¿A quién agradamos?

3 Oct

¿A quién agradamos?

La Biblia nos habla en varias ocasiones de no tener pleitos ni conflictos con los hermanos…

“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:3)
Pero también las cartas del Apóstol Pablo a las iglesias son bastante claras y en ocasiones, duras en cuanto a mantener el lugar, la posición y el cuidado de la fe que profesamos.

En Gálatas 1:6-10 dice:

“Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas, si aún nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema. Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo”
Pablo defendía el evangelio que se le había encomendado. No dudaba en condenar como “anatema” (madito de Dios) a quien quiera cambiar esto. Y en esa defensa, no le preocupaba “quedar mal con los hombres” sino agradar a Dios.

A lo largo de las actividades que encaramos, nos enfrentaremos muchas veces a la posibilidad, no ya de desagradar a Dios, sino de conformar a los hombres. Si predicamos o enseñamos correctamente la Palabra de Dios, El ciertamente no se desagradará de nosotros, pero como lo que enseñemos afectará o condicionará actitudes de personas, ellas serán las que se molestarán por nuestros dichos y enseñanzas.

¿Por qué sucede esto? Pues… porque se enfrentan a cosas que deben cambiar ante Dios,ya sean pecados u otras conductas y eso no agrada a casi nadie. Entonces, para no desagradar a su propia carne, “atacan” a quien les trae el mensaje de Dios con diferentes tácticas y argumentos.

Y es necesario que nos apoyemos y alentemos con las palabras del Apóstol:

“Porque nuestra exhortación no procedió de error ni de impureza, ni fue por engaño, sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones” (1 Tesalonicenses 2:3-4)
“Admitidnos: a nadie hemos agraviado, a nadie hemos corrompido, a nadie hemos engañado” (2 Corintios 7:2)
Recordemos: Si enseñamos la Palabra de Dios, no nos preocupemos por los que se puedan ofender.

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