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La confesión del carcelero Hin Huy

6 Mar

REPORTAJE

La confesión del carcelero Hin Huy

Un verdugo del genocidio camboyano rememora la barbarie de los jemeres rojos

JUAN JESÚS AZNÁREZ (ENVIADO ESPECIAL) – Pnom Penh – 04/11/2007

Osario de Pnom Penh, donde se amontonan cráneos y restos de las víctimas del régimen de Pol Pot   

Osario de Pnom Penh, donde se amontonan cráneos y restos de las víctimas del régimen de Pol Pot– ASSOCIATED PRESS
Brutal evacuación de la capital, Pnom Penh   

Brutal evacuación de la capital, Pnom Penh– AP
Los cadáveres de cientos de miles abonaban los arrozales de Camboya cuando el carcelero Hin Huy llegó a los campos de la muerte de Choeung Ek con otro camión de presos. El pelotón a sus órdenes los empujó hasta el borde de unas fosas que fueron su sepultura. Verdugos con barras de hierro y machetes les destrozaron el cráneo y después les degollaron. Murieron esposados y de rodillas, uno a uno, sin saber por qué, torturados hasta confesarse espías de la CIA o de la KGB, imperialistas, burgueses, traidores al partido, intelectuales, o enemigos del régimen de Pol Pot (1975-79). Los lugartenientes de aquel lunático serán juzgados en los próximos meses por un tribunal internacional auspiciado por la ONU. Aquel maoísmo extremo, agrarista y xenófobo se cobró la vida de 1,7 millones de personas.

El 30% de los camboyanos sufre estrés postraumático

“¿Piensas en tus víctimas?”. “No dejo de hacerlo”, dice el verdugo

El régimen fue obra de campesinos aislados del mundo durante años

“Pudo haber gente que murió de hambre”, dice un alto jefe jemer

El campesino Hin Huy, entonces de 25 años, fue destinado al S-11, una escuela reconvertida en el principal centro de tortura del Partido Comunista de Kampuchea -nombre dado por los jemeres rojos a Camboya- (PCK), hoy visitado por turistas que se espantan con el relato de los guías: “Si negaban las acusaciones, les seguían torturando; si las admitían, eran ejecutados”. Las celdas conservan las cadenas, grilletes y fotos de los supliciados. El retrato de una madre y su hijo de meses en brazos conmueve a una turista francesa: “¿Cómo es posible que el ser humano cometa estos crímenes?”. El sexto mandamiento del régimen interno decía: “Prohibido gritar mientras se le aplican latigazos o descargas eléctricas”.

Un guardia martirizó a una adolescente hasta lograr que se confesara agente de la CIA con órdenes de defecar en los cultivos. Las palizas eran mortales: “Ejecuté las instrucciones de Ta Chey [secretario regional del partido] arrestando a Khleng y llevándolo al centro de interrogatorio, donde murió”, según consta en las anotaciones personales del interrogador Moeng Teng. “Después detuve a Chantha, y lo golpeé para que confesara que era espía. No lo hizo, y Ta Chey me indicó que lo golpeara más, y también murió”. Los reos llegaban condenados: “¡Traidor! ¿Cuándo entraste en la CIA? ¿Quién te reclutó para el KGB?”. La meta es obtener el mayor número de confesiones, entre el 70% y el 80%, según la documentación del Centro de Documentación de Camboya, que jugará un papel relevante en el juicio.

“Money, money”. Un grupo de lisiados pide limosna en el memorial, situado en el centro de Pnom Penh, donde murieron más de 14.000 a manos de una tiranía obsesionada por el espionaje extranjero y el enemigo interno, dispuesta a todo para crear una sociedad adoctrinada y arrocera, sin propiedad privada ni religión, sin moneda ni mercado, con la familia y la individualidad estatizadas y un ordenamiento aberrante. Aquella locura, de la que Camboya aún convalece, es única en la historia de la humanidad: el 30% de los 12 millones de camboyanos sufre estrés postraumático, y el 40%, ansiedad y pesadillas, según un estudio médico. Y 30 años después, el genocidio no figura en los libros escolares. “Lo que saben los niños lo escucharon de sus padres y de sus maestros”, señala el profesor Dacil Keo. Las respuestas de los chavales en el avispero de motocicletas y mercadillos de Pnom Penh lo certifican: todos citan el boca a boca como el cauce de su información.

El tribunal internacional encargado de castigar el genocidio, por ejecución, hambre, enfermedades o extenuación en los campos de trabajo y de reeducación, prepara el juicio: varios testigos fueron llamados en las instrucciones preliminares, entre ellos el fotógrafo del S-11, que pedía 400 dólares por una entrevista periodística. Las vistas durarán tres años desde su apertura a comienzos de 2008, según fuentes oficiales. Sólo serán procesados los cabecillas jemeres, entre 5 y 10, porque el procesamiento de todos los ejecutores, decenas de miles avecindados con sus víctimas en ciudades y aldeas, es tarea peligrosa y casi imposible.

Los magistrados, 13 designados por la ONU y 17 por Camboya, escucharán numerosos testimonios, entre ellos el de Hin Huy, filmado por el Centro de Documentación, un organismo que clasificó 600.000 páginas para su utilización en las vistas. El buceo en el archivo de testimonios es aterrador. “Difunda la confesión de Hin Huy para que el mundo no olvide lo que ocurrió aquí”, pide uno de sus activistas.

El carcelero tiene ahora 50 años, el pelo negro y pestañea mucho. “¿Piensa en sus víctimas?”, se le pregunta. “No dejo de hacerlo, pero me forzaron. Yo no tengo la culpa”, responde.

-¿Cuántos camiones llevaste?

-No me acuerdo. Les decíamos que les llevábamos a otro lado para que no protestaran.

El anochecer en que Hin Huy fue puesto a prueba por Kek Leu, alias Duch, director del S-11, parecía macabramente rutinario. No fue así: el jefe de aquella máquina de matar estaba allí, observando las ejecuciones a garrotazos.

-Cuando quedaba por matar un solo un prisionero, me dijo: “¿Tú te atreves a matar gente?”.

-Le dije que sí. No podía decirle que no.

-Entonces mata a ése.

Hin Huy agarró la barra de hierro y destrozó la cabeza al prisionero, arrodillado en la fosa de Choeung Ek, a 17 kilómetros de Pnom Penh, una ciudad evacuada el 17 de abril de año 1975, a punta de fusil, por los milicianos de Pol Pot, Camarada Número Uno, que aquel día liquidaron el régimen del general Lon Nol, que llegó al poder en 1970 mediante un golpe con el apoyo de EE UU. La capital tenía entonces dos millones y medio de habitantes; poco a poco ha conseguido sumar el millón y medio de ahora. “Nos gritaban que saliéramos porque los norteamericanos iban a bombardear”, recuerda una anciana con un puesto de cigarrillos en el mercado central. Los cadáveres cubrían tramos de la carretera y eran reventados por los camiones. En el caos del vaciamiento a la brava murieron miles y mujeres embarazadas abortaron en las cunetas. “A mi hijo lo mataron porque había sido portero de un edificio oficial. Quiero que los castiguen”.

La escabechina no podía durar mucho. A finales de 1978, una facción de los jemeres rojos se rebeló contra Pol Pot. Les apoyó Vietnam, que invadió el país a finales de 1978. El PCK se convirtió en guerrilla, y a pesar de conocerse sus atrocidades, denunciadas en 1978 por el camboyanista francés François Ponchaud, Estados Unidos, China y Tailandia apoyaron a los jemeres rojos hasta el año 1989. Lo hicieron para contrarrestar la influencia vietnamita en la península indochina. Vietnam se retiró en 1991 y, cuatro años después, el grueso de la milicia roja, que todavía controlaba el 15% del país, se desmovilizó. El Gobierno de Hun Sen, ex jemer rojo, tardó en aceptar el tribunal internacional, reclamado desde 1998 por Human Rights Watch, tras la muerte de Pol Pot aquel año.

“La primera oposición, del Estado y de las víctimas sobrevivientes, radica en el temor a una desestabilización política del país, ya que los jemeres rojos continuaron activos hasta el año 1999”, explica Albeiro Rodas, estudioso de la cultura camboyana en el centro Don Bosco de Sihanoukville.

Tan pronto como la ONU y Camboya acordaron la constitución del tribunal, en 2003, surgió otro conflicto: debía ser mixto, integrado por magistrados de talla y experiencia internacional junto a jueces, fiscales y abogados de un país jurídicamente analfabeto, sin apenas escuelas de Derecho. “Algo así como poner a dialogar a los chamanes de la tribu con los lores ingleses”, agrega Rodas. “De todas formas, una justicia completa debería preguntar sobre la responsabilidad histórica de Estados Unidos, China, Tailandia y muchos otros en el baño de sangre que les vino a Camboya, Vietnam y Laos en esa época”.

El colonialismo, la guerra de Vietnam, el napalm y los bombardeos desde los B-52 estadounidenses sobre Camboya y Laos, con cientos de miles de víctimas, reactivaron los movimientos nacionalistas y comunistas regionales. El experimento camboyano fracasó, según el socialista francés Jean Lacouture, porque lo lideraron campesinos aislados del mundo durante muchos años. Odiaban el sistema y trataron de eliminarlo desde sus raíces. Se emplearon a fondo, según el Centro de Documentación, cuya plantilla se afana en la clasificación de los textos, oficios e instrucciones. “Ya ve usted lo ocupados que estamos. El juicio se acerca”, dice Peoudara Vanthan, subdirector del centro.

Uno de sus investigadores, Meng Try Ea, habló con un grupo de jemeres rojos para conocer la filosofía punitiva del régimen. “La cosecha, por ejemplo, era una lucha de clases, una lucha entre revolución y contrarrevolución”, según le explicaron. El robo de un kilo de arroz comunitario podía costar la vida del desesperado, como cómplice del boicoteo enemigo; la pérdida de una herramienta de trabajo podía acarrear la muerte, y un varazo a destiempo al búfalo del arado, el apaleamiento de quien lo hiciera.

Los fiscales analizan el material probatorio y métodos usados para crear una nueva sociedad desde las cenizas de la anterior: primero fueron asesinados los militares, policías, políticos y funcionarios del régimen de Lon Nol (1970-1975), con sus familias y conocidos; después, el resto: los burgueses y capitalistas, y los sospechosos de poder llegar a serlo y mandos del partido o del Ejército proclives a la moderación. Miles fueron denunciados en falso por los vecinos o nombrados en los potros de tormento. “Camarada, usted me lo envió con 18 cómplices, pero he logrado que confesara 27”, se jacta un torturador en un oficio al superior.

Cram Mey recordaba que “gritaban cuando les torturaba. Gritaban aunque no estaba permitido. Me daba pena, pero no podía manifestarla. Si no los hubiera torturado me habrían matado a mí”. Hubiera podido hacerlo, según los cargos en su contra, Nuon Chea, lugarteniente de Pol Pot, Camarada Número Dos, el principal reo a la espera de juicio. Volverá a exculparse cuando sea llamado a declarar. Lo hizo en una entrevista concedida a la BBC hace cinco años: “La situación era muy caótica y pudo haber gente que murió de hambre”, afirmó. “Pero yo no ordené matar, aunque tenga una responsabilidad moral porque no vigilé bien lo que se hacía”.

Volvió a reiterar su inocencia tras su detención. Ideólogo del Partido Comunista de Kampuchea (PCK), ex subsecretario general, se declaró inocente tras su detención. “Dijo que el Comité Militar del partido, del que no era miembro, tenía el verdadero poder y que él no tuvo contacto con las bases que mataban”, según fuentes diplomáticas cercanas al Gobierno. “Pero el tribunal tiene muchos documentos y testigos que aseguran todo lo contrario”. Se le acusa de crímenes contra la humanidad desde su autoridad sobre los aparatos de seguridad del régimen”.

Su celda, equipada con televisión, radio y prensa diaria, está próxima a la de Duch, la otra estrella del juicio, con quien no puede ni hablar, ni compartir paseos, según Reach Sambath, portavoz del tribunal. Los dos inculpan a terceros, pero las calaveras del memorial Choeung Ek, visitado por turistas y deudos, atestiguan hasta qué punto aquella camarilla fue consecuente en la ejecución de su demencial proyecto de nación.

Osario de Pnom Penh, donde se amontonan cráneos y restos de las víctimas del régimen de Pol Pot

Osario de Pnom Penh, donde se amontonan cráneos y restos de las víctimas del régimen de Pol Pot

– ASSOCIATED PRESS – 04-11-2007

“No los interrogues, mátalos”

El Camarada Número Dos, Nuon Chea, de 82 años, principal acusado en el banquillo del genocidio, ordenó un día la detención de 300 compatriotas sospechosos de traición durante un choque fronterizo con Vietnam. Kek Leu, de 66 años, alias Duch, jefe entonces del centro de internamiento S-11, fue requerido para que los encarcelara, pero dijo que no podía hacerlo porque el S-11 estaba totalmente lleno de presos. “No te molestes en interrogarles. Mátalos”, habría sido la respuesta del Camarada Número Dos, según el testimonio de Duch, también detenido a la espera de juicio. Nuon Chea lo niega todo: “No soy tan cruel como para matar a mi propia gente”.

El ex subsecretario del Partido Comunista de Kampuchea (PCK), uno de los lugartenientes de Pol Pot, sólo admitió haber trabajado desde sus funciones oficiales para “purificar las mentes a través de la educación, fortalecer el partido y colectivizar la propiedad, para levantar nuestra economía”. Los cargos, sin embargo, le implican en la organización de los 118 centros de internamiento y tortura y en las salvajadas cometidas durante la colectivización y evacuación de las ciudades fusil en mano.

En libertad, pero susceptibles de ser detenidos, figuran Ieng Sary, ex canciller; Khieu Zampan, ex jefe de Estado; Sou Met y Meah Mut, generales; Keo Pok, acusado de diezmar a la etnia musulmana Cham; Mam Nay, jefe de interrogatorios del centro S-11, y Sam Mith, implicado en la masiva muerte de mujeres y niños vietnamitas.

Fuente: http://www.elpais.com/articulo/internacional/confesion/carcelero/Hin/Huy/elpepiint/20071104elpepiint_4/Tes

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Comienza el juicio contra uno de los líderes de los Jemeres Rojos

6 Mar

Comienza el juicio internacional al jefe torturador de los jemeres rojos

‘Duch’, de 66 años, fue el comandante de la prisión por la que pasaron unas 15.000 personas para ser torturadas y asesinadas durante el régimen del Pol Pot

 

El torturador de los jemeres rojos comparece en el tribunal 

Kaing Guev Eav, conocido como ‘Duch’, comparece hoy ante el tribunal internacional de Phnom Penh.– REUTERS

EFE/ELPAÍS.com – Phnom Penh – 17/02/2009

El tribunal internacional auspiciado por Naciones Unidas (ONU) ha comenzado a juzgar hoy por genocidio al jefe de la cámara de tortura de los jemeres rojos, Kaing Guev Eav, conocido como el camarada Duch, primero de los cinco acusados de la exterminación de 1,7 millones de personas hace tres décadas durante el conocido régimen de Pol Pot(1975-1979).

Comienza el juicio contra uno de los líderes de los Jemeres Rojos

VIDEO – VNEWS – 17-02-2009

Un tribunal internacional formado en Phom Pehn juzga por genocidio a Kaing Guev Eav, conocido como Duch, y que era el jefe de la cámara de tortura del grupo militar vinculado al partido comunista camboyano.– VNEWS

    Camboya

    Camboya

    A FONDO

    Capital:
    Pnom Penh.
    Gobierno:
    Monarquía Constitucional.
    Población:
    14.241.640 (2008)

Duch fue reclamado en julio de 2007 por el tribunal internacional y tuvo la primera audiencia pública en noviembre de 2007. Hoy ha sido trasladado al edificio del tribunal desde el cercano centro de detención en un coche blindado, protegido por un convoy de vehículos cargados de miembros de las fuerzas de seguridad. Con el rostro enjuto y su mirada desvaída, Duch se ha sentado en el banquillo de la sala de vistas del tribunal, protegida por cristales blindados, y en la que desde hacía unas horas cerca de medio millar de personas, casi la mitad extranjeras, aguardaban su llegada al edificio del tribunal.

Entre los asistentes a la sesión, y además de los abogados de la acusación y la de defensa, se encontraban cerca de sesenta camboyanos que intervendrán como testigos, muchos de ellos de la etnia cham, que fue perseguida con ferocidad por el régimen de los jemeres rojos.

Duch ya ha expresado su remordimiento antes del juicio del tribunal de la ONU. “Duch desea solicitar el perdón de las víctimas y de los camboyanos. Él pedirá perdón públicamente”, ha dicho uno de los abogados defensores, el francés Francois Roux, a los periodistas en la sede del tribunal a las afueras de la capital camboyana. Duch, que afronta cargos de crímenes de guerra y contra la humanidad, ha asistido a la vista vestido con una camisa de color azul y portando gafas, como esas que el régimen Temer Rojo consideró un artículo contrarrevolucionario y cuyo uso castigó con ejecuciones.

Duch, de 66 años, fue el comandante de la prisión de Tuol Sleng, por la que pasaron unas 15.000 personas para ser interrogadas, torturadas, y ejecutadas entre los muros del recinto o en el campo de exterminio de Choeung Ek, a unos 15 kilómetros de Phnom Penh. Eran diplomáticos, monjes budistas, ingenieros, médicos, profesores y estudiantes y no tenían salida, sólo sobrevivieron seis, tal y como reconoció el propio Duch en una entrevista publicada en El País. “Ninguna respuesta evitaba la muerte”, aseguró Duch.

Duch, el ex jemer rojo de menor rango que será juzgado, dirigió durante la guerra que precedió a la victoria del grupo maoísta, en abril de 1975, las prisiones M-13 y M-99, situadas en la jungla del noroeste de Camboya y alejadas del frente.

“Notables esfuerzos”

“La primera vista representa la realización de los notables esfuerzos para constituir un tribunal justo e independiente que intentará juzgar a aquellos que ocuparon posiciones de liderazgo y a los que tuvieron mayor responsabilidad en las violaciones de las leyes camboyana e internacional”, ha dicho el juez Nil Nonn, al declarar abierto el juicio contra Duch.

El portavoz gubernamental camboyano, Phy Sophan, ha dicho que “es un día importante para Camboya y también para las personas de todo el mundo que defienden el respeto de los derechos humanos”.

La primera vista del juicio al comandante de Tuol Sleng (Arbol de la fruta venenosa), o S-21, tiene como objetivo sentar los procedimientos y fijar el orden de comparecencia del acusado y de los testigos que declararán en las sesiones, que se prevé que empezarán a mediados de marzo.

Máquina de matar

Duch y su máquina de matar simbolizan el genocidio cometido por los jemeres rojos entre abril de 1975 y enero de 1979, periodo en el que una cuarta parte de la población que por entonces tenía Camboya fue ejecutada o murió de hambruna o por enfermedades en los inmensos campos de trabajos forzados.

A pesar de la espeluznante cifra de muertos, sólo otros cuatro influyentes ex dirigentes del régimen maoísta están encarcelados y acusados de cometer crímenes similares a los imputados a Duch. A diferencia del resto de los acusados, que niegan haber tenido conocimiento de las atrocidades e incluso de la existencia de Tuol Sleng, Dutch ha admitido su culpabilidad y aceptado su responsabilidad por las acciones que llevó a cabo.

Entre los detenidos se encuentra Nuon Chea, de 82 años, el hermano número dos de la jerarquía de los jemeres rojos y mano derecha del que fuera el máximo líder, Saloth Sar, conocido como Pol Pot, quien falleció en abril de 1998 sin revelar los motivos que le condujeron a poner en marcha una sistemática campaña de exterminio.

Según los expertos, la defensa de Duch expondrá el argumento de que su cliente obedecía la orden dada por la cúpula de que “cualquiera que sea detenido tiene que morir”, e intentará responsabilizar de sus acciones a Nuon Chea, a quien informaba directamente de su gestión al frente del penal de Tuol Sleng.

Los otros acusados son el ex viceprimer ministro y ministro de Asuntos Exteriores, Ieng Sary, de 83 años, su esposa, Ieng Thirit, de 76 años, quien era titular de Asuntos Sociales, y el que fue presidente del régimen de Kampuchea Democrática, Khieu Samphan, de 77 años.

La era del terror

– Los jemeres rojos surgieron en los años sesenta como un ala militar del Partido Comunista que llegó al poder tras acabar con la dictadura del general Lon Nol (1970-1975), promovida por Estados Unidos.

– El líder, Pol Pot, aisló Camboya del mundo tras la toma del poder en 1975, y prohibió el dinero, la propiedad privada y las prácticas religiosas.

– La invasión vietnamita de 1979 acabó con el poder jemer, bajo el que murieron 1,7 millones de personas de hambre y ejecutadas.

Comienza el juicio contra uno de los líderes de los Jemeres Rojos (VIDEO – VNEWS – 17-02-2009)

Un tribunal internacional formado en Phom Pehn juzga por genocidio a Kaing Guev Eav, conocido como Duch, y que era el jefe de la cámara de tortura del grupo militar vinculado al partido comunista camboyano.– VNEWS

Fuente: http://www.elpais.com/articulo/internacional/Comienza/juicio/internacional/jefe/torturador/jemeres/rojos/elpepuint/20090217elpepuint_10/Tes

Un colectivismo cruento e imposible

6 Mar

EL GENOCIDA

Un colectivismo cruento e imposible

JUAN JESÚS AZNÁREZ 10/02/2008

 
Los turistas que visitan Camboya suelen fotografiar el edificio más singular de la calle 113 de Phnom Penh porque fue una escuela de prestigio entre la burguesía hasta su conversión en el principal centro de detención y tortura durante la tiranía de los jemeres rojos (1975-1979): el S-21. La administración de este museo de los horrores, en cuyos accesos mendigan hombres mutilados, corrió a cargo de Kang Kek Ieu, alias Duch,acusado de crímenes de lesa humanidad. No tuvo piedad: ordenó la muerte de casi todos los presos bajo su custodia, cerca de 15.000. Sólo se salvaron, casi por casualidad, seis.

Las galerías del S-21 exhiben fotografías de los detenidos, cepos y herramientas de tortura; el manual de régimen interno del centro, y un busto de Pol Pot, el hermano número 1: el revolucionario marxista-leninista-maoísta que pretendió imponer una sociedad agraria, colectivista, sin moneda ni budismo: una sociedad imposible. Aquella paranoia mató a 1,7 millones de personas y es juzgada por un tribunal de juristas camboyanos y de la ONU. Duch, capturado en mayo del año 1999, deberá responder por los hechos ocurridos en el S-1, cuyas celdas los turistas recorren en silencio, emocionados a veces. “¡Qué barbaridad!, ¡cómo fue posible!”, exclama la mayoría.

El genocidio fue posible porque la masiva eliminación de personas, fundamentalmente detraidores o sospechosos de llegar a serlo, era casi preceptiva en los catecismos de losjemeres rojos. Lo era desde antes de tomar el poder, el 17 de marzo de 1975, tras acabar con la dictadura del general Lon Nol (1970-1975), promovida por Estados Unidos. François Bizot, miembro de la Escuela Francesa de Extremo Oriente, apasionado de la historia camboyana, anticipó las matanzas en el año 1971 después de verlas y hablar con Duch, su interrogador durante el cautiverio de tres meses en la zona controlada por la guerrilla roja. Cuando el corrupto régimen de Lon Nol fue derrotado, el profesor de matemáticas devenido en verdugo fue nombrado jefe del S-21. “Más vale una Camboya poco poblada que un país lleno de incapaces”, afirmó en una de las charlas con Bizot.

Siempre encadenado, el francés estableció una relación de cierta complicidad con Duch, que abominaba del capitalismo y quería el aislamiento de Camboya para refundarla. “La podredumbre se ha infiltrado en todas las partes, incluso en las familias. ¿Cómo quieres confiar en tu hermano cuando acepta el salario de los imperialistas y utiliza contra ti tus armas”, le decía al francés, según se recoge en su libro El portal. Descartada la pertenencia a la CIA, fue el único occidental que sobrevivió a su apresamiento por losjemeres.

“Créeme, camarada Bizot”, le decía Duch, “la revolución no desea más que una felicidad sencilla: la del campesino que se alimenta con el fruto de su trabajo, sin necesidad de los productos occidentales que le han convertido en un consumidor dependiente”. Los bienes para llegar al nirvana se reducían, según el comisario, a un reloj, una bici y una radio de transistores.

La revolución de Pol Pot quiso destruir el carácter camboyano y erradicar su cultura y su civilización, subraya una de las reflexiones escritas junto al memorial Choeung Ek, donde se amontonan las calaveras de los ajusticiados. “Querían destruir la sociedad camboyana y hacer retroceder el país hasta la edad de piedra”. El desarrollo del juicio contra los genocidas y, concretamente, el testimonio de Duch determinarán hasta qué punto fue loco y compartido aquel proyecto de nación. –

Fuente: http://www.elpais.com/articulo/reportajes/colectivismo/cruento/imposible/elpepusocdmg/20080210elpdmgrep_2/Tes

“Ninguna respuesta evitaba la muerte”

6 Mar

ENTREVISTA: EL GENOCIDA

“Ninguna respuesta evitaba la muerte”

VALERIO PELLIZZARI 10/02/2008

 

El genocida Duch paga por sus crímenes 

El genocida Duch paga por sus crímenes– AFP
A Kang Kek Ieu le llaman Duch. Profesión: profesor de matemáticas y genocida. Hoy espera en una prisión de Phnom Penh, custodiado por la ONU, pagar por sus crímenes: el exterminio de la clase intelectual camboyana, unas 17.000 personas, entre los años 1975 y 1979, durante el sanguinario régimen de los ‘jemeres rojos’.

Duch, profesor de matemáticas, exterminó durante 40 meses a toda la clase intelectual camboyana con precisión matemática en la escuela de Tuol Sleng, en el corazón de Phnom Penh. Habla en voz baja, con respeto, pero al mismo tiempo su voz se despliega sin incertidumbres ni sumisión. Parece como si estuviera recitando un mantra, una plegaria budista, pero en realidad lo que se oye es la banda sonora de una pesadilla cargada aún de interrogantes. Es imposible identificar su aspecto humilde, anónimo, casi grácil, con el papel de verdugo. Entre 1975 y comienzos de 1979, durante el régimen tenebroso y maniático de Pol Pot, dos millones de hombres y mujeres, casi un tercio de la población camboyana, fueron eliminados de una forma brutal. Unos 17.000 dirigentes del partido, diplomáticos, monjes budistas, ingenieros, médicos, profesores, estudiantes y artistas de la antiquísima tradición nacional de música y danza entraron en esa escuela transformada en centro de tortura. Sólo seis lograron salir con vida.

“Quien entraba allí debía ser destruido, eliminado de forma progresiva. No había escapatoria posible”

“Éramos 4.000 en mi grupo; sobrevivimos cuatro”, dice el general Neang Phat, y muestra las huellas de tortura

“Mi cuñado era una persona estupenda, pero tenía que eliminarlo, fingir que conseguía su confesión con violencia”

“Si intentaba huir, ellos tenían como rehén a mi familia. Mi fuga, mi rebelión no habría ayudado a nadie”

Duch es el apodo elegido de joven cuando entró en la guerrilla. Su verdadero nombre es Kang Kek Ieu. Tiene 66 años. Tras la caída de los jemeres rojos, el verdugo se escondió entre sus compatriotas, en los campos de refugiados y en las aldeas, desaparecido como muchos otros en el caos de la posguerra, absorbido por la nada. Se había convertido al cristianismo gracias a los misioneros de la Golden West Christian Church de Los Ángeles. Se descubrió su verdadera identidad en 1998, y fue inmediatamente detenido. El suyo es el testimonio más inquietante de esa locura política proyectada por los jemeres rojos tras la muerte de Pol Pot y de Ta Mok, el carnicero cojo. Hoy está recluido en la cárcel de la ONU, en Phonm Penh, pero durante más de ocho años ha estado en una cárcel camboyana controlada por militares de su país.

Esta entrevista es la única autorizada de todo ese periodo. Sin grabadora, sin cámara fotográfica, sin hablar directamente con Duch en francés o en inglés, pero con la mediación obligatoria de un intérprete camboyano. El general Neang Phat, secretario de Estado, y otros generales están sentados en la misma habitación, escuchan y observan a este hombre indefinible e inaprensible. Duch es el perfecto retrato de la banalidad y lainocencia del mal.

Pregunta. ¿Cuándo se creó el centro de tortura en la escuela de Tuol Sleng?

Respuesta. El 15 de agosto de 1975, cuatro meses después de la entrada de los jemeres rojos en Phnom Penh. Pero en realidad empezó a funcionar en el mes de octubre.

P. ¿Usted fue responsable desde el principio?

R. Me encargaron que creara el centro, que lo pusiera en funcionamiento, aunque nunca supe por qué me eligieron a mí precisamente. Es verdad que antes de 1975, cuando losjemeres rojos vivían en la clandestinidad, en la jungla, en las zonas liberadas, yo era el jefe de la Oficina 13 y el responsable de la policía en la zona especial que limitaba con Phnom Penh.

P. ¿Quién organizaba la vida en el campo, quién decidía los métodos de interrogatorio?

R. Los interrogadores procedían en parte de la Oficina 13; eran hombres que habían trabajado conmigo, ex dirigentes de la organización. Y después estaban los que provenían de la División 703, militares, gente que utilizaba la violencia, con métodos brutales. Se puede decir que los carceleros eran de dos tipos, pero la mayoría del personal de la prisión no había sido reclutado por mí.

P. ¿Cómo era su jornada en ese lugar?

R. Todos los días tenía que leer y controlar las confesiones. Realizaba esta lectura desde las siete de la mañana hasta medianoche. Y todos los días, hacia las tres de la tarde, me llamaba el profesor Son Sen, ministro de Defensa. Le conocía desde que enseñaba en el instituto. Fue él quien me pidió que me uniera a la guerrilla. Me preguntaba cómo iba el trabajo.

P. ¿Y después?

R. Llegaba un mensajero, un emisario, que recogía las confesiones y las llevaba a Son Sen. Usted sabe que los jemeres rojos habían vaciado la capital. No había población urbana. Las escuelas estaban cerradas; los hospitales, cerrados; las pagodas, vacías; las calles, vacías. Sólo podían moverse poquísimas personas. Estos mensajeros eran el único nexo entre una oficina y otra. Por la noche no dormía en Tuol Sleng. Tenía varias casas y, por razones de seguridad, dormía cada noche en un sitio diferente.

P. ¿Tuvo momentos de incertidumbre, dudas, sentimiento de rebelión mientras aniquilaba a toda la clase intelectual de su país?

R. Para entender ese mundo, esa mentalidad, tiene que tener presente que la pena de muerte ha existido siempre en Camboya.

P. Incluso en los bajorrelieves de los templos de Angkor Wat hay escenas de masacres terribles, pero fueron esculpidas hace muchos siglos.

R. Los jemeres rojos habían estudiado en la Sorbona, en París, no eran salvajes incultos. Pero en Tuol Sleng había una convicción difundida y tácita, y no se necesitaban indicaciones por escrito. Yo y todos los demás que trabajaban en ese lugar sabíamos que quien entraba allí debía ser destruido psicológicamente, eliminado de una forma progresiva; no había escapatoria posible. Ninguna respuesta servía para evitar la muerte.

P. ¿Alguien por encima de usted pedía su opinión?

R. Esos métodos no me convencían desde que trabajaba en la Oficina 13. Pero consideré que entonces existía el pretexto de la lucha revolucionaria, de la clandestinidad, de neutralizar a los espías infiltrados o a los que podían convertirse en espías. Después, cuando comenzó el trabajo en Tuol Sleng, preguntaba de vez en cuando a mis jefes: “¿Pero tenemos que usar tanta violencia?”. Son Sen no contestaba nunca. Pero Nuon Chea, el hermano número 2 en la jerarquía del poder, que tenía más autoridad que él, me decía: “No pienses en eso”. Personalmente no tenía una respuesta. Lo entendí con el paso del tiempo: era Ta Mok (considerado por todos el jemer rojo más sanguinario) quien había ordenado que se eliminara a todos los prisioneros. Veíamos enemigos, y más enemigos, por todas partes. Cuando descubrí que en la lista de las personas a las que había que eliminar estaba incluso el ministro de Economía, Von Vet, sufrí un choque, una verdadera conmoción.

Le interrumpe con rabia el general Neang Phat, que hasta ese momento se había mantenido circunspecto y taciturno. Se quita los zapatos y los calcetines, y le enseña las huellas de la tortura que aún tiene en sus piernas, aunque ya han pasado más de 30 años. “Éramos 4.000 en mi grupo”, recuerda, “y sólo sobrevivimos cuatro. Para salvarnos tuvimos que escapar más allá de la frontera. Vosotros, sin embargo, continuasteis torturando y matando”. Callan los otros militares. Calla el intérprete. Su padre era el embajador camboyano en China, el país que protegió a Pol Pot. Fue reclamado para que volviera a su país y murió en Tuol Sleng, ese centro de torturas dirigido por ese hombre pequeño con los pies descalzos que ahora está ante él. Duch responde al general, su voz se afianza, se expresa de forma concisa. Junta las manos, se inclina hacia adelante, con el gesto típico de los monjes budistas, y esboza una sonrisa. En Camboya, y en muchas zonas de Oriente, sonreír es muestra de dulzura, de cortesía, pero también de ambigüedad, de incomodidad y a veces de auténtica perfidia. Esta sala rectangular, silenciosa, limpia, bien amueblada, está llena de pesadillas. Fuera hace un día precioso de sol y la temperatura es suave.

P. ¿Qué sentía ante ese número creciente de víctimas que usted contribuía a aumentar?

R. Me sentía empujado hacia un rincón, como todos en ese engranaje; no tenía opción. En la confesión de Hu Nim, ministro de Información y uno de los dirigentes jemeres más importantes, también arrestado ahora, estaba escrito que la seguridad en una cierta zona estaba garantizada, asegurada. Pero Pol Pot, el hermano número 1, el jefe de todo, no estaba satisfecho con esa afirmación; era demasiado normal, había que sospechar siempre, temer algo, y llegaba la petición: “Interrogadlo otra vez, interrogadlo mejor”.

P. Lo que significaba sólo una cosa: nuevas torturas.

R. Pasaba siempre eso. Por ejemplo, en el caso de mi cuñado. Le conocía muy bien, se había creado una relación auténtica de parentesco, pero tenía que eliminarlo de todas formas; sabía que era una persona estupenda, pero, sin embargo, tenía que fingir que creía en esa confesión conseguida con la violencia. Así que para protegerlo no analicé con demasiado rigor esas declaraciones. Y en esa ocasión mis superiores empezaron a dejar de tener plena confianza en mí. Al mismo tiempo, yo ya no me sentía seguro.

P. ¿Qué había pasado en realidad?

R. Un día me llamaron a las cinco de la madrugada. No era un horario normal para nosotros. Me dicen que estoy convocado para una reunión en la oficina de los mensajeros. Como he dicho antes, ése era un centro muy importante en el sistema de poder creado por Pol Pot, eran los únicos que podían moverse. Ni siquiera podían salir los diplomáticos de las poquísimas embajadas que estaban abiertas. Mandaban a alguien a la calle, llamaban al soldado que estaba allí cerca, éste escuchaba y después refería lo que había escuchado.

P. Es decir, una imposibilidad total de moverse.

R. Se habían eliminado las comunicaciones telefónicas en el país, ya no existía el servicio postal. Todas las directrices llegaban y volvían a su lugar de origen mediante esos mensajeros, se notaba mucho una persona en esas calles vacías.

P. Y entonces, ¿qué pasó ese día de la llamada telefónica?

R. A las cinco de la madrugada cojo una bicicleta y me voy hasta la estación de tren, donde se encontraba esa oficina. Veo una luz encendida en una casa. Pensaba que también para mí había llegado la hora de ser eliminado. Encontraban siempre acusaciones infundadas. Pero, por el contrario, me dicen: “Tiene que ir a tu oficina un mensajero. Cuando llegue arréstalo e interrógalo”.

P. Usted mantuvo su puesto hasta el último momento. ¿Era un ejecutor perfecto?

R. Obedecía. Quien llegaba a nuestro centro no tenía ninguna posibilidad de salvarse. Y yo no podía liberar a nadie.

P. ¿Hasta cuándo siguió funcionando el campo de internamiento de Tuol Sleng?

R. Hasta el 7 de enero de 1979, cuando las fuerzas de liberación camboyanas, apoyadas por los vietnamitas, conquistaron Phnom Penh. En ese momento, mi superior era Noun Chea, el hermano número 2.

 

P. ¿No existía un plan de emergencia, no había el temor a que los opositores tuvieran ya fuerzas suficientes para derribar el régimen?

R. No había ningún plan de fuga, de retirada. Organizábamos todo en el momento. Éramos 300 hombres en Tuol Sleng. Todos juntos nos dirigimos hacia la sede de la radio, que en esa época estaba en una zona bastante periférica. Y a partir de ese momento nos dividimos en dos grupos, cada uno por su camino.

P. Desde ese momento, usted desaparece de las crónicas camboyanas, se pierden sus huellas, y un día se convierte al cristianismo. ¿Qué es lo que le lleva a tomar esa decisión?

R. Estaba convencido de que los cristianos eran una fuerza, y que esa fuerza podía vencer al comunismo. En la época de la guerrilla yo tenía 25 años, Camboya estaba corrompida, el comunismo estaba lleno de promesas y yo creía en ellas. Sin embargo, ese proyecto fracasó. Entré en contacto con los cristianos en la ciudad de Battambang, con la Golden West Christian Church, con el pastor Christopher LaPelle.

P. Parece un nombre francés.

R. No, es camboyano. Se llama Danath La Pel. Adoptó ese nombre para difundir mejor el mensaje de Cristo en el mundo. A principios de los años ochenta se fue a Estados Unidos. Y en 1992 volvió a Camboya para ayudar a sus compatriotas a encontrar a Cristo.

P. Usted ya no sigue las enseñanzas de Buda. ¿Es cristiano?

R. Sí.

P. ¿El padre Christopher conocía su vida, su papel en Tuol Sleng?

R. Al principio no, pero después de convertirme le conté todo.

P. La planicie de Indochina fue el santuario de Pol Pot. Los mismos lugares, cuarenta años después, albergan las iglesias de los misioneros cristianos.

R. Significa que otros también han elegido mi camino.

P. Usted está ahora arrepentido, pero ¿qué pasa con todos esos miles de víctimas, esa violencia practicada con métodos primitivos, esas mentiras transformadas en verdad?

R. Si alguien busca la responsabilidad, y los diferentes grados de responsabilidad, lo único que puedo decir es que no había vía de escape para quien entraba en la máquina de poder ideada por Pol Pot. Sólo los dirigentes conocían la verdadera situación del país, pero los cuadros intermedios la ignoraban. Y además había esa obsesión por el secretismo. Está claro que usted me pregunta si no podía rebelarme, o por lo menos huir.

P. Eso es.

R. Si intentaba huir, ellos tenían como rehén a mi familia, que habría corrido la misma suerte que los otros prisioneros de Tuol Sleng. Mi fuga, mi rebelión no habría ayudado a nadie.

P. Hoy no hay ningún jemer rojo, entre los jefes de ese régimen, como Khieu Sampan o Ieng Sary, que admita haber tenido alguna culpa, alguna responsabilidad. ¿Erais todos unos cobardes entonces o ahora sois todos unos mentirosos?

De la boca de Duch no sale ni una palabra.

Desde el fondo de la sala, alguien dice con insistencia que el tiempo ha terminado, que ha llegado la hora de la comida para el prisionero. Es el pretexto más banal, más burocrático, para interrumpir el relato del verdugo. Duch, el secuaz de Pol Pot y hoy seguidor de Cristo, junta las manos, se inclina y se aleja. El plato de arroz está listo. Sin embargo, la hora de la justicia por el genocidio de Camboya espera desde hace 30 años.

Duch, ex-genocida camboyano del «Jemer Rojo», y su conversión a Jesús

6 Mar

Duch, ex-genocida camboyano del «Jemer Rojo», y su conversión a Jesús

 

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              Kaing Guek Eav (“Camarada Duch”).              

Sábado 28 de Febrero del 2009
Testimonio
Bandera  de Camboya Camboya

PHNOM PENH, Camboya (El País,El Mundo,Reuters, F.Libertas/J.Forster, ACPress.net) “El principal torturador de los Jemeres Rojos pide perdón a las víctimas” escribe sobre el inicio de su juicio el diario El Mundo. ABC titula “Duch: el matemático del horror”. Mientras, El País abre con las propias palabras del protagonista: “Pido vuestro perdón”. Mucha información ha girado estos días sobre Kaing Guek Eav, conocido como “Camarada Duch”, que fue un principal y terrible protagonista del brutal genocidio que aterrorizó Camboya hace tres décadas.

Después de convertirse al Cristianismo y haber cooperado con la justicia, ha pedido perdón a las víctimas. El inicio de su juicio ha hecho que su testimonio de la vuelta al mundo. 

El evento ha aparecido en todos los medios de comunicación. Un tribunal patrocinado por la ONU ha empezado a juzgar a uno de los principales torturadores de los Jemeres Rojos, la organización paramilitar que bajo las órdenes del dictador Pol Pot provocó un auténtico genocidio en Camboya, entre 1975 y 1979. La guerrilla llegó a exterminar al 25% de la población del país, 1’7 millones de personas, en una brutal purga contra el régimen anterior.

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Pol Pot fue un dictador comunista de Camboya.

  
Duch es uno de los principales acusados por ese genocidio, pero a su vez podría ser uno de los principales testigos contra otros jefes de los Jemeres Rojos. Tras avanzar posiciones dentro de la organización terrorista, Kaing Guek Eav se convirtió en el comandante de dos prisiones por las que pasaron entre 14.000 y 16.000 personas. Se le consideraba el torturador jefe, y según se sabe, vivía junto a su mujer e hijos en una casa de dos pisos adjunta al primer centro, Tuol Song. Allí, como él mismo ha explicado, pasaba jornadas maratonianas aplicando la violencia a los presos para sacar confesiones antirrevolucionarias que implicaran a otros ciudadanos aún libres. 

Dirigía una máquina perfectamente organizada por la que pasaron ciudadanos, ministros del régimen comunista caídos en desgracia, diplomáticos extranjeros y hasta 2.000 niños. Los prisioneros eran interrogados, torturados y enviados a un campo de exterminio cercano, donde morían. “Simplemente obedecía”, explica. “Quien llegaba a nuestro centro no tenía ninguna posibilidad de salvarse. Y yo no podía liberar a nadie”, contaba recientemente Duch. 

El terror se extendió aún más a finales del año 1978, cuando el ejército vietnamita amenazaba ya seriamente con derribar a los Jemeres. Ante la situación de confusión y paranoia, a Duch se le ordenó acelerar las ejecuciones a un ritmo aún superior, por lo que los presos eran exterminados sin ni siquiera ser interrogados.

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Kaing Guek Eav ‘Duch’ fue el director del principal
centro de interrogaciones y ejecuciones en Camboya.

 
CAMBIO DE IDENTIDAD Y CAPTURA 

El experimento comunista de Pol Pot acabó con la toma de la capital camboyana por el ejército del Vietnam. Kaing y otros muchos guerrilleros del Jemer huyeron de sus puestos y se ocultaron en las junglas de la región oeste de Camboya. Así, dejaron atrás numerosos documentos inculpatorios, que implicaban, especialmente a Duch como uno de los principales responsables de la matanza. 

Tras huir, Duch pasó un año en China como profesor de lengua; luego volvió a Camboya como profesor de matemáticas y consiguió cambiar su identidad. Bajo un nuevo nombre, incluso cooperó para esclarecer los hechos ocurridos durante el tiempo en el que formó parte del régimen dictatorial. 

Finalmente unos periodistas de Far Eastern Economic Review encontraron a Duch en 1999, después de 20 años de desaparición. Trabajaba como asistente médico en un campo de refugiados del American Refugee Committee en el norte de Camboya. Kaing Guek Eav reconoció -y así se publicó en la revista- haber participado en torturas, asesinatos y crímenes contra la humanidad y que estaba preparado para testificar contra otros líderes. También explicó que se había convertido al Cristianismo Evangélico, que era un cristiano “nacido de nuevo”.

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UN JUICIO LARGAMENTE ESPERADO
 
Tras una década, pues, llega el momento de que responda ante la justicia. Kaing (Duch) es el primero de los cinco altos cargos del régimen de Pol Pot que responderán durante los próximos meses en Phnom Penh por los crímenes contra la humanidad llevados a cabo entre 1975 y 1979. Es el único que ha reconocido su implicación en los hechos, y se ha mostrado dispuesto a colaborar en el proceso. Por eso, se espera que Duch sea un testigo clave en los futuros juicios del que fue el número dos de Pol Pot, Nuon Chea, del ex presidente del régimen Khieu Samphan y de Ieng Sary, su ministro de Relaciones Exteriores. 

Entre los asistentes a la primera sesión del juicio, el pasado lunes 16, se encontraban cerca de sesenta camboyanos que intervendrán como testigos, muchos de ellos de la etnia cham, que fue perseguida con ferocidad por el régimen comunista. Kaing ha comparecido en la sala sin ninguna referencia al Comunismo, y con unas gafas como las que en su momento los Jemeres Rojos consideraban contrarrevolucionarios, hasta el punto que podían ser motivo de arresto y deportación. 

Eso sí, las sesiones de hace dos semanas han sido introductorias. El juicio se reanudará en marzo, y se prevé que el veredicto sea pronunciado en septiembre. La sentencia máxima aplicable será cadena perpetua, ya que el tribunal no tiene poder para condenar a muerte.

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‘Duch’ está siendo procesado por la justicia camboyana, acusado
por crímenes de guerra, contra la humanidad, genocidio y tortura.

SU FE EN DIOS, Y EL ARREPENTIMIENTO

Kaing tiene ahora 66 años, y se convirtió tras la caida del régimen comunista y su huida en un cristiano evangélico claramente convencido. Su experiencia de fe renovadora en Jesús se realizó en 1995, después que su mujer fuera asesinada por un grupo de bandidos. 

Algunas informaciones hablan de que incluso llegó a ser pastor en una iglesia. Su testimonio ahora es excepcional, porque no tan solo es el único de los acusados que ha expresado su total arrepentimiento, sino que ha hecho claros gestos de profundo dolor por sus actos inhumanos y la consecuente petición de perdón hacia las víctimas. Tanto que hace unos días, uno de los abogados de Kaing, François Roux, tras visitar a su cliente, dio a conocer a la prensa un mensaje claro de su parte: “Duch desea solicitar el perdón de las víctimas” y añadía que este mensaje no quedará en una nota, sino que “pedirá perdón públicamente”. 

El propio Kaing ha hablado de su fe en una reciente entrevista que concedió a El País. Explica que dejó el Budismo después de conocer en Battambang a misioneros de “la Golden ChristianWest Church”. Una de las cosas que le atrajo era que “estaba convencido de que los cristianos eran una fuerza, y que esa fuerza podía vencer al Comunismo”. Se abrió a la fe en Jesús al darse cuenta que su ideología comunista del Jemer rojo no se sostenía: “En la época de la guerrilla yo tenía 25 años, Camboya estaba corrompida, el Comunismo estaba lleno de promesas y yo creía en ellas. Sin embargo, ese proyecto fracasó”, dice.

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‘Duch’ ahora como evangélico, ha pedido perdón a las víctimas por
sus crímenes y se ha mostrado dispuesto a colaborar con la justicia.

Explica que se convirtió mediante “un pastor camboyano”, que había viajado a EEUU para formarse y volvió a su país natal para “ayudar a sus compatriotas a encontrar a Cristo”. A él, reconoce Kaing, le contó todo su pasado, después de convertirse. Y añade que como él, otros ex Jemeres Rojos, “también han elegido mi camino”, es decir, también se han convertido. 

Y así parece que es. Según un interesante artículo de la publicación The Observer, publicado en el 2004, al menos 2.000 Jemeres Rojos de todos los rangos se han convertido a Jesús abrazando el mensaje del Cristianismo Evangélico después de la caída del régimen. 

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