LA ORACION QUE SACUDE AL INFIERNO

14 Jul
David Wilkerson Today



WEDNESDAY, JULY 14, 2010



LA ORACION QUE SACUDE AL INFIERNO 



Cuando el libro de Daniel fue escrito, Israel estaba en cautiverio en

Babilonia. Y, por el capitulo seis, después de una larga vida ministerial,

Daniel tenía ochenta años.



Daniel fue siempre un hombre de oración. Y ahora, en su vejez, no pensaba

bajar la guardia. Las Escrituras no mencionan que Daniel se haya agotado o

desanimado. Por el contrario, Daniel apenas comenzaba. La Escritura muestra que

aun a sus ochenta años, sus oraciones sacudían al infierno, enfureciendo al

diablo.



El rey Darío promovió a Daniel al oficio más alto en toda la nación. Daniel

llegó a ser uno de los tres presidentes de igual nivel, quienes regían sobre

príncipes y gobernadores de 120 provincias. Darío favoreció a Daniel sobre

los otros dos presidentes, poniéndolo a cargo de desarrollar la política de

gobierno y de capacitar a todos los miembros del tribunal e intelectuales

(Daniel 6:3).



Obviamente, Daniel era un profeta ocupado. Sólo alcanzo a imaginarme los tipos

de presión que existían sobre este ministro, con su ocupado horario y

reuniones que le absorbían el tiempo. Nada, sin embargo, podía apartar a

Daniel de su tiempo de oración; él nunca estaba demasiado ocupado para no

orar. La oración seguía siendo su ocupación central, por encima de todas las

otras exigencias. Tres veces al día, él se retraía de todas sus obligaciones,

cargas y exigencias como líder para pasar tiempo con el Señor. Simplemente de

retiraba de todas las actividades y oraba. Y Dios le respondía. Daniel

recibía toda su sabiduría, dirección, mensajes y profecías mientras estaba

de rodillas (Daniel 6:10).



Usted se preguntará: ¿Cuál es la oración que sacude al infierno? Viene del

siervo diligente y fiel, que ve su nación e iglesia cayendo más y más en

pecado. Esta persona cae de rodillas, clamando: “Señor, no quiero aislarme

de lo que está sucediendo. Déjame ser un ejemplo de tu poder guardador en

medio de este siglo pecaminoso. No importa si nadie más ora, yo voy a orar”.



¿Demasiado ocupado para orar? ¿Dice usted: “Yo simplemente lo recibo por

fe”? Quizás piense: “Dios conoce mi corazón; Él sabe cuán ocupado

estoy. Yo oro en mi mente a lo largo del día”.



Creo que el Señor desea calidad, un tiempo no apresurado a solas con nosotros.

La oración, entonces, se convierte en un acto de amor y devoción, no sólo en

un tiempo de petición.



 







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