Del “Matrimonio Homosexual” y su Legalización

5 Jul

Es cierto que, como se lee en la opinión del día domingo 4 de julio: “Las leyes son fórmulas de consenso cultural, no solamente abstracciones justicieras brotadas de la mente.” Pero también es cierto que, los principios éticos que dan contenido y obligan a los derechos fundamentales, no pueden ser objeto del mero consenso cultural, ya que así es como se llega a un sistema de derecho como el de la Alemania nazi.

Con esto lo que pretendo, es hacer ver que la unión homosexual y su pretensión de ser equiparada al matrimonio heterosexual en cuanto a sus derechos de ser considerada conceptualmente un “matrimonio” en su sentido ontológico y como núcleo social al que se le encomienda la responsabilidad primordial de la crianza de hombres y mujeres, no es simplemente objeto del desacuerdo de una mayoría culturalmente hablando, sino, antes bien, un modo de vida incompatible con los principios éticos que sostienen la cosmovisión cristiana del mundo que sostiene que Dios ha creado al hombre varón y hembra. Esto queda claramente establecido en las palabras del Hombre que es la autoridad máxima de millones de católicos, protestantes y evangélicos, y aún de todos aquellos que reconocen el mérito de su obra, quien dijo sin ambigüedades que: “al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”. (Marcos Capitulo 10, versículos 6 a 8).

Siendo la cuestión que se está tratando, un tema de derechos en un Estado de Derecho, es necesario recordar que la Carta Magna de nuestra Nación, declara en su preámbulo que es Dios la “fuente de toda razón y justicia”. Lo cual nos remite a los principios éticos absolutos como resguardo ante la mera opinión de una mayoría que puede llegar a llamar a lo bueno malo y a lo malo bueno.

Hoy estamos ante algo más que una mera ley que pueda legalizar el llamar “matrimonio” a la unión de parejas homosexuales, e incluso darles la capacidad de adoptar. Estamos ante el paso siguiente en el avance de una sociedad en donde un número cada vez mayor de personas, continúan excluyendo a Dios como autoridad de sus íntimas convicciones morales, y las palabras de Jesucristo como razón última de lo que debemos aprobar y lo que no.

Si el hombre se constituye en la medida de todas las cosas, la moral se transforma en un relativismo apto para aprobar cualquier cosa, con tal de que haya quienes opinen que está bien.

Entonces, podemos tolerar (y debemos hacerlo), las opiniones diferentes y los estilos de vida propios de cada quien, pero no podemos construir una norma que está destinada a erigirse por sobre el cuerpo social para regular sus relaciones, cuando esta norma es contraria a la justicia de Dios y los principios éticos subyacentes a su creación.

Digo justicia de Dios, porque no dudo de que lo que no es verdadero y justo en relación a Dios, no puede ser defendido ni impuesto a los hombres y mujeres que defienden los intereses de sus minorías. Es decir que, nadie tiene autoridad para determinar qué está bien o qué está mal, si la moralidad es una cuestión meramente de opinar o de “consenso cultural”. O sea que, para tener autoridad para rechazar la pretensión de las uniones homosexuales de ser llamadas “matrimonio” (y no de otra manera) así como su derecho a adoptar, no alcanza con alegar la opinión contraria de un mayor número, sino en realidad, el peso absoluto de la Deidad, entendido como razón última de nuestra obligación de vivir éticamente. Lo cual, dicho sea de paso, no es sino para nuestro propio bien y la felicidad de nuestras sociedades.

Evidentemente, en la medida en que relativicemos, minimicemos, o rechacemos la autoridad de Dios hecha claramente manifiesta, no ya en la figura de diversas corrientes eclesiásticas, o religiosas, sino en la persona de Jesucristo mismo, cuyas palabras constan para testimonio a todo aquel que desee hacer la voluntad de Dios, sin importar los yerros de los hombres, nos encontraremos con una sociedad que continúa su camino de destrucción de todo aquello que es justo y verdadero.

¿Es justo enseñar a los niños que la homosexualidad es digna de ser aprobada? ¿Les enseñaríamos, o permitiríamos que se les enseñe a nuestros hijos, a tener presente la homosexualidad como elección tan digna de aprobación como la heterosexualidad? ¿Alentaríamos acaso a un hijo a ser homosexual? ¿No haríamos lo contrario? ? ¿Por qué entonces no tomamos una postura definida en este asunto, en vez de tomar la hipócrita indiferencia del que está bien con todos porque se calla lo que en verdad piensa? ¿Equipararemos la homosexualidad a la heterosexualidad como modelo de virtud?

En un mundo que viene transformando la virtud en una palabra en extinción, donde el adulterio no es condenado, sino celebrado como moneda corriente en los medios masivos de comunicación; el divorcio es alentado entre quienes se casan “por iglesia” pero sin tener realmente en cuenta lo que Dios enseña en la Biblia, y el sexo es la constante obsesión; no debería causar ningún asombro que los homosexuales exijan aprobación y equiparación. Por eso, mejor sería preocuparnos por la falta de Cristo en un número cada vez mayor de personas, más que de una ley que, al fin de cuentas, no será sino el resultado de un gobierno que, con todo, no puede escribir “bueno” en donde Dios ya ha escrito “malo”. Pues, obvio es, que los hombres que aman a Dios no dependen de las leyes para hacer lo que está bien. Y que los que quieran hacer lo malo, lo harán bajo cualquier justificativo que acalle sus conciencias.

Pero, con todo, llegar a una ley que legalice la adopción por parte de parejas homosexuales, es ir contra la inocencia de los niños, quienes por no tener voto en esta controvertida iniciativa legal, deben ser resguardados de ser el experimento de una sociedad que ha dado lugar a lo inconcebible, a saber, que dos hombres reciban un hijo en calidad de “mamá y papá” (ya que esto es a lo que apunta el “matrimonio”). Por eso, resulta grotescamente irrisorio el pensar que, como alguien escribió, un niño tuviera que responderle a su maestra “Mi mamá se llama Roberto”.

N.M.G.

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