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Ante una tesis de Argibay

25 Mar

Mariano Grondona | Ver perfil

Ante una tesis de Argibay

Por Mariano Grondona  
Especial para lanacion.com

Miércoles 25 de marzo de 2009 | 01:18 (actualizado a las 01:17)

En un reportaje radial, la ministra de la Corte Suprema Carmen Argibay acaba de criticar a los ciudadanos que se manifestaron el miércoles último en Plaza de Mayo y en las principales ciudades del país para protestar por la inseguridad, diciendo que “nunca los vimos marchar contra el hambre y la pobreza”. Durante el acto en Plaza de Mayo, como se recordará, hablaron el rabino Sergio Bergman y el padre Guillermo Marcó.

Cuando se discute sobre el auge de la inseguridad que padecemos los argentinos, dos tesis parecen enfrentarse. Una de ellas reclama una mayor presencia del Estado en la lucha contra el delito, haciendo notar que los autores de hechos aberrantes entran por una puerta de la cárcel y salen por la otra, lo cual genera un clima de impunidad que alienta a reincidir a los delincuentes y que acrecienta el temor de los ciudadanos. La otra sostiene que la difusión del delito es hija del hambre y de la pobreza siendo éstas y no la pasividad de los jueces y del Gobierno, por lo tanto, la causa principal de la inseguridad. En cierto modo, la primera tesis se reflejó en la indignación de los manifestantes de Plaza de Mayo. En la segunda tesis milita desde el otro extremo la ministra Argibay, quien intentó minimizar además el problema al decir que “la inseguridad es exagerada e inflada por los medios de comunicación”.

¿Nos hallamos entonces ante el choque entre dos interpretaciones sobre el auge de la inseguridad, una “dura” y otra “blanda”? Mientras la “línea dura” se alarma ante la multiplicación de los delitos que desembocan con frecuencia en el asesinato de policías y de ciudadanos comunes, la “línea blanda”, al poner la mirada sobre otros abismos como el deterioro social que también afecta a un número creciente de argentinos, llega a sostener en cambio que los medios de comunicación son en cierto modo cómplices de la “sensación de inseguridad” que nos golpea, al exagerarlos con olvido del deterioro social.

En la medida en que tanto la línea dura como la línea blanda exageren sus argumentos, empero, ambas corren el riesgo de caer en la trampa del unilateralismo, porque es evidente que nuestra sociedad padece el movimiento de pinzas de los dos males que ellas denuncian porque tenemos, en suma, demasiados delincuentes y demasiados pobres.

Pero simplificar los problemas es típico de las ideologías. Si alguien insiste en hacerlo, es que quiere enfatizar la culpa del “otro”, esto es del adversario ideológico, para aliviar su propia culpa. Hay dos culpas concurrentes por el auge de la delincuencia. Una es la impunidad y la otra es el deteriorio social. En la raíz de ambas gravita sin embargo una sola causa principal: la inacción del Estado.

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Los círculos concéntricos del kirchnerismo

30 Nov
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Los círculos concéntricos del kirchnerismo

Por Mariano Grondona

Domingo 30 de noviembre de 2008 | Lanacion.com

 

Cuando la Presidenta anunció esta semana la realización de nuevas obras públicas, un blanqueo de capitales y la creación del Ministerio de la Producción, muchos recordaron otros anuncios presidenciales, como el pago al Club de París y el principio de acuerdo con los acreedores impagos, llamados holdouts , porque en ambos casos había habido un gran impacto público primero y ninguna consecuencia concreta después. Mucho ruido y pocas nueces.

Era natural entonces que esta semana los observadores, ya más cautelosos en función de sus recientes experiencias, se preguntaran cuánto de verdad y cuánto de retórica había en los dichos de Cristina Kirchner. ¿Está el Gobierno por lanzar realmente el gigantesco plan de obras públicas por 71.000 millones de pesos que acaba de anunciar o sólo nos hallamos ante una nueva operación mediática? Los más desconfiados recuerdan a esos pastores que, después de creerle varias veces al pastorcillo mentiroso cuando gritaba “¡Lobo!”, le dieron la espalda justamente cuando el lobo venía de verdad.

Un gobierno que ha manipulado sin cesar los datos del Indec y una presidenta que no ha hecho más que reiterar las directivas y confirmar los principales colaboradores de su antecesor después de haber proclamado en su campaña electoral que “el cambio recién empieza” tienen un desafío mayor aún que el dudoso financiamiento de las obras que prometen: restablecer la maltrecha confianza de los argentinos.

La confianza, que es el capital moral de las naciones, parece hoy más elusiva que nunca cuando se toma en cuenta que pocos días antes de que se anunciara este paquete de medidas supuestamente destinadas a atraer la masa de los capitales privados exiliados, a los cuales se han sumado en este año otros 24.000 millones de dólares, el Gobierno confiscó los ahorros de nueve millones de futuros jubilados por un valor estimado de 35.000 millones de dólares.

Tampoco ayuda a creer más que antes que en la presentación del flamante Ministerio de la Producción ante los industriales no se haya incluido hasta ahora una firme señal que indique que ha menguado el ánimo de venganza del Gobierno contra el campo, el otro gran productor junto con la industria, cuyas abundantes exportaciones salvaron a Duhalde en 2002 y podrían salvar a Kirchner en 2008, sólo con que éste lo quisiera.

El hecho de que la Comisión de Enlace haya sido invitada a la asunción de Débora Giorgi, ¿abre en todo caso una rendija a la esperanza?

La piedra en el lago Para recuperar la confianza de los mercados, los Kirchner tendrían que intentar algo más rotundo, más profundo, que la seguidilla de anuncios rimbombantes a la que nos van acostumbrando.

Esto no quiere decir que su reiterada apelación a este vano recurso haya sido, en sí misma, en vano. Al contrario porque, sin confesarle nunca al pueblo “la” verdad de lo que está ocurriendo, han terminado por revelarle aun sin quererlo “su” propia verdad: las entrañas, el corazón del kirchnerismo.

Si tuviéramos que trazar un gráfico del poder kirchnerista, quizá la mejor manera de representarlo sería comenzar por un punto a partir del cual, como en las aguas de un lago cuando una piedra lo golpea, se van sucediendo ondas concéntricas cada vez más amplias y más débiles hasta que, finalmente, desaparecen.

El punto central del conjunto, la piedra en el lago de la que todas las ondas emanan, es Néstor Kirchner. De él, de su mezcla de aislamiento, ignorancia económica y arrogancia política, surgen todas las decisiones relevantes.

Junto a él, su discípula y compañera se ha hecho cargo de la tarea de anunciar, explicar y justificar aquellas decisiones sin que nadie sepa, ni siquiera los más cercanos a la pareja, cuál es el diálogo íntimo, secreto, en cuyo seno nace y madura el vínculo que los ata, de modo tal que el primer impacto de la piedra y el primer círculo que ella traza en el lago vienen a confundirse en un único destello: el big bang del kirchnerismo.

Más afuera se forma el segundo círculo kirchnerista, la breve pero intensa legión de los soldados. No tienen ideas ni voluntad propias. Sólo ejecutan. Pueden llamarse Zannini, Moreno, Echegaray, Kunkel o De Vido.

A veces la ira de los disconformes apunta contra ellos sin reparar en que sólo cumplen órdenes. Pero algunos al lado de ellos han concebido a veces la ilusión de un mínimo de autonomía hasta que la aplanadora del poder los dejó sin espacio. Sus nombres podrían ser Bielsa, Lousteau o Alberto Fernández entre los que ya mordieron el polvo de la desilusión, o Massa, Boudou y hasta Giorgi entre los que aún podrían morderlo.

Más afuera A partir de aquí, los círculos del poder kirchnerista se amplían y se debilitan cada vez más. Están, por ejemplo, la mayoría de los gobernadores, que, si bien dependen casi absolutamente de la “caja” de Kirchner, guardan cierta libertad de maniobra en razón de la distancia.

Algunos de ellos vienen directamente del dedo de Kirchner. Otros, pese a que nacieron por fuera y hasta en contra de él, se ven obligados a cerrar filas cada vez que los aprieta la necesidad fiscal.

Más afuera todavía se desplaza sobre todo en la provincia de Buenos Aires el amplio círculo de los ex duhaldistas. ¿Cuántos entre ellos, si bien acatan ostensiblemente al todopoderoso, guardan contactos y nostalgias cerca de aquel que un día lo digitó?

El círculo más exterior de todos es, en fin, el de los aliados estratégicos del ex presidente. Los sindicalistas, comenzando por el propio Moyano, ¿son verdaderamente confiables para el kirchnerismo? La CGT que impulsó Perón lleva ya sesenta años ininterrumpidos de vigencia.

Los sindicalistas convivieron con los más diversos regímenes, con presidentes peronistas, radicales y militares. Sus conductores son de lejos nuestros políticos más experimentados. ¿Cuándo les llegará el momento de confirmar su extraordinaria versatilidad?

El sector empresario es diferente porque nunca comulgó con la doctrina peronista. Pero a veces lo seduce la peligrosa tentación de las ventajas económicas inmediatas o lo aprieta la comprensible presión del temor. Son aquellos que por lo bajo coinciden en un todo con los críticos y los opositores, pero que no se animan a hablar en voz alta.

Definitivamente, fuera de los círculos que forma el poder se encuentran, todavía solitarios, industriales como Aranguren. Habría que sumarle la gran mayoría de los dirigentes rurales, la prensa libre y, cada día más, las clases medias. Mención aparte merecen aquellos dirigentes que al fin lograron romper el cerco kirchnerista y que hoy se atreven a desafiarlo. Nombres como los de Julio Cobos, Felipe Solá y Luis Juez figuran a la cabeza de esta lista en paulatino crecimiento.

La contraola Es que las olas, al fin, generan contraolas. Mientras los círculos concéntricos del kirchnerismo se amplían y se debilitan a medida que pasa el tiempo, desde fuera de ellos otra corriente nace y se extiende a partir de una segunda pedrada que el kirchnerismo no pudo evitar. Allí militan con creciente vigor los críticos, los opositores, los independientes.

Esta contraola puede terminar por ser más fuerte que la ola del poder vigente, pero, para lograrlo, debe dejar de ser solamente una “contraola” para transformarse en una “nueva ola” no sólo de contradicción, sino además de superación. La nueva ola del “poskirchnerismo”. Cuando ella consiga formular el programa de la nueva generación argentina, sólo entonces se le podrá aplicar la famosa frase de Nietzsche: “Nada hay más poderoso que una idea a la que le ha llegado su hora”.

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Chávez: el límite es el fraude

30 Nov
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Opinión

Chávez: el límite es el fraude

Por Mariano Grondona
Especial para lanacion.com

Miércoles 26 de noviembre de 2008 | 01:44 (actualizado hace 4 días)

 

Cuando un país está gobernado desde hace diez años por un presidente populista y autoritario, cada vez que sus ciudadanos son convocados a las urnas asoma el temor del fraude. Pero si ese presidente perdiera por dos veces consecutivas las elecciones, ¿habría que absolverlo de toda sospecha? Hace un año, el presidente Chávez perdió el plebiscito mediante el cual pretendía prolongarse indefinidamente en el poder. Ahora, ha vuelto a perder en las elecciones locales de los cinco distritos más ricos y poblados de Venezuela, incluida Caracas. ¿Diremos entonces que se ha convertido en un presidente democrático? La derrota, ¿garantiza la transparencia?

En su significación “fuerte”, el fraude es la pura y simple falsificación de la voluntad popular. En su significación “débil”, el fraude es una alteración de la voluntad popular que no llega a falsificarla enteramente. Se dice con serios fundamentos que hace un año, cuando fue derrotado por el “no” a su pretensión de reeleccionismo indefinido, una vez que las Fuerzas Armadas impidieron que falsificara groseramente las cifras de esta negativa, Chávez logró que ellas le toleraran al menos una alteración que amortiguó el impacto de su derrota. El suyo fue en ese entonces un fraude “débil”, insuficiente para afirmar sin más que Venezuela se había quedado sin democracia.

Esta vez, al amenazar que sacaría los tanques a la calle si perdía las elecciones locales y al apretar como nunca las clavijas del clientelismo gracias a las cuales todavía consigue hacer como que gana en los distritos rurales más pobres, Chávez alteró de nuevo las cifras de lo que debió haber sido una elección insospechable, pero también hay que reconocer que la reiteración de este fraude “débil” no logró disimular su derrota. Aun en el borde del autoritarismo, pues, Venezuela continúa siendo una democracia.

El plazo presidencial de Chávez se extinguirá en 2013. Después de estas dos derrotas consecutivas, la esperanza de los venezolanos que aman la democracia se ha reforzado. Como van las cosas, ahora es más posible que nunca que, de aquí a cinco años, consigan desplazarlo definitivamente. Si, llevado por la desesperación, Chávez llegara a urdir en adelante algún fraude “fuerte”, Venezuela perdería el residuo democrático que aún le queda. Pero si Chávez atravesara esta frontera, se convertiría en un dictador sin atenuantes. ¿Se animará a hacerlo en un país que ya le está dando la espalda? Si lo intentara, ¿no abriría la caja de Pandora de la resistencia a la opresión?

¿Qué es Kirchner, un líder o un dictador?

30 Nov
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¿Qué es Kirchner, un líder o un dictador?

Por Mariano Grondona

Domingo 23 de noviembre de 2008 | Lanacion.com

 

La escisión del bloque oficialista de la Cámara de Diputados marca la primera grieta del kirchnerismo. Después de su espectacular derrota frente al campo en el Senado, Kirchner se dedicó a restablecer la disciplina entre los que no lo votaron en esa ocasión y, con la ayuda de la “caja”, consiguió parcialmente su intento en casos como los de Schiaretti en Córdoba, y tanto del peronista Reutemann como del socialista Binner en Santa Fe. Al frente de un puñado de diputados peronistas no kirchneristas, sin embargo, Felipe Solá resistió la contraofensiva del ex presidente. Solá y los suyos podrían sumarse a otros líderes peronistas como el gobernador Alberto Rodríguez Saá, el senador Juan Carlos Romero, el diputado Francisco de Narváez y el ex presidente Duhalde. De este modo, se conformó lo que ha dado en llamarse “la pata peronista” de una amplia convergencia opositora que además promete crecer con la reconciliación interna que procura el radicalismo al convocar a antiguos disidentes como Elisa Carrió, Ricardo López Murphy y el vicepresidente Julio Cobos. Dentro y fuera del peronismo, pues, la oposición a Kirchner está despegando.

Pero la rebelión de Solá es importante no sólo como un “hecho” que marca el debilitamiento del kirchnerismo sólo once meses antes de las elecciones cruciales de 2009, sino también por los “dichos” que la acompañaron. Al anunciarla, en efecto, el ex gobernador de la provincia de Buenos Aires señaló que “detrás de nuestra ruptura hay una concepción política. Dos o tres personas deciden todo sin consultar a nadie. Hay un cesarismo gobernante. O se vota todo o se es un traidor. Según como se ande con el Gobierno, la plata viene o no. Me parece que el primer gobierno del kirchnerismo fue muy bueno, pero una cosa es el estilo político y otra muy distinta es el unicato, el cesarismo”.

Estas severas palabras llevan a plantear una pregunta insoslayable: ¿cómo definiremos el poder de Néstor Kirchner? ¿Nos hallamos ante un liderazgo fuerte, en última instancia compatible con la democracia, o ante una incipiente dictadura?

Hierón, el tirano Aunque se usan con frecuencia como sinónimos, graves palabras como “tiranía”, “dictadura”, “cesarismo”, “despotismo” y “unicato” no lo son. Los griegos usaban la palabra tirano para aludir a quien se arrogaba el poder supremo al margen de las instituciones democráticas. En su sentido originario, la palabra “tirano” podía aludir tanto a un buen como a un mal gobernante. Al tirano Pisístrato, por ejemplo, los atenienses le reconocieron que había promovido las obras públicas, aunque luego derrocaron a sus hijos. Fue Aristóteles quien le dio a la palabra “tirano” el sesgo maligno que hasta hoy conserva al señalar que, mientras el gobernante honesto procura el bien común, el tirano atiende sólo a su propio bien.

Pero una vez que obtuvo la suma del poder, ¿puede el tirano liberarse de sí mismo? Esta es la incisiva pregunta en torno de la cual gira el clásico libro Hierón, del socrático Jenofonte, a lo largo de cuya narración el tirano Hierón se queja ante el filósofo Simónides de su aciaga suerte, ya que, encumbrado como está en el poder, ya no sabe si las mujeres y los hombres que lo alaban lo aprecian de verdad o simplemente le temen o aprovechan. Simónides le pregunta entonces a Hierón por qué, ya que se queja tanto de su suerte, no renuncia. A lo cual Hierón responde que no puede hacerlo porque son tantos los odios que ha suscitado desde el poder que, no bien sus súbditos lo vieran bajar del pedestal, lo matarían.

De origen igualmente griego, la palabra déspota también podría conciliarse, en el límite, con el buen gobierno, y así fue como se pretendió que algunas monarquías modernizadoras del siglo XVIII se exhibieran como ejemplos de “despotismo ilustrado”. Fue Montesquieu, sin embargo, quien señaló que, siendo la naturaleza humana lo que es, todo despotismo desemboca en tiranía. Al siglo siguiente, el liberal lord Acton acuñó entonces una frase que aún resuena: “El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente”.

La palabra dictadura , de origen romano, no aludió al principio a un abuso sistemático del poder, sino a una institución de la República en virtud de la cual el Senado podía conceder plenos poderes a un ciudadano en una situación de emergencia, pero sólo por seis meses. Hubo de este modo grandes estadistas que fueron nombrados dictadores como Cincinato, un general retirado que salvó a Roma de sus enemigos y volvió después a cultivar su chacra de dos hectáreas, antes incluso de que el plazo de seis meses se cumpliera. Hoy, sin embargo, el uso común de lo que se hoy se llama “dictadura” tiene un alcance vecino al de la tiranía. Entre la dictadura de la república romana y la tiranía medió la palabra cesarismo que usó Solá, porque Julio César se hizo votar por el Senado “dictador vitalicio”; se acercó así a la tiranía y cayó por esta razón bajo los puñales de los últimos republicanos.

Solá habló también del unicato de Kirchner, aludiendo aquí a lo que se dijo del presidente Juárez Celman antes de que la revolución de 1890 lo derrocara: que, rodeado por un grupo de obsecuentes e incondicionales, había concentrado en sí mismo, en el Unico , los poderes de la Constitución.

Desde antiguo, muchos autores, como el propio Santo Tomás de Aquino, admitieron que era legítima “la resistencia a la opresión” del tirano; llegaron otros pensadores escolásticos, como el padre Mariana, al extremo de admitir la licitud moral del tiranicidio.

Después de este breve viaje a través de palabras afines pero no idénticas, aún nos queda por abordar la cuestión original: ¿cómo definiremos los argentinos de hoy el poder de Néstor Kirchner?

Dificultades Si Néstor Kirchner fuera un político democrático, no habría avasallado al Congreso y a su propio partido con el estilo autoritario según el cual se obedece o se es traidor, como denunció Solá. Tampoco habría nominado a su mujer como sucesora sin elecciones internas ni habría sujetado el nombramiento de los jueces a los aprietes del Consejo de la Magistratura ni condicionado el comportamiento de los gobernadores a las caprichosas dádivas de la “caja”, que son la burla del federalismo.

Kirchner no fue ni es un gobernante democrático. Pero tampoco es fácil encuadrar a Kirchner en los ejemplos clásicos de la tiranía. Debe anotarse que el inmenso poder “indirecto” del que goza Kirchner a través de su mujer, los gobernadores y los legisladores que le obedecen tiene un origen electoral y sólo podría ser inhibido por otra elección adversa, recién a partir de 2009. Si esta elección adversa se concretara de aquí a once meses, sólo entonces un Congreso eventualmente antikirchnerista podría someter a la señora de Kirchner a juicio político por no exhibir independencia respecto de las órdenes de su marido, discurriendo en tal caso el poder legítimo en dirección de Cobos.

Mientras quede pendiente la posibilidad de una elección limpia en 2009, por lo dicho, subsiste entre nosotros una “democracia mínima”. Diríamos entonces que el régimen de Kirchner es lo que podríamos llamar una intradictadura , esto es, el desarrollo de un poder dictatorial sobre sus propios colaboradores “dentro” y no “fuera” de las instituciones democráticas, a la manera del unicato. Pero esta última línea de defensa de la legitimidad de su poder quedaría desarticulada en el mismo momento en que en 2009 o después cundiera el fraude; en tal caso se destruiría la base irrenunciable de la democracia, que no es otra que la voluntad soberana de los ciudadanos.

mariano grondona

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Las anteojeras ideológicas de los Kirchner

20 Nov
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Las anteojeras ideológicas de los Kirchner

Por Mariano Grondona

Domingo 9 de noviembre de 2008 | LaNacion.com

 

A casi un año de la sustitución de Néstor por Cristina en la Presidencia, los Kirchner se han distribuido sus tareas. El decide . Ella explica . Algunos han querido ver en esta distribución de tareas el atisbo de una divergencia, pero no hay tal porque lo que parece separar a la pareja dominante es, en realidad, sólo una consentida división de funciones. Néstor y Cristina son dos personas distintas y un solo poder verdadero. Quienes aún esperan que el cambio ocurra en el interior de la pareja presidencial marchan hacia una gran frustración. El cambio vendrá a su debido tiempo, pero en el seno del poskirchnerismo .

Dedicada casi por completo a justificar lo que decide su marido, la Presidenta habla varias ocasiones por día en nuestro país y a veces lleva su propaganda hasta encuentros internacionales como el que se desarrolló en la XVIII Cumbre Iberoamericana celebrada en San Salvador o hasta comunicaciones públicas como la peculiar felicitación que le acaba de enviar a Barak Obama con motivo de su victoria.

Lo que asoma detrás de los discursos de Cristina es, invariablemente, una ideología. El primero que le dio a la palabra “ideología” su sesgo actual fue Carlos Marx al definirla como la justificación pretendidamente racional de una ambición inconfesable. El liberalismo era, según él, la ideología que los burgueses habían diseñado para justificar el capitalismo. Marx no pudo impedir empero que Karl Mannheim y otros autores definieran a su vez al marxismo como una nueva ideología concebida para encubrir la inconfesable ambición del comunismo.

Tanto el liberalismo como el marxismo dieron lugar a formidables desarrollos intelectuales. El modelo al que apela de continuo Cristina para justificar la pasión por el poder del kirchnerismo es una construcción más modesta, incomparable con aquellos dos grandes ejemplos. Cumple, sin embargo, la función de todas las ideologías de cimentar la incondicionalidad de sus seguidores y también bordea la trampa que acecha a los ideólogos cuando las explicaciones que elaboran para manipular a los demás terminan por atraparlos a ellos mismos, sumiéndolos en la incapacidad de distinguir entre sus fantasías y la insobornable realidad.

Las anteojeras El diccionario define las anteojeras diciendo que son “en las guarniciones de las caballerías de tiro, las piezas que caen junto a los ojos del animal para que no vean por los lados, sino de frente”. Igual que las ideologías, las anteojeras mutilan la visión global.

Cuando la Presidenta felicitó a Obama mediante una carta de dos carillas, desproporcionada a la luz de los miles de mensajes que estaba recibiendo el nuevo presidente norteamericano en el día de su victoria, exageró el modesto papel que hoy está cumpliendo su gobierno en el concierto de las naciones pero quizá lo hizo con la intención de destacar ante los ojos de su encumbrado corresponsal lo importante que es su “modelo”, su ideología, para entender lo que está pasando en el mundo. Al aplicar sus ideas a la realidad norteamericana, Cristina erró, sin embargo, el diagnóstico por suponer que el triunfo de Obama fue un paso decisivo en la lucha secular contra la discriminación racial que asoló por siglos a los Estados Unidos.

Quizás éste fue el camino que Cristina creyó encontrar para mejorar las vapuleadas relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos, pero lo hizo ignorando que si algo prueba la victoria de Obama es, precisamente, que la discriminación racial que ella denuncia ya ha sido largamente superada en la democracia norteamericana porque, de otra manera, el candidato demócrata no habría obtenido su amplísimo apoyo tanto entre los negros como entre los blancos. La reciente elección norteamericana muestra que el triunfo de Obama es el punto culminante del constante ascenso de una minoría de color altamente calificada hacia la cumbre del poder, un ascenso que ya habían encarnado altos colaboradores de Bush como Colin Powell y Condoleezza Rice así como el juez Clarence Thomas en la Suprema Corte. El acceso de Obama a la presidencia no es por ello la iniciación sino el remate de la revolución que recién ahora cree percibir Cristina porque los Estados Unidos han dejado atrás hace décadas la tragedia de Martin Luther King a la que ella aludió en su mensaje. Lo que pasa es que la ideología de Cristina le impide ver que los Estados Unidos son desde hace mucho tiempo una democracia ejemplar y que no han empezado a serlo recién después de Bush y a partir de Obama, pero reconocerlo implicaría para ella atisbar más allá de esas anteojeras que le dicen que los Estados Unidos continúan siendo la perversa madriguera del capitalismo.

En San Salvador La última vez que la Presidenta aprovechó una reunión internacional para explicar su “modelo” a los jefes de Estado que la rodeaban fue en la XVIII Cumbre Iberoamericana celebrada entre el 29 y el 31 de octubre último en San Salvador, capital de la República del Salvador. Acudió el rey de España y faltó Chávez, por lo cual los asistentes esperaban una reunión tranquila. A cada jefe de Estado se le había acordado entre 7 y 10 minutos para hablar, pero Cristina habló más de 25 minutos, como siempre sin leer, para tocar dos temas. Uno de ellos consistió en defender la apropiación de los ahorros de los futuros jubilados que habían optado hace un año por mantenerlos en las AFJP. El otro tuvo que ver con lo que ella insiste en llamar su “modelo”, su ideología, sobre la Argentina y el mundo.

Al abordar el primero de estos dos temas, llamó la atención de los asistentes que Cristina se dedicara a defender el polémico proyecto de estatización de los ahorros privados con tanto énfasis como si estuviera en nuestra Cámara de Diputados y no en un foro internacional. En cuanto al “modelo” que también expuso, reiteró la condena del llamado “modelo neoliberal” que supuestamente condenó a la miseria a los países latinoamericanos durante la “década maldita” de los años noventa. Cristina volvió a proclamar entonces el derrumbe del Primer Mundo capitalista bajo el “efecto jazz” de la actual crisis financiera, indicando que de ahora en adelante será el Estado, y ya no el mercado, el protagonista económico de la Argentina y del mundo.

A la luz de esta afirmación de alcance universal, la estatización de los ahorros privados colocados en las AFJP vendría a ser sólo un ejemplo avanzado de la estatización general de la economía que prepara el kirchnerismo, pero el hecho es que la exposición de Cristina no cayó del todo bien en la Cumbre, obligándola a adelantar en un día su regreso a Buenos Aires por la cancelación de varias de sus citas. Como se sabe, con la conducción del presidente Antonio Saca, El Salvador es un país amigo de los Estados Unidos.

Cristina pretendía lograr en San Salvador el nombramiento de Néstor como presidente de la Unión de las Naciones Sudamericanas (Unasud), pero en tanto otros países prooccidentales como Colombia y Perú no acompañaron su iniciativa, Uruguay le dio la estocada final cuando, para manifestar inequívocamente su oposición a la candidatura de su marido, el presidente Tabaré Vazquez no concurrió a la Cumbre. Lo cual viene a destacar otro de los efectos de las ideologías: que sus cultores, finalmente, quedan aislados.

¿”Golpe de mercado” o golpe “al” mercado?

30 Oct
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Opinión

¿”Golpe de mercado” o golpe “al” mercado?

Por Mariano Grondona 

Especial para lanacion.com

Miércoles 29 de octubre de 2008 | 02:02 Lanacion.com

¿"Golpe de mercado" o golpe "al" mercado?Ilustración: Miguel Brea

 

El Gobierno ha obligado a las AFJP a repatriar 1800 millones de pesos que tenían colocados en Brasil, pero la caída de la Bolsa, la pérdida de los dólares de reserva del Banco Central y la fuga de capitales de las últimas semanas exceden largamente a aquella modesta suma. Es como si el capitán de un barco quisiera salvarlo del enorme rumbo que se ha abierto en su casco y por la cual fluyen torrentes, echando mano al balde que utiliza su grumete para lavar la cubierta.

En una solicitada que se publicó ayer, la Asociación Bancaria de Juan José Zanola denunció que las dificultades económicas que hoy experimenta la Argentina se deben a un “golpe de mercado”. ¿Pero quiénes son “el mercado”? ¿No son los millones de argentinos que, ante la opción que les ofreció el Gobierno el año pasado, escogieron en una proporción del 80 por ciento el sistema jubilatorio de capitalización privada que ahora les quieren confiscar?

Tan difícil como fue suponer que los miles de chacareros que resistían el aumento de las retenciones eran una “oligarquía golpista”, es imaginar ahora que estamos asistiendo a un “golpe de mercado”, porque la sola idea de un golpe supone la conspiración de unos pocos. Los redactores de la solicitada procuran eludir esta objeción diciendo que los autores del golpe de mercado son “los sectores económicos y financieros más concentrados”.

Así, reduciendo millones a unos pocos, pretenden componer la imagen de la conspiración minoritaria que denuncia el Gobierno. ¿Pero cuán pocos son los pocos? Los mercados, ¿no agrupan acaso a miles y miles de agentes económicos que compran y venden libremente, y no a un puñado de magnates que caben en un cuarto?

Esos miles y miles de personas quisieron optar por la libertad económica que ahora se les niega, con el argumento de que están “concentrados”. ¿Pero no es el propio Gobierno, esto es un puñado de funcionarios que obedecen a un solo jefe, el que quiere manipular fondos ajenos para que vuelvan, por ejemplo, del Brasil? Ocurre empero que ese resultado que quieren determinar los funcionarios apropiándose coercitivamente de los fondos que no les pertenecen, queda totalmente desbordado por los miles y miles de acciones y divisas que se venden y se compran diariamente. ¿No sería más sensato entonces, antes que querer atrapar el torrente con un balde, inspirar confianza en todos aquellos cuya fe en el Gobierno, justamente por medidas coercitivas como la que estamos comentando, flaquea cada día más?

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El viejo león

22 Oct
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El viejo león

Por Mariano Grondona
Especial para lanacion.com

Miércoles 22 de octubre de 2008 | 02:46 (actualizado a las 02:51)

 

Por Mariano Grondona
Especial para lanacion.com

Samaniego cuenta en una de sus fábulas que un viejo león, cuando lo abandonaban sus fuerzas, comprobó con asombro que los demás animales del bosque, que hasta ese momento le habían rendido vasallaje, súbitamente se animaban a insultarlo. Si ponemos al capitalismo y a su principal mentor, los Estados Unidos, en el lugar del viejo león, ¿vuelve a nosotros, en esta hora crítica, la fábula de Samaniego?

Las naciones de éxito suscitan sentimientos encontrados. A algunos los estimulan con su ejemplo. A otros les despiertan resentimiento o envidia. El resentido es aquél que, con razón o sin ella, cree que ha sido explotado por el exitoso y desea vengarse. Puede entenderse así que en Cuba, que vivió por décadas bajo el dominio de los Estados Unidos, se haya generado un odio tan intenso a los norteamericanos como el que encarna Fidel Castro.

El envidioso, al contrario, tiene poco que achacarle al imperio. Ello no obsta para que también se sienta agraviado por él en forma indirecta. Supongamos que un país haya llegado a calificarse con un “cinco” que podría estimar suficiente si no fuera porque otro país, que nació al mismo tiempo que él, ha logrado un “nueve”. Cuando sabe del nueve ajeno, al envidioso se le cae su autoestima. Aunque el país exitoso no le haya arrebatado nada directamente, el envidioso lo culpa por haberle causado esa sensación de fracaso. Es más por el lado de la envidia que por el lado del resentimiento que ha nacido el sentimiento antinorteamericano entre los populistas argentinos.

Allí donde campea el sentimiento antinorteamericano, nace también la dorada oportunidad de achacarle al país exitoso la culpa por los males del que corre detrás. ¿Por qué intenta justificar entre nosotros el Gobierno, por ejemplo, el despojo a millones de ahorristas que acaba de anunciar? Porque a sus ojos las AFJP encarnan al odiado capitalismo.

Pero en el bosque actual, a la inversa del de Samaniego, el león está herido pero no necesariamente moribundo. Decenas de gobiernos en Europa y en América Latina, al revés que los animales de Samaniego, en vez de morder al león norteamericano lo están ayudando. Si llegan a tener éxito, ¿adónde quedarán aquellos que, no bien surgió la crisis, creyeron que había llegado la hora de enviar al desierto al chivo expiatorio capitalista? El hecho de que ayer fuera nuestra Bolsa y no las del mundo la que cayó a plomo por el despojo a los ahorristas, ¿no debiera advertir al kirchnerismo sobre las posibles consecuencias de su desubicación ideológica?

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