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Depravacion Del Hombre

19 Jul
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Carta de un evangélico a mis hermanos evangélicos

18 Jul

La Confesión de Fe Bautista de 1689 y el Sínodo de Dort (1ra parte)

17 Jul

En la entrada anterior dijimos que la Confesión de Fe de 1689 es una confesión calvinista, y explicaba que al usar ese término me refería al hecho de que nuestra Confesión se adhiere a los cinco puntos que fueron redactados en ese Sínodo en respuesta a las doctrinas arminianas (si desean conocer más a fondo la historia del Sínodo pueden hacer click aquí). Esos puntos son doctrinales:

1. La depravación total del hombre.
2. La elección incondicional.
3. La expiación limitada (o particular).
4. La gracia irresistible.
5. La perseverancia final de los creyentes.

Veamos lo que enseña la Confesión con respecto a estas doctrinas, creídas y defendidas por estas congregaciones bautistas inglesas del siglo XVII.

La depravación total del hombre.

Cuando decimos que el hombre está totalmente depravado, esto no significa que todo hombre es todo lo malo que pudiera llegar a ser, ni tampoco que el hombre sea completamente incapaz de hacer algo relativamente bueno.

Más bien estamos afirmando que la corrupción del pecado alcanzó al hombre en todas sus facultades, y que éste quedó completamente imposibilitado de salvarse o disponerse a sí mismo para la salvación. En el capítulo 6:2-3 la Confesión dice:

2. Por este pecado, nuestros primeros padres cayeron de su justicia original y perdieron la comunión con Dios. El pecado de ellos nos envolvió a todos y a través de este pecado la muerte pasó a todos.(c) Todos los hombres vinieron a ser muertos en pecado,(d) y totalmente corrompidos en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo.(e)

(c) Rom. 3:23

(d) Rom. 5:12-21

(e) Tit. 1:15; Gn. 6:5; Jer. 17:9; Ro. 3:1-19

3. Siendo ellos la raíz de la raza humana, y por la ordenanza de Dios estando Adan en el lugar de toda la humanidad, la culpa de este pecado fue imputada a su posteridad, y la naturaleza corrompida se transmitió a aquella que desciende de ellos según la generación ordinaria.(f) Todos los hombres, siendo concebidos en pecado,(g) y por naturaleza hijos sujetos a la ira de Dios,(h) siervos del pecado y sujetos a la muerte,(i) son dados a inexplicables miserias espirituales, temporales y eternas, a no ser que el Señor Jesucristo los libere.(j)

(f) Ro. 5:12-19; 1 Co. 15:21,22,45,49

(g) Sal. 51:5; Job 14:4

(h) Ef. 2:3

(i) Ro. 6:20; 5:12

(j) He.2:14,15; 1 Ti. 1:10

También pueden ver el capítulo 9, párrafo 3, sobre el Libre Albedrío.

Esta doctrina se opone a la doctrina arminiana que niega la total depravación del hombre y su total imposibilidad para salvarse sin la obra todopoderosa de la gracia de Dios.

También se opone a la doctrina de Charles Finney (y su sistema evangelístico de invitación). Según Finney, el hombre no ha perdido la capacidad de obedecer a Dios, y por lo tanto, puede decidir en cualquier momento, sin la ayuda del Espíritu, cambiar por completo el rumbo de su vida. En eso consiste la regeneración, dice Finney, el cambio de ruta que toma el pecador cuando decide seguir a Cristo.

Por tanto, todo lo que se necesita para ser cristiano es que el hombre decida hacerse cristiano, sin ninguna intervención divina. Lo único que hace el Espíritu Santo es persuadirnos a través de la verdad para que obedezcamos el evangelio, pero nada más. Los hombres, decía Finney, “no son convertidos por un cambio obrado en su naturaleza por el poder creativo del Espíritu Santo”, sino por “rendirnos a la verdad” (cit. por Iain Murray; Pentecost Today?; pg. 50).

El cambio podemos producirlo nosotros mismos por medio de una resolución. Esa resolución del pecador es anterior a la regeneración. Primero yo me decido por Cristo, y entonces Él obra en mí. Eso dicen los arminianos.
Esa resolución debe ser manifestada, según Finney, a través de algún acto físico como ponerse de pie, venir al frente en la iglesia, o algo similar. Esa resolución pública puede ser considerada como idéntica al cambio producido en el hombre en la conversión.

Pero eso es totalmente contrario a la enseñanza de las Escrituras. En Jn. 6:44 el Señor Jesucristo dice claramente: “Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae”.

Si venir a Cristo es algo que el pecador puede hacer con sólo quererlo, y no es otra cosa que una decisión pública manifestada a través de levantar la mano o pasar al frente, entonces no se necesita ninguna asistencia especial del Padre para llevarlo a cabo.

Lamentablemente, algunas personas que no se definen a sí mismas como arminianas, y que incluso afirman creer en las doctrinas de la gracia definidas en el Sínodo de Dort, o por lo menos en 4 de ellas, al evangelizar usan la misma metodología y la misma terminología del arminianismo.

Le piden al pecador que levanten sus manos, que vengan al frente, o que reciten la oración del pecador (y una vez hacen eso aseguran al pecador que ya es salvo por haber orado); les dicen que Cristo murió por él, pero que ahora todo depende de su decisión, y cosas así.

¿A qué se debe esto? Probablemente a una falta de comprensión más precisa de la doctrina y sus implicaciones. Lo mismo le ocurre al arminiano cuando ora por la salvación de los perdidos. Su oración es incoherente con su sistema doctrinal (si la salvación depende de una decisión del pecador, ¿para qué orarle a Dios, entonces?).

Ya veremos los demás puntos doctrinales en otra entrada.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

http://www.radioeternidad.org/impactandoelpresente/?p=59

Los evangélicos modernos y la Palabra de Dios

17 Jul

Los evangélicos modernos y la Palabra de Dios
Enero 13, 2010
Por admin
Autor: Stevan Henning

Cuando Pablo estaba a punto de morir, sabiendo que su martirio estaba cercano, le escribió a su hijo en la fe, Timoteo, advirtiéndole del peligro de los postreros tiempos. En los últimos dos capítulos de la segunda epístola a Timoteo, Pablo describe una situación amenazante para a la iglesia en general. El dice:

También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán la apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita (II de Timoteo 3:1-5).

Lo sorprendente de este pasaje no es que esto caracteriza el mundo porque ésta siempre ha sido la descripción del mundo, sino que Pablo está describiendo la condición de la iglesia visible en los postreros días. El mundo no tiene una apariencia de piedad, pero la iglesia visible sí la tiene.

Ser evangélico es popular hoy en día. Tenemos voz y poder en la sociedad; somos aceptados. Tenemos nuestros partidos políticos, nuestros colegios y escuelas, nuestras universidades, nuestras librerías, y hasta nuestros canales de televisión. Para muchos, es una señal de victoria espiritual, de avivamiento, y del avance del reino de Cristo. Sin embargo, Pablo le recuerda a Timoteo que la piedad verdadera no será aceptada. El le escribe, “ Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución .”

Entendamos bien lo que Pablo está diciendo aquí. Habrá una fachada de piedad que será aceptable y popular, pero es nada más que una fachada. Sin embargo, habrá un remanente que verdaderamente son piadosos. Ellos serán odiados y padecerán persecución. La característica de estas personas es que viven en Cristo Jesús . ¿Qué significa vivir en Cristo Jesús ? ¿Es este vivir algo subjetivo según las inclinaciones espirituales de ellos o es algo objetivo, basado en algo firme, algo fuera de sus experiencias? El pasaje exige que este vivir sea algo firme porque Pablo termina el capitulo diciendo:

Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (II de Timoteo 3:14-17).

¿A dónde lleva Pablo a Timoteo? A las Escrituras donde se revela la fe que es en Cristo Jesús.

Podemos resumir este capítulo de esta manera: en los postreros días, la mayoría de los que profesan el cristianismo tendrán una fachada de piedad, pero por dentro son iguales a los impíos. “ Siempre estarán aprendiendo pero nunca podrán llegar al conocimiento de la verdad ” porque han rechazado la autoridad de esta verdad sobre ellos. Sin embargo, al lado de ellos vivirán los que son verdaderamente piadosos. Estos siguen la doctrina apostólica, conocen las Escrituras, y viven conforme a ellas. Ellos serán odiados, aun por los que forman parte de la iglesia visible.

Tal es nuestro día. Un gran porcentaje de los que forman parte de la iglesia visible se preocupa más por su experiencia, su opinión, su salud, su éxito, y sus bienes que por una obediencia a la totalidad de las Escrituras.

No hay tiempo para hablar de los falsos profetas de nuestros días que andan promoviendo un evangelio de sanidad corporal, éxito profesional, y riqueza material como si fuera la voluntad de Dios para toda Su iglesia. Pero, sí nos queda una pregunta para dirigir el resto de este ensayo: ¿dónde está la iglesia que se aferra a las Escrituras y qué sucedió en la historia para que la iglesia sacrificara la autoridad de las Escrituras en su práctica y en su predicación? Hay por los menos tres factores en la historia que contribuyeron al analfabetismo moderno de la Palabra de Dios. Estos factores son el menosprecio de un estudio sólido de la Biblia, una confianza espiritual en uno mismo (experiencia), y un sacrificio de las grandes doctrinas bíblicas.

Estos tres factores tuvieron su origen en los Estados Unidos y fueron transportados al mundo entero por medio del movimiento misionero, las publicaciones cristianas, los medios de comunicación, y la práctica.
El menosprecio de un estudio sólido de la Biblia

En los días de Jorge Whitfield, Jonathan Edwards, y los hermanos Wesley, las colonias norteamericanas estaban bajo la monarquía inglesa. Estos y otros hombres eran instrumentos de Dios para el avivamiento, conocido hoy como el Gran Despertar. Dos de estos hombres, Whitfield y Juan Wesley veían al clero mismo como parte del problema de la falta de vitalidad espiritual en las iglesias. En parte, su diagnóstico era correcto. Es triste, pero a muchos pastores les faltó la vitalidad espiritual, y no alimentaron al rebaño del Señor. No obstante, al denunciar al clero profesional, muchos laícos perdieron su respeto y confianza en el clero. Cuando Whitfield pasaba por las colonias predicando que muchos de los hombres que ocupaban los púlpitos no eran regenerados, fue una gran tentación para los laicos considerarse iguales o hasta más capacitados para la obra de Dios que el clero que se había preparado en las universidades. Este movimiento democrático coincidió con la Revolución de las colonias, y las ideas de la democracia política echaron raíces aun en las iglesias. Las denominaciones tradicionales como la presbiteriana, la congregacionista, y la reformada perdieron muchos miembros. Estas demoninaciones, en las mentes de una gran parte de la población, fueron consideradas anti-democráticas, mientras que las iglesias metodistas y bautistas, con su voto congregacional, ganaron miembros y llegaron a ser considerados las denominaciones del hombre común.

No hubo ningún abandono inmediato de las doctrinas cardinales de la Reforma, pero poco a poco con el avance del liberalismo y la ignorancia pastoral de las doctrinas bíblicas, las denominaciones se hallaron sin vitalidad y compás doctrinal para guiarlos por las aguas oscuras del racionalismo y arminianismo. Lastimosamente, las iglesias con un credo tradicional y bíblicamente ortodoxo, como las presbitérianas, las bautistas y las reformadas, no proveyeron ningún ejemplo de una espiritualidad bíblica.

Cansados de una ortodoxia muerta que afirmaba el poder de Dios pero que negaba la eficacia de ella en la vida, muchos en las denominaciones democráticas se convencieron de que había que ser algo más vital, más vibrante en la vida cristiana. Correctamente fueron a las Escrituras, pero lo que nos interesa es: ¿cómo se acercaron a las Escrituras? Y aquí es importante destacar dos cosas: su actitud y su método ante las Escrituras.

No hay duda de que la iglesia en general careció de la vitalidad que debía tener. Incluso, podemos decir que segunda de Timoteo 3 se aplicó tanto hace cien años como para hoy. Pero, la actitud de estas personas fue, por lo general, menospreciadora de la ortodoxia. Consideraron un estudio serio de las doctrinas centrales de la iglesia como algo sin mucha importancia y ¿por qué no? dado que la ortodoxia no había evitado el liberalismo y la frialdad espiritual. No estuvieron satisfechos con la mera declaración de que estaban sin condenación (Rom. 8:1). Lo que deseaban era sentirse espirituales y llenos. Fueron convencidos que la vida cristiana debe ser sobre todo una vida de experiencias gozosas y de éxtasis. Este sacrificio de la ortodoxia dejó este movimiento de santidad sin ningun fundamento firme para establecerse y como tantos otros movimientos que eventualmente abandonaron las doctrinas más importantes, sus inicios estuvieron sin la firmeza de una teología bien formada. Más bien, al estudiar la historia de este movimiento de la santidad, podemos decir que pocos de verdad se preocuparon por un estudio serio de, por ejemplo, la inspiración, la justificación por la fe, la expiación, y la Trinidad.

La Nueva Hermeneútica

Empero, este movimiento sediento por la vitalidad espiritual se preocupó por el estudio de la Palabra de Dios y debemos felicitarlos por su inquietud con la ortodoxia muerta. Sin embargo, con relativamente poca preparación doctrinal, estos creyentes se sentaban y “estudiaban” la Biblia en una manera inusual. En aquellos tiempos, las biblias de estudio estaban ganando en popularidad. Estas biblias de estudio contenía una cadena de referencias de varios temas. Sus estudios bíblicos consistían en un grupo de personas que se sentaban para leer una lista de versículos sobre cierto tema, y después ofrecían opiniones sobre lo que habían aprendido.

Por ejemplo, si una iglesia quisiera aprender de la creación, podría buscar la palabra crear en todos sus textos bíblicos y ofrecer comentarios sobre el significado de este tema en su vida. Fue popular, democrático, y bien intencionado. Es cierto que uno puede aprender mucho, pero lastimosamente, la mayoría de estos estudiantes de la Palabra de Dios ignoraron el contexto de los pasajes, no se esforzaron a utilizar los idiomas originales, y violaron muchas leyes de la hermeneútica. Ni se preocuparon por estas cosas porque, como hemos visto, no respetaron a los eruditos de los seminarios, ni tampoco a los lideres de la iglesia del pasado. Lo que buscaban era un avivamiento inmediato. Querían algo que los llenara. Fue incomprensible para ellos que el estudio serio de las doctrinas formales de la Reforma pudiera ser el medio de una satisfacción gozosa en sus vidas espirituales. Así que, utilizaron los textos fuera de sus contextos y, a veces, llegaron a conclusiones nuevas y erróneas. Pero sobre todo, ellos querían experimentar algo más que no habían experimentado jamás en su experiencia espiritual. Buscaban algo más que el gozo de la salvación. La justificación por la fe fue importante, por supuesto. Pero hallaron en el Pentecostés la respuesta para su hambre de una experiencia. Si solamente pudieran volver a experimentar lo que sucedió el día que el Espíritu Santo vino sobre la iglesia, tendrían la experiencia que tanto anhelaban. No obstante, esto abrió la puerta para sujetar las Escrituras a la autoridad de la experiencia.

El egoísmo espiritual

El segundo factor que ha producido esta crisis en muchas iglesias evangélicas es el énfasis de la experiencia como una autoridad para interpretar los acontecimientos y hasta las Escrituras mismas. Antes de criticar a los demás, cada creyente que no cree en hablar con lenguas debe preguntarse: ¿qué haría yo si , de repente, comenzara a hablar en lenguas en un culto, junto con otras veinte personas? ¿Sería la experiencia suficiente para convencerlo de que su experiencia está de acuerdo con la Palabra de Dios? Tristemente, la mayoría de las personas afirmarían que sí. John Deere, un lider en el movimiento pentecostal, dice, “Hay una razón básica de que los cristianos creyentes, que creen en la Biblia no crean en los dones milagrosos del Espíritu para hoy. Es sencillamente ésta: no los han visto.” Podemos deducir, entonces, que para muchos y probablemente la mayoría, la experiencia es una autoridad irrefutable.
Sola Scriptura y la experiencia

Esta ilustración nos sirve para probar la amenaza de la experiencia a la autoridad de las Escrituras dentro del cristianismo. ¿Cómo sabremos la verdad? ¿Hay dos respuestas: la experiencia y las Escrituras? Sin embargo, la Reforma luchó fuertemente para establecer las Escrituras como la única autoridad para guiar nuestra conducta y fe. Es cierto que el asunto material para Lutero fue la sola fide , pero el asunto formal de la Reforma fue la sola scriptura . En el momento que elevamos la experiencia al nivel de autoridad que tienen las Escrituras, hemos perdido, prácticamente, no históricamente, el tesoro espiritual de los reformadores.

Pero, uno responde, ¿quién puede discutir con los hechos de mi experiencia? Pues, en primer lugar Dios discute con la experiencia. En el juicio, los hombres, convencidos de que tienen derecho al reino de Dios, exponen lo que han hecho y visto. Ellos dicen haber hecho milagros, grandes predicaciones, y exorcismos. Es interesante que Dios no niega su experiencia. No discute con ellos. Sencillamente, Él no reconoce sus experiencias como prueba de una relación con Él. (Vea Mateo 7:21-23.)

Pero, hay algo más profundo, más sútil aquí. Para ilustrar, permítame hacerle una serie de preguntas. ¿Cuántos hemos sido engañados por alguien? Todos. ¿Estuvimos concientes del engaño? Por supuesto que no. Un engaño no funciona si se reconoce como tal, ¿verdad? Ahora, ¿cuál es la cosa más engañosa que hay? Jeremías nos cuenta que es nuestro propio corazón:

Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras ” (Jeremías 17:9-10).

La exaltación de la experiencia personal sencillamente es el fruto del orgullo espiritual. La Biblia nos reta a no poner nuestra confianza en ningún hombre ni tampoco en nosotros mismos. Proverbios 14:12 nos dice claramente: “ Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte .”

Y Proverbios 3:5-7:

Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal .”

Así que, las Escrituras enseñan que no podemos confiar en nosotros mismos. Si mi experiencia está en contra de la Palabra de Dios, estoy obligado a desechar mi experiencia, no como un acontecimiento, porque es posible que mi experiencia sea real, pero no una guía para mi conducta y fe, pedirle a Dios el perdón, y volver a la Biblia como mi única fuente de autoridad para esta vida. Dios tiene palabras fuertes para el hombre que confía en su propio corazón: “ El que confía en su propio corazón es necio; mas el que camina en sabiduría será librado ” (Proverbios 28:26).

La experiencia y la cruz

Pero este énfasis sobre la experiencia es aun más dañino porque menosprecia la obra del Salvador. Los evangélicos que exaltan la necesidad de experiencias extraordinarias tienen que preguntarse si la Biblia y la obra consumada de Cristo son suficientes para producir vidas verdaderamente vitales y espirituales. Para el cristiano que anhela más y más experiencias, la respuesta es no. En adición a la doctrina de la Biblia y la obra objetiva de Cristo, ellos insistían en que había que tener un llenar subjetivo para experimentar las emociones y los sentimientos de uno. La satisfacción recibida por esta experiencia es superior a la declaración legal de que estamos ante los ojos de Dios sin pecado (Romanos 8:1).

Sin embargo, este énfasis sobre la experiencia pretende reemplazar el gozo del creyente basado en la obra expiatoria de Cristo para nuestra justificación que es la base de toda nuestra santificación progresiva con un gozo que se halla en la experiencia por medio de la obra del Espíritu Santo experimentada en los hechos y las señales. Así que, el mayor gozo del creyente experimental no se basa en lo que Cristo hizo por él en la cruz, sino que se basa en lo que el Espíritu hará por medio de él en esta vida.

Esto inmediatamente produce una división entre la segunda y tercera Personas de la Trinidad, dado que Cristo dijo que el Espíritu no vendría para hablar de si mismo, sino para recordar a todo creyente lo que Cristo enseñó (Juan 16:13). Tenemos que hacernos la pregunta: ¿Realizó Cristo la obra propiciatoria para satisfacernos con el obrar del Espíritu en nuestra experiencia, sentimientos, y emociones? O, ¿realizó el Espíritu Santo Su obra regeneradora y selladora para satisfacernos con la obra de Cristo, imputada a nuestra cuenta? Conforme a la respuesta, uno puede discernir si hay un entendimiento de la obra de Cristo o no.

Ahora, ¿cómo afecta lo subjetivo a la eficacia de la Palabra de Dios en uno? Para muchos, establece y exalta la autoridad de la experiencia. En ninguna parte de la Biblia somos llamados a creer las cosas porque las experimentamos. Somos llamados a creerlas porque la Biblia es la Palabra de Dios. Somos presuposicionalistas. El puritano Juan Owen escribió sobre esta fe que agrada a Dios hace trescientos años,

Creemos todo lo que se revela y se declara en las Escrituras. Lo creemos porque se revela, no por ninguna razón externa…Esto se debe a la evidencia sobre la cual se basa es de Dios y por ende es infalible .”

Lo que Juan Owen quiere decirnos es que la Biblia no requiere ninguna prueba para ser autoritaria. Es autoritaria porque es la revelación de Dios. Su autoridad se deriva de si misma. Un ejemplo bíblico aquí es útil. Cuando Pablo escribió a los corintios, él usó la razón y la prueba para defender la doctrina de la resurrección. Sin embargo, ¿debemos creer porque quinientas personas dieron testimonio ocular de la resurrección? O, ¿debemos creer porque Pablo lo vió personalmente? Son dos argumentos persuasivos, pero según Pablo la razón que debemos creer es el primero de sus argumentos:

Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras. (I de Corintios 15:3).

¿Por qué debemos creer que Cristo fue resuscitado? Sencillamente, porque Dios dice que es así en Su Palabra. Mas, hoy en día, la autoridad de la Biblia enfrenta una oposición seria. Más peligroso es este rival que el liberalismo. Este enemigo es el humanismo y su nombre es la experiencia. La triste verdad es que la oposición más fuerte viene no de los impíos, sino de los que se llaman evangélicos. Sin embargo, somos llamados a establecer y promulgar la verdad, no actuar conforme a la razón de nuestra experiencia. Un buen ejemplo de esto sucedió en los días de Jeremías. En medio de hambre y pobreza, Judá tomó la decisión de volver a sacrificar a la reina de los cielos porque los tiempos fueron mejores cuando adoraron a ella que cuando ellos, obedientes al profeta, abandonaron esa práctica (Jeremías 44:16-23). Sin duda, la experiencia de los judíos les enseñó la bendición al pueblo al desobedecer a Dios. Las cosas andaban mejor cuando servían a esta diosa, pero la experiencia no estaba de acuerdo con la Palabra de Dios, y su decisión de actuar así resultó en el juicio doloroso de pueblo. Así que, hermanos, no podemos apoyarnos ni en nuestras experiencias ni tampoco en nuestros sentimientos cuando chocan con las verdades bíblicas. Afirmamos con nuestros padres en la fe que la única regla para nuestra fe y práctica son las Sagradas Escrituras.

El sacrificio de las grandes doctrinas de la Reforma

Finalmente, nos toca ver las influencias que apoyaron el movimiento hacia la la autoridad de la experiencia en sus principios y como estas influencias afectaron su entendimiento de la Biblia. El siglo 19 fue un siglo de trastornos filosóficos. Hombres como Marx, Freud, y Darwin escribieron durante este siglo y el mundo entero fue trastornado por estas influencias.

También, la iglesia experimentó grandes cambios. Ya hemos tocado el abandono de las doctrinas como la inspiración de las Escrituras y la justificación por la fe. No es que estas doctrinas fueron negadas. Fueron aceptadas, pero no con la prioridad que habían recibido en los tres siglos inmediatamente después de la Reforma. Novedades doctrinales fueron introducidas que nunca se habían visto. Estas nuevas enseñanzas—el rapto pre-tribulacional, un nuevo Pentecostés, y el perfeccionismo—dejaron sus huellas sobre la iglesia. Estas innovaciones afectaron todas las doctrinas centrales de la Biblia. (Indirectamente, las solas de la Reforma fueron afectadas indirectamente por la negligencia, y las doctrinas de la escatología y la santificación fueron afectadas directamente por nuevas perspectivas de estas doctrinas.)

Un estudio histórico de la salud espiritual de la iglesia revelará que cuando la justificación por la fe, la expiación vicaria de Cristo en la cruz, la inspiración y eficacia de las Escrituras, y la encarnación de Cristo son estudiados y entendidos, la iglesia ha prosperado. Esta prosperidad se ha manifestado en momentos de avivamiento y progreso en la influencia de la iglesia sobre la cultura Pero cuando estas doctrinas han sido negligentes, la iglesia ha perdido su vitalidad. Hoy en día, la iglesia, en general, está en un caos doctrinal. Cuando un lider evangélico puede compartir su visión y describir el peinado, la estatura, y los chistes que Cristo le compartió y ser recibido y loado por los oyentes, la iglesia está en una crisis a proporciones jamás vistas.

El vacío espiritual es profundo y la falsa doctrina ha llenado el vacío. Muchas doctrinas han sido afectadas, pero específicamente las doctrinas de la escatología, la unidad del cuerpo de Cristo, y la santificación.

La Escatología: La Nueva Medida de la Ortodoxia

Entre todas las doctrinas, la escatología es una de las doctrinas más discutidas entre buenos hermanos. Hace doscientos años, hubo un acuerdo a desacordar y seguir como amigos por las diferencias de opinión respecto a esta doctrina dificil. Pero dentro de unos años, la ortodoxia iba a ser redefinida para incluir una novedad. En vez de enfatizar la justificación por la fe, el enfoque escatológico iba a ocupar el estudio y formar un gran parte de los nuevos credos. Alrededor de 1830 Juan Nelson Darby empezó a enseñar la teoría del rapto pre-tribulacional. Pronto, esta posición en la historia de la iglesia fue diseminada y aceptada. A la vez, el resurgimiento de milenialismo acompañó esta enseñanza. Uno puede decir que el pre-tribulacionalismo dio un nuevo sabor al milenialismo. Esta posición fue adoptada aun por varias sectas como los testigos de Jehová, los mormones, y los adventistas. Hasta hoy, este énfasis sobre esta escatología ocupa una influencia fuerte en la definición de la ortodoxia entre ciertos evangélicos. Entre ellos hay los fundamentalistas modernos que consideran que la creencia de un rapto pre-tribulacional es señal de que uno interpreta la Biblia en una forma sana (literal).

Todo esto demuestra el cambio de dirección doctrinal en las iglesias de esa época. Este convencimiento de que el Señor iba a venir en cualquier momento sin señales hacía que muchas iglesias buscaran pasajes que tratan de los postreros días y los aplicaran a ellos mismos. Ideas como la “lluvia tardía” fueron adoptados. De Joel, sacaron las ideas de un nuevo cumplimiento de Pentecostés que vendrían poco antes de la segunda venida de Cristo. Pero, lo que nos interesa aquí es como esta fascinación con la escatología afectó una sana interpretación bíblica. Junto con las sectas, muchos empezaron a poner fechas para el rapto de la iglesia. Además, el interés en los acontecimientos hizo que la Biblia fuera interpretada por medio de las periódicos y las revistas. Conozco a muchas personas que se consideran expertos en la escatología, no por un estudio arduo de los pasajes proféticos, sino por las noticias en la tele. En una manera, muchos de estos expertos de la profecía no podrían explicar la doctrina de la justificación por la fe. Podemos decir que esta fascinación con 666 y el anti-cristo, y las guerras, distrae al pueblo de Dios del estudio de la soteriología y sus doctrinas.

¡Somos Superiores!

Otro efecto de este énfasis escatológico es un egoismo denominacional. Después de la Reforma y por más de doscientos años, existía un respeto mutuo entre las denominaciones que estaban de acuerdo soteriólogicamente hablando, pero que tenían diferencias menos importantes. Casi todas las denominaciones consideraban que la soteriología era la doctrina primordial y ésta fue el estandar para determinar la comunión y la separación. Pero, esto cambió con la adopción de la perspectiva dispensacional de la escatología por los fundamentalistas. Pronto, había sospechas acerca del hermano que no compartía la idea del rapto pre-tribulacional y el milenio. También, este dispensacionalismo cambió la perspectiva respecto a Israel y la iglesia. Esta adopción de las enseñanzas del dispensacionalismo ha afectado la unidad de la Biblia, y, por ende, toda doctrina ha sido afectada. Un autor dijo sobre el peligro de esta escatología, “La popularidad del premilenialismo [pretribulacionalismo] en las iglesias evangélicas coincidió historicamente con la popularidad de pietismo no bíblico, el arminianismo, el dispensacionalismo, y escapismo.”

Permítame pausar aquí para decir que estoy hablando en generalidades. Hay muchas excepciones, y no toda persona que cree esta enseñanza del rapto pre-tribulacional y la división entre los santos del Antiguo Testamento y la iglesia ha caído en dichas trampas. Pero, recalco que sobre todo, esta novedad del rapto pre-tribulacional ha creado una generación nada preparada para el tipo de persecución que la iglesia enfrentará en los postreros días. Nuestra supuesta “edad de oro” puede concluir en cualquier momento y los días de gran persecución pueden comenzar. ¿Cuántos estarán preparados? ¿Cuántos vivirán en santidad y perseverarán en la fe? Estas preguntas nos llevan a considerar la próxima doctrina afectada.

La santificación también fue otra doctrina afectada por los eventos del siglo antepasado. Con el abandono de estudiar la expiación vicaria y la justificación por la fe, el evangelio fue desnudado de su poder. Un ejemplo de esto se ve en el evangelista más famoso de ese siglo, el famoso de Charles Finney. Finney se reconoce como el padre moderno del avivamiento. Sin embargo, él fue un hombre cuyo entendimiento de las doctrinas cardinales se alejó mucho de la ortodoxia. El negó la doble imputación de la obra expiatoria de Cristo. Sabemos que cuando Cristo murió, El no proveyó un ejemplo del amor o la ira de Dios, sino que El murió como nuestro Sustituto. Sin embargo, Finney negó la doctrina de la expiación vicaria de Cristo. La Biblia nos enseña que nuestros pecados fueron imputados a Su cuenta mientras que Su justicia es imputada a nuestra cuenta por medio de la fe. Esta es la esencia del evangelio, pero Finney predicó otro evangelio, un evangelio basado sobre el poder de la decisión humana, en vez de la obra soberana de Dios. Muchas innovaciones fueron implementadas, pero cuando Finney volvió a predicar en los lugares de sus previas campañas evangelisticas, él se dio cuenta de que sus metodos habían producido “tierra estéril.”

El halló la solución en el perfeccionismo, una distorsión de la doctrina de la santificación. El enseño que cada creyente tiene la capacidad y habilidad de no cometer más el pecado. Esta fue la idea aceptada de la santificación cuando el movimiento de santidad comenzó a buscar su nuevo Pentecostés.

Las consecuencias de este tipo de santificación es que se vuelve en un legalismo que dice que complacemos, servimos, y honramos a Dios al no usar maquillaje, cortarse el cabello, evitar vicios. Uno de los comentarios más frecuentes del rebaño que pastoreo es que sus familiares carasmáticos los menospecian por usar shorts, cortarse el cabello, o nadar en grupos. Esta actitud de menosprecio es jactanciosa, sectaria, y prejuicial al espíritu del evangelio.

Pero más triste aún es que esta perspectiva de la santificación le roba al creyente de toda vitalidad y progreso en la santificación. La vida cristiana se vive a la luz de lo que Cristo ha hecho por el cristiano. La pregunta para el éxito del progreso en la santificación no es ¿qué haría Jesús? sino que, ¿qué hizo Jesucristo? II de Corintios 5:21 enfatiza la obra terminada de Cristo para nosotros y cómo nos afecta todos los días: “ Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. ” Pablo escribió en su gran tratado sobre la justificación por la fe:

Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él se el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida” (Romanos 3:24-27a).

La salvación es una continua confianza en la obra de Cristo como nuestra salvación y único y suficiente mérito delante de Dios.

La vida cristiana no consiste en alcanzar un alto porcentaje de obediencia a los diversos mandamientos, sino una fe ardiente en la obra de Cristo. A menos que uno me acuse del nominalismo, no niego la necesidad de andar en obediencia a los mandamientos de Cristo, pero la Biblia nos cuenta que este andar se realiza en una plena dependencia del poder que Dios suple (Romanos 8:13; I de Pedro 4:11). La santificación es el fruto del gozo en lo que Cristo hizo por nosotros; no un medio de descubrir un gozo más sublime no realizado en la experiencia. El mayor apoyo para la santificación es la comtemplación de Cristo. Pablo nos dice que somos transformados diariamente al contemplar al Señor y Su obra (II de Corintios 3:18). Sencillamente, no importa cuan conformistas somos a las normas bíblicas, si no vivimos a la luz de lo que Cristo hizo por nosotros, no hay santificación, sino un legalismo de los Gálatas y un ascetecismo de los Colosenses. Y Pablo vio este legalismo y ascetecismo como negar la fundación entera del evangelio. Escribiendo a los Gálatas, él dijo:

Mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar? Guardáis los días, los meses, los tiempos, y los años. Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros (Gal. 4:9-11).

La historia de la iglesia nos enseña del peligro de una noción falsa de la santificación. No es meramente que haya recompensas perdidas, sino las pérdidas de esta guerra contra la sola scriptura son las almas. Los puritanos creyeron que sin la perseverancia en la obediencia de la fe, el resultado sería destrucción eterna, no un nivel inferior de santificación. Como la santificación no es opcional, tampoco es una obra que nos encomienda a Dios.

El abandono de un estudio serio de la Palabra de Dios, la exaltación de la experiencia, y la ignorancia de las grandes doctrinas de las Escrituras han producido un vacio en la iglesia de nuestro siglo, y donde hay un vacío, sabemos que cualquier cosa puede entrar. Sin embargo, hay esperanza. Dios, en Su misericordia, nos ha revelado en Su Palabra Su voluntad. Aquí y solamente aquí, tiene la iglesia la revelación de lo que Dios exige de ella. Al obederle, experimientaremos una vida espiritual de vitalidad, gozo y satisfacción.

Por ende, la iglesia debe entregarse nuevamente a una devoción absoluta a las Escrituras. Son nuestra autoridad. Son nuestra guía para crecimiento espiritual. Sobre todo, las Sagradas Escrituras son suficientes. Además, debemos comprometernos a enseñar las doctrinas básicas y centrales de nuestra fe. Pero además hay una advertencia para nosotros: si no recuperamos este respeto para las Escrituras relativamente pronto, pudiéramos hallarnos en una nueva época de oscuridad espiritual como Europa enfrentó antes de la Reforma. Si no recobramos este amor para la Biblia como nuestra única y suficiente autoridad, no habrá ningún evangelio para nuestros hijos y nietos, y posiblemente, ellos se levantarán en el día del juicio para maldecir nuestra pereza espiritual. Así que, hermano lector, que no nos contentemos con el estado de nuestra iglesia. Dios no nos recompensará conforme a la cantidad de personas que acuden a nuestros cultos, sino por nuestra obediencia a Su voluntad. Recordemos el reto de los padres de la Reforma y lo apliquemos a nuestras iglesias: Semper reformanda.

Referencias

Wells, David. God in the Wasteland . (Grand Rapids: Eerdmans Publishing Company, 1994) páginas 63-67.

MacArthur, John. Charismatic Chaos . (Grand Rapids: Zondervan, 1992) página 37.

Edga r, Thomas R. Satisfecho con la Promesa del Espíritu Santo . (Grand Rapids: Editorial Portavoz, 1996), página 19.

Owen, John. The Spirit and the Church . (London: The Banner of Truth Trust, 2002) página 9.

Charismatic Chaos , p. 362

Waldron, Samuel. The End Times Made Simple . Amityville, New York: Calvary Press, 2003) páginas 202-203
MacArthur, John. Ashamed of the Gospel . (Wheaton: Crossway Books, 1993) página 158-159.

Ibid , página 234.

Piper, John. Brothers, We are not Professionals . (Nashville: B&H Pushlishers, 2002) página 106.

Relacionados:

http://fereformada.org/?p=196

Un Lobo con Piel de Cordero

17 Jul

Un Lobo con Piel de Cordero

Como la Teología de Charles Finney ha asolado al Movimiento Evangélico

por Phillip R. Johnson

Copyright © 1998, 1999. Todos los derechos reservados.

Es una ironía que Charles Grandison Finney se haya convertido en un cartel chico para tantos evangélicos modernos. Su teología está lejos de ser evangélica. Como líder cristiano, fue difícilmente un modelo de humildad o espiritualidad. Incluso la autobiografía de Finney, retrata un carácter cuestionable. En su propia narración de la historia de su vida, Finney viene a ser tan terco, arrogante-y, a veces incluso un poco desviado.

Jugando con el fraude desde el principio

El ministerio de Finney se basó en la mentira desde el principio. Obtuvo su licencia para predicar como ministro presbiteriano, profesando una adhesión a la Confesión de Fe de Westminster. Pero luego admitió que era casi totalmente ignorante de lo que enseñaba el documento. He aquí, en las propias palabras de Finney, una descripción de lo que ocurrió cuando fue ante el consejo, cuya tarea era determinar si estaba calificado y doctrinalmente sano:

“Inesperadamente para mí se me preguntó si recibía la confesión de fe de la iglesia presbiteriana. Yo no la había examinado; es decir, la gran obra, que contiene los Catecismos y la confesión presbiteriana. Esto no ha sido parte de mi estudio. Yo le respondí que la recibí como sustancia de doctrina, por lo que yo entendía. Pero había hablado en una manera que claramente implicaba, en mi opinión, que yo no pretendo saber mucho acerca de ella. Sin embargo, le respondí con honestidad, como lo comprendía en el momento [Charles Finney, Las Memorias de Charles FinneyEl Texto Completo Restaurado (Grand Rapids: Academie, 1989), 53-54].”

A pesar de su insistencia Clintonesca en que el “respondió con honestidad” es evidente que Finney engañó deliberadamente a sus examinadores. (Su habilidad para analizar el punto de vista jurídico le pudo servir mejor si hubiera sido un político a finales del siglo XX. Pero el traicionó una terrible impetuosidad por un clérigo en su propia época.) En lugar de admitir claramente que era totalmente ignorante de los estándares doctrinales de su denominación, él dice que “habló en una manera” que implicaba (“creo”) que no conocía “mucho” sobre estos documentos. La verdad es que nunca había siquiera examinado la Confesión de Fe y no sabía nada sobre ella. Estaba deplorablemente sin preparación para la ordenación, y no tenía interés en buscar una licencia para predicar bajo los auspicios del presbiterio. “Yo no estaba consciente de que las reglas del presbiterio les obligaba preguntarle al candidato si aceptaba la Confesión de Fe Presbiteriana”, escribió Finney. “Por tanto, nunca la había leído” [Memorias, 60.] Así que cuando le dijo a su consejo de coordinación que recibía la confesión “por sustancia de doctrina,” ¡no podría haber sido nada más lejos de la verdad! No obstante, el consejo ingenuamente (y de muy buena gana) le tomó la palabra a Finney y le dio licencia para predicar.

La credibilidad de Finnney es empañada aún más por el hecho de que cuando más tarde leyó los Estándares de Westminster y se dio cuenta de que en casi cada punto crucial estaba en desacuerdo, el no renunció a la comisión que había recibido con falsos pretextos. En cambio, aceptó la plataforma que había engañando a los hombres al dársela –luego utilizándola por el resto de su vida para atacar sus convicciones doctrinales. “Tan pronto como me enteré de cuáles eran las enseñanzas de la inequívoca confesión de fe sobre estos puntos, no dudé en absoluto en todas las ocasiones oportunas de declarar mi desacuerdo con ellas”, se jactó. “Las repudié y las expuse. Cuando me daba cuenta de cualquier clase de persona que estaba escondida detrás de estos dogmas, no vacilaba en derribarlo, a lo mejor de mi capacidad” [Memorias, 60]. Al hecho de haber obtenido sus credenciales de predicación profesando una adhesión a la Confesión de Fe, Finney no se perturbaba en absoluto. “Cuando llegué a leer la confesión de fe, y observé los pasajes que se citan para sostener estas posiciones peculiares, quedé completamente avergonzado de ellas,” diciéndolo con franqueza. “No podía sentir respeto a un documento en el que se comprometen a imponer a la humanidad, dogmas como esos” [Memorias, 61].

Equipaje de los Años de Incredulidad

Los desacuerdos de Finney con los estándares doctrinales de su denominación claramente no eran opiniones que el tuvo después de su examen por el Consejo. Por su propia admisión, había rechazado conscientemente la base teológica de la confesión presbiteriana mucho antes de que se parara frente a estos hombres. Él escribe sobre debates doctrinales que había provocado con su pastor, George W. Gale: “Yo no podría recibir sus opiniones sobre el tema de la expiación, la regeneración, la fe, el arrepentimiento, la esclavitud de la voluntad, o cualquiera de sus doctrinas semejantes” [Memorias, 46].

Incluso antes de su conversión, Finney había planteado muchas de las mismas cuestiones y se opuso firmemente a la enseñanza de Gale sobre tales puntos. Él escribió:

Ahora yo pienso que a veces he criticado sus sermones despiadadamente. He planteado aquellas objeciones en contra de su posición y forzarlas a mi atención. . . . ¿Qué quiere decir con el arrepentimiento? ¿Es un simple sentimiento de tristeza por el pecado? ¿Es totalmente estado de ánimo pasivo? o ¿implica un elemento voluntario? Si se trata de un cambio de mente, ¿en qué sentido es un cambio de mente? ¿Qué quiere decir con el término regeneración? ¿Qué decir cuando ese lenguaje cuando se habla de un cambio espiritual? ¿Qué quiere decir con fe? ¿Es simplemente un estado intelectual? ¿Es simplemente convicción, o persuasión, que las cosas que se dicen en el Evangelio son verdad? [Memorias, 10-12.]

La “conversión” de Finney no parece haber alterado su escepticismo acerca de su postura sobre la denominación de alguna de estas doctrinas fundamentales evangélicas. Después de su experiencia de crisis, estos fueron los mismos temas sobre los que disentía de la Confesión Presbiteriana-ahora con más vigor que nunca. La intensa experiencia emocional que Finney consideraba como su nuevo nacimiento, parece que sólo confirmó su sensación de que tenía razón sobre el cristianismo y la Escritura -y que la mayoría de los dirigentes de su denominación eran o bien insensatos o ilusos.

De hecho, en su propio relato de su conversión y “formación” teológica, Finney viene a ser como totalmente incapaz de aprender. Él relata minuciosamente las cuestiones sobre las que él y el Pastor Gale estaban en desacuerdo. Se trata de la mayor parte de los mismos puntos que Finney dice que se opuso antes de su conversión. Ni una vez reconoce Finney concederle algún punto a Gale (o a cualquier otro, para el caso). Él, evidentemente, creyó que su idea intuitiva de la verdad espiritual, junto con su formación jurídica, automáticamente le hacía doctrinalmente más hábil que todos los pastores y predicadores juntos formados en el seminario presbiteriano. El constantemente retrata a los líderes de la iglesia que se adhirieron a la Confesión de Fe como inocentones y estúpidos. Estaba convencido de que no tenían nada que enseñarle, y desde el punto de su conversión, él mismo se pone en un rol superior, como un reformador de sus doctrinas obsoletas e indefendibles. Él escribe:

“El hecho es que la educación del hermano Gale para el ministerio ha sido totalmente defectuosa. Había asimilado un conjunto de opiniones, tanto teológicas como prácticas, que le eran una camisa de fuerza. Se puede lograr muy poco o nada si se llevan a cabo sus propios principios. Tenía a disposición su biblioteca, y la saqueé totalmente sobre todas las cuestiones de teología que había presentado para su examen, y entre examinaba los libros, más me quedaba satisfecho.” [Memorias, 55.]

Ahora, soy convencido de que su tutor (el Pastor Gale) y todos los libros reformados y Puritanos en la biblioteca de Gale fueron absolutamente inútiles, Finney se propuso elaborar un sistema teológico más a su propio gusto.

“En primer lugar, no siendo teólogo, mi actitud con respecto a [los de Gale] los peculiares puntos de vista eran más bien una negación o un rechazo, que el de oponerse a cualquier punto de vista positivo de él. He dicho, tus posiciones no están probadas. “A menudo me dice,” Son insusceptibles a la prueba. “Así que pensé entonces, y lo que creo ahora…. no tengo a donde ir, sino directamente a la Biblia, así como a la filosofía o al funcionamiento de mi propia mente, tal como se me revelaron a la conciencia. Mis opiniones toman una forma positiva, pero lentamente. Yo me encontré incapaz de recibir sus opiniones peculiares, y en segundo lugar, poco a poco formé opiniones propias en oposición a las de ellos, las que me parecen ser inequívocamente enseñadas en la Biblia. [Memorias, 55, énfasis añadido.]

En otras palabras, las opiniones más prontas de Finney sobre “el tema[s] de la expiación, regeneración, la fe, el arrepentimiento, la esclavitud de la voluntad, [y] doctrinas semejantes” se convirtieron en el equipaje que arrastró a lo largo de su peculiar teología sistemática. Habiéndose opuesto a la postura doctrinal del Pastor Gale sobre estas cuestiones desde antes de su conversión-y, sobre todo ahora que Finney se dio cuenta que estas ideas provenían de la propia confesión -el creció despreciando los estándares doctrinales de la “Escuela Antigua”. Él no estaba pensando en estudiar los libros que defendían esas doctrinas.

Sin ningún tipo de “perspectiva positiva” propia (aparte de su evidente desprecio por la doctrina reformada), fue contenido por un tiempo para rechazar la tutoría de Gale con “la negación o el rechazo”. Pero Finney, pronto se dio cuenta de que necesitaba algo más que la negación a responder a las doctrinas de la Confesión Presbiteriana. Así que se puso a trabajar para escudriñar las páginas de la Escritura en la búsqueda de argumentos en contra de las doctrinas que despreciaba, mientras se dedicaba a la elaboración de nuevas doctrinas más adecuadas para “la filosofía o el funcionamiento de [su] propia mente.” Las ideas a las que Finney había dado vueltas desde los días antes de su pre-conversión se convirtieron así en el corazón de la teología que abrazó hasta el final de su vida. En otras palabras, como un nuevo “convertido”, Finney simplemente elaboró una teología que se adaptara a sus prejuicios ya establecidos.

En sus Memorias, sus Conferencias sobre Avivamiento, y en su Teología Sistemática, lo que se manifiestan, francamente, no es un hombre con un alto sentido de la Escritura, sino un hombre elevado de sí mismo. Donde la Escritura no le convenía, Finney recurre a sofismas para explicarlo. Sectores enteros de su Teología Sistemática contienen párrafo tras párrafo moralizando y filosofando -a veces sin una sola referencia a la Escritura por muchas páginas [1].

Finney vs Hyper-calvinismo

Finney es a menudo presentado como un moderado que luchó contra las influencias hiper-calvinistas. Es cierto que el hiper-calvinismo (una corrupción de la doctrina calvinista que anula o minimiza la responsabilidad humana) estaba en aumento en Nueva Inglaterra, y probablemente Finney había sido expuesto a ella. De hecho, es justo decir que el hiper-calvinismo tuvo una parte importante en la creación del frío clima espiritual en el que los errores de Finney florecieron. La popular acogida de la enseñanza de Finney era sin duda en gran parte una reacción contra los errores del hiper-calvinismo.

Finney consideró a su propia teología como un antídoto necesario para el hiper-calvinismo. Él escribió:

“He descubierto que en todas las peculiaridades del hiper-calvinismo han sido el principal obstáculo tanto de la iglesia y como del mundo. Una naturaleza pecaminosa en sí misma, una total incapacidad para aceptar a Cristo y obedecer a Dios, condenación a la muerte eterna por el pecado de Adán y de una naturaleza pecaminosa, y toda lo semejante y dogmas resultantes de dogmas esa escuela particular, han sido el principal escollo de los creyentes y la ruina de los pecadores.” [Memorias, 444].

Pero Finney, estaba demasiado novato para distinguir entre el calvinismo bíblico y ortodoxo del hiper-calvinismo. El los agrupó y terminó rechazando mucho de la sana doctrina junto con lo que él creía que era “hiper-calvinismo”. Lejos de ser un “moderado”, Finney respondió al hiper-calvinismo yéndose al extremo opuesto: el Pelagianismo.

Observe que bajo el pretexto de condenar al “hiper-calvinismo”, Finney atacó expresamente la idea de que la gente está caída y depravada a causa de una naturaleza pecaminosa heredada de Adán. Esa es la doctrina del pecado original, no es un dogma hiper-calvinista, sino un dogma normal de la doctrina cristiana-y reconocida como tal por todos los cristianos representativos desde la principal herejía Pelagiana del Quinto siglo. Tenga en cuenta, también, que Finney rechazó la idea de que los pecadores son totalmente incapaces de agradar a Dios (contra Rom. 8:7-8). Una vez más, la incapacidad total no es una noción hiper-calvinista, sino una verdad bíblica defendida por Agustín y los reformadores protestantes por igual.

Muchas de las doctrinas rechazadas por Finney son fundamentales para el evangelio en sí. ¿Recuerda sus comentarios acerca de sus propias opiniones de su pastor? (“Yo no podría recibir sus opiniones sobre el tema de la expiación, regeneración, la fe, el arrepentimiento, la esclavitud de la voluntad, o cualquiera de las doctrinas semejantes.”) De nuevo, ni una de las cuestiones que enlista se ocupa de algún error que surge del hiper-calvinismo. En cambio, lo que Finney rechazaba eran doctrinas bíblicas básicas y principios de mucho tiempo de la ortodoxia cristiana. El desechó varios aspectos esenciales de la doctrina reformada y protestante en relación a “la expiación, la regeneración, la fe, el arrepentimiento, la esclavitud de la voluntad.” Muchas de las doctrinas que él argumentó vehementemente en contra de la mayoría son, de hecho, verdades bíblicas básicas.

En otras palabras, no era simplemente hiper-calvinismo, -ó incluso simple calvinismo-el que Finney rechazada, sino los fundamentos bíblicos de la sola fe y la sola gracia (justificación por la fe solamente a través de la gracia solamente). En efecto, Finney abandonó la sola scriptura (la autoridad y la suficiencia de la Escritura), como lo demuestra su constante apelación al racionalismo en apoyo a su nueva teología. El movimiento que condujo, por lo tanto, representa el mayor abandono de los principios protestantes históricos.

Finney vs La Justificación por la Fe

Concretamente, ¿cuáles fueron los errores más graves de Finney? En la parte superior de la lista está su rechazo a la doctrina de la justificación por la fe. Finney negó que la justicia de Cristo es el único motivo de nuestra justificación, enseñando que en lugar esto los pecadores deben reformar sus propios corazones, a fin de ser aceptables a Dios. (Su énfasis en la auto-reforma, aparte de la habilitación divina es de nuevo un fuerte eco del Pelagianismo.)

Finney gasta una cantidad considerable de tiempo en varias de sus obras en contra de “esa ficción teológica de la imputación” [Memorias, 58]. Aquellos que no entienden nada de la doctrina protestante verán de inmediato que su ataque en este momento es un rechazo flagrante de la doctrina de la justificación por la fe solamente (sola fide). Lo pone fuera del blanco del verdadero protestantismo evangélico. La doctrina de la justicia imputada es el corazón histórico de la diferencia entre el protestantismo y el catolicismo romano. Toda la doctrina de la justificación por la fe se basa en este concepto. Pero Finney, la rechazó de plano. Ridiculizó el concepto de la imputación como injusta: “Yo no podía, sino referirme y tratar toda la cuestión de la imputación como una ficción teológica, algo relacionado con nuestra ficción jurídica de John Doe y Richard Roe” [Memorias, 60]. Descartando muchos de los textos bíblicos que dicen expresamente que la justicia se imputa a los creyentes para su justificación, escribió:

Estos y otros pasajes se basan, como enseñanza de la doctrina de una justicia imputada, y tales estos: “El Señor nuestra justicia” (Fil 3:9). . . . “Cristo nuestra justicia” Cristo es el autor o el proveedor de nuestra justificación. Pero esto no implica que El provea nuestra justificación por la imputación de Su obediencia a nosotros. . . [Charles Finney, Teología Sistemática(Minneapolis: Betania), 372-73].

Aquí Finney no ofrece ninguna explicación convincente de lo que el imagina que la Escritura significa cuando se habla repetidamente de la imputación de la justicia a los creyentes (por ejemplo, Gen. 15:6; Rom. 4:4-6). Pero en todos sus argumentos de la imputación, Finney reiteradamente insiste en que ni el mérito ni la culpa pueden ser atribuidas con justicia de una persona a otra. Por lo tanto, sostiene Finney, la justicia de Cristo no puede proveer ninguna base para la justificación de los pecadores. Además, continúa:

[Subtítulo:] Fundamento de la justificación de los creyentes penitentes en Cristo. ¿Cuál es el motivo o la razón final de su justificación?

1. No está fundada en el sufrimiento literal de Cristo la pena exacta de la ley por ellos, y en este sentido, literalmente, la compra de su justificación y la salvación eterna [Teología Sistemática, 373].

Mediante el empleo de términos tales como “exacto” y “literal”, Finney caricaturizó la posición a la que se oponía. (El contexto inmediato de esta cita deja claro que el argumentó en contra de la posición expresada en la Confesión de Westminster, que concuerda con todos los principales credos protestantes y teólogos sobre el tema de la justificación.) Pero Finney no pudo ocultar su propia posición: Después de haber decidido que la doctrina de la imputación es una “ficción teológica”, se vio obligado a negar no sólo la imputación de la justicia de Cristo a los creyentes, sino también la imputación de la culpabilidad del pecador a Cristo en la cruz. En virtud del sistema de Finney, Cristo no podría haber relamnete llevado el pecado de nadie o sufrir la pena total en su lugar (contra Isaías 53:6, 1 Pedro 2:24, 1 Juan 2:2). Finney, por lo tanto, rechaza la doctrina de la expiación sustitutoria. (Vamos a tratar esto con más detalle a continuación).

La posición de Finney sobre estos asuntos también le llevó a definir la justificación en términos de subjetiva, en lugar de objetiva. Históricamente, los protestantes han insistido en que la justificación es una declaración puramente forense, que permite obtener al pecador arrepentido un derecho inmediato delante de Dios sobre el mérito de la justicia de Cristo y no del propio (cf. Rm. 10:3; Fil. 3:9). Por forense, queremos decir que se trata de una declaración legal, como en una sala de audiencias o el veredicto de un matrimonio (“Yo los declaro marido y mujer”). Cambia el estatus externo de la persona más que afectar algún tipo de cambio interno, es una realidad objetiva en su totalidad.

La transformación subjetiva del creyente que se ajusta a la imagen de Cristo es la santificación-una realidad aparte y distinta de la justificación. Desde los albores de la Reforma protestante, el consenso protestante casi unánime ha sido que la justificación no está basada en ningún sentido en o de la condición de nuestra santificación. El catolicismo, por otra parte, entremezcla la justificación y la santificación, haciendo a la santificación un requisito previo para la justificación final.

Finney estaba al par con Roma en este punto. Su rechazo de la doctrina de la imputación le dejó sin alternativa: “la justificación del Evangelio no debe considerarse como un procedimiento judicial o forense” [Teología Sistemática, 360].

Finney se apartó aun más del protestantismo histórico negando expresamente que la justicia de Cristo es el único motivo de la justificación del creyente, en lugar de esto, da el argumento de que la justificación se basa sólo en la benevolencia de Dios. (Esta posición es idéntica a la de los Socianistas y teólogos liberales).

Confundiendo el asunto aun más, Finney enlistó varias “condiciones necesarias” (insistiendo que estos no son, técnicamente, los motivos), de la justificación. Estas “condiciones necesarias” incluyen la muerte expiatoria de Cristo, la propia fe del cristiano, el arrepentimiento, la santificación, y-más inquietante-la actual obediencia del creyente a la ley. Finney escribió:

“No puede haber justificación alguna en un sentido legal o forense, sino sobre la base [2] de carácter universal, perfecto, sin interrupciones y la obediencia a la ley. Esto es por supuesto negado por quienes sostienen que la justificación del evangelio, o la justificación de los pecadores arrepentidos, es de naturaleza forense o justificación judicial. Ellos poseen a la máxima legal, que lo que hace un hombre por otro lo hace por sí mismo, y por lo tanto, la ley considera la obediencia de Cristo como la nuestra, sobre la base de que ha obedecido por nosotros” [Teología Sistemática, 362].

Por supuesto, Finney negó que Cristo “obedeció por nosotros”, alegando que puesto que el mismo Cristo fue obligado a prestar plena obediencia a la ley, su obediencia no podría justificar por sí sola. “No puede nunca ser imputado a nosotros”, entonó Finney [Teología Sistemática, 362].

La clara implicación de la perspectiva de Finney de que la justificación final depende de la obediencia propia del creyente, y Dios verdaderamente y finalmente perdonará al pecador arrepentido hasta después de que un penitente complete toda una vida de fiel obediencia. Finney mismo lo ha dicho, empleando el lenguaje puro de la perfección. Él escribió:

Mediante la santificación siendo una condición de la justificación, las siguientes cosas están destinadas a:

(1.) Que presentar, una total y completa consagración de corazón y vida a Dios y a su servicio, es una condición inalterable del presente perdón del pecado pasado, presente y de aceptación con Dios. (2.) Que el alma penitente justificada continua permaneciendo justificada no mas de lo que la consagración de corazón continúa. Si se cae de su primer amor en el espíritu de la autosatisfacción, cae de nuevo en la servidumbre del pecado y de la ley, es condenada, y debe arrepentirse y hacer su “primer obra”, debe recurrir a Cristo, y renovar su fe y amor, como condición de su salvación. . . .

La perseverancia en la fe y la obediencia, o en la consagración a Dios, es también una condición inalterable de la justificación, o del perdón y aceptación con Dios. Por este lenguaje, en este contexto, puede, por supuesto entenderme en el sentido de que la perseverancia en la fe y la obediencia es una condición, no del presente, sino de la aceptación final o última y de la salvación [Teología Sistemática, 368-69].

Por tanto Finney, insistió en que la justificación finalmente depende de la propia actuación del creyente y no de Cristo. Finney aquí una vez apunta sus armas en contra de la doctrina de la doctrina de la imputación:

Aquellos que sostienen que la justificación mediante la justicia imputada es un procedimiento forense, toma una perspectiva de la justificación final o última, de acuerdo con su punto de vista de la naturaleza de la transacción. Con ellos, la fe recibe una justicia imputada, y una justificación judicial. El primer acto de fe, según ellos, introduce al pecador en esta relación, y obtiene de él una justificación perpetua. Ellos sostienen que después de este primer acto de fe es imposible para el pecador entrar en condenación; [Teología Sistemática, 369].

Pero ¿no es precisamente lo que enseña la Escritura? Juan 3:18: “El que cree en él no será condenado”. Juan 5:24: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, mas a pasado de muerte a vida”. Gálatas 3:13: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición”. Fue inmediatamente después de su gran discurso sobre la justificación por la fe que el apóstol Pablo escribió: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Rom. 8:1). Pero Charles Finney, no estaba dispuesto a dejar que los cristianos descansar en la promesa de “ninguna condenación”, y ridiculizó la idea de la seguridad en Cristo, como un concepto que daría lugar a la vida licenciosa. El Continúa, de nuevo caricaturizando la posición a la que se oponía:

que, una vez que se justifica, siempre será justificado, haga lo que haga, de hecho, que nunca es justificado por la gracia, en cuanto a los pecados que ya han pasado, a condición de que deje de pecar, que la justicia de Cristo es la base, y que su propia obediencia presente ni siquiera es una condición de su justificación, de manera que, en realidad, su presente o futura obediencia a la ley de Dios es, en ningún caso, y en ningún sentido, una condición sine qua non de su justificación, presente o final.

Ahora, este es sin duda otro evangelio del cual estoy inculcando. No se trata de una diferencia meramente sobre algo especulativo o un punto teórico. Es un punto fundamental para el evangelio de la salvación y, alguno puede serlo [Teología Sistemática, 369.]

En el último párrafo del extracto pone de manifiesto, Finney mismo claramente entiende que lo que proclamó era un evangelio diferente al del protestantismo histórico. Al negar la naturaleza de la justificación forense, Finney se quedó sin opción al respecto, sino a la justificación de cómo algo subjetivo basado no en la obra redentora de Cristo en el creyente, sino de la propia obediencia y, por tanto, una cuestión de obras y no por la fe solamente.

Finney vs El Pecado Original

Como se señaló anteriormente, Finney rechazó la idea que la culpabilidad de Adán y la naturaleza pecaminosa se hereda a toda su descendencia. Al hacerlo, fue un claro repudio a la enseñanza de la Escritura:

El juicio surgió de una transgresión [el pecado de Adán] resultando en condenación. . . Por la transgresión de uno [Adán], la muerte reinó. . . . A través de una transgresión [el pecado de Adán] dio como resultado la condenación a todos los hombres. . . . A través de la desobediencia de un hombre [el pecado de Adán] los muchos fueron constituidos pecadores (Rom. 5:16-19).

Como era de esperar, Finney hizo un llamamiento a la sabiduría humana para justificar su rechazo a la clara enseñanza bíblica: “¿Qué ley hemos violado al heredar esta [pecado] naturaleza? ¿Qué ley nos obliga a tener una naturaleza diferente de la que tenemos? ¿Tiene razón de afirmar que son merecedores de la ira y la maldición de Dios para siempre, por heredar de Adán una naturaleza pecaminosa?” [Teología Sistemática, 320].

Naturalmente, la negación de Finney del pecado original también le llevó a rechazar la doctrina de la depravación humana. Él negó que la humanidad caída sufre de cualquier “pecado constitucional” o de la corrupción pecaminosa de la naturaleza humana:

“La Depravación moral no puede consistir en cualquier atributo de la naturaleza o de la constitución, ni en cualquier lapso o estado de naturaleza caída….La Depravación moral, como utilizo el término, no consiste en, ni implica una naturaleza pecaminosa, en el sentido de que el alma humana es pecaminosa en sí misma. No es un pecado constitucional” [Teología Sistemática, 245].

En lugar de ello, insistió Finney, la “depravación” es una condición puramente voluntaria, y por lo tanto, los pecadores tienen el poder simplemente de hacer lo contrario. En otras palabras, Finney insistía en que todos los hombres y las mujeres tienen una capacidad natural para obedecer a Dios. El pecado es el resultado de decisiones equivocadas, y no de una naturaleza caída. Según Finney, los pecadores pueden libremente reformar sus propios corazones, y deberán hacerlo ellos mismos si han de ser redimidos. Una vez más, esto es puro Pelagianismo:

“[Los pecadores] están en la necesidad de la primera evolución de su corazón, o la elección de un fin, antes de que puedan presentar cualquier volición para asegurar cualquier otra cosa que un fin egoísta. Y esto es claramente la filosofía asumida por todo el mundo de la Biblia. Esta representa de manera uniforme el no regenerado como totalmente depravado, [3], y los exhorta a que se arrepientan, a hacerse de un nuevo corazón” [Teología Sistemática, 249].

Finney, por tanto, no se avergüenza de tener crédito de su propia conversión. Después de haber rechazado la sola gratia, Finney había destruido la garantía del evangelio contra la jactancia (Efesios 2:9). Como señala John MacArthur:

Por la manera en que Finney cuenta la que historia [de su conversión], queda claro que creía que su propia voluntad es el factor determinante que trajo como resultado su salvación: “En un sábado noche [en el otoño de 1821,] decidí en mi mente que sin mayor dilación resolvería la cuestión de la salvación de mi alma, y que de ser posible yo me pondría en paz con Dios”[Memorias, 16, énfasis agregado]. Evidentemente, bajo una intensa convicción, Finney entró en el bosque, donde se hizo una promesa “daré mi corazón a Dios [ese día] o moriré en el intento” [Memorias, 16]. [John MacArthur, Avergonzados del Evangelio, ( Wheaton, IL: Crossway, 1993), 236.]

Finney vs La Expiación Substitutoria

Lo que parecía irritar más a Finney acerca del cristianismo evangélico era la creencia de que la expiación de Cristo es una satisfacción penal ofrecida a Dios. Finney escribió: “Yo no había leído nada sobre el tema [de la expiación] con excepción de mi Biblia, y lo que allí había encontrado sobre el tema lo había interpretado como yo habría entendido igual ó como los pasajes en un libro de leyes” [Memorias, 42].

Así pues, al aplicar las normas jurídicas americanas del siglo XIX a la doctrina bíblica de la expiación, llegó a la conclusión de que sería injusto imputar jurídicamente la culpabilidad del pecador a Cristo o imputar la justicia de Cristo al pecador. Como se señaló anteriormente, Finney etiquetó a la imputación como una “ficción teológica” [Memorias, 58-61]. En esencia, se trata de una negación del centro de la teología evangélica, repudiando el corazón de la argumentación de Pablo sobre la justificación por la fe en Romanos 3-5 (véase especialmente Rom. 4:5)-en efecto, anulándo todo el Evangelio!

Además, al impedir que la imputación de la culpabilidad y la justicia, Finney se vio obligado a argumentar que la muerte de Cristo no debe considerarse como una verdadera expiación por los demás pecados. Finney sustituye la doctrina de la expiación sustitutoria con una versión de la “teoría gubernamental” de Grotius (la misma opinión revivida por aquellos de hoy tratan la “teología del gobierno moral”).

La perspectiva de Grotian de la expiación está cargada de fuertes tendencias Pelagianas. Al reducir al pecador fuera de la imputación de la justicia de Cristo, esta visión requiere automáticamente que los pecadores logren una justicia por sí mismos (contra- Rom. 10:3). Cuando el abrazó este punto de vista de la expiación, Finney no tuvo más remedio que adoptar una teología que aumentara la capacidad humana y minimizara el papel de Dios en transformar los corazones humanos. Él escribió, por ejemplo:

“No hay nada en la religión más allá de la competencia ordinaria de la naturaleza. Un avivamiento no es un milagro, ni depende de un milagro, en ningún sentido. Es un punto de vista puramente filosófico, fruto del correcto de uso de los medios constituídos -tanto por lo que cualquier otro efecto producido por la aplicación de los medios. . . . Un avivamiento es, tan natural, como consecuencia de la utilización de los medios como un cultivo lo es de la utilización de sus medios apropiados” [Charles Finney, Lectures on Revivals of Religion (Old Tappan, NJ: Revell, nd), 4-5].

Por lo tanto, Finney constantemente, desestimó la obra de Dios en nuestra salvación, subestimando la desesperanza de la condición del pecador, y sobrestimado el poder de los pecadores para cambiar sus propios corazones. Cuando los errores se trazan a su origen, lo que encontramos es una deficiencia de la perspectiva de la expiación. En efecto, la negación de Finney de la expiación vicaria subyace y explica casi todas sus aberraciones teológicas.

Las Consecuencias de las Doctrinas de Finney

Como era de suponerse, la mayoría de los herederos espirituales de Finney han caído en la apostasía, el Socinianismo, el simple moralismo, sectas como el perfeccionismo, y otros errores. En resumen, el principal legado Finney es la confusión doctrinal y la transigencia. El cristianismo evangélico desapareció prácticamente desde el oeste de Nueva York en la vid apropia de Finney. A pesar de los relatos de Finney sobre gloriosos “avivamientos”, la mayor parte de la vasta región de Nueva Inglaterra, donde celebró sus campañas de avivamientos cayó en una frialdad espiritual permanente durante los días de Finney y más de un centenar de años más tarde todavía no se han recuperado de ese malestar. Esto es directamente debido a la influencia de Finney y otros que fueron al mismo tiempo la promoviendo ideas similares.

La mitad occidental de Nueva York que se conoce como “el distrito quemado”, debido a los efectos negativos del movimiento de avivamiento que culminó en la labor de la Finney allí. Estos hechos son a menudo oscurecidos en la tradición popular sobre Finney. Pero incluso el mismo Finney, habla de “un distrito quemado” [Memorias, 78], y lamentó la ausencia de algún fruto duradero de sus esfuerzos de evangelización. Él escribió:

Yo era a menudo un papel decisivo en llevar a los cristianos bajo una gran convicción, y en un estado temporal de arrepentimiento y fe. . . . [Pero] quedándome corto en urgirles hasta un punto, donde se pondrían a cuentas con Cristo así como permanecer en El, por supuesto recaían pronto a su estado inicial” [citado en BB Warfield, Estudios de Perfeccionismo, 2 vols. (Nueva York: Oxford, 1932), 2:24].

Uno de los contemporáneos de Finney registró una apreciación similar, pero con más rodeos:

Durante diez años, cientos y quizás miles, cada año se reportó que se convertirán en todas las manos, pero ahora se reconoce, que los convertidos reales son comparativamente pocos. Se declara, incluso por [Finney] sí mismo, que “la gran cantidad de ellos son una vergüenza para la religión” [citado en Warfield, 2:23].

BB Warfield citó el testimonio de Asa Mahan, uno de los allegados de Finney:

. . . que nos dice-por decirlo brevemente-que a todos los que le preocupa en estos avivamientos sufrieron triste retraso subsecuente: las personas fueron dejadas de la misma manera en que un carbón no pudo ser reavivado, los pastores fueron cortados de todo su poder espiritual, y los evangelistas – “entre todos ellos”, dice, “yo personalmente puesto al tanto de casi cada uno de ellos-no puedo recordar un solo hombre, excepto el hermano Finney y el padre Nash, que no después de unos pocos años perdieron su unción, y se convirtieron en igualmente descalificados para el cargo de evangelista y de pastor.”

Por lo tanto, los grandes “Avivamientos occidentales” terminaron en desastre. . . . Una y otra vez, cuando se propuso volver a examinar una de las iglesias y delegaciones se le envió u otros medios utilizados, para evitar lo que pensado era como una desgracia. . . . Incluso después de que una generación había pasado, estos hijos quemados no tenían ninguna afición por el fuego [Warfield, 2:26-28].

Finney creció desalentado con las campañas de avivamientos y probó en su mano pastorear en la ciudad de Nueva York antes de aceptar la presidencia del Oberlin College. Durante los años posteriores al pos-avivamiento, él dirigió su atención a la elaboración de una doctrina de la perfección cristiana. Las ideas perfeccionistas en boga en ese momento, fueron todo un nuevo campo de juegos para una grave herejía al margen del evangelicalismo –y Finney se convirtió en uno de los más conocidos defensores del perfeccionismo. El legado malvado del perfeccionismo pregonado por Finney y amigos a mediados del siglo XIX ha sido ampliamente criticado por BB Warfield en su importante obra Estudios sobre el Perfeccionismo. El Perfeccionismo era la consecuencia lógica del Pelagianismo de Finney, y su resultado predecible fue un desastre espiritual.

Un fuego Que Debió ser Jugado

Charles Grandison Finney era un hereje. Ese lenguaje no es demasiado fuerte. Aunque se destacó en encubrir sus opiniones en lenguaje ambiguo y expresiones bíblicas sanas, sus opiniones fueron casi puro Pelagianismo. Los argumentos que el empleó para sostener esas opiniones fueron casi siempre racionalistas y filosóficos y no bíblicas. Canonizar a este hombre como un héroe evangélico es ignorar los hechos de lo que él representaba.

No sea engañado por ediciones saneadas del siglo 20 de la obras de Finney. Lea la “Completa y Recientemente Ampliada” edición de 1878 de la Teología Sistemática de Finney, publicado recientemente por Bethany House Publishers (versión íntegra de la versión 1878 con un par de las últimas conferencias de Finney añadidas). Este volumen muestra el verdadero carácter de la doctrina de Finney. (La versión íntegra de 1851 está disponible ahora en línea, y también expone los errores de Finney en un lenguaje no rebajado por los últimos redactores). Bajo ningún concepto Finney merece ser considerado como un evangélico. Al corromper la doctrina de la justificación por la fe, al negar la doctrina del pecado original y la depravación total, reduciendo al mínimo la soberanía de Dios consagrando mientras el poder de la voluntad humana y, sobre todo, al socavar la doctrina de la expiación sustitutoria, Finney llenó el torrente sanguíneo del evangelicalismo de América con los venenos que han mantenido el movimiento mutilado, incluso hasta el día de hoy.

Notas

[1]. Véase, por ejemplo, La Conferencia 16, “Depravación Moral”. Finney divaga sobre la depravación “física” contra la depravación “moral” en varias páginas (casi 5 en la edición Betania) antes de que él citara un solo versículo de la Escritura. Toda polémica acerca de su “depravación físico” se pierde de todos modos, porque no forma parte de ninguno de los opositores de la teología de Finney nunca argumentaron que la depravación humana es una cuestión física. Una vez más, toda la Conferencia 10 (“¿Que Constituye la Desobediencia a la Ley Moral?”) Finney cita fragmentos de sólo dos versículos de las Escrituras a un total de once palabras citadas de la Biblia en toda la conferencia. Muchas-tal vez la mayoría de las páginas no contienen referencias a todas las Escrituras. Por el contrario, los típicos libros de texto de teología sistemática evangélica contienen decenas de referencias en cada página. El punto de la “teología sistemática” es comenzar con la Escritura y sistematizar una teología completa punto por punto. Una sólida teología sistemática, por lo tanto, es bíblica para empezar. Por el contrario, Finney construyó un sistema filosófico basado en argumentos lógicos y jurídicos y confió más en su propio instinto y en la especulación que como lo hiciera en la Biblia.

[2]. Observe que Finney confunde los propios términos que aparentemente afirma son distintos, admitiendo fundamentalmente que él considera la obediencia del creyente como una base de la justificación.

[3]. Finney aunque emplea la expresión totalmente depravado, deja claro que habla de una condición puramente voluntaria, no una depravación constitucional.

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Traducción: Armando Valdez

http://evangelio.wordpress.com/2009/06/20/un-lobo-con-piel-de-cordero/

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