El valor de la vergüenza

11 Oct

El Sermón Dominical
Domingo 10 de Octubre del 2010

El valor de la vergüenza
Pastor Tony Hancock

Introducción

Todos, si somos honestos, hemos hecho cosas de los cuales nos
avergonzamos, cosas que deseamos que nadie supiera, cosas que
nos hacen subir el color con sólo recordarlos

Me sucedió una experiencia de esas cuando estaba en la prepa.
Vivíamos en una ciudad muy correcta. Había iglesias en cada
esquina, a nadie se le ocurría tirar basura en las calles, en
fin – todos se portaban bien. Un día, poco después de conseguir
la licencia de manejo, yo iba conduciendo por la calle principal
del pueblo. Iba pensando en otras cosas, no sé qué, cuando de
repente me di cuenta de que estaba a punto de pasar una luz
roja. Frené súbitamente, y me detuve patinando en medio de una
intersección. Todos los conductores que estaban allí me miraron
con expresiones raras, pero mirando las caras, no vi a nadie que
conocía. ¡Qué bueno que nadie me vio!, pensé.

Ese domingo, en la iglesia, un amigo se me acercó y me dijo, “Yo
estaba corriendo en la calle principal el otro día y creo que te
vi manejando. ¿Fuiste tú quien casi se pasó esa luz roja?”

Yo había estado tan seguro que nadie me había visto, que mi
error había pasado desapercibido, y en ese momento fui
descubierto. Se destruyó mi fama de ser buen conductor.

Es fue un incidente muy pequeño, aunque uno que recuerdo tantos
años después. Todos hemos conocido el fracaso, y la vergüenza
que trae. De hecho, el primer gran predicador de la Iglesia tuvo
esta experiencia. Vamos a leer acerca de su experiencia, y cómo
le afectó.

Primera lectura: Juan 18:15-18

18:15 Y seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Y este
discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró con
Jesús al patio del sumo sacerdote;
18:16 mas Pedro estaba fuera, a la puerta. Salió, pues, el
discípulo que era conocido del sumo sacerdote, y habló a
la portera, e hizo entrar a Pedro.
18:17 Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú
también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo
soy.
18:18 Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían
encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y
también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose.

Pedro fue el discípulo que le había dicho a Jesús, “Aunque todos
te abandonen, yo nunca te dejaré.” Y cuando los soldados
llegaron para arrestar a Jesús, Pedro había hecho un esfuerzo
muy valiente de defenderlo. Claro, su acción fue mal pensada, y
todo lo que logró fue cortarle la oreja a un siervo del sumo
sacerdote, pero por lo menos hizo el intento. Y ahora que Jesús
ha sido arrestado, Pedro está siguiendo detrás de El – quizás
sin saber qué va a hacer, o cómo podrá ayudar a su Maestro, pero
con buenas intenciones.

Otro discípulo acompaña a Pedro, y probablemente es Juan –
aunque no se menciona el nombre. Juan tiene alguna clase de
amistad o conexión con el sumo sacerdote, así que ellos llegan a
entrar al patio de lugar a donde le han llevado a Jesús para
interrogarlo. Juan obviamente había estado aquí antes. Para él,
este lugar era conocido. Pero para Pedro, todo es nuevo. Pedro,
un sencillo pescador, humilde, se siente intimidado al pensar
que está entrando al patio de la caso del sumo sacerdote.

El quizás se sentía como se sentiría un buen católico que estaba
llegando al Vaticano para visitar al Papa. No quisiera parecer
fuera de lugar, no quisiera hacer nada chocante, no quisiera
hacer nada para dar la impresión de que no debía de estar en ese
lugar.

Y justo cuando él entra al patio donde vive el hombre más
poderoso del judaísmo, justo cuando esa sensación de temor y de
pánico llega a su apogeo, una sirvienta la pregunta, con
desprecio en la voz: “Tú no eres uno de sus discípulos también,
¿o sí?”

El instinto más poderoso dentro de Pedro es el deseo de
combinarse con los demás, de verse como cualquier otro que está
allí, de no verse raro. Y entonces, él dice sin reflexión, “No,
no lo soy”.

Y así, tan lógicamente, sin pensarlo, Pedro se empieza a hundir.
Tan fácilmente niega a su Maestro.

Mientras tanto, otras cosas le están pasando a Jesús.

Segunda lectura: Juan 18:19-24

18:19 Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus
discípulos y de su doctrina.
18:20 Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo;
siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde
se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto.
18:21 ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído,
qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he
dicho.
18:22 Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que
estaba allí, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes
al sumo sacerdote?
18:23 Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué
está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?
18:24 Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.

Jesús está siendo interrogado por el sumo sacerdote, el hombre
más importante del judaísmo. Dentro del sistema judío, el tenía
poder que igualaba o superaba al del Papa. A este hombre
maquiavélico sólo le interesan dos cosas: las implicaciones
políticas del movimiento que gira en torno a Jesús, y las
implicaciones teológicas de sus enseñanzas. Pero obviamente le
importa más lo político que lo espiritual, juzgando por el orden
en que Juan los menciona. Así que, el sacerdote la pregunta a
Jesús acerca de sus discípulos y sus enseñanzas.

Y mientras que Pedro está en el patio, negando tener nada que
ver con el criminal acusado que está siendo interrogado adentro,
Jesús tampoco dice nada acerca de sus discípulos. Después de
todo, ellos podían haber hablado a su favor. Podían haber dicho
que Jesús era muy bueno, podían haber testificado de que El no
tenía ninguna aspiración política, podían haber hablado de su
carácter.

Y Jesús, que lo sabe todo, sabía también que ellos estaban
presentes en el patio. Pero a pesar de que El sabía que estaban
presentes, Jesús no los menciona. Fácilmente podía haber dicho:
“¿Quieren saber de mis discípulos? Pues ¡dos de ellos están
ahora en el patio! ¡Hablenles a ellos!”

Pero Jesús no dijo esto. No mencionó a ninguno de sus
discípulos.

Pero la motivación del silencio de Jesús no era la misma que
motivaba a Pedro. Jesús no estaba avergonzado de sus discípulos.
Más bien, El sabía que cualquier persona que fuera conectada con
El caería en gran peligro. Así que, El los protegió con su
silencio.

¡Qué ironía! Mientras Jesús protegía a sus discípulos, Pedro
negaba a su Maestro.

Y no sólo lo hizo una vez.

Tercera lectura: Juan 18:25-27

18:25 Estaba, pues, Pedro en pie, calentándose. Y le dijeron:
¿No eres tú de sus discípulos? El negó, y dijo: No lo soy.
18:26 Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a
quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: ¿No te vi yo
en el huerto con él?
18:27 Negó Pedro otra vez; y en seguida cantó el gallo.

Habíamos dejado a Pedro, caléntandose junto a un fuego con los
demás en el patio, cuando otra persona le hace la misma pregunta
que había hecho la sirvienta. Quizás reconocía a un extraño en
el patio del sumo sacerdote, y quería saber quién era. “Tú no
eres uno de los discípulos de aquel hombre, ¿o sí?” le
preguntan, y Pedro niega tener nada que ver con Jesús.

Entonces el fuego se enciende un poco, y de repente se ve con
más claridad en medio de la noche tenebrosa. Uno de los allí
parados reconoce a Pedro; tiene buena razón por reconocerlo,
pues es un pariente del hombre a quien Pedro le había cortado la
oreja. “Tú estabas con el en el jardín”, le dice, y Pedro lo
niega nuevamente.

En ese momento, como Jesús lo había predicho, un gallo empezó a
cantar.

Bien nos imaginamos cómo se habrá sentido Pedro en ese momento.
Sin pensar muy bien en lo que estaba haciendo, él había negado
siquiera conocer a Aquel a quien juró que nunca lo negaría.
Había fallado a su Señor. Había permitido que el temor tanto lo
controlara que había abandonado a su Maestro en su hora de mayor
necesidad.

Los otros Evangelios nos dicen que Pedro huyó del lugar y lloró
descontroladamente. Habrá sentido que ya no había esperanza para
él. Después de todo, él no había entendido que era necesario que
Jesús muriera. Tampoco había entendido que Jesús resucitaría. En
ese momento, según lo que él sabía, quizás nunca volvería a ver
a Jesús. Este hombre a quien tanto amaba, a quien había seguido
por 3 años, de quien había aprendido tanto, sería ejecutado – y
Pedro, en su cobardía, había negado que lo conocía.

Pero la historia no termina allí. Una segunda vez en el
evangelio de Juan se menciona un fuego de carbón. Está en

Cuarta lectura: Juan 21:15-17

21:15 Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón,
hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí,
Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis
corderos.
21:16 Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me
amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo.
Le dijo: Pastorea mis ovejas.
21:17 Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?
Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me
amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes
que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.

Después de su muerte y su resurrección, Jesús está reunido con
sus discípulos a la orilla del mar. Han desayunado, y Jesús
empieza a conversar con Pedro. ¿Qué le diría Jesús? ¿Le hablaría
de esa noche tan negra cuando Pedro lo negó? ¿Le preguntaría por
qué lo había hecho? ¿Le diría, Ya te dije que me ibas a negar?

Jesús le pregunta: ¿Pedro, me amas? ¿De veras me amas más que
estos otros discípulos? Pedro ya no tiene la misma confianza de
antes. El responde, Tú sabes que te amo, pero ya no está
dispuesto a decir que su amor sobrepasa al de los otros
discípulos.

Jesús no lo reprende, ni siquiera le dice Te lo dije. Jesús no
le dice, Ya ves que no deberías de ser tan confiado de ti mismo.
Tampoco le dice, Veremos si puedes hacer mejor la próxima vez.
Más bien, tiernamente le da a Pedro 3 oportunidades para
declarar su amor por Cristo, así como Pedro había negado 3 veces
a su Señor.

Y como respuesta a las afirmaciones que Pedro da de su amor,
Jesús declara nuevamente la gran responsabilidad que se le ha
confiado a Pedro. En vez de verse descalificado por su falla,
Pedro todavía tiene la responsabilidad de alimentar el rebaño de
Cristo. Todavía será él quien predica el sermón en el cual se
establece la Iglesia, el sermón en el día de Pentecostés en el
que habitantes de muchas tierras oyen el evangelio en su propio
idioma.

La falla de Pedro no es final. Y de esto se trata la gracia.

Cristo responde a nuestras fallas de la misma manera en que
respondió a la de Pedro. El no requiere gente perfecta. El no
nos dice, Ya te lo dije, cuando le fallamos. Así como Pedro
falló, todos le hemos fallado a nuestro Señor de alguna manera u
otra. Ninguno de nosotros es perfecto.

Pero Jesús llega a nosotros, así como llegó a Pedro, y en base a
su propia muerte en la cruz por nosotros, El nos ofrece perdón y
restauración. El nos ofrece la oportunidad de serle útiles en
servicio.

Quizás en esta mañana tú estás llevando la carga de un pecado
viejo, alguna manera en que tú le fallaste al Señor. Puede ser
que tú te sientes incapaz de servirlo, y no puedes aceptar su
amor.

Pero no importa cómo le has fallado al Señor. En amor, El desea
perdonarte. Ningún pecado es imperdonable, si venimos a Cristo
en arrepentimiento.

La actitud que Jesús tomó con Pedro es la misma actitud que El
toma con cualquier seguidor suyo que ha fallado. Así que, deja
ese bulto. Suelta la carga de culpa que estás llevando, y acepta
el perdón de Dios.

En el Reino que Jesús vino a establecer, la culpa y el perdón
funcionan de una manera muy distinta. Cuando nosotros como seres
humanos perdonamos, lo hacemos sin muchas ganas. Queremos que la
persona que nos ofendió se sienta mal. Y queremos retener el
derecho de hacerles recordar su falla.

Pero el perdón de Cristo, y el perdón que El quiere que
extendamos a otros, viene sin condiciones, sin culpa. En El,
podemos ser libres del pasado. Podemos ser libres de la culpa y
la vergüenza que cargamos. Podemos ser libres para servirle en
gozo y en gratitud.

Si tú eres creyente, y cargas la culpa de algún pecado pasado,
acepta hoy el perdón y la gracia de Jesús. Deja de reprocharte,
y recibe su gracia. El quiere restaurarte y usarte.

Y si tú nunca has aceptado el perdón de Cristo, si tú nunca te
has comprometido con El, para seguirle y conocer su perdón,
puedes hacerlo. La Biblia nos dice que todos hemos pecado, y que
la paga de nuestro pecado es la muerte. Pero también nos dice
que Dios cargó sobre Cristo la culpa de todos nosotros. Para
recibir su perdón, lo que Dios nos exige es que nos arrepintamos
de nuestro pecado y que pongamos nuestra confianza en El. Es
decir, que recibamos por fe el perdón que Cristo nos ofrece. El
murió en la cruz en nuestro lugar.

Si nunca has aceptado a Cristo, no esperes más. Hazlo hoy.

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