El último sacrificio

15 Nov
El Sermón Dominical
Domingo 14 de Noviembre del 2010
El último sacrificio
Pastor Tony Hancock
¡Qué bueno es estar aquí en la presencia del Señor! Este es un
momento muy especial. Quiero que nos imaginemos, por un momento,
que en lugar de vivir en América en el año 2010, viviéramos en
Judá, allá por el año 900 a.C. Regresemos mil, dos mil, casi
tres mil años atrás para imaginar, por un momento, cómo sería
para una familia la experiencia de adorar a Dios.
Para empezar, sólo había un templo en todo el país al cual
acudir. Dios había guiado al rey Salomón a construir el templo
en la ciudad capital de Jerusalén, y era el único templo donde
moraba la presencia de Dios. Había que hacer un viaje largo para
ir al templo, y muchas familias no podían ir cada semana. Cuando
iban, sin embargo, era un tiempo de gran gozo.
Al ir subiendo por las colinas que llevaban a Jerusalén, llegaba
el momento en que daban la vuelta a una de las curvas en el
sendero y veían, por primera vez, al templo resplandeciente bajo
el sol. Cada rincón brillaba con oro, con plata, con bronce,
anunciando que allí moraba la Luz de todas las naciones.
La familia no iba con las manos vacías; por una soga llevaban
uno de los animales de su rebaño, un cordero o un chivo. Al
llegar al templo y entrar en su patio, la primera cosa que se
veía era un enorme altar. El altar estaba entre la entrada al
patio y el templo, donde estaba la presencia de Dios. Sobre ese
altar, el animal sería sacrificado y su sangre derramada. Sólo
así podrían las personas estar en la presencia de Dios y
adorarle.
¿Por qué exigía Dios que la forma de acercarse a El fuera por
medio de la sangre? ¿Por qué eran necesarios todos esos
sacrificios? ¿Por qué tanto derramamiento de sangre? ¿Será que
Dios es cruel? ¡Quizás le gusta ver sufrir a los animales
inocentes! ¿Será que Dios es un sádico?
¡No! ¡Dios no es cruel! ¡No es ningún sádico! Más bien, Dios es
justo y santo, y nosotros no lo somos. La razón por la que el
único modo de acercarse a Dios era por medio de la sangre es
porque la sangre es el único modo de quitar la culpabilidad del
pecado.
Leamos Levítico 17:11: “Porque la vida de la carne en la sangre
está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por
vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.”
Esto forma parte de la ley que Dios le dio a su pueblo por medio
de Moisés. La sangre representa la vida de cada criatura. En
cambio, la paga del pecado, su consecuencia automática, es la
muerte. Nos lo dice Romanos 3:23: “por cuanto todos pecaron, y
están destituidos de la gloria de Dios”. La única forma,
entonces, en que un ser pecador podría estar en la presencia de
un Dios santo es que algo cubriera su mortífero pecado. La única
substancia capaz de hacer tal cosa es la sangre, pues en ella
está la vida. Esto es lo que significa la propiciación.
Dios ve nuestro pecado, y en su justicia El se enoja. Nosotros a
veces somos capaces de enojarnos cuando vemos alguna injusticia
– cuando llegamos a saber de algún niño violado, o de alguna
persona inocente que ha sido vilmente estafada.
Si aun nosotros, siendo tan imperfectos, somos capaces de sentir
algo de ira frente al pecado, ¿cómo se sentirá Dios, en su
perfección y santidad, cuando ve los pecados tuyos y los míos?
Pero tú dirás: Yo nunca he violado a nadie, ni soy ningún
estafador. ¡Pero no has entendido cómo ve Dios tus propios
pecados! Siendo Dios un Dios de verdad, ¿qué sentimiento le
causa aquella mentirita piadosa que dijiste el otro día?
Siendo Dios un Dios de fidelidad, ¿qué pensará de la forma en
que viste a aquella mujer que pasó caminando por la calle ayer?
Dios ve todos nuestros pecados – pecados de pensamiento, de
palabra y de hecho – y se enoja. Es la reacción natural de su
santidad.
Pero en lugar de destruirnos en su enojo, El ha creado una forma
en que su enojo puede ser aplacado, para poder mostrarse
propicio hacia nosotros. Es por eso que el sacrificio de sangre
se llama propiciación; cubre el pecado, que despierta la ira de
Dios, y lo hace propicio, favorable hacia nosotros.
Sin embargo, el sistema de sacrificios de animales sólo era
temporal. No era un sistema ideal, pues los sacrificios se
tenían que seguir repitiendo de manera constante. El sistema de
sacrificios en Israel fue sólo una medida temporal mientras se
cumplía el propósito de Dios, un proyecto preparatorio para el
sacrificio final y verdadero.
Ese sacrificio sucedió hace casi dos mil años, en Palestina. No
fue el sacrificio de algún animal, sino de un hombre. Se
describe en Marcos 15:33-39, entre otros pasajes:
15:33 Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la
tierra hasta la hora novena.
15:34 Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi,
Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has desamparado?
15:35 Y algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: Mirad,
llama a Elías.
15:36 Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre, y
poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad,
veamos si viene Elías a bajarle.
15:37 Mas Jesús, dando una gran voz, expiró.
15:38 Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba
abajo.
15:39 Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después
de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este
hombre era Hijo de Dios.
Aquí se describe el evento, pero para entenderlo, tenemos que ir
a otro pasaje. Vayamos a Hebreos 10, y leamos para empezar los
versos 1 al 4:
10:1 Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros,
no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los
mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año,
hacer perfectos a los que se acercan.
10:2 De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan
este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia
de pecado.
10:3 Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los
pecados;
10:4 porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no
puede quitar los pecados.
¿Para qué servía el sistema de leyes del Antiguo Testamento?
Servía para prepararle el camino al Señor Jesús. Los sacrificios
de animales nunca podrían ser una solución final. Pero al fin
llegó Jesús, al que señalaban esos sacrificios. Leamos de El en
los versos 5 al 10.
10:5 Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y
ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo.
10:6 Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.
10:7 Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu
voluntad, Como en el rollo del libro está escrito de mí.
10:8 Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y
expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron
(las cuales cosas se ofrecen según la ley),
10:9 y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer
tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto
último.
10:10 En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del
cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.
En el cuerpo sin pecado que se le había preparado, Jesús llegó
para cumplir cabalmente la voluntad de su Padre. Lo que nosotros
éramos incapaces de hacer a causa de nuestro pecado, El lo hizo
con su obediencia perfecta. Por medio de su sacrificio, de su
sangre derramada en la cruz, nosotros somos hechos santos –
nuestros pecados escondidos para siempre bajo la sangre de
Jesucristo.
Leamos los versos 11 al 14:
10:11 Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando
y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que
nunca pueden quitar los pecados;
10:12 pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un
solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la
diestra de Dios,
10:13 de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean
puestos por estrado de sus pies;
10:14 porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a
los santificados.
Bajo el sistema judío, los sacerdotes ofrecían continuamente
sacrificios de animales. Pero ahora, se ha ofrecido un
sacrificio que es eficaz para siempre. Jesús no tiene que seguir
muriendo. Su sacrificio no se tiene que repetir. Cuando tomamos
la cena del Señor, no estamos repitiendo su sacrificio, porque
ese sacrificio no se tiene que repetir. Estamos recordando el
sacrificio que hizo una vez por todas, para hacernos perfectos.
Leamos finalmente los versos 15 al 18:
10:15 Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después
de haber dicho:
10:16 Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos
días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones,
y en sus mentes las escribiré,
10:17 añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y
transgresiones.
10:18 Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por
el pecado.
Después del sacrificio hecho por Jesucristo, ya no queda ningún
otro sacrificio por el pecado. Estamos viviendo bajo el nuevo
pacto, y gracias al sacrificio de Jesucristo, Dios nunca más se
acordará de los pecados y las maldades de quienes han llegado a
confiar en Jesucristo.
Por eso, cuando vemos a Jesucristo en la cruz, no estamos viendo
solamente un ejemplo de amor, ni estamos viendo solamente una
inspiración para sacrificarnos por otros también, aunque su
muerte tiene estos significados. Estamos viendo el sacrificio
final que cubre todo nuestro pecado, si se lo entregamos en
arrepentimiento y confesión, y nos hace perfectos ante Dios de
una vez por todas.
Te invito, en este momento, a traerle a Jesús todos tus pecados
y todas tus fallas. Tú no tienes nada para sacrificar y así
quitarlos. Sólo su sacrificio es suficiente para que puedas ser
perdonado, perfeccionado y purificado. Sólo por medio de El
puedes entrar a la presencia de Dios y adorarle.
Ya no cargues más el pecado. Ven a Cristo, y déjalo ante la
cruz. El es el último sacrificio. Acéptalo hoy por fe como el
sacrificio perfecto por tus pecados. Toda tu culpa, todo tu
alejamiento de Dios puede ser quitado. ¡La sangre de Cristo es
suficiente!
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