Escondernos…

28 Abr

Escondernos…

¡En tantas ocasiones de nuestra vida nos sentimos abrumados, aplastados por los problemas, por las preocupaciones, por los dolores que parecen atacarnos sin dar respiro ni posibilidad de escape!

Realmente ésos son tiempos en que quizás nos sentimos y hacemos declaraciones como hizo Elías en 1 Reyes 19:4…

“Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres”
Con toda seguridad, luego de pensar o hablar así, nos llenamos de culpa y de tristeza. Y es precisamente ahí, en medio de semejante situación en que sería maravilloso si recordáramos Isaías 26:3, 4 y 12…

“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el señor está la fortaleza de los siglos… Jehová, tú nos darás paz, porque también hiciste en nosotros todas nuestras obras”
Habrá tiempos de nuestra vida en que no estará mal aplicar lo que dice Isaías 26:20…

“Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la indignación”
En esas ocasiones necesitamos buscar refugio, “desaparecer” por un tiempo, buscar fuerzas, consuelo, consejo o dirección.

¿Dónde podemos escondernos? La Biblia nos dice que ya tenemos ese “escondite”

“Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3)
“Que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 Pedro 1:5)
“Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo, a los llamados, santificados en Dios Padre y guardados en Jesucristo… Y a aquél que es poderoso para guardaros sin caída…” (Judas 1, 24)
El Salmista decía:

“Guárdame como a la niña de tus ojos; escóndeme bajo la sombra de tus alas” (Salmos 17:8)
“En lo secreto de tu presencia los esconderás de la conspiración del hombre; los pondrás en un tabernáculo a cubierto de contención de lenguas” (Salmos 31:20)
Y el Señor Jesucristo dijo:

“Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las altas, y no quisiste” (Mateo 23:37)
El deseo de Dios es escondernos de los malos momentos, protegernos de las cosas que puedan dañarnos. Pero por medio de la obra de nuestro Salvador Jesucristo, ya no es solamente un buen deseo, sino que es un hecho consumado, una provisión puesta a nuestro alcance por El.

Recordemos: Cuanto necesitemos un refugio, Dios ya lo es para nosotros.

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