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Manifestación a favor de Israel

16 Ene

viernes, 16 de enero de 2009

Manifestación a favor de Israel

Máximo García Ruiz, España

Recibo un correo electrónico convocando a una concentración pro-Israel en Madrid, delante de la sede de la Embajada. La envía una organización denominada Shalom Sefarad que, según información ampliada en Google, la preside un tal Samuel del Coso quien, no se si en la actualidad también, pero al menos en el pasado, se ha identificado como persona vinculada a alguna iglesia evangélica. Al parecer, otras organizaciones y personas representantes de diferentes iglesias y organismos evangélicos están también detrás de esta convocatoria, de cuyo origen exacto no tengo constancia.

“Lo que nos motiva e impulsa”, dice el promotor de esta movilización, es: “a) consolar a Israel y ayudarla para que sea y haga el encargo que el Eterno les dio (Isaías 40:1); b) decirle públicamente que no está sola (Ruth 1:16,17); c) que tiene amigos muy agradecidos en todas las naciones (Isaías 14:1); c) que Eretz Israel pertenece al pueblo hebreo por voluntad divina (Gén. 12:1-3; 17:7,8); d) que no confíe en las naciones, más bien en su Dios y sus promesas (Salmo 46); e) decirle que vienen tiempos mejores (Isaías 49:8-29)”.

No seré yo quien discuta a sus promotores el derecho a expresar libremente sus ideas y proclamas o a que inviten a otros a unirse a sus propuestas, coincidan o no con las mias. Afortunadamente vivimos en un país democrático, en el que cabe la defensa de todas las posturas, cosa que, desgraciadamente, no ocurría en otros tiempos. Pero creo que una manifestación como la anunciada que, por otra parte, nos consta que responde al sentimiento de identificación de muchos cristianos evangélicos con Israel “como pueblo escogido por Dios”, receptor de promesas y profecías en el Antiguo Testamento, requiere una mínima reflexión.

Posturas de identidad ideológica como la que comentamos, vienen definidas en gran parte por la noción de dispensacionalismo, es decir, por la idea de que la Humanidad ha de pasar por siete períodos de pruebas divinas que culminarán en el Armagedón y en la Segunda Venida de Cristo. En esta escatología, los judíos y el moderno Estado de Israel juegan un papel tan central que el sionismo, el dispensacionalismo y el sionismo cristiano son a la postre prácticamente intercambiables. Y, siendo eso así, el sionismo cristiano proclama no solamente que todo acto ejecutado por Israel está orquestado por Dios y debería ser condonado, apoyado e incluso ensalzado por todos, sino que los judíos liderarán el proceso ya que, según la interpretación sionista, ello hará recaer la bendición divina sobre todo el mundo en la medida en que los países reconozcan y respondan a lo que Dios obre en y a través de Israel.

Hablamos, pues, de una hermenéutica literal, totalmente acrítica y descontextualizada, en la que los judíos continúan siendo el pueblo escogido por Dios y, consecuentemente tienen derecho divino sobre la tierra de Oriente Medio y, naturalmente, Jerusalén es la capital exclusiva de la nación hebrea, por lo que los palestinos son enemigos declarados del pueblo de Dios. En todo este proceso, los cristianos que apoyen a Israel tienen la garantía de que en la gran batalla de Armagedón, sobrevivirán a los estragos de esa batalla final.

A personajes como los estadounidenses Jonathan Edwards y Cotton Mathers o los británicos Lord Shaftesbury, Lord Arthur Balfour y Lloyd George, incluso la reina Victoria que asumió el título de Protectora de los Judíos, le deben mucho los sionistas contemporáneos, por no remontarnos a la escatología puritana que arranca de la propia Reforma Protestante. La constitución del Estado de Israel en el año 1948, sin que se tuvieran en cuenta los derechos históricos de los propios palestinos, además de a los horrores del Holocausto, responde a esos sentimientos e ideología. Ya en tiempos modernos, la “Mayoría Moral” del ya fallecido Jerry Falwell y algunos de los últimos presidentes norteamericanos han tenido y siguen teniendo un protagonismo vital en mantener vivas esas ideas, respaldadas por millones de cristianos. Jerry Falwell, que llamaba al “Cinturón Bíblico” estadounidense el “Cinturón de Seguridad” de Israel, calculaba que existían 70 millones de sionistas cristianos y 80.000 pastores sionistas cuyas ideas eran diseminadas por 1.000 emisoras cristianas de radio y 100 cadenas cristianas de televisión.

El tema da mucho más de sí, obviamente, pero no es nuestra intención profundizar en este tipo de posturas teológicas sino, más bien, plantearnos la actitud de determinados colectivos cristianos que se ven arrastrados por ciertas corrientes político-teológicas que por lo regular sobrepasan el nivel de su comprensión, para involucrarse ciegamente en la defensa de la barbarie y del crimen organizado, y hacerlo no como ciudadanos libres de apoyar determinadas posturas políticas, de izquierdas o de derechas, sino en su condición de cristianos.

Al margen de los orígenes del actual conflicto en las tierras de Palestina, íntimamente ligados a la creación artificial de un Estado en detrimento de los derechos de la población autóctona que venía ocupándolo durante más de 20 siglos y, simplificando el cuadro, la situación actual es la siguiente: un grupo de terroristas denominado Hamás, que dilapidan con su conducta la legitimidad que habían conseguido en las urnas, se rebela contra la Autoridad Nacional Palestina (ANP) que ostenta la soberanía del territorio conocido como Franja de Gaza y, contra toda legalidad, imponen un sistema de terror a base de atentados contra la población judía, como medio para reclamar lo que consideran sus derechos históricos. Ni la Autoridad Nacional Palestina, ni los estados vecinos, como es el caso de Egipto, respaldan ni aprueban dicha forma de actuar, si bien se unen a la condena internacional de los asentamientos judíos y del acoso al que someten a los palestinos. Frente a esa actitud terrorista, un estado legalmente constituido y legitimado por el concierto de naciones y por el paso de los años, es decir, Israel, hace frente a las agresiones terroristas para proteger a su población de los misiles lanzados permanentemente desde territorio palestino; pero lo hace con tal agresividad, de manera tan desproporcionada, que en lugar de una legítima defensa se convierte en un terrorismo de Estado, capaz de masacrar indiscriminadamente a niños, mujeres, ancianos, enfermos internados en hospitales, invadiendo el territorio enemigo y sembrando a su paso el terror y la destrucción masiva indiscriminada, y todo ello con el apoyo y el beneplácito del sionismo cristiano internacional.

Ya se que estamos simplificando mucho y aún así este artículo está resultado largo en exceso, pero avancemos un poco más. ¿Cuál es el papel que deben, o deberían representar los cristianos, sean palestinos, judíos, norteamericanos, españoles o de cualquier otra parte del mundo? ¿Defender el terrorismo suicida? ¿Apoyar el terrorismo de Estado en nombre de una determinada interpretación escatológica? ¿Eso es lo que queda del mensaje de paz y amor de Jesús de Nazaret? ¿No sería más razonable unirse a las muchas iniciativas puestas en marcha a favor de la convivencia y de la ayuda humanitaria ayudando a que israelíes y palestinos se comprometan a lograr resolver las diferencias por otros medios que no sean las armas? ¿Han olvidado estos cristianos que el mandato de su Maestro es orar por lo enemigos? ¿No sería más apropiado tomar nota de la iniciativa de 69 premios Nobel, entre ellos el Dalai Lama y la iraní Shirin Ebadi y unos cien diputados europeos, reunidos para firmar una petición en favor de la paz, bajo la iniciativa de la ONG francesa Peace Lines? ¿No resultaría más apropiado promover la paz, la justicia y la reconciliación entre todos, sin tomar partido por ninguna forma de violencia? “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados Hijos de Dios” (Mateo 5:9); “Oh, hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué dice Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante Dios” (Miqueas 6:8).

¿Qué o quiénes arrastran a determinados grupos de cristianos hasta las puertas de la Embajada de Israel para mostrarle solidaridad, para respaldar moralmente sus crímenes de esa forma? ¿En nombre de quién? ¿En nombre de qué Dios lo hacen? ¿A quiénes representan? ¿Quiénes son sus compañeros de viaje? Desde luego, no en mi nombre ni en el de miles de cristianos defensores de la paz, de la solidaridad, de la justicia y de la misericordia.

Enero de 2009.

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