualidad?
–Ser lesbiana es un no lugar. A las lesbianas, como a los gais, se las ha estigmatizado pero, además, se las ha querido ignorar y se ha banalizado su forma de sexualidad. El silencio también es discriminación.

–¿Por qué se ha negado la homosexualidad femenina?
–Existe un temor a la masculinización de la mujer. De alguna manera, el lesbianismo puede hacer tambalear el orden de sexo y de género. Quizá por eso, la lesbofobia tiene un peso más grande que la homofobia.

–¿Hablamos de un tercer sexo?
–No. Estamos viviendo unos tiempos de cambio y la homosexualidad plantea otras opciones de vida.

–¿Qué suponía ser lesbiana durante el franquismo?
–Se las consideraba “enfermas” y se las enviaba a clínicas psiquiátricas donde se les aplicaba electrochoques. Se han encontrado solo dos expedientes contra mujeres que actuaban y vestían como hombres, pero seguro que hubo muchos más.

–La Iglesia, ¿qué papel jugó?
–Las lesbianas atentaban contra la familia y la sumisión de la mujer al hombre. Se enfrentaban dos culturas: la que restringe y oprime y la la de libre elección sexual.

–Y en la actualidad.
–En España estamos viviendo situaciones simultáneas. Hay apertura, aunque no es igual el entorno rural que el urbano. En internet se las trata como objetos, para ilustrar las páginas de pornografía dedicadas a los hombres. Y todavía se utilizan adjetivos peyorativos, como bollera, invertida o tortillera.

–Sigue la discriminación…
–A las mujeres lesbianas les cuesta asumir su identidad sexual, temen el rechazo y ser excluidas de la familia, a perder a sus hijos, porque muchas han estado casadas antes. En cuanto se declaran lesbianas, dejan de verlas como personas, como madres: las estigmatizan.

–¿Qué hace falta?
–Aceptación mutua, normalización y reconocer a las parejas de hecho compuestas por mujeres.

Cardenal Bertone: La familia, escuela de justicia y paz

31 Ene

Cardenal Bertone: La familia, escuela de justicia y paz

Intervención en el Encuentro Mundial de las Familias

CIUDAD DE MÉXICO, sábado, 31 de enero de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció el 16 de enero el cardenal Tarcisio Bertone, legado pontificio, en el Congreso Teológico-Pastoral que precedió al VI Encuentro Mundial de las Familias en la Ciudad de México.

* * *

La familia es escuela de justicia y de paz

Señores cardenales; 
queridos hermanos en el episcopado; 
apreciados hermanos y hermanas en el Señor:

Me complace poder concluir este Congreso teológico-pastoral en el marco del VI Encuentro mundial de las familias, en el cual se ha profundizado el lema propuesto por el Santo Padre Benedicto XVI: “La familia, formadora de los valores humanos y cristianos”.

Saludo al señor cardenal Ennio Antonelli, presidente del Consejo pontificio para la familia, al señor cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo de ciudad de México, así como a los señores cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y familias procedentes de distintas partes del mundo.

Como legado pontificio deseo hacerme portavoz del mensaje de esperanza y de la buena noticia que es la familia para la sociedad y para la Iglesia. A través de la familia discurre la historia del hombre, la historia de la salvación de la humanidad. Entre los numerosos caminos que la Iglesia sigue para salvar y servir al hombre, “la familia es el primero y el más importante”[1]. La familia no sólo constituye el eje de la vida personal de los hombres, sino también su ámbito social primario y el contexto adecuado de su caminar por la existencia.

El objetivo de mi intervención es señalar cómo la familia es la institución más adecuada para la transmisión de estos dos valores, justicia y paz, que son particulares, porque en ellos se dan cita tanto la dimensión individual como la social de la persona humana, desarrolladas ampliamente en las jornadas anteriores.

Procederé del siguiente modo: tras un breve análisis de la situación actual, intentaré mostrar cómo y por qué la familia es la realización primera de la sociabilidad de la persona. En un segundo momento analizaré las relaciones recíprocas entre sociedad y familia. Sucesivamente señalaré cómo sólo en este marco adecuado es posible el dinamismo del valor de la justicia y de la paz auténtica, para terminar afirmando que sólo la familia fundada en el matrimonio monógamo e indisoluble está en condiciones de transmitir fielmente estos valores.

1. Contexto histórico actual

¿Tiene algo que ofrecer la familia al comienzo del tercer milenio? ¿Se puede prescindir de la familia o se trata más bien de una realidad permanente y con un valor en sí misma? La historia asegura que es mucho y bueno lo que la familia ha aportado a la sociedad y a la Iglesia. Hace posible la misma existencia de la sociedad así como la encarnación del Cuerpo de Cristo a través de los siglos. Históricamente hablando, cuando se lesiona a la persona, al matrimonio o la familia, toda la realidad creada se resiente. La particularidad de la actual coyuntura viene dada por la globalización de los problemas que afectan de un modo u otro a todos los continentes. Asistimos a numerosos conflictos bélicos que amenazan con desestabilizar a regiones enteras. A ello se suma la reciente y profunda crisis económica que está teniendo una fuerte repercusión en todo el mundo.

Si preocupa lo anteriormente dicho, más grave aún es el diagnóstico individualista-nihilista, que se traduce en un pesimismo antropológico exacerbado. Esto se percibe en grandes áreas del planeta donde el malestar y la desconfianza difusos en la sociedad se concreta en numerosos datos. No se puede ignorar el grave invierno demográfico que hace peligrar seriamente sociedades enteras, la falta de sentido de la vida en tantos jóvenes víctimas del alcohol y las drogas, o la extrema violencia y explotación a la que hoy se ve sometida la mujer y los niños, el comercio de órganos y de sexo que destruye a la persona humana, o el abandono de tantos enfermos y ancianos que carecen de la más mínima ayuda asistencial para afrontar los últimos años de vida. También hay que hacer referencia a la crisis del sistema educativo en bastantes naciones incapaces de transmitir el saber integral, o a la inestabilidad político-económica que se cierne sobre muchos países en vías de desarrollo.

En toda esta descripción hay un denominador común que es la injusticia, una falta o ausencia de derechos. Son los derechos humanos, que derivan de la propia naturaleza del ser personal -tanto en el aspecto individual como social-, los que se han pisoteado, menoscabado o incluso eliminado. El individualismo exasperado genera un eco de egoísmo que, como en la historia de Vulcano, es capaz de devorar a sus propios hijos. Y es que el relativismo, el hedonismo y el utilitarismo, en sus diversas variantes y combinaciones, han generado entre otras cosas la comercialización de toda la creación y de lo que es su culminación, es decir, la persona humana (cf. Gaudium et spes, 12).

Con este panorama en el horizonte hay dos alternativas: o el agravamiento de la situación en todo el planeta hasta límites desconocidos hasta el momento, o su resolución aplicando el remedio oportuno. Este deberá construirse con una sana antropología, que restablezca adecuadamente en todos los ámbitos las relaciones deterioradas. Sólo la justicia impregnada por el amor será capaz de devolver la dignidad a la persona y a toda la creación. De este modo se podrá hacer realidad aquella civilización del amor que fue la gran pasión del siervo de Dios el Papa Pablo VI. Pues bien, sólo la familia, comunidad de vida y amor, está en condiciones de regenerar la sociedad a través de la justicia y la paz, porque en ella todo está presidido por el amor. La familia encuentra en el amor su origen y su fin. Y este amor en la familia es el que mejor puede educar en los valores. El amor es de suyo difusivo y, por tanto, la familia es como un vivero donde se cultivan las semillas de justicia y de paz que, aunque con dificultades, transformarán la masa de toda la creación. Por consiguiente, resulta claro que la mejor inversión de los gobiernos será ayudar, proteger y sostener a la familia, porque es la institución sin la cual la sociedad no puede sobrevivir. Es también un motivo de esperanza ver cómo, a pesar de las contrariedades existentes, son muchas las familias que responden con fidelidad a la tarea que tienen confiada. Cada vez son más las instancias que surgen en favor de la familia. Y, sobre todo, se debe recordar que la fidelidad a su misión tiene un efecto multiplicador: la verdad cristiana sobre la familia, anunciada y vivida, encuentra una resonancia continua en el corazón del hombre. Por eso decimos una vez más a las familias, a cada familia: “Familia, sé lo que eres”[2].

2. Familia y sociedad

La familia, como lugar y manifestación más acabada de la persona, no es creación de ninguna época, sino patrimonio de todas las edades y civilizaciones. La familia es mucho más que una unidad jurídica, social y económica, ya que hablar de familia es hablar de vida, de transmisión de valores, de educación, de solidaridad, de estabilidad, de futuro, en definitiva, de amor[3]. La familia es una sabia institución del Creador donde se actualiza la vocación originaria de la persona a la comunión interpersonal, mediante la entrega sincera de sí mismo.

La familia es la célula primaria y original de la sociedad. En ella, el hombre y la mujer viven con pleno sentido su diferenciación y complementariedad, de la que brota la primera relación interpersonal. En este sentido, el matrimonio es la sociedad natural primaria. Esta sociedad primera está llamada a ser plena al engendrar los hijos: la comunión de los cónyuges es el origen de la comunidad familiar.

La familia es la célula original de la sociedad, porque en ella la persona es afirmada por primera vez como persona, por sí misma y de manera gratuita. Está llamada a realizar en la sociedad una función parecida a la que la célula realiza en el organismo. A la familia está ligada la calidad ética de la sociedad. Esta se desarrolla éticamente en la medida en que se deja moldear por todo lo que constituye el bien de la familia.

No todas las formas de convivencia sirven y contribuyen a realizar la auténtica sociabilidad. Es imprescindible que la familia sea familia, es decir, que su historia se desarrolle como una comunidad de vida y amor en la que cada uno de los miembros sea valorado en su irrepetibilidad: como esposo-esposa, padre-madre, hijo-hija, hermano-hermana. De esta forma, la dignidad personal se verá respetada plenamente, ya que las relaciones interpersonales se viven a partir de la gratuidad, es decir, a partir del amor. Esto no se alcanza por el mero hecho de vivir juntos. Se requiere que haya un hogar que sea “acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio generoso y solidaridad profunda”[4]. Así, la familia se convierte en el recinto donde se puede formar el verdadero sentido de la libertad, de la justicia y del amor. En libertad, porque sólo desde ella se pueden forjar hombres responsables. Desde la justicia, porque sólo así se respeta la dignidad de los demás. Desde el amor, porque el respeto a los otros se perfecciona en último término cuando se ama a cada uno por sí mismo.

Pero a la familia le corresponde una función social específica fuera del ámbito familiar, que consiste en actuar y tomar parte en la vida social, como familia y en cuanto familia. Pero para contribuir al bien del hombre -humanización- y al bien de la sociedad, es necesario que la familia sea respetuosa con el conjunto de valores que la hacen ser una comunidad de vida y amor. 
A su vez, la sociedad debería tener entre sus tareas fundamentales la consecución del bien común, que podría definirse así: “El bien común no consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social. Siendo de todos y de cada uno es y permanece común, porque es indivisible y porque sólo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo, también en vistas al futuro”[5].

Por su parte, el Catecismo de la Iglesia católica, reproduciendo la definición de Gaudium et Spes (n. 26), concreta el bien común en tres fines o propiedades:

a) el bien común exige el respeto a la persona en cuanto tal, a sus derechos fundamentales e inalienables para que pueda realizar su propia vocación, así como las condiciones para el ejercicio de las libertades naturales.

b) el bien común exige el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo. El desarrollo es el resumen de todos los deberes sociales. La autoridad debe decidir, en nombre del bien común, entre los diversos intereses particulares; pero debe facilitar a cada uno lo que necesita para llevar una vida verdaderamente humana: alimento, vestido, salud, trabajo, educación y cultura.

c) el bien común implica finalmente la paz, la estabilidad y la seguridad de un orden justo. La autoridad debe asegurar, por medios honestos, la seguridad de la sociedad y la de cada uno de sus miembros[6].

3. El dinamismo de la justicia y de la paz

Hemos dicho anteriormente que la justicia y la paz son elementos fundamentales del bien común que la sociedad debe procurar y que la familia puede dar y construir. Porque en la familia es donde se da el don de la justicia y de la paz y donde al mismo tiempo se “construye” como tarea propia la justicia y la paz. Detengámonos un momento a considerar un poco más de cerca ambos valores y la relación entre ellos[7].

La paz es uno de los valores transmitidos en ambos Testamentos. Es mucho más que la ausencia de la guerra. La paz representa la plenitud de la vida (cf. Ml 2, 5); es el efecto de la bendición de Dios sobre su pueblo (cf. Nm 6, 26); produce fecundidad, bienestar (cf. Is 48, 18-19) y alegría profunda (cf. Pr 12, 20). Al mismo tiempo, la paz es la meta de la convivencia social, como aparece de forma extraordinaria en la visión mesiánica de la paz, descrita en el libro del profeta Isaías (cf. Is 2, 25). En el Nuevo Testamento, Jesús afirma explícitamente: “Bienaventurados los pacíficos porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Él no sólo rechazó la violencia (cf. Mt 26, 52; Lc 9, 54-55), sino que fue más allá cuando dijo: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian” (Lc 6, 27-28).

Junto a la luz que proviene de la Escritura, la historia del pensamiento nos muestra que la cultura de la paz supone un orden. Precisamente, según la definición de san Agustín y de Boecio, recogida por santo Tomás de Aquino, la paz se define como la tranquilidad que brota del orden[8]. A su vez, el orden supone la equidad. Santo Tomás define el orden como la disposición de las cosas conforme a un punto de referencia. Pues bien, el “punto de referencia” del orden del que brota la paz es la justicia.

3.1. La justicia, condición para la paz 
La justicia es un valor fundamental de la vida del hombre. Se trata además de una realidad imprescindible para la convivencia humana. La justicia va ligada a la estructura de toda persona independientemente del tiempo, de su edad o cultura. La justicia constituye, junto al bien y a la verdad, la trilogía de los grandes valores y realidades humanas. Por el contrario, la injusticia está relacionada con el mal y la mentira. Por tanto, la plenitud del hombre y la mejora de la sociedad están en relación al bien, a la verdad y a la justicia. La convivencia social pierde su sentido si vence el mal, el error y la injusticia. La justicia nos remite directamente al ius (derecho), y es que sólo se puede hablar de justicia si existen derechos. Por ello, la justicia consiste en dar a cada uno su derecho, lo que le es debido.

La triple distinción entre justicia conmutativa, legal y distributiva, cubre todos los aspectos de la persona, pues aúnan por igual sus derechos y deberes como individuo, a la vez que exigen y protegen sus deberes y derechos que derivan de la sociabilidad radical, que es un constitutivo esencial de su persona. En este sentido, la justicia ha sido el anhelo y la tarea de todos los tiempos. Escribe Platón: “Engendrar justicia es establecer entre las partes del alma una jerarquía que las subordine unas a otras de acuerdo con su naturaleza; siendo, por el contrario, engendrar la injusticia el establecer una jerarquía que somete unos a otros de modo contrario al natural”[9].

Por su parte, la tradición cristiana sostiene la dimensión religiosa innegable de los conceptos de justicia y justo respecto a la conducta del hombre frente a Dios, y señala la relación de la justicia con el orden social.

En este contexto, podemos preguntarnos: ¿hay una doctrina bíblica que demande el valor de la justicia en la sociedad? La respuesta es sí. Abundan los testimonios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento que inculcan el precepto de cumplir los deberes de justicia en la convivencia social. El mensaje de Jesús contempla diversos aspectos de la convivencia justa entre los hombres, especialmente en los sinópticos. Como dice la Congregación para la doctrina de la fe, en un documento suyo, “en el Antiguo Testamento, los profetas no dejan de recordar, con particular vigor, las exigencias de la justicia y la solidaridad y de hacer un juicio extremamente severo sobre los ricos que oprimen al pobre (…). La fidelidad a la alianza no se concibe sin la práctica de la justicia. La justicia con respecto a Dios y la justicia con respecto a los hombres son inseparables. Esta doctrina está aún más radicalizada en el Nuevo Testamento como lo demuestra el discurso sobre las Bienaventuranzas”[10].

En nuestros días, la palabra “justicia” es uno de los términos más usados en la vida socio-política. En muchos casos es la palabra “clave” o “comodín” de declaraciones políticas, económicas y sociales en múltiples foros nacionales e internacionales. Este uso continuo, y el abuso que se ha podido hacer de él por parte de algunas ideologías, ha llevado a que el término “justicia” reciba diversas acepciones.

A pesar de la claridad de la definición de justicia, “lo suyo” debe ser bien interpretado y defendido en cada caso como objeto primario. Si no se hace así, la realización de la justicia estará sometida a la arbitrariedad de los poderosos del momento y puede ocurrir que la justicia, que debería ser camino para alcanzar la paz, al perder su verdadero sentido, sea ocasión de violencia incluso extrema.

De la injusticia brota siempre la violencia. En la actualidad, las injusticias sociales, económicas y políticas generan numerosas guerras, tensiones y conflictos. Frente a la guerra, se presenta la paz que es fruto de la justicia y de la solidaridad. “Superando los imperialismos de todo tipo y los propósitos por mantener la propia hegemonía, las naciones más fuertes y más dotadas deben sentirse moralmente responsables de las otras, con el fin de instaurar un verdadero sistema internacional que se base en la igualdad de todos los pueblos y en el debido respeto de sus legítimas diferencias. Los países económicamente más débiles, o que están en el límite de la supervivencia, asistidos por los demás pueblos y por la comunidad internacional, deben ser capaces de aportar a su vez al bien común sus tesoros de humanidad y de cultura, que de otro modo se perderían para siempre”[11].

Pero la paz se realiza también a base de cosas pequeñas, en la vida ordinaria y en el pequeño entorno de cada uno. Los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Ninguna otra realidad como la familia es capaz de construir día a día con su perseverancia la paz que es fruto de la manifestación del orden interior de las familias y también de los pueblos.

4. Familia: encarnación paradigmática entre justicia y caridad

La familia no es para la persona humana una estructura externa y accesoria. Por el contrario, es el ámbito privilegiado para el desarrollo y crecimiento de su personalidad, conforme a las exigencias de la dimensión social constitutiva de la persona. “La familia, fundada en el amor y vivificada por él, es el lugar en donde cada persona está llamada a experimentar, hacer propio y participar en el amor sin el cual el hombre no podría vivir y su vida carecería de sentido”[12]. De ahí que el valor del amor, junto con el de la libertad y de la justicia, ocupe el centro de la función de la familia en la sociedad. En la propuesta cristiana, el primado lo detenta la caridad. La caridad engloba y encarna todas las virtudes, pues consiste en participar de la vida de Cristo, hombre perfecto.

Si es cierto que existen unas diferencias en cuanto a su finalidad específica, caridad y justicia pueden y deben integrarse. Para alcanzar este fin, y si se quiere que ambas virtudes se complementen para solucionar los problemas sociales, hace falta que se cumplan las siguientes tesis:

a) No hay caridad sin justicia: la caridad tiene carácter “de fin”, mientras que la justicia cumple el cometido “de medio”. Por tanto, así como no se alcanza el fin sin el uso de medios, de modo análogo faltará la caridad en la convivencia si la justicia (medio) está ausente de la vida social. Observando tantas injusticias sociales, cabe concluir que se está aún lejos de alcanzar la caridad.

b) No hay justicia si falta amor: por la misma doctrina de relaciones “medios-fin” se confirma esta tesis, ya que no tiene sentido esforzarse en poner unos medios (justicia) que no están orientados a fin alguno (caridad).

c) El cumplimiento de la justicia es una condición permanente de la caridad: un estado de justicia facilita relaciones estables de caridad entre las personas y, al contrario, la injusticia es fuente constante de conflictos.

Por tanto, es muy conveniente conjuntar el ejercicio de la justicia y la caridad, que “son como las leyes supremas del orden social”[13]. A este respecto, Juan Pablo II escribe: “La justicia por sí sola no es suficiente (…). La experiencia histórica ha llevado a formular esta aserción: summum ius, summa iniuria (el derecho sumo -estricto-, comporta la suma injuria)”[14].

5. Familia: escuela de justicia, de amor y de paz

Diversos datos sociológicos indican que la familia, además de ser la institución más valorada (84% – 97%)[15] y referencial para las personas, es la que contribuye de manera decisiva a la cohesión social. En efecto, las relaciones que se establecen dentro de las familias (relaciones paterno-filiales, relaciones fraternales, relaciones intergeneracionales)[16] fomentan la responsabilidad social del grupo familiar.

¿Cómo procura la familia la cohesión social? Según distintos indicadores sociológicos[17], la familia aporta la cohesión social a través de la fecundidad, que es la que asegura la continuidad generacional y donde se aprende la “identidad” (soy hijo porque tengo un padre, soy padre porque tengo un hijo), que consolidan el “arraigo identitario” como elemento configurador de la personalidad.

Por otra parte, la familia, debido a la gratuidad que impera en su naturaleza y dinamismo, puede transmitir los valores morales y procurar una asistencia integral, ya que la familia es uterus spirituale. En estas condiciones, la familia está posibilitada para realizar lo que le es propio (principio de subsidiariedad) y que consiste en su papel educador de las nuevas generaciones. Otras instancias e instituciones no deben arrogarse funciones que no le son propias. La familia, en cambio, debido a su vocación de permanencia en el tiempo, es el recinto donde se desarrollan, forjan y transmiten los valores sustanciales de la persona, que no son sólo los técnicos, sino también y fundamentalmente los valores espirituales.

En efecto, la complementariedad de los padres y el compromiso estable de los esposos posibilitan el papel de la educación integral que reclama constancia, entrega y dedicación duradera. Nunca termina ese proceso educativo, de tal forma que la referencia familiar es imprescindible para la forja de una personalidad madura que aporte a la sociedad los valores que le han sido transmitidos en el núcleo familiar. Como bellamente ha expresado Margarita Dubois “los hijos no crecen bajo sus padres, sino a su lado. No bajo su sombra sino a su luz”.

La familia es escuela de justicia y de paz porque educa en y para la verdad[18], en y para la libertad, en y para la vida social. La actividad genuinamente educativa de la familia es “sentar las raíces de la verdad en las alas de la libertad”. En este círculo entre verdad y libertad es donde se pueden transmitir original y creativamente los valores del diálogo, el seguimiento, la responsabilidad, la exigencia, la disciplina, el respeto, el sacrificio y el equilibrio. ¿Está convencida la sociedad de que estos y otros valores hacen falta para construir entre todos una sociedad justa y pacífica? He aquí, pues, la linfa oxigenada que la familia puede aportar a la sociedad. El capital social que la familia aporta es de indudable valor, ya que permite desplegar en plenitud las dimensiones individuales y sociales que tiene todo ser humano. De aquí que el sentido común y la lógica apuesten por robustecer cada día más la familia como verdadero manantial de justicia y de paz.

Por encima de las amenazas y dificultades que hoy se presentan de tantas formas contra la convivencia y las relaciones entre las personas y entre los pueblos, la familia está llamada a ser protagonista de la paz. Es el lugar en el que cada persona es ayudada a alcanzar su plena madurez que le permita construir una sociedad de armonía, solidaridad y de paz[19]. En efecto, en una vida familiar sana se experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los más débiles, a los ancianos y a los enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por eso, la familia es la primera e insustituible educadora de la paz[20]. La experiencia muestra suficientemente que los valores cultivados en la familia son un elemento muy significativo en el desarrollo moral de las relaciones sociales que configuran el tejido de la sociedad. De la unidad, fidelidad y fecundidad de la familia, como fundamento de la sociedad, dependen la estabilidad de los pueblos.

Cuantos integran la familia han de ser conscientes de su protagonismo en la causa de la paz mediante la educación en los valores humanos en su interior, y hacia fuera con la participación de cada uno de sus miembros en la vida de la sociedad. Y también ha de serlo el Estado que, reconociendo el derecho de la familia a ser apoyada en esa función, debe procurar que las leyes estén orientadas a promoverla, ayudándola en la realización de las tareas que le corresponden. “Frente a la tendencia cada vez más difundida a legitimar, como sucedáneos de la unión conyugal, formas de unión que por su naturaleza intrínseca o por su intención transitoria no pueden expresar de ningún modo el significado de la familia y garantizar su bien, es deber del Estado reforzar y proteger la genuina institución familiar, respetando su configuración natural y sus derechos innatos e inalienables. Entre éstos, es fundamental el derecho de los padres a decidir libre y responsablemente en base a sus convicciones morales y religiosas y a su conciencia adecuadamente formada cuándo tener un hijo, para después educarlo en conformidad con tales convicciones”[21]. Apoyar a la familia en los diversos ámbitos en los que desarrolla su existencia es contribuir de manera objetiva a la construcción de la paz. Y “quien obstaculiza la institución familiar, aunque sea inconscientemente, hace que la paz de toda la comunidad, nacional e internacional, sea frágil, porque debilita lo que, de hecho, es la principal ‘agencia’ de paz”[22].

Si la quiebra de la familia es una amenaza para la paz y signo del subdesarrollo moral y económico de la sociedad, su salud, en cambio, se mide en gran medida por la importancia que se da a las condiciones que favorecen la identidad y misión de las familias. No se puede ignorar que las ayudas a la familia contribuyen a la armonía de la sociedad y de la nación, y eso favorece la paz entre los hombres y en el mundo. Proteger y defender los derechos de las familias como un tesoro es tarea que corresponde a todos. En primer lugar, a las familias como protagonistas de su propia misión. Pero también a otras instituciones, de manera particular a la Iglesia y al Estado. El futuro de la sociedad, el futuro de la humanidad pasa por la familia.

Conclusión

Ahora podemos responder sintéticamente a la pregunta inicial, ¿qué aporta la familia a la sociedad?, de la siguiente forma:

1. La familia es garantía de futuro para la sociedad. En ella se transmite el bien fundamental de la vida humana y se dan las condiciones idóneas para la educación integral de los hijos. Ella es la que procura el tesoro de la generación y la que contribuye decisivamente a que los hijos sean buenos ciudadanos.

2. La familia es transmisora del patrimonio cultural. “Es en el seno de la familia donde se trasmite la cultura como un modo específico del existir y del ser del hombre”[23]. En la familia comienza a forjarse la integración de cada individuo en su comunidad nacional -lengua, costumbres, tradiciones-, asegurando la subsistencia del pueblo al que cada uno pertenece. En ella se va conociendo la historia a través del diálogo con los padres y los abuelos, un diálogo entre generaciones de singular importancia, que produce esa memoria viviente que forja la identidad personal.

3. La familia aporta a la sociedad mucho más de lo que haría la suma de cada uno de sus miembros porque en ella se cultiva el bien común. Por eso, sin la familia, la sociedad no recibiría ese plus propio de la familia. Como hemos señalado, el bien común familiar no consiste sólo en lo que es bueno para cada uno de sus componentes, sino en lo que es bueno para su conjunto, alimentando así el desarrollo y la cohesión social.

4. La familia, además de garantía de estabilidad, es ventajosa para las administraciones. En efecto, la familia, además de proporcionar sujetos de producción económica, es un factor de cohesión social que en muchas ocasiones actúa como “colchón solidario” ante diversas coyunturas adversas. En la actualidad, la familia se ha convertido en el núcleo de estabilidad para los miembros con problemas de desempleo, enfermedad, dependencia o marginación, aliviando los efectos dramáticos que dichos problemas ocasionan. La familia es hoy el primer núcleo de solidaridad dentro de la sociedad, que logra lo que las administraciones públicas difícilmente pueden cubrir.

5. La familia es el primer promotor de los derechos del hombre, pues tanto éstos como la misión de la familia tienen como destinatario último a la persona.

6. La familia y la sociedad son interdependientes, por lo que todo lo que afecte a la sociedad[24], tarde o temprano, afectará a la familia y viceversa. Por este motivo se puede afirmar:

a) La familia personaliza la sociedad. En la familia se valora a las personas por su propia dignidad, se establece el vínculo afectivo y se favorece el desarrollo y la maduración personal de los hijos a través de la presencia y la influencia de los modelos distintos y complementarios del padre y la madre.

b) La familia socializa la persona. En ella se aprenden los criterios, los valores y las normas de convivencia esenciales para el desarrollo y bienestar de sus propios miembros y para la construcción de la sociedad: libertad, respeto, sacrificio, generosidad, solidaridad.

En estos días pasados hemos contemplado a la Sagrada Familia en Belén y en Nazaret. La Sagrada Familia está llamada a ser memoria y profecía para todas las familias del mundo. En ella, el Verbo de Dios vivió y, a través de la familia, nos transmitió gran parte de su vida, que es para todo hombre luz para conocer la inmensidad a la que ha sido llamado: construir ya en esta tierra “el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”[25]. Desde el corazón de México, éste es el don y la tarea a la que se convoca a todas las familias del mundo. Que a ello nos ayude la materna intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe.

Muchas gracias.

Notas

[1] Juan Pablo II, carta a las familias “Gratissimam sane”, 2 de febrero de 1994, 2.

[2] Juan Pablo II, exh. ap. Familiaris consortio, 17.

[3] “La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios” (ib., 22).

[4] Ib., 43.

[5] Consejo pontificio “Justicia y paz”, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 164.

[6] Cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1907-1909.

[7] Cf. Consejo pontificio “Justicia y paz”, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, nn. 489-493.

[8] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 29, a. 1.

[9] Platón, República, IV, 18 44 d.

[10] Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación, Libertatis nuntius, 6 de agosto de 1994, nn. 6-10.

[11] Juan Pablo II, carta enc. Sollicitudo rei socialis, 39.

[12] Juan Pablo II, Discurso al Congreso teológico-pastoral del II Encuentro mundial de las familias, Río de Janeiro, 3 de octubre de 1997, n. 3; cf. Familiaris consortio, 18.

[13] Juan XXIII, carta enc. Mater et Magistra, n. 39. Cf. santo Tomás de Aquino, Contra gentiles, 3, 130; Pío XI, carta enc. Quadragesimo anno, n. 137; Juan Pablo II, carta enc. Dives in misericordia, n. 12.

[14] “Por sí sola la justicia no basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí misma, si no se abre a la fuerza más profunda que es el amor” (Juan Pablo II, Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la paz de 2004, n. 10).

[15] Cf. P. P. Donati (a cura di), Riconoscere la famiglia: quale valore aggiunto per la persona e la società?, edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo 2007, pp. 63-173.

[16] Cf. Consejo pontificio para la familia, XVIII Asamblea plenaria: “I nonni: la loro testimonianza e presenza nella famiglia” Familia et Vita, Anno XIV, n. 4/2008.

[17] Cf. E. Herltfelter, I Congreso de educación católica para el siglo XXI, ed. Instituto de política familiar, Valencia 2008.

[18] “Donde y cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de la verdad, emprende de modo casi natural el camino de la paz” (Benedicto XVI, Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la paz de 2006, n. 3).

[19] “…Respetando a la persona se promueve la paz, y construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara el futuro sereno para las nuevas generaciones” (Benedicto XVI, Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la paz de 2007, n. 1).

[20] Cf. Benedicto XVI, Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la paz de 2008, n. 3.

[21] Juan Pablo II, Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la paz de 1993, n. 5.

[22] Benedicto XVI, Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la paz de 2008, n. 5.

[23] Cf. Juan Pablo II, Discurso a la Unesco, 2 de junio de 1980, n. 6.

[24] “¿Cuál será el grado de moralidad pública que asegure a la familia, y sobre todo a los padres, la autoridad moral necesaria para este fin? ¿Qué tipo de instrucción? ¿Qué formas de legislación sostienen esta autoridad o, al contrario, la debilitan o destruyen? Las causas del éxito o del fracaso en la formación del hombre por su familia se sitúan siempre a la vez en el interior mismo del núcleo fundamentalmente creador de la cultura, que es la familia, y también a un nivel superior, el de la competencia del Estado y de los órganos, de quienes las familias dependen” (ib., n. 12).

[25] Misal romano, Prefacio de la misa de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo.

Santa Sede ratifica convención de bombas racimo y alienta desarme efectivo

31 Ene

Santa Sede ratifica convención de bombas racimo y alienta desarme efectivo

Mons. Dominique Mamberti, Secretario para las Relaciones con los Estados, participó ayer en Oslo, Noruega, en la ceremonia para la firma de la Convención que prohíbe el uso, producción, transferencia y almacenamiento de las bombas racimo, tras la aprobación del texto el pasado 30 de mayo en Dublín, Irlanda. Asimismo, en una declaración, la Santa Sede alentó el desarme efectivo y las negociaciones para el control de las armas para lograr la paz.

En su discurso, el Arzobispo afirmó que “como un signo político fuerte, la Santa Sede ratifica esta Convención el mismo día de su firma. En primer lugar queremos expresar a las víctimas la proximidad humana de la Santa Sede y sus instituciones” y “queremos lanzar un llamamiento a todos los países, especialmente a los productores, exportadores y a los consumidores potenciales de bombas de racimo para que se unan a los firmantes actuales de modo que hagan comprender a todas las víctimas y a todos los países gravemente afectados por estas armas, que su mensaje ha sido escuchado“.

“Una seguridad creíble no solo es posible, sino sobre todo es más eficaz cuando está basada en la cooperación, en la confianza y en un orden internacional justo; un orden fundado en el equilibrio de la fuerza es frágil, inestable y fuente de conflictos”, prosiguió.

El representante de la Santa Sede resaltó que “gracias a la contribución de todos, el edificio de la paz ahora es más sólido, pero la perseverancia y la paciencia son las condiciones indispensables para su continua consolidación”.

De otro lado, en la declaración que acompaña al discurso de Mons. Mamberti, se afirma que “al ratificar la Convención, la Santa Sede desea alentar a toda la comunidad internacional apromover con firmeza el desarme efectivo y las negociaciones para el control de las armas, y a reforzar el derecho humanitario internacional, reafirmando el valor preeminente e intrínseco de la dignidad humana, la centralidad de la persona humana y los principios elementales de humanidad, que constituyen la base del derecho humanitario internacional”.

“La Santa Sede considera la Convención sobre las bombas de racimo un paso importante para la protección de civiles, durante y después de los conflictos, por los efectos indiscriminados de este inhumano tipo de artefactos”, agrega.

Asimismo, se subraya que “la Santa Sede considera el cumplimiento de la Convención un desafío jurídico y humanitario para el próximo futuro. La puesta en práctica eficaz debería basarse en la cooperación constructiva de todos los actores gubernativos y no gubernativos y debería fortalecer la relación entre desarme y desarrollo“.

“Esto es posible –añade– si se destinan los recursos materiales y humanos al desarrollo, a la justicia y la paz, que son los medios más eficaces para promover la seguridad internacional y un orden internacional pacífico”.

La Conversión

31 Ene

La Conversión

Enero 30, 2009 by Osías Segura 

Osías Segura
Teólogo costaricense, ha enseñado en el seminario ESEPA. Actualmente está completando su doctorado en Asbury Theological Seminary (Wilmore, KY).

Osias Segura

Toda iglesia desea que sus nuevos convertidos crezcan y maduren en su fe. ¿Pero, cuándo empieza este proceso y se deja de ser recién convertido? Aquí esta el epicentro de los conflictos en cuanto a programas de discipulado (suponiendo que toda iglesia tenga un programa al menos informal de discipulado). Añadido a esto para algunos cristianos la conversión inicia y termina con una experiencia momentánea e individualista (muy privada), en vez de interpretar tal experiencia solo como un inicio dentro de un proceso de crecimiento en la fe. ¿Existe acaso una fórmula para explicar la conversión? En algunos casos los evangélicos parecen estar de acuerdo en que la conversión es un proceso, pero su teología y su la práctica pastoral resalta la conversión como una experiencia momentánea e individualista.

En realidad la conversión es un doble proceso: (1) empieza por el adquirir la identidad de la comunidad de fe, y (2) continua hacia el adquirir la imagen de Cristo, donde el Espíritu Santo y el cuerpo de Cristo son quienes transforman la cosmovisión de la persona, de tal manera que las áreas afectivas y las dimensiones valorativas son impactadas junto con la dimensión cognoscitiva de la persona, según la voluntad de Dios. Ahora permítame ser otra vez enfático: en tiempos posmodernos la importancia de adquirir la identidad de la comunidad de fe solo tiene importancia para facilitar el segundo paso cual es la adquisición de la imagen de Cristo por parte del nuevo creyente.

Para muchos evangélicos si no hay una experiencia emocional con glossolalia, sanidad, y éxtasis, la conversión puede parecer no ser real. Otros enfatizan con mucha fuerza la conversión como una experiencia cognoscitiva de desarrollo a través de fases o adquisición de conocimiento, como si fuera una fórmula, aunque tal formula no se encuentra en las Escrituras. Si se supone que la conversión impacta la cosmovisión de la persona, entonces debe afectar las áreas afectivas y valorativas del recién convertido, no sólo el área cognoscitiva. Estas erróneas formas de reducir la comprensión de la conversión (como instantánea, personal, o cognoscitiva) son otros errores de las iglesias que ven la conversión como un proceso. Entonces estas iglesias mantendrían un buen discipulado para los nuevos convertidos. Así esta perspectiva de proceso ayudaría de manera integral a afectar todas las áreas de la cosmovisión del creyente, no sólo su área cognoscitiva. ¿Hay una manera alternativa de acercarse a una comprensión de la conversión de manera más holística? ¿Si la conversión es un proceso, cómo se explicaría?

Un entendiendo alternativo de la conversión sería verla como un proceso dónde la cosmovisión de las personas es totalmente afectada, adquiriendo así la identidad de Cristo (imago Dei). A través de este proceso de adquirir identidad, un proceso de re-socialización empieza donde los nuevos convertidos absorben el lenguaje, valores, historias, mitos, rituales, doctrinas, y otras creaciones simbólicas de la comunidad en la cual ellos participan. Si nosotros entendemos la conversión desde esta perspectiva la necesidad para la iglesia local de articular su misión y visión, así como comprometerse en el discipulado se vuelve un imperativo. Por consiguiente, las regulaciones legalistas no necesitan ser impuestas en los nuevos creyentes, y un programa de discipulado bajo una teología práctica puede tener lugar en las iglesias. Por consiguiente, la dependencia del Espíritu Santo, y la generación de comunidades hermenéuticas serían algunos de los productos.

Así tenemos que el Espíritu Santo empieza trabajando en el corazón del recién convertido, y un proceso de crecimiento empieza. Este proceso de crecimiento realmente es un tipo de re-socialización (o cualquiera de sus sinónimos: aculturación, naturalización, o enculturación). En esta re-socialización, el individuo, la pareja, o el grupo adquiere la identidad que la iglesia proporciona participando así en la transformación de su cosmovisión por el Espíritu Santo, quien actúa recíprocamente tanto dentro como fuera de la iglesia. Por esta razón, estoy proponiendo también un concepto de conversión en un contexto comunal, porque la conversión siempre tiene lugar dentro de la comunidad de creyentes que actúan como la agencia de Dios.

Además, la responsabilidad comunal de la iglesia en la conversión es más importante cuando entendemos que el Espíritu Santo quiere la iglesia (viendo la iglesia como una comunidad no simplemente como una organización humana) para reproducir la imagen de Dios en cada nuevo creyente. El trabajo del Espíritu Santo es de ser agente para la conversión que a su vez nos muestra que la misión es la misión de Dios (missio Dei) y no de la iglesia. Desgraciadamente, el evangélico a veces parece incapaz de reconciliar el imago Dei (la imagen de Dios) con el missio Dei (la misión de Dios) en su teología de la conversión.

LA LUCHA CONTRA LA CARNE

31 Ene

LA LUCHA CONTRA LA CARNE

Posted: 30 Jan 2009 11:35 PM CST
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Pero si no expulsáis de delante de vosotros a los habitantes de la tierra, entonces sucederá que los que de ellos dejéis serán como aguijones en vuestros ojos y como espinas en vuestros costados, y os hostigarán en la tierra en que habitéis.
Pelea la buena batalla de la fe.
Las armas de nuestra contienda no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas; y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo,
Así que, hermanos, somos deudores, no a la carne, para vivir conforme a la carne, porque si vivís conforme a la carne, habréis de morir; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.

El  deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis.
Veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros.

Somos  más que vencedores por medio de aquel que nos amó.   

Jn.33:55   1 Ti.6:12   II Co.10:4,5   Ro.8:12,13   Gal.5:17   Ro.7:23; 8:37