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El problema-del-dolor

10 Jul
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George E. Ladd – Teologia del Nuevo Testamento x El Tropical

9 Jul

¿Quién creó a Dios? ¿De dónde viene Dios?

9 Jul

“¿Quién creó a Dios? ¿De dónde viene Dios?”

Respuesta: El ateísta Bertrand Russel escribió en su libro “Why I am Not a Christian” (Por qué no soy un cristiano), que si es verdad que todas las cosas necesitan de una causa, entonces Dios debe necesitar también una causa. El concluyó de esto, que si Dios necesitaba una causa, entonces Dios no era Dios (y si Dios no es Dios, entonces obviamente Dios no existe). Esta fue básicamente una manera ligeramente más sofisticada de la infantil pregunta, “¿Quién hizo a Dios?” Aun un niño sabe que las cosas no vienen de la nada, así que si Dios es “algo”, entonces ÉL también debe tener una causa, correcto?

La pregunta es astuta, porque se basa en la falsa suposición de que Dios viene de alguna parte y entonces pregunta, dónde puede ser eso. La respuesta es que esta pregunta ni siquiera tiene sentido. Es como preguntar “¿A qué huele el azul?” El azul no está en la categoría de las cosas que tienen olor, así que la pregunta en sí misma es defectuosa. De la misma manera, Dios no está en la categoría de las cosas que son creadas, o llegan a existir, o son causadas. Dios no tiene causa ni procedencia de creación – Él simplemente existe.

¿Cómo sabemos esto? Bien, sabemos que de la nada, nada procede. Así que si alguna vez hubo un tiempo en que no existía absolutamente nada, entonces nada hubiera podido existir. Pero las cosas existen. Por lo tanto, puesto que nunca pudo haber habido absolutamente nada, algo tuvo que haber existido siempre. Esa cosa que ha existido siempre es a quien llamamos Dios.

Recomendado libro: El Conocimiento del Dios Santo (J.I. Packer).

www.GotQuestions.org/Espanol

Cuando Lo Que Dios Hace No Tiene sentido

8 Jul

Teologia como-intellectus-misericordiae

1 Jul

“Yo soy el que soy” (el Yahvismo)

23 Jun

“Yo soy el que soy” (el Yahvismo)

La historia es muy conocida. Dios habla a Moisés desde una zarza que arde y lo llama a volver a Egipto y liberar a su pueblo (3:7-10). Moisés le hace dos preguntas a Dios: primero, “¿Quién soy yo para esa tarea tan difícil?” y Dios responde, en efecto, “Lo importante no es quién eres tu. Yo estaré contigo, ¡eso es lo importante!” (3:11-12). Entonces Moisés hace una segunda pregunta: “Cuando el pueblo me pregunta cuál es tu nombre, ¿qué responderé?”(3:13). A esa pregunta, Dios contesta que “Yo soy el que soy”, y Moisés tiene que anunciar a los hebreos que “Yo soy me envió a vosotros” (3:14).

Esta respuesta de Dios me parece sumamente interesante y un poco extraña. A la pregunta de Moisés, “¿Quién eres tú, y cómo te llamas?”, el Señor responde, “Yo soy yo, y mi nombre es ‘Yo soy'”. En efecto, Dios parece rechazar la pregunta de Moisés. Si alguien me pregunta quién soy y cómo me llamo, y contesto “Yo soy yo y me llamo yo”, la persona quedará sin saber quién soy. Al negarse a nombrar como Moisés pide, Dios está diciendo que ninguno de los nombres conocidos (Edonay, El, , Elojím, El Shaday etc.) corresponde a la realidad de él. Este Dios no es uno más entre los demás dioses, quizá el mayor entre ellos, sino que es cualitativamente distinto, sui géneris, incomparable y sin otros comparables a él. También implica que el verdadero Dios no se puede encasillar en títulos o fórmulas teológicas. Él rompe todos los moldes habidos y por haber.

Esto nos señala que, a diferencia de los ídolos, la realidad de Yahvéh es demasiado grande para la comprensión humana. En palabras de Karl Barth, cuando Dios se revela siempre se esconde a la vez; cuando se descubre se encubre, lo que también revela su trascendencia más allá aun de su propia revelación. Ninguna revelación de Dios agota todo lo que es él, pero su revelación es siempre suficiente para que le sigamos en su camino de salvación en la historia humana.

Cabe aquí la pregunta, ¿no conocía Moisés ya al verdadero Dios? Al llamarlo desde la zarza, Dios le dijo a Moisés, “Yo [soy] Eloah de tu padre y de Abraham, Isaac y Jacob” (3:6). Esa denominación, de por sí significativa, le da a Dios un “apellido” histórico y cultural que lo señala como el Dios de la historia de la salvación. Todo eso es sumamente importante. Pero antes de esta revelación a Moisés, los hebreos, igual que no tenían una identidad nacional, tampoco tenían una visión unificada de Dios y una revelación de su Nombre propio. Sólo tenían nombres regionales de Dios, aparentemente tribales, como “el Temor de Isaac” (Gn 31:42 hebr.) o “el Fuerte de Jacob” (Gn 49:24 hebr.). Entonces, ¿con cuál de todos esos nombres debía ir Moisés a su pueblo? Y la respuesta de Dios: ¡con ninguno! Dios es quien es, más allá de todos esos nombres o toda definición.

El nombre “Yahvéh”, derivado del “yo soy” (primera persona en 3:14 y tercera persona en 3:15,16, según el contexto), se consideraba tan sagrado, que en ciertas épocas y bajo ciertas circunstancias se prohibía pronunciarlo en voz alta. Entonces al ver escrito el nombre “Yahvéh”, pronunciaban algún circunloquio para el nombre de Dios, especialmente “Edonay” (Señor) pero también “Shem” (nombre) o “Memra” (palabra, dicho) y otros. Y como en el hebreo antiguo sólo escribían las consonantes, dejando las vocales por entenderse, con el tiempo algunos eruditos combinaban las consonantes de JHVH (transliteración variante de YHVH) con las vocales de esos otros nombres, como Edonay, para producir el nombre hibrido, JeHoVaH, intercalando las vocales de Edonay (minúsculas) entre las consonantes de JHVH (mayúsculas). Por supuesto, tal nombre no existe en el idioma hebreo ni aparece en el Antiguo Testamento.

El idioma hebreo tiene dos características muy interesantes que afectan el significado de la auto-designación de Dios como “yo soy el que soy”. Primero, el hebreo no distingue entre los verbos “ser” y “estar”, de modo que “yo soy” significa también “yo estoy”. Segundo, en el hebreo la forma del verbo presente es idéntica con la del futuro, así que “yo soy” es igual que “yo seré”. Eso da gran riqueza al significado del “yo soy el que soy”.

Antes de revelar este nombre suyo, cuando Moisés dudaba sobre sus calificaciones para esta tarea, Dios le dijo a Moisés “Yo estaré contigo” (3:12). El verbo en esta frase es exactamente igual que en el “yo soy el que soy” del v.14, y aquí el sentido es obviamente futuro, con el significado de “estar”. Entonces, en el contexto de la dura misión a la que Yahvéh le está llamando a Moisés, podríamos interpretar 3:14 como “yo soy y seré él que siempre estará contigo. Te estoy llamando a un proyecto difícil y peligroso, pero adelante, estaré marchando a tu lado”.

Este es el sentido del nombre, “Emanuel: Dios con nosotros”, tanto en tiempos de Isaías, para un hijo de Acaz (Is 7:13-16) como en su plena realización en Jesús de Nazaret (Mt 1:22). El evangelio de Mateo, que comienza con ese nombre, termina con la misma promesa: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta en fin del mundo” (Mt 28:20). Tenemos la misma verdad en otros términos en Jn 1:14: “El Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros”. En el Nuevo Testamento la encarnación de Dios mismo en carne humana es el cumplimiento definitivo del Yahvismo. Y en ese “final del mundo”, de que habló Jesús, “él, Dios-con-ellos, será su Dios” (Ap 21:3 BJ; griego).

Todo este trasfondo favorece el tiempo futuro del nombre divino: “Yo seré el que seré”. En vez de contestar la pregunta de Moisés y revelar su Nombre de antemano, Dios le dice, “Lánzate al camino, marcha conmigo en nuestro proyecto de liberación, y poco a poco, sobre la marcha, irás viendo quien soy”. Dios es Dios de acción, y lo conocemos en su actuar, y eso cuando nosotros mismos estamos actuando con él. La vida es como una serie de estaciones decisivas, en cada una de las cuales Dios se revela y así vamos conociéndolo. Sobre la marcha, Dios nos revela ese “Nombre” que pedía Moisés. Pero no de antemano, por anticipado.

Más adelante, cuando un desesperado Moisés insistió en ver la gloria de Dios, la primera respuesta que Dios le dio fue, “Yo mismo iré contigo” (Ex 33:14 NVI) y le prometió una nueva revelación de su Nombre Yahvéh (33:19, shem YHVH), pero aun así, ningún ser humano puede ver el rostro de Dios (ver Dios de frente, por adelantado). Entonces Dios pone a Moisés en la hendidura de una peña y le cubre con su mano divina mientras pasaba su gloria. Entonces, después de haber pasada la gloria, Dios quita la mano y Moisés ve las espaldas de Dios. Moisés no pudo venir a Dios venir, pero después, en esta estación de su peregrinaje con Dios, pudo ver que Dios había pasado. Y así también, sobre la marcha de nuestro peregrinaje con Dios, nosotros vamos paso a paso conociendo a Dios como el “yo seré el que seré”, en el actuar libre del Dios del futuro. Nuestro conocimiento de Dios no es a priori sino a posteriori, después de haber caminado con él.

Es importante recordar que este Yahvéh era Dios de un pueblo nómada y el pueblo lo adoraba en un tabernáculo portátil, que era su morada. El arca del pacto tenía cuatro anillos de oro, y cuatro palos de madera de acacia para insertar en los anillos y llevarlo en el mover constante del pueblo. A diferencia de los ídolos de pueblos sedentarios, como era Baal para los cananeos. Yahvéh mismo, igual que su pueblo, era un Dios nómada, siempre en marcha, que iba adelante. Cuando el pueblo se estableció en Caanán, y se hizo sedentario y agrícola, la lucha del Yahvismo fue la de mantener el espíritu nómada. Al construirse el lujosísimo templo de Salomón, que por supuesto no era nada portátil, Dios ordenó que dentro del lugar santísimo los palos se dejaran puestos en sus anillos, aun cuando se proyectaban incómodamente por las cortinas del lugar santísimo (1R 8:7-8; 2Cr 5:7-9 NVI). Como peregrinos que somos, debemos estar siempre con las botas puestas (con los palos puestos dentro de los anillos de oro) para volver a la marcha.

Cualquier “dios” que se pueda definir de antemano no es Yahvéh sino un ídolo. Yahvéh es el Dios de constantes sorpresas, él Dios que nos llama a tener el espíritu nómada y aventurero de Abraham y Sara y a lanzarnos por fe a proyectos de salvación y justicia como fue el de Moisés. La presencia del impredecible “yo seré el que seré” no nos permite estacionarnos ni estancarnos. Jesús, el Dios-con nosotros, es “el pescador de otros mares” que nos llama a esa gran aventura que se llama la fe.

Para concluir, debemos observar que todo este relato tiene una finalidad misionera. Se recalca antes y después de la revelación del Nombre que Dios está llamando a Moisés para liberar al pueblo. De eso se trata aquí, no sólo de visiones místicas o de profundizaciones teológicas. Dios no se revela para darnos lujos de experiencias espirituales. Cuando el divino “yo seré el que seré” nos encuentra en el camino, nos llama a lanzarnos con él a un camino de fe y valentía en cumplimiento de su voluntad. En palabras de Jesús, nos llama a buscar el reino de Dios y su justicia.
Visto aca

Teología básica del Espíritu Santo

14 Jun

Teología básica del Espíritu Santo
Francis Chan Boletines – Boletín Ministerial

He oído describir al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo como las tres partes de un huevo: el cascarón, la materia blanca, y la yema. También he oído a personas decir que Dios es como un trébol de tres hojas: tres “brazos” y, sin embargo, todos son parte del único tallo del trébol. Otra comparación popular es con los tres estados del agua: líquido, sólido y gaseoso. Aunque sirven como bonitas metáforas para un misterio inexplicable, el hecho es que Dios no es como un huevo, un trébol de tres hojas, o los tres estados del agua. Él es incomprensible, incomparable, y distinto a cualquier otro ser. Él está fuera de nuestra esfera de existencia y, así, fuera de nuestra capacidad de categorizarlo. Aunque las analogías pueden ser útiles para entender ciertos aspectos de Él, tengamos cuidado de no pensar que nuestras analogías de alguna manera encierran su naturaleza.
Al comenzar a estudiar las verdades básicas del Espíritu Santo podríamos comenzar remontándonos a Génesis, donde vemos que el Espíritu estaba presente y activo en la creación, y después rastrear sus actos a lo largo de todo el Antiguo Testamento. Pero comenzaremos nuestro repaso en el libro de Hechos, cuando el Espíritu descendió y comenzó a morar en los discípulos. Ahora bien, aquellos son los mismos discípulos que estaban dedicados a seguir a Jesús a pesar de todo, pero que se dispersaron en cuanto Jesús fue arrestado. Y aquí están reunidos juntos, sin duda confundidos en cuanto a cómo deberían proceder ahora que Jesús había ascendido. Sin embargo, cuando descendió el Espíritu Santo y moró en ellos, se produjo un cambio radical. Desde ese momento en adelante, ninguno de los discípulos volvió a ser el mismo.

El libro de Hechos es un testamento de este hecho. Leemos de Esteban, el primer mártir. Vemos a Pedro, un hombre cambiado y valiente. Vemos a Pablo (anteriormente Saulo) pasar de matar a seguidores de Cristo a convertirse en uno de ellos y mostrar a muchos otros cómo hacerlo también. Ellos ya no eran tímidos ni estaban confundidos; eran valientes e inspirados, y comenzaron a declarar y a vivir el evangelio de Jesús mediante el poder del Espíritu Santo. Piense en qué momento tan importante fue este en las vidas de los discípulos.

Una multitud de personas se había reunido. Pedro predicó un convincente sermón, y cuando ellos oyeron sus palabras, quedaron “profundamente conmovidos” y preguntaron cómo deberían responder. Pedro contestó: “Arrepiéntase y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados -les contestó Pedro-, y recibirán el don del Espíritu Santo. En efecto, la promesa es para ustedes, para sus hijos y para todos los extranjeros, es decir, para todos aquellos a quienes el Señor nuestro Dios quiera llamar” (Hechos 2:38-39). El texto dice que aquel día unas tres mil personas pasaron a ser parte del reino de Dios y aceptaron el don del Espíritu Santo.

Podemos fácilmente pasar por alto lo fundamental del mensaje de Pedro. Cuando yo estaba predicando sobre este pasaje en mi iglesia, mi hija de siete años, Mercy, lo entendió. Se acercó a mí después y dijo: “Papi, quiero arrepentirme de mis pecados y ser bautizada y recibir el don del Espíritu Santo”. Me encantó la simplicidad y la grandeza de su fe. Ella no necesitaba debatir los puntos más detallados de cómo y cuándo, exactamente, llegaría el Espíritu Santo; ella sencillamente quería obedecer el pasaje lo mejor que sabía. Entiendo que Mercy no tiene el conocimiento bíblico que muchos de nosotros tenemos, pero me pregunto cuántos de nosotros tenemos la fe que ella tiene. ¿Es esa su respuesta a la Palabra? ¿Está claro para usted que debe arrepentirse, ser bautizado, y recibir el Espíritu Santo? ¿Por qué a veces sentimos que necesitamos debatir esto sin fin, pasando por todas las situaciones hipotéticas y respondiendo antes a todas las preguntas teológicas? ¿Cuándo responderemos sencillamente a la verdad que hemos oído y después desde ahí trabajaremos en las preguntas que tengamos?

Verdades prácticas sobre el Espíritu Santo

Ahora que tenemos un contexto en cuanto a cómo vino el Espíritu Santo a los primeros discípulos y lo que se nos dice que hagamos como respuesta, cambiaremos el enfoque a algunas verdades prácticas sobre quién es el Espíritu y lo que Él hace en nuestras vidas.

1. El Espíritu Santo es una Persona. Él no es un borroso “poder” o “cosa”. Con frecuencia oigo a personas referirse al Espíritu como un “ello”, como si el Espíritu fuese una cosa o una fuerza que nosotros podemos controlar o utilizar. Esta distinción puede parecer sutil o trivial, pero en realidad es un mal entendimiento muy grave del Espíritu y de su papel en nuestras vidas. En Juan 14:17 leemos que el Espíritu “vive con ustedes y estará en ustedes”. Esto nos llama a una relación con el Espíritu, en lugar de permitirnos pensar que podemos tratar al Espíritu como un poder que agarrar a fin de lograr nuestros propios propósitos. El Espíritu Santo es una Persona que tiene relaciones personales no sólo con creyentes, como hemos visto, sino también con el Padre y el Hijo. Vemos al Espíritu obrando en conjunción con el Padre y el Hijo en múltiples ocasiones a lo largo de las Escrituras (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14).

2. El Espíritu Santo es Dios. Él no es un tipo de Ser menor o diferente de Dios Padre o Dios Hijo. El Espíritu es Dios. Las palabras Espíritu y Dios se utilizan de forma intercambiable en el Nuevo Testamento. En Hechos leemos del desafío de Pedro a Ananías: “¿cómo es posible que Satanás haya llenado tu corazón para que le mintieras al Espíritu Santo y te quedaras con parte del dinero que recibiste por el terreno?… ¿Cómo se te ocurrió hacer esto? ¡No has mentido a los hombres sino a Dios!” (5:3-4). En estos versículos vemos que Pedro explícitamente se refiere al Espíritu Santo como Dios. Es vital que recordemos esto. Cuando olvidamos al Espíritu, realmente estamos olvidando a Dios.

3. El Espíritu Santo es eterno y santo. Leemos en el Evangelio de Juan sobre la promesa de Jesús a sus discípulos de que el Espíritu estará con ellos para siempre (14:16). Y en Hebreos leemos que fue mediante “el Espíritu eterno” que Jesús “se ofreció sin mancha a Dios” (9:14). El Espíritu no es sólo un espíritu volátil y caprichoso que viene y va como el viento. Él es un ser eterno. El Espíritu es también santo. Obviamente, comúnmente le llamamos “Espíritu Santo”, y esto se refuerza en todo el Nuevo Testamento (Romanos 1:4 y 5:5 son dos ejemplos). Pero consideremos este hecho increíble: debido a que el Espíritu es santo y vive en nosotros, nuestros cuerpos son santuarios santos desde el punto de vista de Dios. Con demasiada frecuencia despreciamos nuestros cuerpos como fuente de pecado y de nuestro estado caído; sin embargo, ¡ellos son precisamente el lugar donde Dios Espíritu escoge vivir!

4. El Espíritu Santo tiene su propia mente, y Él ora por nosotros. Romanos 8:27 dice: “Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios”. No sé de usted, pero a mí me resulta muy consolador el pensamiento de que el Espíritu de Dios ora por mí según la voluntad de Dios. Muchas veces en mi vida no he sabido qué orar, ya fuese por mí mismo o por otros. Otras veces oro cosas estúpidas. Por ejemplo, hace tiempo estaba yo jugando al golf con algunos amigos y decidí que realmente quería golpear en los setenta (generalmente estoy en los noventa). Así que, en un momento de superficialidad, oré que Dios me capacitase para jugar mi mejor partido. Supongo que el Espíritu Santo también estaba orando, porque aquel día tuve 115 golpes (posiblemente mi peor marcador). El Espíritu sabía que yo necesitaba trabajar en mi enojo y mi humildad, en lugar de añadir a mi orgullo.
En cualquier situación dada, puede que no sepamos exactamente cómo deberíamos orar o qué deberíamos hacer; pero podemos tener confianza en el hecho de que el Espíritu Santo conoce nuestro corazón y la voluntad de Dios, y Él siempre intercede por nosotros.

5. El Espíritu tiene emociones. Por mucho tiempo, siempre que leía que no hemos de entristecer al Espíritu Santo (Isaías 63:10; Efesios 4:30), pensaba que eso era un poco exagerado. Casi parece un sacrilegio decir que yo podría entristecer a Dios. ¿Quién soy yo para tener tal poder sobre el Espíritu? Eso no parece correcto. De hecho, hasta parecía incorrecto decir que Dios tiene sentimientos; por alguna razón, yo sentía que eso le menospreciaba. Batallé con esos pensamientos durante un tiempo hasta que finalmente comprendí de dónde provenían. En nuestra cultura, tener sentimientos o emociones se equipara con debilidad. Eso es una mentira que está profundamente arraigada en muchos de nosotros.

Dios creó los sentimientos. Sin duda, como cualquier otra cosa, se pueden malentender y abusar de ellos; pero la intención y el propósito de los sentimientos vino de Dios. Ya que Él creó las emociones, ¿por qué es difícil creer que Él mismo tenga emociones? El Espíritu se entristece cuando se produce una brecha en la relación, ya sea en la relación con Dios o en la relación con otras personas. Cuando no estamos unidos, somos desagradables, odiamos, tenemos celos, murmuramos, etc., es cuando entristecemos al Espíritu de Dios. Y ya que Él es el creador de las emociones, yo creo que el Espíritu se entristece más profundamente de lo que nunca podremos entender.

¿Cómo responde usted cuando oye esto? ¿Le molesta? ¿Cuándo fue la última vez que usted sintió tristeza porque su pecado causó dolor al Espíritu Santo? Hace algún tiempo, dos mujeres de mi iglesia se enojaron cada vez más una con la otra. Los tres nos sentamos en mi oficina, y yo les escuché expresar apasionadamente las razones de su frustración. Yo carecía de sabiduría para decidir quién “estaba más equivocada”. Simplemente lloré mientras ellas hablaban. Les dije que estaba profundamente entristecido porque sabía lo que mucho que nuestro Padre aborrecía eso. Aunque es raro que me hagan llorar, ha habido numerosas ocasiones en que soy abrumado por la tristeza que miembros de la iglesia Cornerstone han amontonado sobre el Espíritu Santo mediante la terquedad y la falta de perdón.

Creo que si verdaderamente nos preocupásemos por la tristeza del Espíritu Santo, habría menos peleas, divorcios y divisiones en nuestras iglesias. Quizá no se deba a una falta de fe sino a más bien a una falta de preocupación. Oro por el día en que los creyentes se preocupen más por la tristeza del Espíritu Santo que por la suya propia. De hecho, oro para que algunos de ustedes, lectores, sean quebrantados por la tristeza que han causado al Espíritu Santo. Tan quebrantados que realmente dejen a un lado este libro y trabajen para resolver cualquier conflicto que tengan con otros creyentes (Romanos 12:18).

6. El Espíritu Santo tiene sus propios deseos y voluntad. En 1 Corintios leemos que los dones del Espíritu “lo hace un mismo y único Espíritu, quien reparte a cada uno según él lo determina” (12:11). Este es un importante recordatorio de quién tiene el control. Al igual que nosotros no somos quienes escogemos los dones que se dan, tampoco escogemos lo que Dios quiere para nosotros o para la iglesia. El Espíritu tiene un plan para nuestras vidas, para cada uno de nosotros. Y Él tiene un plan para la iglesia, incluyendo su congregación local individual y el cuerpo global de Cristo.
Si es usted como yo, probablemente tenga un plan para su propia vida, para su iglesia, y quizá para el cuerpo de Cristo en general. Por eso necesitamos desesperadamente orar, como hizo Cristo: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.

7. El Espíritu Santo es omnipotente, omnipresente y omnisciente. Estas son palabras teológicas que esencialmente significan que el Espíritu todo lo puede (por ej., Zacarías 4:6), está presente en todas partes (por ej., Salmo 139:7-8), y todo lo sabe (por ej., 1 Corintios 2:10b), respectivamente. Estos son algunos de sus atributos que nunca comprenderemos totalmente como seres humanos finitos. En Isaías leemos: “¿Quién puede medir el alcance del espíritu del Señor, o quién puede servirle de consejero?” (40:13).

Aunque nunca seremos capaces de articular perfectamente o completamente estos atributos, que estos aspectos del Espíritu nos guíen a alabar, ¡aun con palabras imperfectas y un entendimiento incompleto!

— Extracto tomado del libro El Dios olvidado de Francis Chan. Una publicación de Casa Creación. Usado con permiso.

http://www.vidacristiana.com/index.php/boletines/boletin-ministerial/19154