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El Hombre y la Ciencia

19 Mar

El Hombre y la Ciencia

A fines de la década de los años noventa se realizó un experimento en un lugar cercano a Carlsbad, Nuevo México, para tratar de averiguar cómo influye la falta de conciencia del paso del tiempo en el ritmo biológico natural.

Stefania Follini se prestó voluntariamente para realizar esa experiencia, en la cual debería permanecer en un recinto confortable de amplias dimensiones durante cuatro meses a nueve metros bajo tierra.

No podría recibir la luz del sol, no tendría reloj, ni modo de calcular las horas y estaría sola, haciendo su trabajo cómodamente en ese espacio, pero sin tiempo.

Todo ser humano tiene un reloj biológico, principalmente diario, denominado ritmo circadiano, que mantiene las funciones del cuerpo, como el comer y el dormir, que también regula nuestros estados de ánimo.

También la reacción a las drogas y cierto tipo de respuesta alérgica cambian según un ritmo circadiano que no es igual en todas partes del mundo y que puede cambiar de una persona a otra. Por ejemplo, hay personas que funcionan mejor de noche que de día.

Los viajes largos producen el famoso trastorno llamado jet lag, que es la respuesta del cuerpo al cambio horario.

La experiencia realizada con Stefanía Follini demostró que su sentido del tiempo se trastornó completamente durante el experimento, transformándose en un tipo de ritmo inestable y mucho más lento.

Llegó a trabajar más de treinta hora seguidas y a dormir de veintidós a veinticuatro horas diarias, los intervalos entre comidas se extendieron y bajó ocho kilos de peso, se interrumpió totalmente su ciclo menstrual y creyó que sólo había permanecido en esa habitación sólo dos meses.

Estas experiencias son importantes en el caso que el hombre tenga que vivir mucho tiempo en el espacio, privado de las sensaciones externas que recibe en la tierra. Por ejemplo en la Luna el día y la noche tienen una extensión de dos semanas cada una y en una estación espacial podrían durar sólo dos minutos.

Tanto en un asentamiento subterráneo en la tierra como en un laboratorio sin ventanillas en el espacio, podrían no existir días ni noches, de modo que se debería brindar una alternativa en forma artificial con períodos de veinticuatro horas para respetar los ritmos circadianos de los seres humanos.

Al hombre le ha llevado muchos siglos evolucionar hasta llegar a tener estos ritmos y la ciencia deberá tenerlos en cuenta y respetarlos.

Otros factores fisiológicos también son de difícil solución mientras no se pueda controlar la falta de fuerza de gravedad. Como la digestión, la circulación de la sangre y la fortaleza de los huesos, sin contar otros problemas orgánicos y también otras consecuencias probables que aún no se conocen.

Los factores psicológicos también influirán en los futuros viajes espaciales, como la falta de gravedad, el encierro, la soledad y el sentimiento de aislamiento que pueden provocar perturbaciones emocionales difíciles de controlar, trastornos del sueño y hasta alucinaciones.

La gravedad es una fuerza que aún no se sabe qué es. Se conocen sus efectos pero no en qué consiste con exactitud, y es el factor que provoca mayor cantidad de perturbaciones.

Hasta que no se consiga saber qué es la fuerza de gravedad y cómo se controla, será aún una utopía establecer una colonia en Marte como se está programando para la próxima década, sin riesgos para la salud de los viajeros.

Fuente: “Fronteras y otros Ensayos”, Isaac Asimov, Ediciones B, Barcelona, España, 1994

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La Filosofía y las Alucinaciones

19 Mar

Alucinaciones
Publicado por Malena el 18 de Marzo de 2010

Para la ciencia, las alucinaciones son percepciones sin objeto y se presentan en enfermedades mentales como la esquizofrenia, en la enfermedad de Parkinson o la Epilepsia, en el Trastorno Bipolar (maníaco-depresivo), pero también pueden aparecer ocasionalmente en situaciones de aislamiento prolongado o después de varios días sin dormir, durante las crisis graves, por exceso de estimulación, y por alto consumo de alcohol o drogas.

También pueden darse en estados hipnóticos, en la meditación profunda, en estados de trance y en el éxtasis místico.

Del cinco al quince por ciento de la población normal podría tener alucinaciones espontáneas en alguna oportunidad y una de cada tres personas podría tener alucinaciones antes de quedarse dormida o al despertarse.

Las alucinaciones pueden ser visuales, auditivas, verbales, gustativas, táctiles y kinestésicas. Se trata de percepciones falsas o distorsiones de la percepción muy complejas, difíciles de estudiar y de definir.

En estudios realizados en esquizofrénicos se han detectado áreas del cerebro involucradas en estos fenómenos que ayudan a lograr una mayor comprensión de los mecanismos de las alucinaciones verbales. Otro modo de investigación es administrando sustancias alucinógenas a voluntarios para poder observar sus efectos neurobiológicos.

Las alucinaciones sugieren cuestionamientos científicos, filosóficos y también religiosos, porque son estados alterados de conciencia que aún no se conocen muy bien y que guardan enigmas difíciles de investigar en un laboratorio.

Los elementos que aparecen en las alucinaciones pueden ser sensoriales y psíquicos y se pueden parecer a los sueños.

Pueden ser transitorios o permanentes, percibirse con los ojos cerrados y abiertos y tan intensas que a veces impiden ver el entorno.

Las alucinaciones visuales pueden ser destello de luces, colores, y adoptar figuras geométricas que se suelen combinar con el ambiente y deformarlo; en tanto que con los ojos cerrados pueden verse paisajes o escenas complejas.

Las auditivas son sonidos como zumbidos, golpes, ruidos diversos, silbidos, rugidos, agua corriendo, puertas que se cierran, campanas, lamentos, murmullos, pasos, música, etc.

La verbal es una forma de alucinación auditiva bastante frecuente, que es cuando se oyen voces que pueden comprenderse o no, amistosas, amenazantes o imperativas y demandantes.

Las alucinaciones del olfato son olor a putrefacción, a goma quemada, a rosas, a canela a “santidad”; y del gusto, son sabores a cebolla, ostras, metal o sangre.

Las táctiles son sensaciones térmicas, de picoteos, pinchazos, toques, hormigueos, dolores, pesadez, hinchazón, palpitaciones.

Las kinestésicas se relacionan con la posición en el espacio, la orientación, el movimiento de miembros y cuerpo y el equilibrio; como la sensación de temblores o que se mueve el piso, de elevarse por los aires, de hundirse en el suelo, del alargamiento de las extremidades o de la falta o el agregado de un miembro. De este tipo es la sensación de miembro fantasma que sienten los amputados.

También la sensación de una presencia, alguien próximo hasta el punto de sentirle su respiración, su olor y cómo se desplaza a su alrededor. Y además el fenómeno alucinatorio de percibirse a uno mismo desde arriba fuera del cuerpo.

Puede haber alucinaciones que incluyen varios sentidos al mismo tiempo.

En general las alucinaciones tienen un fuerte impacto emocional, de angustia o euforia.

En cuanto a las alucinaciones psíquicas se refieren a las percepciones mentales que pueden modificar la noción del espacio y el tiempo, la atención, el sentido del yo, el modo de actuar y afectar el control consciente.

Algunas culturas atribuyen a las alucinaciones un poder premonitorio y un significado sagrado.

Las “revelaciones” místicas de nuestros antepasados antiguos se podrían calificar como alucinaciones.

¿Pero qué son en realidad las alucinaciones? ¿Qué es lo que hace que se estimulen determinadas partes del cerebro y las provoquen?

Aún no se sabe con certeza.

Fuente: Alexandre Lehmann y Juan C. Gonzalez, Revista Investigación y Ciencia, “Mente y Cerebro”, julio/agosto/2009

La Filosofía y las Alucinaciones
Publicado por Malena el 18 de Marzo de 2010

Sabemos que la percepción modifica la realidad concreta porque depende de quien la mire.

Las alucinaciones son un verdadero enigma aún no revelado que mueve a la especulación filosófica y religiosa.

Son estados alterados de conciencia que producen imágenes que no coinciden con el entorno en que se encuentra el sujeto ni se asemeja a lo que perciben los demás en forma objetiva.

Es un fenómeno que provoca curiosidad y que sugiere la posibilidad de que pueda existir una realidad que comúnmente no vemos pero a la que eventualmente podemos acceder en otro estado de conciencia.

Descartes se preguntaba ¿cómo podemos estar seguros de nuestros sentidos si estos nos engañan? ¿Qué prueba tenemos que lo que estamos viviendo no sea un sueño?

Por lo cual llega a la conclusión, que de lo único que podemos estar seguros es que estamos pensando, porque los sentidos no son confiables como para fundamentar un conocimiento verdadero.

Solamente la razón humana es la que puede brindar una certeza.

El estudio de las alucinaciones representa un verdadero desafío para la ciencia porque de alguna forma todos modificamos la realidad que vemos según nuestras experiencias y nuestras creencias.

De manera que toda percepción podría ser calificada en parte como alucinatoria, ya que intervienen no sólo los datos externos sino también los internos, que son diferentes de lo que suponemos es el mundo físico.

La filosofía contemporánea pone reparos a la definición clásica de lo que significa la alucinación para la ciencia, de que se trata de percepciones sin objeto.

Para el intencionalismo, tanto la percepción común como la alucinación son experiencias sensoriales que deben considerarse representaciones mentales: en el primer caso son verdaderas y falsas en el segundo, sin buscar el fundamento en los datos sensoriales.

Para el racionalismo la percepción común es algo real muy diferente de la alucinación.

Algunas alucinaciones forman parte de las prácticas culturales de ciertas culturas indígenas.

Los chamanes de algunas tribus que aún existen en el Amazonas peruano realizan prácticas de sanación. Para ellos, estos fenómenos alucinatorios que perciben son simplemente una parte de su vida cotidiana, porque no consideran que se trate de percepciones sin objeto o una modificación delirante de la realidad, sino que son sueños lúcidos, visiones con un significado, un tipo de conocimiento superior que han aprendido a interpretar.

Los chamanes utilizan el poder físico que tienen las plantas para curar enfermedades. Realizan distintos procedimientos con fines medicinales para preparar remedios y la parte espiritual de las plantas es utilizada como canal de información de mensajes espirituales.

Para las ceremonias de curación, el chamán ingiere una infusión que modifica su conciencia, le permite salir de su cuerpo y trasladarse a otros mundos.

Esas visiones, combinadas con los símbolos culturales de su entorno, son necesarias para su trabajo, y son estimuladas por los brebajes que preparan con plantas con poder psicotrópico.

Las alucinaciones hasta ahora han sido interpretadas como hechos patológicos o como oportunidades visionarias atribuidas a divinidades o a mensajeros del mal.

Fuente: J.C. Gonzalez y Jerome Dokic; y Rama Leclerc, doctora en Antropología, Revista Investigación y Ciencia, “Mente y Cerebro”, julio/agosto 2009

La estafa del `Código real´

19 Mar

La estafa del `Código real´

En los últimos tiempos circula por medios evangélicos una versión del Nuevo Testamento que se titula “El Código Real” y que se presenta como “Traducción realizada de los manuscritos hebreos y arameos más antiguos a la luz del pensamiento hebraico del primer siglo”. La obra tiene la pretensión de poner al alcance de los lectores el texto verdadero del Nuevo Testamento. En realidad, es una verdadera estafa científica, intelectual y espiritual que sirve de cobertura para algunas de las herejías más peligrosas de la Historia del cristianismo y que no resulta mejor que la Versión del Nuevo Mundo de los Testigos de Jehová.

Soy bastante escéptico con la profusión de traducciones de los textos bíblicos. Lo soy, en parte, porque habitualmente para el estudio utilizo los textos en hebreo y griego; lo soy porque no pocas de las nuevas versiones no son sino operaciones comerciales de dudosa solvencia científica y lo soy porque no suelo ver mejoras sobre las versiones ya existentes que justifiquen la inversión, la publicidad y el esfuerzo de esas nuevas “biblias”.

Sin embargo, el juicio no puede ser igual en todos los casos y el texto del que ahora me voy a ocupar constituye uno de los episodios más bochornosos de alteración y adulteración de la Palabra de Dios con que me he encontrado a lo largo de tres décadas. El texto –que pretende presentarse como una traducción veraz que parte de fuentes hebraicas– es aún peor si cabe que la traducción del Nuevo Mundo difundida por la secta de los Testigos de Jehová.

Lo es por varias razones que voy a intentar ir desgranando brevemente en sucesivas entregas. La primera es porque el Cristo que presenta no es el de la Biblia sino otro “cristo” desprovisto de su Deidad y reducido a simple rabino ben Josef o hijo de José; la segunda porque el Evangelio que encontramos en sus páginas no es el Evangelio de la gracia de Dios que aparece en la Biblia sino otro Evangelio muy diferente de salvación por obras; la tercera porque la esperanza cristiana es sustituida por el punto de vista psicopaniquista del adventismo divulgado posteriormente por los Testigos de Jehová entre otras sectas y la cuarta, porque, para remate, todos los supuestos argumentos en favor de la traducción esgrimidos por el autor son una absoluta falsedad cubierta de ignorancia verborreica.

EL CRISTO DEL “CÓDIGO REAL” NO ES EL CRISTO DE LA BIBLIA
El apóstol Juan inicia su Evangelio con una identificación clara acerca del Jesús que se hizo carne y habitó entre nosotros. Era la Palabra (o el Verbo o el Logos) que era Dios (Juan 1, 1). Esa afirmación de la plena deidad de Cristo es sustituida en el Código real por una afirmación delirante sin base en un solo manuscrito del Nuevo Testamento:
“Desde un principio era dabar de Elohim y aquel dabar estaba siempre ante Elohim y el dabar que ya existía era la expresión misma de Elohim”.

Ni siquiera los testigos de Jehová se han atrevido a tanto. Cristo, la Palabra, no sólo no era Dios sino simplemente una expresión de Dios.

Por supuesto, semejante disparate plantea problemas muy serios como, por ejemplo, el hecho de que Tomás llama a Cristo “Mi Señor y mi Dios” (Juan 20, 28). Sin embargo, ahí el Código real ha ido aún más lejos que la Versión de los TJ y “traduce”: “Respondió Tomah: “Mi Adón y mi Juez”.

De nuevo, no existe un solo texto del NT que justifique esa traducción, pero eso al autor del Código real no le importa lo más mínimo conseguido el objetivo de privar a Cristo de su divinidad. Semejante comportamiento se repite – no podemos citar todos los casos – en otros textos.

Por ejemplo, Hebreos 1, 8, donde se llama Dios al Hijo, afirma el Código real:
“Pero del Hijo dice: “Tu trono divino…”

Tito 2, 13 donde se nos habla de “nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”, aparece en el Código real:
“de nuestro gran Di-os y de nuestro libertador, Yeshua el Mashiaj”

o 2 Pedro 1, 1 donde se hace una clara referencia a “por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo” es vertido en el Código real como:
“a los que por la justicia de nuestro Di-os a través de nuestro libertador, Yeshua el Mashiaj”.

Seguramente, a nadie le sorprenderá a estas alturas saber que Cristo NO es adorado en el Código real sino que “ le rindieron honores reales” (Mateo 28, 17) o, simplemente, le sirven (Hebreos 1, 6).

Deseo insistir en ello. No soy exhaustivo en la exposición. Por el contrario, me limito a dar algunos botones de muestra porque no hay texto sobre la divinidad de Cristo que no haya sido identificado y pervertido por la Versión llamada el Código real. Cristo es llamado una y otra vez “el Rábi” (sic) o ben Yosef. El primer tratamiento apenas tiene repercusión en las Escrituras y, desde luego, es mucho menos importante que títulos como los de Señor, mesías, Hijo de Dios o Dios; el segundo, de manera significativa, sólo fue usado por incrédulos, pero nunca por los creyentes.

Con todo, si deplorable es su “cristo”, no menos degenerado es su “evangelio” como tendremos ocasión de ver en la siguiente entrega.

La fe irreal del `Código real´

En la primera entrega de esta serie tuvimos ocasión de ver cómo la versión del Nuevo Testamento que se titula “El Codigo Real” ha falseado de manera totalmente injustificada las referencias a la deidad de Cristo que aparecen con profusión en los escritos apostólicos. En esta entrega vamos a detenernos en la manera en que pervierte el Evangelio de la gracia de Dios.

La enseñanza de la Biblia sobre la salvación es de una claridad meridiana. La salvación no deriva de los méritos u obras humanas; no es ganada por el hombre gracias a su esfuerzo, sino que es un regalo de Dios, un don inmerecido obtenido por Cristo al morir en nuestro lugar en la cruz y por ello sólo puede aceptarse o rechazarse. El receptáculo para la aceptación no es otro que la fe.

Así, resumiendo un tema extenso, la Biblia enseña que la salvación es “por gracia a través de la fe, no por obras para que nadie se glorie” (Efesios 2, 8-9); que “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” (Romanos 2, 20); que “aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo” (Romanos 3, 21); que “el hombre es justificado sin las obras de la ley” (Romanos 3, 28); que la salvación “es por fe, para que sea por gracia” (Romanos 4, 16); que “por la ley ninguno se justifica ante Dios” (Gálatas 3, 11) o que “si por medio de la ley se obtuviese la justicia, entonces Cristo murió en vano” (Gálatas 2, 21).

Es difícil ciertamente dar con una doctrina que esté manifestada con más claridad en la Biblia que la de la salvación por gracia a través de la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo.

Pues bien, ese Evangelio de la gracia es opacado en el denominado Código Real para apoyar la tesis de una salvación por las obras de la ley. Para ello se recurre al falseamiento del propio texto sagrado. Veamos algunos ejemplos:

“… el hombre es justificado por fe obediente que no tiene nada que ver con la observancia legalista de la ley” (Romanos 3, 28). En nota a pie de página el texto intenta además defender semejante aberración indicando que “los que obedecen la Torah son los que tienen la promesa de recibir como regalo, la justicia divina”. Difícil resulta torcer más el texto de Pablo.

“Y es evidente que por este legalismo que resulta de torcer la ley divina, nadie es declarado justo delante de YHWH porque está escrito: “El que vive en obediencia a la ley, recibirá el regalo de la vida que viene por su fe obediente a lo que YHWH ha prometido” (Gálatas 3, 11). De nuevo, el texto no puede ir más contra lo enseñado por Pablo. Si el apóstol señala que nadie se justifica por la ley sino por la fe, el Código Real intenta introducir la idea de que nadie se justifica por el legalismo, pero sí recibe la salvación por obediencia a la ley, es decir, exactamente lo contrario de lo enseñado en el Nuevo Testamento.

Otro ejemplo de esta depravación lo tenemos en Gálatas 2, 21 donde la afirmación rotunda de que la salvación no es por la ley se ve sustituida por el siguiente galimatías: “No desecho este regalo de YHWH, porque si por el legalismo que resulta en una interpretación equivocada de la ley divina fuese la justicia entonces por demás murió Mashiaj”.

Podríamos multiplicar los ejemplos, pero la enseñanza que pretende esparcir el Código Real no puede ser más clara. En contra de la doctrina bíblica de la salvación por gracia a través de la fe en el sacrificio de Cristo, el Código Real sostiene la tesis de que es la obediencia a la ley la que permite que Dios nos justifique. Cuando el texto de la Biblia muestra que por la obediencia a la ley no puede nadie ser justificado, el traductor del Código real sustituye con el mayor descaro el término ley (nomos) por circunlocuciones como “legalismo”, “interpretación equivocada de la ley divina”, etc.

Causa pasmo que un hombre se atreva a sustituir lo que enseñan las Escrituras por su propia interpretación torcida de las mismas. Causa pasmo, pero eso mismo es lo que lleva a cabo el Código Real y por ello le resulta de clara aplicación lo que Pablo escribió a los Gálatas:
“Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anuncia otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (Gálatas 1, 8-9).

César Vidal Manzanares es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, ProtestanteDigital.com (España, 2006)..