Una despedida de “Buenas Noches”

10 Jul

Una despedida de “Buenas Noches”

Charles Haddon Spurgeon fue el más grande predicador de su día.  Sirvió como pastor del Tabernáculo Metropolitano de Londres desde la edad de diecinueve años hasta su muerte.  Por muchos años se vio afligido por la dolorosa condición de la gota.

En el otoño de 1891, mientras se recuperaba de la influenza junto con su sufrimiento acostumbrado de la gota, él y su esposa viajaron a Mentone, su lugar favorito en el soleado sur de Francia.  Durante tres meses sosegados en el Hotel Beau Rivage, Spurgeon trabajaba calladamente en un comentario del Nuevo Testamento  cada vez que podía, mientras él y su esposa disfrutaban el estar juntos en un lugar tan tranquilo.  En tiempos, incluso parecía que estaba mejorando, pero luego el 31 de enero de 1982, después de un día de dolor particularmente severo, Spurgeon entró en el descanso eterno a la edad de sólo 57 años.

El lunes en la tarde, del 8 de febrero, el féretro de Spurgeon arribó en el Tabernáculo Metropolitano y fue colocado debajo de la plataforma del predicador, en donde permaneció por tres días.  En vez de flores, la señora Spurgeon hizo colocar ramas de palmera alrededor del ataúd para significar su victoria.  Unas cien mil personas desfilaron ante el féretro, desde las 6:30 de la mañana del martes, hasta las 7:00 de la noche del miércoles, para honrarlo por última vez.  Los dolientes incluían a miembros del parlamento, los pobres de los barrios bajos, y los demás en el medio, todos unidos para darle su último adiós al Príncipe de los Predicadores.

Ese miércoles se celebraron cuatro servicios conmemorativos, dos de los cuales fueron para el público en general.  Ira D. Sankey y Dwight L. Moody fueron los cantantes.  Siguiendo el funeral el jueves, 11 de febrero de 1892, miles de dolientes se alinearon en la ruta de la procesión funeraria para rendirle tributo al hombre cuyas palabras Dios había usado en sus vidas.

Archibald Brown, pastor del Tabernáculo Oriental de Londres, graduado del Colegio Spurgeon, y uno de sus amigos íntimos, pronunció estas palabras en el servicio que se celebró en el cementerio: “Amado Presidente, Pastor Fiel, Príncipe de los Predicadores, Amado Hermano, Querido Spurgeon:  No te decimos ‘Adiós’, sino sólo un breve ‘Buenas Noches’.  Las buenas noches no es para despedirte, porque tu cuerpo resucitará muy pronto en el primer amanecer del día de la resurrección de los redimidos.  Las buenas noches es para nosotros, que quedamos en la oscuridad de la noche, porque tú estás en la propia luz de Dios.  Sin embargo, nuestra noche también pasará muy pronto, y con ella todo nuestro llorar.  Entonces en tu compañía, nuestros cánticos saludarán la mañana de un día que no tendrá nubes, ni se parecerá a otro, porque allí no habrá noche.  Obrero del campo, tu trabajo duro ya ha concluido.  Recto ha sido el sendero que has arado.  Su curso no se alteró porque no miraste atrás. Las mieses siguieron a tu siembra paciente, y el cielo ya es rico con las gavillas recolectadas, pero se verá todavía más enriquecido a lo largo de los años que conducen a la eternidad.  Campeón de Dios, la batalla larga y noble que libraste ha concluido.  La espada que llevabas en tu mano ha caído finalmente; las ramas de palma han ocupado su lugar.  Ya no presiona más el yelmo tu frente, ni estás fatigado con los pensamientos por la batalla; la corona de victoria de las manos del Gran Comandante ya ha demostrado ser la recompensa completa.  Aquí descansarán por un rato tus preciosos restos.  Luego vendrá el Bien Amado, y a su voz, tu cuerpo se levantará del lecho en la tierra, y se transformará y será semejante al cuerpo glorioso del Señor.  Entonces espíritu, alma y cuerpo magnificarán la redención de Dios.  Hasta entonces amado, descansa.  Alabamos a Dios por ti, y por la sangre del pacto eterno esperamos alabar al Señor en tu compañía.  Amén”.

Reflexión

¿Qué cree que dirán de usted, en su funeral?  Es ahora mientras estamos vivos que determinamos nuestro legado.  Sólo si confiamos en nuestro Señor Jesucristo como Señor y Salvador podemos vivir vidas fructíferas que producirán resultados eternos.

“Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar”(Juan 9:4).

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