¿María corredentora?

14 Jul

¿María corredentora?

En su edición del 10 de septiembre (1977), Clarín publicó una nota acerca de “la sorprendente posibilidad de que el Papa Juan Pablo II declare como verdad infalible que la virgen María es ‘corredentora de la humanidad, mediadora de todas las gracias y abogada del pueblo de Dios’.”

por Roberto Bedrossian

Aunque se trate de una posibili­dad, este tema dista de ser sor­prendente, no sólo por la cono­cida devoción mañana de Juan Pablo u, sino porque constituiría el desenlace y culminación lógicos de la expansión creciente, a partir del siglo iv, del culto a María. El mismo Conci­lio Vaticano u, tan moderado en algu­nos aspectos, manifestó en su «Consti­tución dogmática de la Iglesia» (N° 62): «Por este motivo (se refiere a la cooperación activa de María en la re­dención), la Santísima Virgen es in­vocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Ayudadora, Me­diadora. Lo cual, sin embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada nada a la dignidad y eficacia de Cristo». Traduciendo este galima­tías: Cristo es el Mediador, pero hay otros mediadores (en este caso María, en otros el Papa, los santos, los sacerdo­tes).

Tratar este tema resulta incómodo para el autor. Por una parte, porque se trata de un asunto muy sensible para la devoción católica, la cual es digna de todo respeto; por otro lado, porque en nuestra niñez escuchamos horroriza­dos —y no hemos podido olvidarlo— a alguien afirmar con tono enfático que

«los protestantes escupen a la Virgen y a los santos» en referencia a sus imáge­nes. Si bien tamañas injurias hoy no son frecuentes, es bastante común que se nos diga: «Ustedes, los evangélicos, no creen en la Virgen, ¿no es cierto?». Por ello se hace indispensable dejar en claro desde el inicio que nuestra discrepancia es respecto del culto a María (en muchos casos, y no exclusivamente en los estratos po­pulares, difícil de distinguir de una literal mariolatría), y nada tiene que ver con nuestro amor y admi­ración a Apersona de María, como el santísimo instrumento elegido por Dios para ser la madre de nues­tro Señor Jesucristo. Ninguna mu­jer recibirá nunca una gracia ma­yor. Como su prima Elizabeth dije­ra, ella es bienaventurada entre todas las mujeres (Lucas 1.42).

Antes de considerar en un próximo artículo los aspectos his­tóricos y bíblicos del culto mariano (Virginidad perpetua, Madre de Dios, Inmaculada concepción, Asunción, Mediadora y partícipe —hasta hoy, sólo partícipe y co­operadora— en la redención) debemos hacer mención de tres tópicos, que nos permitirán introducirnos en un indis­pensable panorama aclaratorio.

La conversión del Imperio Romano

Frecuentemente se adjudica a Constantino la «conversión» del Imperio Romano al cristianismo. En realidad, Constantino promulgó en el año 313 el llamado edicto de Milán o edicto de tolerancia, que legalizaba el cristianis­mo, al que luego sin duda favoreció hondamente, porque atribuyó su victo­ria en el puente Milvio (312) contra Majencio a la ayuda del Dios cristiano, puesto que en la noche anterior a la batalla decisiva habría visto en sueños una cruz con la inscripción «in hoc signo vinces» (con esta señal —o estandarte vencerás)-

Así, en tanto con­servaba el título de Pontifex Maximus que le correspondía como sumo sacer­dote del culto pagano en su condición de emperador, convocó y presidió el concilio de Nicea y se bautizó poco antes de su muerte.

Fue Teodosio el Grande, quien go­bernó entre el 379 y 395, el que hacia el 380 declaró el cristianismo como reli­gión oficial del Imperio, y proscribió el paganismo, derribando sus templos o transformándolos en templos cristia­nos. Indudablemente, tan extraordina­rias medidas produjeron notables be­neficios, pero también indujeron a la «conversión» masiva, y en muchos ca­sos forzosa, de los paganos, con una catarata de efectos nocivos; por ejem­plo, «cristianar» con el mero bautismo, fatal fragmentación de los cristianos en dos categorías (clero y laicado), inevi­tables compromisos con las autorida­des imperiales, y muchos otros de los que ni aún hoy nos hemos podido li­brar, y uno de los cuales es pertinente a nuestro tema: en el paganismo tenían extraordinaria importancia las deidades femeninas, inexistentes en el estricto monoteísmo bíblico; poco apoco, y precisamente a partir del siglo iv, el culto mariológico fue llenando ese vacío, así como los santos patronos sustituyeron a los dioses protectores de cada ciudad.

La tradición

En el catolicismo romano hay dogmas importantes que presuntamente se fundan en la Tradición. Frente a ello, los reformadores levantaron la bandera de la sola escritura, porque en ella a través del Nuevo Testamento tenemos las enseñanzas de Jesús y sus apóstoles. ¿Por qué los evangélicos nos oponemos a la autoridad de la Tradición, aunque, por supuesto, estimamos su valor histórico? En primer lugar, porque estrictamente hablando no existe la Tradición, porque en todos los temas teológicos —y esto es inevitable, toda vez que el hombre, a pesar de su fmitud, ansia pensar en el Dios infinito— las opiniones son múltiples, y sólo se puede «unanimizar» las tradiciones descalificando como herejías las no concordantes con la doctrina oficial o, simplemente, pasando por alto las discrepancias (así, por ejemplo, en el caso de la inmaculada concepción, que quedó como dogma obligatorio recién en el año 1854, muchos teólogos anteriores, entre ellos el mismo Santo Tomás, no coincidían porque les parecía una contradicción con la redención universal obrada por Jesucristo). Es decir, cuando se habla de la Tradición, en realidad se trata de una Tradición, que se privilegia como la única válida y existente. En segundo lugar, resulta innecesaria, porque o está de acuerdo con el Nuevo Testamento y entonces es dogmáticamente ociosa, o está en desacuerdo, y entonces también debe ser desechada. Por supuesto, los teólogos pueden intentar desarrollar doctrinas claramente contenidas en las enseñanzas de Jesús y de sus apóstoles, pero no modificarlas o incrementarlas, porque tal actitud supondría el despropósito de considerar que las enseñanzas de Jesús y sus apóstoles pudieran perfeccionarse o completarse. Toda vez que se añade el «y» (la Biblia y la Tradición, la Biblia y la Iglesia, la Biblia y el Papa infalible) ese «y» equivale a un «más», y ese «más» significa que hay un «menos» en el Nuevo Testamento. Por esto la sola Escritura de los reformadores no es algo caprichoso o secundario, sino imprescindible para preservar la total autoridad, idoneidad y suficiencia del Nuevo Testamento o, lo que es equivalente, de las enseñanzas de Jesús y los apóstoles.

La infalibilidad papal

Karl Barth consideraba que la divergencia entre las teologías católica y evangélica radicaba esencialmente en el culto mariano, dado que afectaba a la fundamental doctrina neotestamentaria y reformada de la necesidad universal del perdón de los pecados por la sola gracia de Dios en Cristo Jesús mediante la sola fe. Aunque quizá se trate de enfocar el mismo problema desde otro ángulo, nos parece que el obstáculo mayor para la unión de todos los cristianos, radica en la doctrina de la infalibilidad papal, que fue promulgada como dogma obligatorio para los fieles católicos por el Concilio Vaticano I (años 1869-1870), en un Concilio bastante especial, no sólo por las opiniones contrapuestas dentro del mismo, sino también por la prevalencia numérica de los cardenales italianos para asegurar la votación.

La infalibilidad papal es un escollo infranqueable, porque toda decisión papal dogmática conlleva una obligatoriedad inapelable. Si realmente el Papa decidiera que María es corredentora, el resultado sería muy negativo para el diálogo ecuménico. Precisamente, para que este diálogo fuera realmente fructífero, el Papa debería renunciar a tan extraña condición. Que un hombre falible, elegido en ceremonia secreta por sus pares falibles, se tranforme ipso facto en un hombre infalible —poco importa la distinción de que lo es ex cathedra, es decir, desde el sillón del magisterio (acotación inducida por el tan lamentable caso Galileo), porque fuera ex cathedra o extra cathedra sigue siendo un ser humano—, para nosotros, y con todo respeto para los que disienten con nosotros, es una exigencia que excede largamente nuestra racionalidad y aun nuestra ingenuidad.’*

Roberto Bedrossian es médico cardiólogo, miembro de la Iglesia Bautista en Flores (Capital).

El Expositor Bautista, Nov. 1977

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