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Lucas 18:15-17 apoya el bautismo de infantes?

10 Ene

Veamos el pasaje clásico que los niños tienen fe, como lo encontramos en:
Cita:
Lucas 18:
15 Traían a él los niños para que los tocase; lo cual viendo los discípulos, les reprendieron.
16 Mas Jesús, llamándolos, dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.
17 De cierto os digo, que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él.
Algo de historia, y luego diré porque puse en negritas y cursivas ciertas palabras.

Esto texto ha servido desde bien temprano en la historia de la iglesia para responder a las dudas sobre el bautismo de infantes. Este texto es ligado a Mat. 3:14, Hechos 8:36, 10:47, 11:17, donde solo vemos adultos siendo bautizados.

Ahora, el contexto del texto resalta algunas cosas que los que proponen el bautismo de infantes no toman en cuenta. Primero, Lucas es el evangelio que enseña de como los que no son contados en la sociedad, son contados en Jesús, entre ellos mujeres, esclavos, niños, recaudadores de impuesto, cf. Lucas 18:9-14 exactamente antes de nuestro texto. Los niños no tenían vos ni voto en su existencia, y el padre podía decidir deshacerse de ellos en cualquier momento. Los niños eran considerados con muy poco valor en el primer siglo, por “no ser adultos”. Por su dependencia, el termino “niños” se aplicaba en el primer siglo a niños como también a esclavos. 

Mas en forma del contexto, vemos que en Lucas 18:15-17 Jesús eleva el status de aquellos que no tienen casi nada de potestad sobre sus vidas, mientras que en Lucas 18:18-30, vemos a no que es de alta posición, pero que para poder entrar al reino, debe de humillarse. Un gran contraste. Y eso es tomando la narrativa de Jesús en serio, y no imponiéndole una doctrina que el jamás tubo en mente por lo visto. Ósea, tomemos a Jesús por lo que el dice (este es mi mismo problema con la institución de la Santa Cena en la tradición Luterana, pero eso es otra entrada).

Finalmente, y tomando en cuenta el transfondo del texto, vallamos al texto de nuevo:
Cita:
Lucas 18:
15 Traían a él los niños para que los tocase; lo cual viendo los discípulos, les reprendieron.
Esto era una costumbre judía de traer los niños al rabí, escribas o ancianos para ser bendecidos por el, en el día del Perdón, o Yom Kippur. Jesús, siendo un rabí, seguiría la misma costumbre durante su ministerio, aunque acá no es la fecha de hacerlo.
Cita:
Lucas 18: 
16 Mas Jesús, llamándolos, dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.
Dado que al parecer había un hombre rico esperando hablar con Jesús, cf. Lucas 18:18, no es sorprendente que los discípulos preferían que Jesús estuviera con el que tenia estatus, que con niños que no lo tenían. 

Acá todo esta en la expresión, los tales. ¿A quien se refería Jesús?? A los niños?? Pues creo que Jesús mismo define lo que el dice en el siguiente versículo, y lo remacha con su expresión “amen amen” en griego.
Cita:
Lucas 18: 
17 De cierto os digo, que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él.
Es el que , no a los niños que se esta refiriendo Jesús. Es recibir el reino como un niño, y no como el fariseo de la historia anterior, que se creía que por sus buenas obras iba a entrar al reino, o como el joven rico, que creía que por guardar los mandamientos .

El punto es claro, y Jesús no es ambiguo, como los que toman este pasaje para defender el bautismo de infantes pretenden hacerlo. Jesús no esta diciendo acá, o en los pasajes paralelos, Mateo 19:13-15 (donde se lee “El reino de los cielos es de quienes son como ellos”) y Marcos 10:13-16 (usando la misma terminología como en Mateo). 

Decir que los niños tienen fe, es muy especulativo, y no es algo que ni Jesús al parecer creyó. También, esto chocaría con la data que tenemos en pasajes como en Hechos 2:37, 8:35-36, 16:30-33, 19:1-5. Todos estos pasajes vemos el intelecto humano percatándose del mensaje del evangelio. Pero antes que se diga que entonces existe un sinergismo, les recuerdo lo que Pablo habla en Efesios 2:8-10. 

Y como veo que se usa mucho el texto de I Pedro 3:21 para justificar que el pasar por agua por alguna forma salva, entonces Pedro estuviera muy en contra de lo dicho por el mismo Pablo en Romanos 10:9-10. 

Por lo visto, ni Pablo ni Jesús eran paedo-bautistas, y por lo tanto, se tiene que entender que es lo que I Pedro esta hablando. Pero eso, es para otra ocasión.

Dios les bendiga.

¿Quién soy en Cristo?

4 Oct

“¿Quién soy en Cristo?”

Respuesta: De acuerdo a 2 Corintios 5:17, “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” Hay dos palabras griegas que son traducidas como “nuevo” en la Biblia. La primera, neos se refiere a algo que acaba de ser hecho, pero que existen muchos otros iguales a el. La palabra traducida “nueva” en este verso, es la palabra kainos, la cual significa algo recién hecho, el cual no se parece a nada que exista. En Cristo, somos hechos enteramente una nueva creación, al igual que Dios creó originalmente los cielos y la tierra. Él los creó de la nada, y de igual manera lo hace con nosotros. Él no solo nos limpia de nuestro antiguo yo; sino que Él hace de nosotros un ser enteramente nuevo, y ciertamente, este nuevo ser es parte de Cristo Mismo. Cuando estamos en Cristo, somos “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). Dios Mismo, en la persona de Su Espíritu Santo, hace Su morada en nuestros corazones. Nosotros estamos en Cristo, y Él está en nosotros.

Cuando estamos en Cristo, y Él en nosotros, somos regenerados, renovados y renacidos, y esta nueva creación es de mentalidad espiritual, mientras que la antigua es de mentalidad carnal. La nueva naturaleza es en compañerismo con Dios, obedientes a Su voluntad y devotos a Su servicio. Estos son aspectos que la antigua naturaleza es incapaz de hacer o aún desear hacerlo. La antigua naturaleza está muerta a las cosas del espíritu y no puede revivirse a sí misma. Está “muerta en sus delitos y pecados” (Efesios 2:1), y solo puede revivirse mediante una resucitación espiritual, la cual sucede cuando venimos a Cristo y somos hechos Su morada. Él nos da una naturaleza totalmente nueva y santa y una vida incorruptible. Nuestra antigua vida, previamente muerta ante Dios por causa del pecado, es sepultada, y somos resucitados “para andar en vida nueva” con Él (Romanos 6:4).

En Cristo, estamos unidos a Él, dejando de ser esclavos del pecado (Romanos 6:5-6); Dios “..nos dio vida juntamente con Cristo..” (Efesios 2:5); “…hechos conforme a la imagen de Su Hijo..” (Romanos 8:29); libres de la condenación y no andando conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Romanos 8:1), y formando parte del cuerpo de Cristo con otros creyentes (Romanos 12:5). El creyente posee ahora un corazón nuevo (Ezequiel 11:19), y ha sido bendecido “con toda bendición espiritual en los lugares celestes en Cristo.” (Efesios 1:3).

Entonces nos gustaría saber, por qué con tanta frecuencia no vivimos de la manera descrita, aún habiéndole entregado nuestras vidas a Cristo y estando seguros de nuestra salvación. Esto sucede porque nuestras nuevas naturalezas residen en nuestros antiguos cuerpos carnales y estos dos están en guerra uno contra el otro. La antigua naturaleza está muerta, pero la nueva naturaleza aún tiene que batallar con la antigua “tienda” en la que aún mora. El mal y el pecado aún están presentes, pero el creyente ahora los ve en una nueva perspectiva, y ellos ya no lo controlan como alguna vez lo hacían. En Cristo, ahora podemos elegir resistir al pecado, mientras que la antigua naturaleza no podía. Ahora tenemos la oportunidad de elegir si alimentamos la nueva naturaleza mediante la Palabra, la oración y la obediencia, o alimentamos la carne, al descuidar esas cosas e involucrarnos con el pecado.

Cuando estamos en Cristo, “somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó.” (Romanos 8:37) y podemos regocijarnos en nuestro Salvador, quien hace posibles todas las cosas. En Cristo somos amados, perdonados y tenemos la promesa de salvación. En Cristo somos adoptados, justificados, redimidos, reconciliados y elegidos. En Cristo somos victoriosos, llenos de gozo y paz, obteniendo un verdadero significado de la vida. ¡Qué maravilloso Salvador es Cristo!

Recomendado libro: El Conocimiento del Dios Santo (J.I. Packer).

El Arrepentimiento – según la Biblia

5 Ago

arrepentimiento_religionEl Arrepentimiento – según la Biblia

Dios… ahora manda a todos los hombres en todo lugar,que se arrepientan. Hechos 17:30.

El que encubre sus pecados no prosperará;mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.
Proverbios 28:13.

El verdadero arrepentimiento empieza por reconocer el desorden moral en el cual nos hallamos por naturaleza. Es el despertar de la conciencia que se vuelve a Dios.

El ser humano que se arrepiente juzga sinceramente el mal que haya podido hacer, quizá no un pecado particularmente grave, sino el conjunto de una vida en la cual Dios no ha tenido lugar. En el arrepentimiento se vislumbra la esperanza, hay un llamado más o menos expresado a la misericordia divina que uno percibe.

El arrepentimiento se manifiesta: – por una tristeza sincera (Salmo 51), – mediante la confesión, primero a Dios, porque él es el primer ofendido; luego, si conviene, a aquellos a quienes hemos perjudicado; – apartándose de los pecados confesados.

El creyente guarda en su corazón el recuerdo de las faltas que lo humillan, pero al mismo tiempo se regocija por la gracia inmerecida que le fue otorgada. Así, el arrepentimiento es el primer movimiento hacia un Dios de quien se reconoce la autoridad. En el verdadero arrepentimiento ya se manifiesta la fe, porque el que confiesa sus pecados tiene la esperanza de obtener el perdón.

El arrepentimiento se traduce luego por un cambio completo en la manera de pensar y de vivir. Al aprender a conocer a Dios y al Señor Jesús mediante su Palabra, el arrepentimiento me hace estar plenamente de acuerdo con el juicio de Dios sobre el «yo».

Francisco Lacueva – Doctrina de La Gracia

11 Jul

Biblioteca Mundo Hispano – Doctrina cristiana

8 Jul

LA SEGURIDAD DE LA SALVACION

4 Jun

LA SEGURIDAD DE LA SALVACION
Después de que el creyente obtiene la certeza de su salvación, quizás piense: “Sé que soy salvo hoy, pero ¿cómo puedo saber si lo seré en el futuro? Tal vez pierda mi salvación”. Para dicha persona el problema ya no es cuestión de certeza, sino de seguridad.
Por ejemplo, un hombre que deposita una gran suma de dinero en el banco tiene la certeza de que toda esa fortuna es suya. Pero si el banco insiste en dejar abierta su caja fuerte, nuestro amigo millonario tendrá problemas con respecto a la seguridad de sus riquezas. El sabe que es rico hoy, pero no está seguro si lo será mañana.
¿Sucede lo mismo con nuestra salvación? ¿Podemos poseerla hoy y perderla en cualquier momento? ¡De ninguna manera! Debemos afirmar con toda confianza: “He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo” (Ec. 3:14).
Un hecho maravilloso con respecto a nuestra salvación en Cristo es que ésta es irreversible; es decir, jamás puede ser anulada ni suprimida. Una vez que somos salvos, lo somos para siempre, ya que el fundamento de nuestra salvación es la Persona misma de Dios y Su naturaleza.
La salvación fue iniciada por Dios
Jesús dijo a Sus discípulos: “No me elegisteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros” (Jn. 15:16). En otras palabras, la salvación fue idea de Dios, no nuestra. Desde la eternidad pasada fuimos elegidos y predestinados (o señalados) por El (Ef. 1:4-5). Aun más, fue El quien nos llamó (Ro. 8:29-30). Dado que fue el plan de Dios salvarnos, es también Su plan guardarnos en la salvación. ¿Sería posible que Dios nos hubiera elegido, señalado y llamado, para luego abandonarnos? No, pues la salvación que Dios nos dio es eterna.
El amor y la gracia de Dios son eternos
Además, el amor de Dios y Su gracia para con nosotros no son condicionales ni temporales. El amor que nos salvó no provino de nosotros, sino de El (1 Jn. 4:10). Dios nos amó con un amor eterno (Jer. 31:3). Su gracia nos fue dada desde la eternidad, antes de que el mundo fuese (2 Ti. 1:9). Cuando Cristo nos ama, nos ama hasta el fin (Jn. 13:1). Por consiguiente, ningún pecado, fracaso o debilidad nuestro podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús (Ro. 8:35-39).
Dios es justo
Nuestra salvación está fundada no sólo en el amor y la gracia de Dios, sino también, y con mayor solidez, en Su justicia. Nuestro Dios es justo; la justicia y la rectitud son el cimiento de Su trono (Sal. 89:14). Si El fuera injusto, Su trono carecería de fundamento. Por lo tanto, si nuestra salvación se basa en la justicia de Dios, ciertamente es sólida y estable.
Supongamos que usted se pasa un semáforo en rojo y le imponen una multa. La multa es un castigo justo, y la ley exige que usted pague. Si el juez pasa por alto la infracción cometida y lo libera de la responsabilidad sin tener que pagar la multa, tal juez sería injusto. No importa si usted le cae bien al juez o no, él está obligado por la ley a exigirle el pago de la multa.
Del mismo modo, nuestro problema con Dios antes de ser salvos era un problema legal. Habíamos quebrantado Su ley por nuestro pecado, y por ello habíamos quedado sujetos al justo juicio de la ley. Conforme a la ley de Dios, todo transgresor debe morir (Ro. 6:23; Ez. 18:4). No depende de que Dios, por amor, pase por alto nuestros pecados olvidándose del juicio de la ley; si El hiciera esto, Su trono se derrumbaría. El está obligado por Su propia ley a juzgar el pecado. ¿Qué otra cosa podría hacer?
Ya que el deseo de Dios era salvarnos y nosotros no éramos capaces de pagar la deuda por nuestro pecado, El en Su misericordia decidió pagarla por nosotros. Hace dos mil años Jesucristo, Dios encarnado, vino a morir en la cruz para saldar la deuda de nuestro pecado. Unicamente El era apto para morir en nuestro lugar, ya que en El no existía pecado. Por eso, Su muerte fue aceptable delante de Dios, y El lo levantó de entre los muertos. Así que ahora, cuando creemos en Cristo, Dios toma Su muerte como la nuestra. De esta manera, nuestra deuda por el pecado es justamente pagada, y por consiguiente somos salvos.
Sobre la base de todo lo anterior, ¿podría Dios quitarnos la salvación que Cristo compró? ¡Por supuesto que no! Ya que nuestra deuda fue saldada, Dios sería injusto si nos exigiera el pago de nuevo. La misma justicia que anteriormente requería nuestra condena, ahora reclama nuestra justificación. ¡Cuán segura es nuestra salvación! Ni siquiera un juez mundano se atrevería a sugerir que una misma multa fuera pagada dos veces. Mucho menos Dios, quien es la fuente de toda justicia y rectitud. Tal como el hermano Watchman Nee escribió en un himno:
El para mí obtuvo perdón,
Y completa remisión,
Toda deuda del pecado fue pagada;
Dios no exigirá doble pago,
Primero de Su Hijo, mi real Seguridad,
Y luego de mí, otra vez pagar.
Por lo tanto, la Biblia declara que cuando Dios nos salva, manifiesta Su justicia (Ro. 1:16-17; 3:25-26).
Ahora somos hijos de Dios
Cuando fuimos salvos no sólo recibimos la salvación, sino que también llegamos a ser hijos de Dios, al nacer de Su vida eterna (Jn. 1:12-13). Tal vez un padre terrenal pueda quitarle a su hijo algo que le hubiese regalado, pero jamás le quitaría la vida que le impartió mediante el nacimiento. Aunque su hijo se porte mal, seguirá siendo su hijo. De igual manera, nosotros somos hijos de Dios, y aunque tengamos muchas debilidades y requiramos de Su disciplina, nuestros pecados y flaquezas no cambian el hecho de que somos Sus hijos. La vida que recibimos en nuestro nuevo nacimiento es la vida eterna, la vida indestructible, la propia vida de Dios, la cual jamás muere. Una vez que nacemos de nuevo, no podemos deshacer este hecho.
Dios es poderoso
Otro factor que garantiza nuestra salvación es el poder de Dios. El no permitirá que nada ni nadie nos arrebate de Sus manos. Jesús dijo: “Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de Mi mano. Mi Padre … es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de Mi Padre” (Jn. 10:28-29). La mano del Padre y la mano del Señor Jesús son dos manos poderosísimas que nos sostienen firmemente. Aun si nosotros intentáramos escapar de esas manos, no lo lograríamos. Dios es más fuerte que Satanás y que nosotros.
Dios jamás cambia
Si la salvación se perdiera, muchos de nosotros ya la habríamos perdido. Los seres humanos somos muy volubles. Un día estamos eufóricos y al siguiente, deprimidos. Pero nuestra salvación no se basa en nuestros sentimientos fluctuantes, sino que está arraigada y cimentada en el amor y la fidelidad inmutables de Dios (Mal. 3:6). Jacobo [Santiago] 1:17 dice: “Del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni oscurecimiento causado por rotación”. Y en Lamentaciones 3:22-23 leemos: “Nunca decayeron Sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad”. Si El nos amó tanto como para salvarnos, con seguridad nos ama lo suficiente como para preservarnos en esa salvación. ¡Grande es Su fidelidad!
Cristo lo prometió
Finalmente, Cristo mismo ha prometido guardarnos, sostenernos y no abandonarnos jamás. Aunque los hombres son infieles y no cumplen sus promesas, Cristo siempre cumplirá lo que prometió. Leamos lo que El promete: “Al que a Mí viene, por ningún motivo le echaré fuera” (Jn. 6:37); “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). Estas promesas del Señor son incondicionales; vemos esto en la expresión “por ningún motivo”, lo cual quiere decir que bajo ninguna circunstancia El ha de desecharnos ni desampararnos. Esta es Su fiel promesa.
¡Qué sólida es la seguridad de nuestra salvación! Dios nos eligió, nos predestinó y nos llamó; además nos dio Su amor, Su gracia, Su justicia, Su vida, Su fortaleza, Su fidelidad inmutable y Sus promesas. Todo esto es el fundamento, la garantía y la seguridad de nuestra salvación. Así que, podemos declarar juntamente con Pablo: “Yo sé a quién he creído, y estoy persuadido de que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Ti. 1:12).
Witness Lee
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Aguas refrescantes 4 de junio
¿Quién es ésta que sube del desierto, recostada so¬bre su amado? Cantares 8:5.
El Espíritu Santo dirige nuestra atención a este cuadro sorprendente que no es otra cosa que el misterio de la Igle¬sia. Ha dejado el mundo atrás pues viene del desierto, y va en dirección hacia arriba pues sube, avanzando hacia la meta celestial. Además, está en una actitud de dependencia pues está recostada sobre su amado. Sabe que es incapaz de encontrar el camino por sí sola, y por ello se mantiene cerca de El. Su dependencia y cercanía no se deben a un sentido del deber tanto como a un amor de corazón.
De manera que podemos avistar un movimiento hacia adelante y hacia arriba de la Iglesia peregrina que recibió un llamamiento celestial en Cristo el Señor. ¿Por qué espe-ramos al Señor en una actitud de contemplación pasiva? Lo que verdaderamente nos prepara para su venida es una adecuada condición espiritual, y ello demanda un avance progresivo y hacia arriba ahora.
Watchman Nee
Jesús es el Señor! – Jesus is Lord – Jesus ist der Herr – Yeshua adonai – Gesù è il Signore – Jésus est Seigneur – Ιησους ειναι ο Λορδος – Иисус – Господь – يسوع هو الرب – 耶稣是主 – 主イエスは – Jesus é o Senhor – Jesus är lorden
Literatura disponible en:
corpocri@yahoo.com
laiglesiaenarmenia@yahoo.com

LA CERTEZA, SEGURIDAD Y GOZO DE LA SALVACION

4 Jun

LA CERTEZA DE LA SALVACION
LA CERTEZA, SEGURIDAD Y GOZO DE LA SALVACION

Si usted recibió a Cristo recientemente, tal vez en algún momento haya dudado de que su experiencia fuera verdadera; quizás se haya preguntado si realmente es salvo. Si un nuevo creyente no tiene la certeza de que es salvo, carecerá de un cimiento sólido y difícilmente podrá crecer y experimentar las profundas realidades de la vida cristiana. Sin embargo, la Biblia afirma que podemos saber con certeza que somos salvos. ¿Cómo obtenemos esta certeza?

Leamos

  • 1 Juan 5:13: “Estas cosas os he escrito a vosotros los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna”.

Aquí no dice “para que penséis” ni “para que tengáis la esperanza”, sino: “para que sepáis”. No tenemos que esperar hasta el día de nuestra muerte para saber si somos salvos o no; podemos gozar de esta certeza desde hoy.
¿Cómo podemos obtener la certeza de la salvación? Hay tres maneras de obtenerla:
Dios lo dice en Su Palabra
Primeramente, podemos tener la certeza de que somos salvos, basándonos en la Palabra de Dios. La palabra del hombre no siempre es confiable, pero la Palabra de Dios es segura y permanente. Es imposible que Dios mienta (He. 6:18; Nm. 23:19). Lo que El dice permanece para siempre (Sal. 119:89).
La palabra de Dios no puede ser objeto de conjeturas. Su Palabra no es vaga ni abstracta, ya que nos fue dada de forma escrita, a saber, la Biblia.
La Biblia es la Palabra de Dios, inspirada por El mismo (2 Ti. 3:16). Por consiguiente, es una Palabra que podemos aceptar y creer absolutamente.
Veamos pues lo que Dios dice acerca de la salvación. El declara que el camino de salvación es una persona, Jesucristo (Jn. 3:16; 14:6; Hch. 10:43; 16:31). Dios asegura: todo aquel que crea que Jesucristo fue levantado de los muertos y confiese con su boca que Jesús es el Señor, será salvo (Ro. 10:9-13).
¿Ha hecho usted esto? ¿Ha creído en Cristo y ha confesado públicamente que El es el Señor? ¿Ha invocado Su nombre? De ser así, usted es realmente salvo. Puesto que Dios lo dice, es un hecho establecido.
El Espíritu Santo da testimonio de ello
No sólo tenemos la Palabra de Dios externamente que nos garantiza que somos salvos, sino que además, internamente contamos con un testigo que nos dice lo mismo. Lo que la Biblia afirma externamente, el Espíritu lo confirma en nuestro interior. En 1 Juan 5:10 dice: “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo”.
Quizás en ocasiones, después de haber recibido a Cristo, sintamos como que no somos salvos. Pero si examinamos en lo más profundo de nuestro ser, en nuestro espíritu, percibiremos un testimonio interior que nos da la certeza de que somos hijos de Dios. “El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro. 8:16). Si usted duda de que tiene el testimonio interno del Espíritu, simplemente haga una prueba. Trate de declarar atrevidamente: “¡Yo no soy hijo de Dios!”. Descubrirá que le resulta muy difícil aun susurrar semejante falsedad. ¿A qué se debe esto? A que el Espíritu Santo en su interior le da testimonio: “¡Tú eres hijo de Dios!”.
Nuestro amor por los hermanos lo confirma
La tercera evidencia de que somos salvos es nuestro amor por todos los hermanos en Cristo. En 1 Juan 3:14 dice: “Sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos”. Toda persona salva inevitablemente ama a aquellos que también son salvos. Las personas salvas siempre desean tener comunión y disfrutar a Cristo con otros creyentes. Este es un resultado espontáneo de la salvación. Tal amor trasciende al “amor” egoísta y devaluado de la era actual. El amor de los creyentes es un amor imparcial, pues ama sin importar las diferencias que puedan existir entre ellos. Esta es la verdadera unidad y armonía que el mundo anhela. Pero los que recibimos a Cristo somos los únicos que poseemos tal unidad. “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” (Sal. 133:1). Este es el testimonio de toda persona salva.
Mediante estos tres —el testimonio de la Palabra de Dios, el testimonio interior del Espíritu y el testimonio de nuestro amor por los hermanos— podemos saber con toda certeza y seguridad que somos salvos.
Witness Lee
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Aguas refrescantes 3 de junio
Sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano. 1 Corintios 15:58.
“Si nuestra obra para el Señor se realiza en su poder, sin duda alguna producirá sus frutos. Pero supongamos que El nos ha encomendado una tarea y hemos trabajado en ella por ocho o diez años sin ver ningún resultado. ¿Debe¬mos seguir trabajando con fidelidad sencillamente porque Dios nos lo ha ordenado? ¿Cuántas personas trabajan por el solo hecho de ver frutos?
Dado que la naturaleza de la Obra de Dios es eterna, El busca hombres de fe para realizar sus tareas. Para nosotros, los seres humanos que vivimos en el tiempo, es difícil percibir y entender la obra de Dios en razón de su carácter, eterno. Nos será de ayuda recordar que la obra del Señor Jesús fue la de la cruz: una pérdida con el fin de una mayor ganancia; La obra del creyente es exactamente igual. Dios necesita hoy seguidores quienes trabajarán por El hasta el fin, vean o no sus resultados.
Watchman Nee
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