Fiabilidad de la Biblia parte 2

21 Sep
2. LA FIABILIDAD DE SU TRANSMISIÓN
2.1. ANÁLISIS COMPARATIVO
Pero, ¿podemos tener confianza en que nos han llegado fielmente las copias, ya que carecemos de los originales? Si aplicamos al Nuevo Testamento los mismos criterios que a otros libros, nos damos rápidamente cuenta de que su transmisión es mucho más segura que la de cualquier otro libro jamás escrito. Hemos visto que las dos primeras copias enteras que tenemos del Nuevo Testamento están a una distancia de unos 300 años de cuándo se escribió en el siglo I. Ya que los evangelios pretenden ser historia, consideremos los documentos que conservamos de otros libros históricos:
— Las Guerras de las Calías de Julio César, escrita en el siglo I a.C. conserva algunos manuscritos, pero sólo unos pocos bien conservados, y el más antiguo es de 900 años posterior a la escritura de la obra.
– De los 142 libros de la Historia de Roma de Livio (59a.C.-17d.C.) sólo sobreviven 35; nos son conocidos por unos 20 manuscritos, sólo uno de los cuáles (que contiene fragmentos de los libros iii-vi) está próximo al original al ser del siglo IV.
— De los 14 libros de la Historia de Tácito (vivió entre el siglo I y II d.C.) sólo cuatro y medio han llegado hasta nosotros. Y de los dieciséis libros de los Anales, sólo tenemos 10 enteros   y otros dos en parte. El texto de estas dos obras depende enteramente de dos manuscritos, uno del siglo IX y otro del siglo XI.
— La Historia de Tucídides (s. V a.C.) depende de ocho manuscritos  —el más temprano de los cuales es del 900 d.C. aprox.— y de algunos pedazos de papiro de principios de la era cristiana. Algo similar sucede con el otro gran historiador griego de la antigüedad, Herodoto (488 aprox.-428 a.C.).
Podemos afirmar con seguridad, pues, que los evangelios, y el Nuevo Testamento en general, son mucho más fiables que cualquier otro libro que goza de aceptación de autenticidad sin discusión. Las dos versiones enteras más antiguas que conservamos están a muy poca distancia del original, en comparación con la gran mayoría de obras que poseemos de la antigüedad. El Nuevo Testamento supera, además, a cualquier otro libro en el número de manuscritos existentes, lo cual nos permite precisamente someter a prueba su exactitud. Los manuscritos en griego que contienen el Nuevo Testamento entero o en parte rondan los 5000, mientras que, por ejemplo, la obra más grande de la literatura clásica, la Iliada de Hornero, sólo contiene cerca de 650 manuscritos.
Al margen de los manuscritos griegos, también tenemos otro tipo de documentos, ya que el Nuevo Testamento, y la Biblia en general, fueron traducidas a diversas lenguas a medida que el cristianismo avanzaba a velocidad vertiginosa. Y son también muy importantes porque algunas de estas versiones se remontan a fechas bastante tempranas. Entre ellas cabe destacar la versión antigua siriaca, resultado de la expansión del cristianismo por Siria y Mesopotamia. Esta versión se originó ya en el siglo II, como está atestiguado por la versión siriaca sinaítica y la siriaca curetoniana. Del siglo II es también El Diatessaron de Taciano, que es un intento de hacer una narración única a partir de los cuatro evangelios. Ya en el siglo V tenemos la llamada versión Peshitta, o versión siriaca común, de la cual tenemos 243 manuscritos, y que sigue la versión antigua.
Conforme la lengua griega empezó a quedar relegada a los círculos cultos, la lengua natural del imperio, el latín, se fue imponiendo y fue necesario hacer traducciones a esta lengua. No tenemos ningún manuscrito entero de una versión completa en latín. Pero muchas partes del Antiguo y del Nuevo Testamento pueden ser reconstruidas mediante las citas de los primeros padres de la iglesia. Se cree que esta traducción circuló en el norte de África sobre el año 250. De los fragmentos que han quedado se puede deducir que existieron dos versiones: la africana y la europea. En el siglo IV, Jerónimo llevó a cabo la revisión del texto latino dando lugar a la versión latina conocida como Vulgata, versión que llegó a ser proclamada la oficial de la Iglesia Católica en el concilio de Trento’ en 1546. Sólo en Europa tenemos unos 8.000 manuscritos de esta versión.
Otra versión importante es la copta en Egipto (la versión sahídiea es de entorno al año 200). Otras menos importantes son la armenia, la geórgica, la etíope, la gótica y la arábiga.
Finalmente, a todo lo dicho también podemos añadir los manuscritos cursivos -o en minúsculas- que van del siglo IX al XVI, de los cuales tenemos 2.500 documentos, entre los que hay 800 que contienen el texto de los Evangelios y 46 el Nuevo Testamento completo. También podemos hacer referencia a los leccionarios usados en los servicios litúrgicos de la iglesia que contenían porciones, entre otros, de los evangelios: tenemos, según algunos eruditos, más de 2.000; el más antiguo es el Romano, que se sima en el siglo V. Todo ello sin olvidar que tenemos tantas referencias en los escritores cristianos de la antigüedad como para reconstruir casi por entero el Nuevo Testamento.

2.2. EL CUIDADO DE LA TRANSMISIÓN

Este gran número de manuscritos nos habla del empeño que los cristianos pusieron en velar por la conservación y la transmisión de lo que creían el mensaje divino. Y, lo más importante, la comparación de tan gran número de documentos permite, sin duda, desarrollar un minucioso estudio crítico; y éste nos lleva a la conclusión de que la coincidencia de los documentos es tan alta que no puede caber ninguna duda sobre la fiabilidad de su transmisión por los copistas. Cualquier otro documento literario o histórico de la antigüedad quisiera para sí estas condiciones que poseen los evangelios y el Nuevo Testamento en general. Cabe preguntarse qué ánimo está detrás de esta postura de sospecha sobre ellos. Como dice F.F. Bruce, «si el Nuevo Testamento fuera una colección de escritos seculares, su autenticidad sería considerada generalmente más allá de toda duda. Es un dato curioso que los historiadores han estado más dispuestos a confiar en los registros del Nuevo Testamento que muchos teólogos»

Pero si esto no fuera suficiente, podemos añadir una serie de razones que nos muestran el esmero con que los copistas transmitieron los escritos del Nuevo Testamento. Philip W. Comfort, -experto en documentos griegos del NT, nos ofrece seis razones:

1. La mayoría de los escritores del NT    eran judíos que creían que el Antiguo Testamento (AT) era la Palabra inspirada por Dios.

Es lógico pensar que los escribas cristianos de origen judío emularían las prácticas tan precisas y concisas de los escribas judíos del AT.

2. La mayoría de las primeras copias de varios libros del NT fueron realizadas por escribas que debían considerar que estaban copiando un  texto  sagrado. Desde los inicios, los evangelios fueron considerados palabra autoritativa, revestida de la misma autoridad que los libros del AT.

3. La mayoría de los libros del NT son obras de literatura, especialmente los evangelios y los Hechos de los Apóstoles, Es evidente que los primeros en hacer copias de estos libros tendrían en cuenta también este aspecto, mostrando esmero en preservar el texto original.

4. Todos los papiros, sin excepción, muestran que los primeros cristianos que hicieron copias del texto usaban abreviaturas especiales para designar los títulos divinos {nomina sacra). Esto nos habla del esmero, el respecto y la uniformidad, a la hora de copiar y transmitir los textos.

5. Otro elemento distintivo que nos muestra la uniformidad de la transmisión de los textos consiste en el uso del códex por todos los primeros cristianos. Este uso fue exclusivo del cristianismo hasta fines del siglo II y supuso una ruptura con la manera de hacer del judaismo.

6. La mayoría de los primeras papiros del NT fueron producidos con sumo cuidado  por escribas profesionales y educados. Los paleógrafos han comprobado que muchos de los primeros papiros del NT no fueron escritos de forma libre, sino con un determinado estilo, en este caso llamado «mano documentaría reformada». Muy probablemente estos escribas recibieran un sueldo por su trabajo, y es probable que hubiera algún centro que regulara esa actividad, tal como sucedía en la escuela de Alejandría.

fuente bibl:

David Galcera, ¿Hay alguien ahi?, ed. Clie, pag. 252-255

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