¿Quién tiene la culpa?

21 Jun

El Sermón Dominical
Domingo 20 de Junio del 2010

¿Quién tiene la culpa?
Pastor Tony Hancock

En cierta ocasión, Jesús caminaba con sus discípulos cuando
vieron a un hombre que había nacido ciego. Los discípulos de
inmediato se hicieron la pregunta: ¿Quién tuvo la culpa de que
este hombre naciera ciego? Obviamente, alguien tuvo que haber
pecado gravemente para que él sufriera un castigo tan cruel.

Quizás habían sido sus padres; habían cometido un grave pecado,
y como consecuencia, su hijo había nacido ciego. O posiblemente
el hombre mismo había pecado, estando aún en el vientre. Quizás
le dio demasiadas patadas a su madre y no la dejó dormir. Pero
alguien tuvo que haber pecado para que este hombre naciera así.

Cuando le plantearon la pregunta a Jesús, El contestó que ni el
hombre ni sus padres habían pecado. ¡Esto no cabía en la mente
de los discípulos! Ellos creían que Dios es bueno, y que es
todopoderoso; por ende, si alguien sufre, tiene que ser
consecuencia directa de algún pecado. No sería justo que Dios
permitiera que los justos sufrieran injustamente, así que
cualquier sufrimiento tendría que ser consecuencia de un pecado.

¿Alguna vez te has preguntado, Por qué a mí? Sabes que no eres
perfecto, pero no mereces lo que te ha sucedido. O quizás has
visto a una persona que ha sufrido mucho, y te has preguntado:
¿qué habrá hecho para merecer esto? Puedes entender la pregunta
de los discípulos.

Hace mucho tiempo vivió un hombre que sufrió mucho. Llegó a
perder todo lo que tenía, hasta la salud. El no lo sabía, pero
detrás del escenario, había un significado eterno en sus
sufrimientos. El se llamaba Job, y hoy conoceremos su historia.

Job era un hombre justo, devoto a Dios. Vivió quizás alrededor
del tiempo de Abraham, y como Abraham, servía como el líder
espiritual de su familia. Ofrecía sacrificios a favor de sus
hijos, trataba bien a sus siervos, ayudaba a los necesitados y
era justo en todos sus negocios. Era también un hombre de mucha
riqueza.

Llegó el día en que los ángeles se presentaron delante del
Señor, y con ellos se presentó el acusador, al que conocemos
como Satanás. Surgió un diálogo entre Dios y el acusador.
Leámoslo en Job 1:7-12:

1:7 Y dijo Jehová a Satanás: ¿De dónde vienes? Respondiendo
Satanás a Jehová, dijo: De rodear la tierra y de andar por
ella.
1:8 Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo
Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y
recto, temeroso de Dios y apartado del mal?
1:9 Respondiendo Satanás a Jehová, dijo: ¿Acaso teme Job a Dios
de balde?
1:10 ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo
que tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición; por
tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra.
1:11 Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y
verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia.
1:12 Dijo Jehová a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en
tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él. Y salió
Satanás de delante de Jehová.

Satanás, el acusador, siempre busca alejar a la humanidad de
Dios. En el jardín del Edén, él trató de lograr que Eva dudara
de la bondad de Dios – y lo consiguió. Aquí, el pretende lograr
que Dios dude de la fidelidad de Job.

El declara que Job sólo le es fiel a Dios porque Dios lo ha
bendecido. En otras palabras, su fe sólo es por interés. Si Dios
retirara de Job sus bendiciones, dice Satanás, Job dejaría de
amar y obedecer a Dios. Para mostrar que no es verdad, Dios le
permite poner a Job a prueba. Sólo le pone una condición: no
podía tocar a Job mismo – es decir, su vida o su salud.

Satanás entonces le quitó a Job todo lo que tenía – su ganado,
sus siervos y hasta a sus hijos. Sin embargo, Job no maldijo a
Dios. Leamos la respuesta de Job en los versos 21-22:

1:21 y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo
volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de
Jehová bendito.
1:22 En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito
alguno.

Si Dios nos ha dado todo lo que tenemos, El también tiene el
derecho de quitárnoslo.

Satanás no se quedó conforme. Volvió a aparecer ante Dios y
repitió su acusación, diciendo que Job no había rechazado a Dios
porque aún conservaba la salud. Si Dios le quitara la salud,
declara Satanás, Job lo abandonaría. Dios entonces le dio
permiso al enemigo de quitarle la salud, bajo la condición de
que no le quitara la vida.

Si el enemigo te acusara de lo que le acusó a Job, ¿saldrías
inocente o culpable? ¿Buscas a Dios sólo porque te conviene?
¿Crees en El sólo cuando te da lo que quieres? ¿Crees que Dios
te debe de dar premios por asistir a la iglesia, por portarte
bien, por dar el diezmo? Si sólo estás buscando a Dios por lo
que te puede dar, te estás perdiendo el gozo de la clase de
relación que El quiere tener contigo – una relación abierta de
amor familiar.

Job fue puesto a prueba con la pérdida de todos sus bienes, de
sus hijos y hasta de su salud. Quedó cubierto de llagas, de la
coronilla a los pies, y se sentó en las cenizas para rasgarse
con un pedazo de teja. Entonces le sucedieron a Job tres cosas
que también te pueden suceder cuando sufres.

La primera cosa que le sucedió fue que su familia lo presionó.
En este caso, se trató de su esposa. Leamos lo que ella le dijo
en el capítulo 2, verso 9: “Entonces le dijo su mujer: ¿Aún
retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete.” La esposa de
Job no comprendía la clase de fe que él tenía. Para ella, el
único motivo para buscar a Dios era recibir sus bendiciones.
Cuando Dios dejaba de bendecir, ella no veía el sentido de
seguirle temiendo. Mejor que su esposo terminara con su vida,
según la forma de pensar de ella.

En el verso siguiente leemos la respuesta de Job: “Y él le dijo:
Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado.
¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?
En todo esto no pecó Job con sus labios.” (2:10) Si recibimos de
la mano de Dios tantas bendiciones, ¿cómo podemos quejarnos de
las cosas malas que El permite entrar en nuestras vidas? Es una
buena pregunta. No sabemos cómo respondió la esposa de Job;
quizás no estuvo muy convencida. Muchas veces, es lo que nos
sucede cuando nos tratamos de mantener fieles al Señor en medio
de las pruebas. Aun los miembros de nuestra familia nos podrán
criticar por seguir confiando en el Señor.

Los siguientes en hablar con Job fueron tres de sus amigos. En
el verso 13 del capítulo 2 leemos de la cosa más sabia que
hicieron: “Así se sentaron con él en tierra por siete días y
siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su
dolor era muy grande.” Se quedaron con Job sin hablar,
simplemente haciéndole compañía. Cuando alguien está sufriendo,
muchas veces la mejor cosa que podemos hacer es simplemente
estar con él. Las palabras salen sobrando.

Por fin, Job abrió la boca para expresar su pesar. Sus amigos lo
escucharon, pero cada uno tuvo su opinión acerca de lo que había
sucedido. Sin excepción, los tres estaban seguros de que Job
había cometido algún error para estar en la situación en la que
se encontraba. Leamos, por ejemplo, las palabras de Bildad, en
el capítulo 8, versos 2 al 7:

8:2 ¿Hasta cuándo hablarás tales cosas, y las palabras de tu
boca serán como viento impetuoso?
8:3 ¿Acaso torcerá Dios el derecho, o pervertirá el Todopoderoso
la justicia?
8:4 Si tus hijos pecaron contra él, El los echó en el lugar de
su pecado.
8:5 Si tú de mañana buscares a Dios, y rogares al Todopoderoso;
8:6 Si fueres limpio y recto, ciertamente luego se despertará
por ti, y hará próspera la morada de tu justicia.
8:7 Y aunque tu principio haya sido pequeño, tu postrer estado
será muy grande.

Bildad, como los demás amigos de Job, dice verdades. Sin
embargo, las aplica mal al caso de Job. La segunda cosa que le
pasó a Job – y que nos puede suceder a nosotros – es que
nuestros amigos nos malinterpretan. Convencidos como lo estaban
de que Job tuvo que haber hecho algo para merecer su castigo, no
podían creerle cuando él insistía que era inocente.

Quizás lo más duro que le sucedió a Job fue que sentía que Dios
estaba lejos, y que no le interesaba su sufrimiento. Leamos las
palabras de Job en el capítulo 30, versos 20 al 23:

30:20 Clamo a ti, y no me oyes; me presento, y no me atiendes.
30:21 Te has vuelto cruel para mí; con el poder de tu mano me
persigues.
30:22 Me alzaste sobre el viento, me hiciste cabalgar en él, y
disolviste mi sustancia.
30:23 Porque yo sé que me conduces a la muerte, y a la casa
determinada a todo viviente.

Job sentía que Dios no lo escuchaba; que lanzaba oraciones a un
cielo de hierro que, insensible, lo ignoraba.

¿Alguna vez te has sentido así? ¿Has sentido que Dios ya no te
escucha? Quizás recuerdas momentos en los que El contestaba
todas tus oraciones, y ahora parece que te ignora por completo.
Te preguntas: ¿qué he hecho para que me ignores? Sabes que Dios
no es injusto, pero no te puedes imaginar qué habrás hecho para
merecer que te ignore de esta manera.

Al fin, Dios contestó a Job. Su respuesta empieza en el capítulo
38, del que vamos a leer los versos 1 al 7:

38:1 Entonces respondió Jehová a Job desde un torbellino, y
dijo:
38:2 ¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin
sabiduría?
38:3 Ahora ciñe como varón tus lomos; Yo te preguntaré, y tú me
contestarás.
38:4 ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo
saber, si tienes inteligencia.
38:5 ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió
sobre ella cordel?
38:6 ¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su
piedra angular,
38:7 Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se
regocijaban todos los hijos de Dios?

En su respuesta, que continúa en los tres capítulos siguientes,
Dios no le explica a Job lo que le está sucediendo. Esto es algo
muy interesante. No siempre recibimos una explicación en esta
vida de lo que Dios nos ha permitido vivir. Más bien, Dios en su
respuesta le habla de la sabiduría con la que ha hecho la
creación. ¿Dónde estabas tú cuando hice todo esto? – le pregunta
a Job.

Esto implica que, si Dios tuvo la sabiduría suficiente para
crear el mundo con todo lo que contiene, también tiene la
sabiduría suficiente para manejar la vida de Job. Leamos la
respuesta de Job en el capítulo 42, versos 1 al 6:

42:1 Respondió Job a Jehová, y dijo:
42:2 Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento
que se esconda de ti.
42:3 ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por
tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado
maravillosas para mí, que yo no comprendía.
42:4 Oye, te ruego, y hablaré; te preguntaré, y tú me
enseñarás.
42:5 De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven.
42:6 Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza.

Después de su experiencia, él ha llegado a tener un conocimiento
mayor de Dios. Antes había sabido de El, pero ahora lo conocía.

Cuando nosotros pasamos por pruebas, podemos llegar a conocer a
Dios de una forma más profunda. No está mal cuestionar; Job no
pecó en lo que dijo. Pero sí le damos la espalda a Dios, podemos
perder la oportunidad de conocerlo más de cerca. Después de la
experiencia de Job, él recibió el doble de lo que había perdido.
Dios lo restauró.

Podemos aprender tres cosas de la historia de Job. En primer
lugar, vemos que Dios está en control. Aunque no comprendamos lo
que El está haciendo, su sabiduría es mayor que la nuestra. Si
una hormiga no es capaz de comprender lo que hace un ser humano,
mucho menos podemos comprender todos los caminos de Dios. Sin
embargo, podemos confiar en su bondad y sabiduría, porque El las
ha mostrado en muchas ocasiones.

La segunda cosa es que, si somos fieles a Dios, las cosas
saldrán bien al final. Quizás la restauración venga en esta
vida. Muchas veces, Dios restaura a los que han perdido bienes,
salud o seres queridos. En todo caso, sabemos que seremos
restaurados por completo en la eternidad.

Por último, vemos que Job señala perfectamente hacia Jesús. Los
dos sufrieron como justos, sin merecer lo que estaban
experimentando. Los dos se sintieron abandonados por Dios; Jesús
gritó en la cruz: ¿Por qué me has abandonado? Y como Job, Jesús
fue restaurado; al tercer día, resucitó.

¿Quién tuvo la culpa de lo que sufrió Job? Nadie, en realidad.
¿Quién tuvo la culpa de lo que sufrió Jesucristo? La culpa la
tuvimos nosotros. Fueron nuestros pecados, y su amor por
nosotros, los que llevaron a Jesús a la cruz.

El mensaje de la Biblia es que, si nos unimos por fe a Jesús,
compartiremos su victoria. Por fe en El, somos justos; puede ser
que suframos ahora, que enfrentemos tentaciones y pruebas, pero
podemos saber que todo saldrá bien al final. Ven y camina hoy
con El.

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