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LOS MENORES Y EL DELITO

20 Nov

 

LOS MENORES Y EL DELITO
LA INUTILIDAD DE BAJAR LA EDAD DE IMPUTABILIDAD
Por José Fernández Gaido

 

No hay día que pase sin que la noticia periodística revele un crimen consumado por algún menor, el hurto, el robo y el homicidio son moneda corriente en nuestra sociedad. Sociedad que asiste estupefacta y con sentimiento de impotencia a ser testigo o víctima de estos hechos sabiendo de antemano que el estado no “puede” no “quiere” o no “sabe” como ocuparse de esta problemática.
La droga consumida por los llamados “chicos de la calle” o “en la calle” cada día es más alarmante, sin control de sus padres biológicos y un estado ausente, los chicos ingresan al mundo del delito muy fácilmente en busqueda del dinero que les permite comprar un alucinógeno que los aparte, aunque sea momentáneamente, de su triste y cruel realidad: se encuentran en situación de desamparo y desatención.
No pocas voces propician, como solución, reducir la edad de imputabilidad del menor, combatiendo así los efectos y no las causas. Lo único que lograrán, quienes así piensan, que se legisle “al vacio”, pretendiendo que con una reforma penal en tal sentido bajará el índice del delito. La autoridad política que así piensa -sea legislador, juez, presidente o gobernador-, busca soluciones simplistas y no ve que la realidad cotidiana que nos agobia requiere medidas de fondo, como lo es atacar las verdaderas causas que provocan esta situación. Es más si se reformara la edad de imputabilidad de un menor, ¿cuál es la edad apropiada? hoy es 16 años, los que propician bajarla dicen 14, hoy hay chicos de 13, 12 y menos edad que se inician en el mundo del delito, por las razones expuestas, entonces ¿vamos a modificar la imputabilidad a cada rato de acuerdo a las circunstancias? es un absurdo que no resuelve el problema de fondo.
En muchos países, por ejemplo en España, y en algunas Comunidades, como por ejemplo en Andalucía, el Estado suspende la patria potestad de los padres biológicos o la tutela sobre sus hijos cuando los niños se encuentren en situación de desamparo y desatención. El Estado, a través de un instituto creado a tal fin, saca al chico de la calle o en la calle y lo pone a su resguardo dándole así la contención necesaria, atendiendo sus necesidades básicas, alimentación educación y salud. Parece cruel, a simple vista, quitarle un hijo a sus padres, pero la verdadera crueldad ¿no es acaso cuando se prueba que un padre o tutor ha abandonado a su suerte a su hijo que no tiene la capacidad, ni la experiencia ni los medios para manejarse por sí solo para cubrir sus necesidades básicas y pensar en un futuro mejor?
Es más, estos chicos, en muchos casos, son empujados por mayores y hasta por los propios padres para que cometan el delito especulando con su inimputabilidad. Es irrefutable la obligación que le compete a los padres que traen un hijo al mundo y que deben ejercer a pleno la patria potestad que les otorga la ley. Si no es así, el único que puede y debe ocuparse de suplantar ese rol es el Estado. ¿Quién tiene de su lado hoy mismo la herramienta que le da la ley vigente? El Código Civil Argentino en su artículo 307 habilita a los jueces a suspender y hasta hacerle perder a los padres la patria potestad cuando abandonan a sus hijos, máxime si los manipulan para cometer delitos. Esta sí, conceptúo, es un medida que tiende a proteger y contener a un menor inocente y ayudará seguramente a prevenir que ingrese por desatención y desamparo al mundo del delito.
Hoy para la sociedad, esos niños de la calle -o en la calle- son “invisibles”. Produce angustia ver un menor acercarse, por ejemplo, a pedir una moneda; ni lo miran, en la mayoría de los casos. Ahora, ¿cómo se siente un menor en estas condiciones? no ve un presente, no ve un futuro, abandonado por su padres y una sociedad que los trata de ignorar. Se llenan de resentimientos, y como lo explican los psicólogos sociales, el único momento en que se hacen “visibles” y se sienten poderosos es cuando encañonan con una arma o amenazan a algún ciudadano y es ahí en ese momento cuando adquieren entidad pública, son “reconocidos”, son “valorados” por lo menos en un momento de su vida.
La sociedad ignora, o no quiere enterarse, que en realidad esos chicos están pidiendo “ayuda” a gritos. La sociedad prefiere, a cambio, que “desaparezcan” de su vida, que lo apresen o que los maten para que se vuelvan “invisibles”, porque visibles causan mucha culpa y angustia. Esta es la realidad vigente y que debemos afrontar con valentía si queremos empezar a solucionar las “causas” y no los “efectos” de la inseguridad provocada por los menores en situación de desamparo y desatención..
Por eso, reitero, el único que está en condiciones y es un deber ocuparse de ellos es el Estado, el Gobierno es quién puede poner en marcha, como se señaló más arriba, mecanismo legales y de inversión que están en sus manos.
Tantos dineros públicos que se malgastan -por ejemplo, 600 millones para ver fútbol, que pagamos entre todos los contribuyentes- y no podemos invertir en un tema prioritario que está vinculado directamente a los derechos humanos del niño, consagrados en la ONU y a la seguridad de los habitantes de una Nación.

José Fernández Gaido
Abogado

 

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Un crimen a la salida de la escuela

30 Sep

Sociedad|Martes, 30 de Septiembre de 2008

Un chico de 15 años mató de tres balazos a otro de 17, en Florencio Varela

Un crimen a la salida de la escuela

Kevin fue a buscar a su hermanita a la escuela cuando recibió los balazos a quemarropa del Monito. Los dos se habían peleado a trompadas el sábado en un boliche. Dicen que el agresor solía andar con el arma, que era de su tío. Fue detenido a cuatro cuadras del lugar.

Por Emilio Ruchansky

Descargar ( un-crimen-a-la-salida-de-la-escuela.pdf )

http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080930/notas/na21fo01.jpg

El ataque conmovió al barrio: fue al mediodía, cuando los chicos salían de la escuela.

Kevin Mazatti pedaleaba bajo la llovizna con el pómulo hinchado y los labios lastimados. Tenía que ir a buscar a su hermana a la Escuela 7 frente a la plaza La Carolina. A pocos metros de allí, había recibido una paliza, el sábado, luego de una discusión inexplicable con el Monito, un matón de sólo 15 años. La nena salía al mediodía y cuando Kevin se bajó de la bicicleta oyó gritar su nombre. La plaza es el corazón del barrio Ingeniero Allan, en Florencio Varela, y en ese momento estaba llena de niños, niñas y madres.

–¡Vení, vení! a vos te estaba buscando –lo sorprendió el Monito, acompañado de dos amigos.

–¿Qué te pasa? –encaró Kevin cuando lo tuvo a un metro de distancia.

–Tengo esto para vos, ¡Tomá! –respondió el matón, que en un solo movimiento sacó el revólver calibre 32 de su cintura, disparó tres tiros al pecho de Kevin y otros tantos al aire, a modo de festejo.

Los amigos que lo acompañaban huyeron por una calle y el Monito por otra. Los dos policías que estaban en la plaza no pudieron competir en velocidad con el agresor. Claudio, el hermano mayor de Kevin, también estaba en La Carolina, a los besos con su novia. Corrió cuatro cuadras hasta poder atraparlo. Kevin agonizaba sobre el lodo, mientras los maestros y autoridades de la escuela trataban de detener la hemorragia. El muchacho de 17 años, un pibe muy popular en el barrio, falleció camino al hospital Mi Pueblo. El arma era el tío del Monito, y según contaron varios testigos, en los bolsillos del matón había balas, porros y cocaína.

Ayer, a sólo cuatro horas del asesinato, Miguel le contaba esta historia a Página12, sentado en un banquito de la plaza. Era compañero de Kevin en el turno noche de la Escuela 7, donde ambos trataban de terminar los estudios que una y otra vez debieron abandonar por el trabajo. Se habían conocido dos años antes jugando a la pelota por la Coca Cola en ese mismo lugar. Después vendrían las noches de cumbia en la disco Complejo o en Dacri, las tardes en el cíber disparándose tiros virtuales con el Counter Strike o chateando con chicas. Miguel lo vio por última vez el sábado en Enigma, un humilde salón de fiestas en una de las esquinas de la plaza. Ese fue, también, el escenario de la pelea entre la barra del Monito, que viene del barrio Pepsi, y sus históricos enemigos de La Carolina.

“Kevin y el Monito se chocaron en el baño. El Monito lo entró a putear. Nos fuimos afuera y ellos eran más de 15, nosotros 9. Nos fajaron, pero el que más ligó fue Kevin”, recordó Miguel. No se volvieron a cruzar el domingo para jugar al fútbol porque llovía. “Nos íbamos a ver hoy (por ayer) y no alcancé a saludarlo, fue todo muy rápido”, lamentó el joven. En el último año casi no salían los fines de semana porque Kevin, que se destacaba por su “labia” a la hora de chamuyar chicas, se había enganchado a una mujer de 32 años. “Una rubia preciosa”, dijo su compañero. La chica atiende en Golopark, un mayorista de golosinas, y que se desmayó al conocer la noticia. Kevin trabajaba como peón en obras de construcción, tenía seis hermanos y el único ingreso familiar estable era el de su padre, un chofer de la línea 500 de colectivos.

Mientras Miguel recordaba a su amigo, tres chicos de 10 años estacionaron sus bicicletas y se sumaron a la conversación para aportar datos sobre el Monito. “Es un atrevido”, definió Dardo, escupiendo al piso a cada rato. “Siempre está buscando pelea, si lo mirás mal enseguida pela la navaja, se quiere hacer ver”, continuó. Los otros dos chicos, Carlos y Agustín asintieron. “No es del barrio pero viene a la escuela de acá y dicen que hace poco le robó la cartera a una señorita”, agregó Agustín. Según contaron, el Monito había llevado el arma de su tío al colegio varias veces, pero nadie lo delataba por el miedo que inspiraba, dentro y fuera del aula.

Luego de la detención, el parte policial afirmó que el revólver estaba en regla. El Monito fue conducido y alojado en el subdestacamento policial local, donde se constató que no tenía antecedentes delictivos. Ahora, el chico se encuentra a disposición da la Fiscalía de Menores de Florencio Varela, donde se resolverá su situación, ya que no se le puede imputar el homicidio.

“¿Pero cómo no lo meten preso porque es menor? ¿Y cuándo lo largan?”, insistían Leandro y César, dos amigos de Kevin, parados en la vereda de la sociedad de fomento del barrio. En ese lugar se estaba velando anoche al joven asesinado. La bronca y el ánimo de venganza eran inocultables. “Estos pendejos andan con un chumbo y se creen Dios. Estoy seguro de que se tomó toda la merca antes de ir a matarlo, ese Monito es un cagón”, reflexionó Leandro, con los ojos húmedos.

César todavía no podía creer lo que había pasado. Esa tarde había arreglado un encuentro muy importante con Kevin, un encuentro que le había cambiado el humor al finado, pese a las trompadas recibidas el sábado. “Ibamos a levantar una casilla al lado de la de su mujer y lo íbamos a ayudar entre todos. Estaba muy feliz, imaginate. Era el sueño de ellos dos”, contó amargado.

A César no le entraba en la cabeza que un pibe de 15 años no pudiera ir preso. No escondía su furia tampoco. “¿Quién tiene la culpa entonces? ¿El tío porque era el dueño del chumbo? Pero si lo tiene en regla”, vacilaba. Su amigo Leandro lo interrumpió con una pregunta retórica: “¿Y cómo sabía el Monito que su tío tenía un chumbo?”.

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