10 Ene

¿Cómo obtengo consuelo durante mi vida y después en mi muerte?

Posted: 07 Jan 2011 05:44 AM PST

Por Kim Riddlebarger:

De todos los catecismos de la era de la reforma, quizás ninguno es tan amado como el Catecismo de Heidelberg. En la pregunta y respuesta de apertura, se vuelve evidente el tono personal y distintivo del catecismo. “¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte?” Ésta no es una pregunta teórica. “¿Qué sería necesario si Dios fuera a consolar a los pecadores?” Más bien, es una pregunta muy práctica. “¿Cómo obtengo consuelo durante mi vida y después en mi muerte?”.

La palabra principal en la pregunta de apertura es consuelo (en alemán trost). La palabra se refiere a nuestra seguridad y confianza en el trabajo terminado de Cristo. Este consuelo se extiende a toda la vida y hasta la hora de la muerte. Como uno de los autores del catecismo (Zacharius Ursinus) pone en su comentario sobre el catecismo, este consuelo supone “la seguridad de la libre remisión del pecado y de la reconciliación con Dios por y a causa de Cristo y una segura esperanza de vida eterna; impreso en el corazón por el Espíritu Santo por medio del evangelio, de tal manera que no dudamos sino que somos salvos para siempre, de acuerdo a la declaración del apóstol Pablo: ¿Quién nos separará del amor de Cristo?” Nota que el catecismo habla de nuestro “único” consuelo. No existe ningún otro consuelo y seguridad que se pueda encontrar aparte de Cristo.

Como respuesta a la pregunta de apertura, el catecismo declara que “Yo, con mi alma y cuerpo, tanto en la vida como en la muerte”, tendré este consuelo. En un parafraseo de Romanos 14:7-8, se nos recuerda que el cuidado de Dios se extiende a nosotros durante el curso de nuestras vidas. Cristo ha eliminado la maldición; existe la seguridad de la salvación en esta vida y la resurrección de nuestros cuerpos al final de la era (ver Q&A 57-58). Este conocimiento nos consuela ahora y nos prepara para cualquier cosa que nos espere en el futuro.

Nuestro consuelo se deriva del hecho que “Yo no me pertenezco”. Estas palabras se tomaron de 1 Corintios 6:19-20: “No sois vuestros. Pues por precio habéis sido comprados; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo.” Somos de Cristo y Él hará con nosotros lo que desee. Este consuelo se basa en el hecho de que Dios es soberano y tiene le poder de hacer lo que ha prometido.

Este hecho maravilloso se explica mejor en la siguiente parte de la respuesta. “Pero [yo] pertenezco a mi fiel Salvador Jesucristo”. El catecismo nos lleva lejos de nuestra fe (lo subjetivo) a la obediencia de Cristo, mi “fiel” Salvador (lo objetivo). Cristo cumplió toda rectitud y murió por nuestro pecado en la cruz por mí. Los detalles de la obediencia de Cristo se describen más detalladamente en la siguiente parte de la respuesta: “quien con Su sangre preciosa”. Estas palabras vienen de 1 Pedro 1:18-19 “sabiendo que no fuisteis redimidos de vuestra vana manera de vivir heredada de vuestros padres con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha, la sangre de Cristo.” La muerte de Cristo es la única manera por la cual la culpa del pecado humano se puede eliminar (expiación) y la ira de Dios se apartó (propiciación). El catecismo nos recuerda que la base de nuestra salvación es el trabajo de Cristo por nosotros, no nuestra fe ni nuestras propias buenas obras.

Después, la primera respuesta del catecismo nos dice que la muerte de Jesús radica en el corazón de esta salvación prometida porque Él “ha satisfecho completamente por todos mis pecados”. Solamente la muerte de Cristo satisface la justicia del Dios santo (Rom. 3:21–26). Ninguna obra humana ni ceremonia religiosa puede hacerlo. No solo eso, sino que Su muerte “me ha redimido de todo poder del diablo”. Este es un eco de 1 Juan 3:8: “El Hijo de Dios se manifestó con este propósito: para destruir las obras del diablo.”. Satanás ha sido expulsado del cielo para que ya no pueda acusarnos ante el juicio divino. La victoria de Cristo sobre él es evidente en la cruz (Co. 2:13-15).

El catecismo entonces declara la preciosa verdad de que nuestra seguridad de salvación y nuestra perseverancia en la fe son también el trabajo de Cristo. “[Cristo] me preserva de tal forma que sin la voluntad de mi Padre en el cielo ningún cabello puede caer de mi cabeza”. Esto se tomó de Mateo 10:29-30: “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Y sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin permitirlo vuestro Padre. Y hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados.” Para poseer el consuelo prometido en el Evangelio, necesito saber que el cuidado soberano de Dios se extiende a todos los aspectos de mi vida. Nada me pasa lejos de la voluntad de Dios. De hecho, “todas las cosas deben cooperar para mi salvación” (ver Rom. 8:28). Dios ha ordenado todas las cosas. Nos redime del pecado. Y al final, Dios lo tornará para mi bien.

Finalmente, aprendemos que este consuelo se vuelve mío a través del trabajo del Espíritu Santo. “Por qué, por su Espíritu Santo, Él también me asegura la vida eterna”. El Espíritu Santo es testigo de la verdad de la Palabra de Dios y confirma la promesa que me hizo Dios que Él salvará a todo aquél que confíe en Cristo. Este mismo Espíritu que mora en mi interior “me hace desear con todo mi corazón y estar listo de ahora en adelante para vivir en Él”. Es Dios quien verá Su buen trabajo hasta el final. Aquel que me justifica también me santificará. Él que empezó la buena obra en mí la verá hasta el final.

Saber estas cosas me da un consuelo indescriptible en la vida y en la muerte.

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