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¡El último refugio del varón heterosexual!

11 Nov

Lunes 3 de Noviembre de 2008

¡El último refugio del varón heterosexual!

Un Patético Pedido de Perdón de un Gusano Despreciable 

¡Perdón, perdón perdóooonnnn! ¡Perdón a la Comunidad Homosexual Argentina, a los homosexuales que no están anotados en la cosa esa, a los homosexuales reprimidos, a los homosexuales que ni en sus sueños más salvajes imaginan que les gusta cargar carne por popa, perdón por el chiste homofóbico fácil, por decir –un suponer- “les gusta cargar carne por popa” o “¿te tomaste el tren, bala?”, etc. y sobre todo hacerlos sin la más mínima culpa. 

Usté me tiene que entender, sinior, siniora, usté me tiene que entender, perdone a este miserable cerdo asqueroso que se arrastra sobre sus propias miasmas como un perro débil y viejo, el último eslabon de la cadena, mordido en las patas por el resto de los “Machos Alfa” intentando salvar su vida sin valor, gimiendo y pidiendo Piedad, perdón. Perdónnnnnnnnnnnn, (ruido de aire y saliva escapando por entre los resquicios de la boca), no tengo nada contra el sinior homosexual o la siniora homosexuala, ahahhhahhahhahahhha, es que es un momentico dificilucho para ser un hombrecito, es difícil, no es como en el siglo XVIXX o el XIIIXVI o el VIIIIX, esos siglos, esos siglos donde ser hombre implicaba agarrarse a garrotazos o empujar un burro de sol a sol (si, ya sé, en otras clases o países más desgraciado los hombres siguen haciendo esas cosas, ¡perdón! ¡Perdón! ¡Perdón por ser tan pequeño burgués y etnocentrista, perdón por mi dinero, mi casa, mi Taunus “L”, mi trabajo de “yuppie” del arte, todo eso. ¡Perdón!). Yo no puedo, digo, nosotros los hombresuchis estos de ahora no podemos, no sabemos, tenemos manos de princesa, nos salen ampollas si barremos el piso más de media hora (porque aparte barremos el piso). Lo de los garrotazos tampoco, porque duelen y a los hombresuchis de hoy no nos gusta el dolor. ¡No, no me pegue, no me pegue, duele, aaaaaia! ¡Ta bien, ta bien, no levanto la cabeza, no levanto la cabeza! hhahhahaahhahahhaaahhhhhh

No descubrimos continentes, no mantenemos a nuestras mujeres, no imponemos “cosas” a los demás –no se puede, los demás no nos dejan- ni siquiera por la vía judicial, no ponemos orden “con cuatro gritos” (te duele la gargaaaaaanta) no hacemos mega-obras de ingeniería y si las hacemos la mitad de nuestras compañeras son mujeres así que no nos sirve para ser hombres. ¡Boooo hooooh hooooh! 

¿Entiende nuestra posición, sinior homosexual, siniora homosexual? No tenemos forma de demostrar que somos hombres, ta bien, lo dice el DNI pero ahora te lo podés cambiar con un trámite así que eso no sirve para nada, ¿el órgano? ¿cómo que te muestre el órgano? Eso es igual de incivil que andar a los garrotazos. No podemos demostrarlo y sin embargo, le tenemos cariño a nuestra condición, al hecho de tener el órgano y de ser emocionalmente toscos y nunca entender por qué alguien llora. Nos parece lindo. ¡Perdón porque me parece lindo! ¡Sí, ya sé, no me tiene que parecer lindo porque es una forma de decir que otra cosa que no sea esa me parece fea, ¿no?! ¡Castígueme! ¡Castígueme! ¡Por favor, necesito un castigo! Un castiguiiiito, dele. Castiguiiiiiiiito. Merezco unas nalgadas, lo sé, yo mismo le alcanzo la vara de pino, mire, aquí hay una con muchos pinchecitos, ¡Aiaaaa! Duele hahhaahhaaaaahhhh (más ruido salival). ¿Mentiende? 

Estamos tan desesperados por demostrar que somos hombres que compramos prótesis masculinas, y no me refiero a cosas con forma de pene. Me refiero a esa “subcultura James Bond” que hay ahora, de niños grandes que fuman habanos o toman whisky. Mire, sinior homosexual, ahora salió una promo de “Lucky Strike” en la que te regalan UNA PETACA! Una petaca plateada, para cargarla con tu “bourbon”, será de Dios. Para que los estudiantes de periodismo o los licenciados en mercadotecnia (es decir, gente que está más para cargar carne por popa que para matar un espía ruso, ¡ayyy!, perdón, metí un chiste homofóbico sin querer!) se autoengañen mirándose al espejo y creyendo que tienen algo en común con Humphrey Bogart. ¿Se da cuenta del los problemitas que tenemos? 

(Con lágrimas feas, pesadas, viscosas, escapándosele por el costado de los ojos) Nuestro único orgullo, nuestro último sacrosanto refugio en donde podemos acariciar nuestro órgano (metafóricamente) y nuestra frigidez emocional es el hecho innegable de que nos gustan las mujeres. Y punto. Eso es lo que el varón hetero de hoy considera su hazaña que, ya sé, no se compara a plantar una bandera en el Ártico (bueno, bueno, ta bien, ni siquiera se compara a caminar media cuadra y comprar medio kilo de milonguitas): que le gustan las mujeres. 

Es como esos viejos escritores que en las entrevistas dicen “ah, a mí siempre me han gustao mucho las mujeres (dice “gustao” porque se me ocurrió caracterizarlo como un escritor caribeño, perdón, perdón por este artificio innecesario, perdónnnnnnn)”, como si los tuviéramos que felicitar porque les gusta algo. Como si fuera un mérito. Como si el hecho de que les gustan las mujeres los convirtiera automáticamente en donjuanes empedernidos, y no es así, a mí, por ejemplo, me gusta mucho –aunque no lo soy- ser multimillonario y sin embargo llego a fin de mes con el socorro de mangazos, contabilidad creativa y alitas de pollo al horno. ¿Me entiende, sinior, siniora? ¡Perdón, perdón! No sé por qué, pero perdón. ¡Perdónnnnnnnn! ¡Perdón-nnnn-nnnn! 

¡Por favor, perdone a este gusano patético e inservible! Me arrastraré por vidrio molido, cubriré mis cabellos con ceniza o cutículas, me tatuaré “sonso” en la planta de los pies (dueleeee), saldré a la calle con un cartel que diga “pegue que no duele” (pero dueleeeeeeeeee), pero perdóneme por mis infantilismo, por mi conformismo y mis ansias de autojustificación. No soporto no ser querido. Ódieme, pero ocúltenmelo, sinior, siniora, y a cambio pondré todos mis bienes a su disposición y una vez al mes le limpiaré la casa con mis encías! ¡Castíguemeeeee! (Habla como un subnormal, pone como una cara medio de Jerry Lewis, es muy desagradable) Soy un niñito muy malo y merezco unas nalgadas en la coliiiiitaaaaa. Ñññññññññññ. (Se arrastra y se va mojando el pecho y la barriga con su propia estela de lágrimas) ¡Ay, ay, ay, ay, pobre desgraciado, pobre infeliiiiiz! ¡Aaaaaaaaaaahhhhh! ¡Aaaaaaaaaaaaaahhhh! (hipa) ¡Ah-ah-ah-ahhhhhhhhhhhh! ¡Güiiiiii! ¡Güiiiii!!!! ¡Ñe, ñe, ñe, ñe, ñiiiii, güiiii! ¡Güiiii, güiiii, güiiiii! Yaka yakka yakka bingo bongo. Booo hooo hooooh!!! (Quejido, hipo, carraspeo) ¡HOOOOOONNNNNNNNNGGGGGGRRRRR! 

(Bofetada) Ay, ay, ay, perdón, sinior homosexual y siniora homosexuala, me dejé llevar. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Qué hacemos para que el órgano no se quede ahí, con vergüencita, desamparado, vendiendo estampitas bajo la nieve? ¿Qué hacemos para llevar en andas nuestro gusto por las mujeres, que es a lo más que hemos llegado? ¿Qué hacemos, eh? ¿Eh? ¿Ehhhehheheehehehheh? 

Hacemos chistes homofóbicos; en los que el homosexual en realidad no es un objeto de escarnio como en los chistes de negros o de judíos. La verdad es que el homosexualismo nos ne frega: después de todo somos hombresuchis del siglo XXI, no del VIIXXIV. O sea, son chistes homofóbicos, pero están destinados a nuestros colegas heterosexuales. Es como una paradoja espacio-temporal. Y es que en realidad son una forma de contarle a todo el mundo –sin la necesidad de andar con un cartel- que nos gustan las mujeres. Tal como los carneros deciden quién es el más macho a los cabezazos, nosotros –como lo he descripto alguna vez– nos exhibimos y probamos nuestra condición de “machos alfas” con chistes homofóbicos o juegos de palabras con orificios u objetos oblongos, o hacer cosas con la boca o injertar cosas en el recto. Ah, sí, lo único que nos exhibimos entre nosotros. No frente a nuestras mujeres, porque queda mal. Es como una cosa medio homoerótica. ¡Perdón por hacer algo homoerótico! Ah, no, eso está bien. ¿No está bien? ¿Está bien o está mal? ¿Me pueden decir? ¡Alo, alo! ¡No importa, castígueme igual, por las dudas! 

(Rompe un jarrón de la Dinastía T’ang) ¡Mire, le rompí el jarrón! Hahahaahhhhaaahaha (ruido de saliva, aire y como un silbidito) Ahora me tiene que castigar. ¡Perdóneme! ¡Pero déjenos con nuestros chistes homofóbicos! Déjenos decir que tal debutó con un pibe o que a aquel le gusta el totolocho o que uy uy uy la cara de tragaldabas que te salió en esta foto. Mejor eso que, no sé, matar a alguien, ¿no? O atropellar a alguien, o robar, o hacer negociados con leche. (Uy, uy, uy, a este le gusta hacer negociados con leche. ¡Perdón! ¡Perdón! íDeeeeeeeje. Deeeeeeeeeeeeeeeeeeje. Ay, ay, ay, ay. (Empieza a dar vueltas en el piso como Curly, un Curly lastimero y un poco siniestro) haahhhhahahaaaaa, perdóooon, perdóooon, perdónnn, güi güi güiiiiiii! (Más ruidos y chilidos caninos) 

(Se arrastra a un rincón en posición fetal, y se queda alli, incapaz de redondear o poner una frase, o un remate, o de golpe un chiste homofóbico que ejemplifique toda la tesis. Se queda ahí una horita, y después se queda dormido. A las dos horas se despierta, se acomoda la ropa, dice “uy, qué tarde” y se va corriendo)

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