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CRÁPULA

29 Nov

CRÁPULA

Posted: 28 Nov 2009 10:42 PM PST

A pesar de que el Protocolo del Vaticano cambió la normativa con respecto a la ropa utilizada en las Audiencias Papales, Elizabeth Wilhelm decidió hacerse la “mosquita muerta” presentándose con una vestimenta no acorde con su forma de pensar ni de actuar… Todo sea para la foto…

Aseguran que los Kirchner se oponían al acuerdo

Por Nicolás Wiñazki (Clarín)

La presidenta Cristina Kirchner participará este sábado, en Roma, de la ceremonia que recordará el 25 ° aniversario de la mediación papal que evitó la guerra con Chile por el conflicto del Beagle, una acción diplomática a la que ella se opuso en aquel momento.

Cristina, al igual que el resto de sus compañeros del PJ, liderados por Vicente Leónidas Saadi, cuestionaba la idea de que el papa Juan Pablo II mediara entre Buenos Aires y Santiago. Lo recuerda uno de sus dirigentes de mayor confianza en aquel entonces, el ex diputado Rafael Flores: “Los Kirchner rechazaban el acuerdo, y así se pronunciaban, igual que lo hacía yo”, contó a Clarín.

En noviembre de 1984, Néstor Kirchner acababa de renunciar a su primer cargo público, el de titular de la Caja de Previsión Social, un lugar en el que aprendió de legislación previsional (algo que todavía hoy usufructúa), y desde el cual impuso un manejo de la caja para premiar y castigar a sus amigos y enemigos. Según recuerda Flores, los Kirchner criticaban la mediación papal,alineándose con el peronismo orgánico, pero a la vez mantuvieron cierta posición de indiferencia sobre la cuestión:

“Yo era presidente de bloque del PJ y con el gobernador, Arturo Puricelli, estábamos en contra del acuerdo. Los Kirchner se pronunciaron en el mismo sentido que nosotros, acompañándonos, pero no tuvieron mayor protagonismo. Nosotros impulsamos un gran debate que se pasó por televisión para la toda la provincia: participamos yo, el entonces senador Juan Melgarejo, y Ramón Granero, por el MID (es el actual secretario de Lucha contra el Narcotráfico)”. Flores, viejo conocedor de la personalidad de Kirchner y de sus método de concebir la política, dice que Néstor prefirió mantenerse al margen porque “jamás iba a seguir una idea en el que otro, en este caso yo, había tomado la delantera”.

El viernes, desde Roma, la Presidenta mencionó ante la prensa sus recuerdos de aquel entonces, y contó, como ya lo había hechos otras veces, el temor que sintió cuando en Río Gallegos corrió el rumor de que se habían “prendido los motores de los aviones” militares para atacar la localidad chilena de Punta Arenas. Frente a la prensa, Cristina elogió varias veces el acuerdo papal que en su juventud había rechazado. Hasta al cierre de esta edición, no había hecho ninguna autocrítica al respecto.

Fuente: Clarín

 

radiocristiandad.wordpress.com

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El milenarismo (I): A propósito de “2012″

29 Nov

2012 es una versión más, con apabullantes efectos especiales, de una de las más viejas preocupaciones del hombre occidental, la fecha exacta de la destrucción del mundo y la manera en que algunos podrán salvarse para asegurar la continuidad de la especie; en el caso de la película, inspiradas en una profecía maya.

Incendio de los pozos petroleros de Kuwait, primera guerra del golfo
Algunas profecías son más curiosas. La de los indios hopi de Arizona son como mínimo desconcertantes si fueron así originalmente y no ajustadas posteriormente: según los hopi sus ancestros, antes de la llegada de los colonos blancos, decían que el mundo empezaría su camino a la destrucción cuando la tierra fuera recorrida por serpientes de acero y ríos de cemento; la fecha definitiva sería cuando el hombre blanco fuera de pelea al otro lado del mundo, al lugar donde surgió la primera chispa del entendimiento y de resultas habría columnas de humo y fuego en el desierto. Lo de la cuna del conocimiento vendría siendo Mesopotamia (Irak) y las columnas de fuego se parecen bastante a los incendios de los pozos petrolíferos durante la primera guerra del golfo.

Pero los pobres líderes mayas llevan años clamando que su profecía no se refiere al fin físico del mundo, su calendario no oculta una cuenta regresiva. Se refiere a una nueva fase de progreso espiritual, pero ellos no tienen quién les haga una película y en todo caso tendría una trama tan veloz como ver secarse una pared recién pintada.

Roland Emmerich, rey del cataclismo

El mito de un dios creacionista (¡Hágase la luz!) tiene una implicación imperceptible: un tiempo lineal, es decir, teniendo el tiempo un inicio, debe tener un final. Por eso nuestra historia es una especie de paréntesis entre el génesis y el Apocalipsis en el caso cristiano (o la llegada del Mesías, según los judíos; o los mitos musulmanes).

Resulta que esta no es la única concepción del tiempo. Los budistas o los hinduistas creen en un tiempo circular donde todo es un eterno retorno. Y los mayas creían en un tiempo en espiral ascendente, que iba subiendo clausurando fases. En ese contexto debería entenderse la profecía, pero cuando los judeocristianos nos tropezamos con profecías que suenan interesantes y le hablan a nuestro atávico miedo de una destrucción final, estiramos el nuevo mito.

2012, como en todas las películas de Emmerich, que ha destruido la Casa Blanca tres veces, incluyendo lanzarle encima un portaaviones y en su lista figuran el Empire State, la Biblioteca de New York y la capilla Sixtina, no elabora las causas del desastre en sus cintas: sólo las insinúa lo necesario para impulsar a la película a llegar lo más rápido posible a lo que él quiere: destruir el mundo. Otra vez.

En este caso, se supone que el mundo va a acabarse porque una alineación planetaria ha desatado explosiones solares que han modificado la masa de los neutrinos de la corteza terrestre y la van a desplazar.

La explicación tiene problemas de lógica elemental e historia. Los de lógica son sencillos: si la masa de los neutrinos cambia, resulta que esos no son unos bichos que viven en el centro de la tierra sino que hasta nosotros los tenemos; si el cambio afecta al planeta ¿se imaginan lo que le puede hacer a John Cusack, el indestructible protagonista de la película, disfrazado de hombre común? La otra razón es que por pura estadística siempre hay algunos planetas alineados.

Y aquí entran las razones históricas de las que hablaba antes: en 1983 yo era un adolescente lo bastante desadaptado socialmente (lo que significa que las niñas que me gustaban de la cuadra no me miraban para nada, cosa que tampoco ha cambiado mucho) como para que me interesara la astronomía. Así que tuve el raro privilegio de ver la última vez que los nueve planetas estuvieron alineados. Me pase una madrugada en una colina viendo un espectáculo que ocurre más o menos cada doscientos años, preguntándome si sería de los primeros en ver a Venus estallar en llamas.

En esa época también dijeron que el mundo se iba a acabar. Como también lo anunció The Jupiter effect de John Gribbin en 1970, con sólo cinco planetas. Y otra vez en el 2000 cuando en mayo se alinearon cinco de los planetas clásicos, encima en semejante año. La verdad es que lo de alineación, como aprendí con algo de desilusión, es un término bastante generoso y a los astrónomos no les gusta nada. Las órbitas de los planetas están ligeramente ladeadas entre sí, no es como si estuvieran puestas sobre una mesa, así que no pueden terminar de formar una línea recta.

Pero esta película pretende ganar algo de validez usando un título que sugiere que se basa en la profecía maya. En la profecía no se habla de planetas ni alineaciones ni explosiones solares, cosa curiosa teniendo en cuenta que los mayas fueron grandes astrónomos. A menos que Quetzalcoatl surja por el borde del sistema solar y acomode los planetas en fila como si preparara una partida de billar, no existe la menor posibilidad de una alineación planetaria extraordinaria el 21 de diciembre de 2012.

Yo ya no recuerdo cuántas veces he estado sentado en primera fila para ver acabarse el mundo ni cuántos anticristos me han tocado: la alineación de 1983, la de 2000, la caída del muro de Berlín, la revolución iraní, la primera guerra del golfo, el paso al nuevo milenio, el once de septiembre. Lo que sí sé es que no he visto al primero de esos autores pedir perdón por dejar a tanta gente vestida y alborotada para la fiesta del final de los días y, en cambio, salen con una nueva fecha diciendo “¡ahora sí!”.

La profecía maya en sesenta segundos

La “profecía” no es tal sino la descripción de un hecho matemático a la luz de la concepción maya: el 21 de diciembre de 2012 a las 11:11 de la mañana (se le llama “hora universal”) se acaba el Gran Ciclo del Antiguo Calendario Largo maya. Ese ciclo habrá durado hasta ese momento 5125 años y se le conoce como los 13 Batkuns.

Punto. En ninguna parte en sus leyendas habla de lluvia de fuego o de sapos, de océanos que se desbordan del planeta. No es muy diferente a que digamos que 2009 se acaba a las 12 de la noche del 31 de diciembre.

Eso es lo que los mayas se han desgañitado tratando de decir desde la península de Yucatán, pero los libros, películas y sites dedicados a “enriquecer” (temible verbo) la profecía no los dejan oír: no vamos a dejar un asunto tan importante como el fin del mundo en manos de unos desarrapados en las selvas de Chichén Itzá. La cosa se ha vuelto tan delirante que hay “puristas” que aceptan que sí, que Emmerich es un farsante, que la profecía no habla de planetas alineados sino que el sol va a ponerse en un ángulo especial con el núcleo de la galaxia y desde allá saldrá un rayo que lo destruirá todo a su paso hasta acabar en el sol. Según la teoría de la relatividad, el rayo supongo que salió hace millones de años y está en viaje (o como es un rayo maya y además profético y los mayas no sabían que nada puede viajar más rápido que la luz, entonces este rayo está exonerado de las reglas físicas, no sé)… pero eso no impide que estos tipos vayan a explicarles a los mayas con todo amor lo que su profecía realmente quiere decir.

Pero la concepción maya del tiempo en espiral es benigna, sólo que es incompatible con nuestra visión apocalíptica. Ese nuevo comenzar no es con otras personas buenas ni significa, como en el mito del Arca de Noé (el de la Biblia o el de Emmerich) limpiar el mundo de la maldad para comenzar otra vez. Significa un escalón más alto en un desarrollo continuo e infinito hacia nuestro destino como especie. Pero eso, claro, no vende boletas…

fuente: http://luisftenorio.wordpress.com/2009/11/27/el-milenarismo-i-a-proposito-de-2012/

Telefonía móvil a bordo de los aviones

29 Nov

Telefonía móvil a bordo de los aviones

Posted: 28 Nov 2009 04:43 AM PST

Teléfono móvil en el avión

Esta semana se ha publicado en el BOE la resolución con las especificaciones técnicas que deberán cumplir los aviones que quieran ofrecer servicios de telefonía móvil a bordo en España. Ya hay algunas compañías aéreas que empiezan a ofrecer este servicio a bordo, y suponemos que serán cada vez más.

¿Cómo funciona?

Lo que se hace es equipar al avión con su propia estación base (o BTS). Una BTS es el dispositivo al que se ‘conectan’ los móviles para acceder a la red. Es decir, los aviones tendrán su propia antena de telefonía móvil a bordo.

Las BTS son las responsables de asignar una determinada frecuencia a cada comunicación, es decir, de garantizar un canal para cada llamada. En superficie, las BTS se encuentran fijas en los postes de telefonía móvil, y desde allí están conectadas (generalmente por cable) al resto de la red. Cada BTScontrola un sector de territorio o celda de telefonía móvil (de ahí el nombre de celular tan empleado en Hispanoamérica).

 

En el caso de los aviones, la BTS estará conectada al resto del mundo vía satélite, a través del sistema Inmarsat, que ya es ampliamente usado en los barcos. De hecho, los aviones tienen teléfonos a bordo, a disposición de la tripulación, que usan este sistema. A las celdas servidas por este tipo de antenas de corto alcance, diseñadas para pocos usuarios, se les denomina ‘picoceldas’.

Las BTS pueden regular la potencia a la que un móvil recibe y transmite. En ciudad, por ejemplo, donde se necesita capacidad para muchas conexiones simultáneas, hay muchas BTS muy próximas entre sí. En este caso, la BTS indica al móvil que transmita y reciba a baja potencia, por dos motivos: el primero, que las BTS están cercanas al abonado y por tanto no hay necesidad de transmitir mucha potencia. El segundo, que al haber muchas BTS cercanas, hay que ser muy cuidadoso para no interferir con otras comunicaciones (ya que todas las BTS usan el mismo rango de frecuencias).

Por otra parte, en zonas poco pobladas (por ejemplo, en carretera) las BTS están muy distantes entre sí y los móviles deben transmitir a mucha potencia para que llegue la señal. Es posible que hayáis notado que cuando tenéis poca cobertura (por ejemplo, en una zona rural), a la hora de realizar llamadas la batería dura menos. Se debe a que el teléfono está transmitiendo con mucha más potencia para llegar a la antena.

Sistema de telefonía móvil en el avión

En el caso del avión, en la correspondiente picocelda se regulará la potencia al mínimo posible para reducir al máximo las interferencias con la electrónica de la nave y con el exterior. En realidad, al estar la antena dentro del propio avión, la distancia a la BTS es mínima y no hay ninguna necesidad de transmitir a gran potencia.

Para evitar interferencias con los sitemas en tierra, el sistema no deberá activarse hasta superar una altitud de 3.000 metros. Por lo demás, hay que mencionar que el servicio es totalmente equivalente alroaming internacional. Por tanto, es necesario que nuestra operadora móvil tenga un convenio con la operadora móvil del avión (las dos principales empresas son OnAirAeroMobile), y no hay que olvidarse de que los precios serán bastante elevados.

El mito de usar el móvil en el avión

La mayoría de la gente da por sentado que no se puede usar móviles en la cabina porque interfieren con los equipos del avión. Entonces, ¿por qué se va a permitir ahora su uso? sencillamente, porque no es cierto que usar un teléfono móvil dentro de un avión implique riesgos.

En una investigación interna de la compañía Boeing se llegó a la siguiente conclusión: “Como resultado de estas y otras investigaciones, Boeing ha sido incapaz de hallar ninguna correlación clara entre dispositivos electrónicos portátiles y las anomalías detectadas en el avión”.

Los reporteros del programa Mythbusters, de Discovery Channel, echaron por tierra la teoría de que el móvil es peligroso para la navegación aérea como muestra el vídeo.

En realidad, la electrónica de los aviones está convenientemente protegida, y en cualquier caso, la interferencia que pueda generar un móvil no es mayor que otras muchas interferencias que afectan al avión. Sin embargo, es más fácil prohibir su uso y evitar así ciertos ‘daños colaterales’.

Para empezar, resulta más fácil controlar al pasaje si no tiene ningún contacto con el mundo exterior. Por ejemplo, la noticia sobre un ataque terrorista en el exterior podría causar pánico a bordo. Además, se podrían generar conflictos entre pasajeros por culpa de ‘conversadores’ poco respetuosos con sus compañeros de viaje.

También existe el problema técnico de los móviles intentando conectarse a las estaciones base de la superficie, lo cual, teniendo en cuenta la gran velocidad a la que se desplaza el avión, puede llegar a hacer enloquecer la red. Sin embargo, la altura de crucero en vuelos comerciales es suficientemente alta como para que esto no sea un problema.

Los hechos, desde luego, saltan a la vista: en el momento en que las compañías aéreas han visto que pueden hacer un gran negocio permitiendo llamadas a bordo, se les han quitado los escrúpulos. Algunas compañías se plantean incluso sustituir los anticuados luminosos de ‘prohibido fumar’ cambiándolos por otros que indicarán la posibilidad o prohibición de llamar por el móvil.

En realidad, llevaban años obligándonos a apagar los móviles sin tener ninguna razón técnica de peso.

Vía | Diario del Viajero
Imágenes | Kay HendryOnAir
Más información | Resolución del BOE

genciencia

Persecuciones generales en Alemania

29 Nov

Persecuciones generales en Alemania

Las persecuciones generales en Alemania fueron principalmente causadas por las doctrinas y el ministerio de Martín Lutero. Lo cierto es que el Papa quedó tan alarmado por el éxito del valiente reformador que decidió emplear al Emperador Carlos V, a cualquier precio, en el plan para intentar su extirpación.

Para este fin:

1. Dio al emperador doscientas mil coronas en efectivo.

2. Le prometió mantener doce mil infantes y cinco mil tropas de caballería, por el espacio de seis meses, o durante una campaña.

3. Permitió al emperador recibir la mitad de los ingresos del clero del imperio durante la guerra.

4. Permitió al emperador hipotecar las fincas de las abadías por quinientas mil coronas, para ayudar en la empresa de las hostilidades contra los protestantes.

Así incitado y apoyado, el emperador emprendió la extirpación de los protestantes, contra los que, de todas maneras, tenía un odio personal; y para este propósito se levantó un poderoso ejército en Alemania, España e Italia.

Mientras tanto, los príncipes protestantes constituyeron una poderosa confederación, para repeler el inminente ataque. Se levantó un gran ejército, y se dio su mando al elector de Sajonia, y al landgrave de Hesse. Las fuerzas imperiales iban mandadas personalmente por el emperador de Alemania, y los ojos de toda Europa se dirigieron hacia el suceso de la guerra.

Al final los ejércitos chocaron, y se libró una furiosa batalla, en la que los protestantes fueron derrotados, y el elector de Sajonia y el landgrave de Hesse hechos prisioneros. Este golpe fatal fue sucedido por una horrorosa persecución, cuya dureza fue tal que el exilio podía considerarse como una suerte suave, y la ocultación en un tenebroso bosque como una felicidad. En tales tiempos una cueva es un palacio, una roca un lecho de plumas, y las raíces, manjares.

Los que fueron atrapados sufrieron las más crueles torturas que podían inventar las imaginaciones infernales: y por su constancia dieron prueba de que un verdadero cristiano puede vencer todas las dificultades, y a pesar de todos los peligros ganar la corona del martirio.

Enrique Voes y Juan Esch prendidos como protestantes, fueron llevados al inteterrogatorio. Voes, respondiendo por sí mismo y por el otro, dio las siguientes respuestas a algunas preguntas que les hizo el sacerdote, que los examinó por orden dc la magistratura.

Sacecerdote. ¿No erais vosotros dos, hace algunos años, frailes agustinos?

Voes. Sí.

Sacerdote. ¿Cómo es que habéis abandonado el seno de la Iglesia de Roma?

Voes. Por sus abominaciones.

Sacerdote. ¿En qué creéis?

Voes. En el Antiguo y Nuevo Testamento.

Sacerdote. ¿No creéis en los escritos de los padres y en los decretos de los Concilios?

Voes. Sí, si concuerdan con la Escritura.

Sacerdote. ¿No os sedujo Martín Lutero?

Voes. Nos ha seducido de la misma manera en que Cristo sedujo a los apóstoles: esto es, nos hizo consciente de la fragilidad de nuestros cuerpos y del valor de nuestras almas.

Este interrogatorio fue suficiente. Ambos fueron condenados a las llamas, y poco después padecieron con aquella varonil fortaleza que corresponde a los cristianos cuando reciben la corona del martirio.

Enrique Sutphen, un predicador elocuente y piadoso, fue sacado de su cama en medio de la noche, y obligado a caminar descalzo un largo trecho, de modo que los pies le quedaron terriblemente cortados. Pidió un caballo, pero los que le llevaban dijeron con escarnio: “¡Un caballo para un hereje! No, no, los herejes pueden ir descalzos.” Cuando llegó al lugar de su destino, fue condenado a morir quemado: pero durante la ejecución se cometieron muchas indignidades contra él, porque los que estaban junto a él, no contentos con lo que sufría en las llamas, le contaron y sajaron de la manera más terrible.

Muchos fueron asesinados en Halle; Middleburg fue tomado al asalto, y todos los protestantes fueron pasados a cuchillo, y muchos fueron quemados en Viena.

Enviado un oficial a dar muerte a un ministro, pretendió, al llegar, que sólo lo quería visitar. El ministro, que no sospechaba sus crueles intenciones, agasajó a su supuesto invitado de modo muy cordial. Tan pronto como la comida hubo acabado, el oficial dijo a unos de sus acompañantes: “Tomad a este clérigo, y colgadlo.” Los mismos acompañantes quedaron tan atónitos tras las cortesías que habían visto, que vacilaron ante las órdenes de su jefe: el ministro dijo: “Pensad el aguijón que quedara en vuestra conciencia por violar de esta manera las leyes de la hospitalidad.” Pero el oficial insistió en ser obedecido, y los acompañantes, con repugnancia, cumplieron el execrable oficio de verdugo.

Pedro Spengler, un piadoso teólogo, de la ciudad de Schalet, fue echado al río y ahogado. Antes de ser llevado a la ribera del río que iba a ser su tumba, lo expusieron en la plaza del mercado, para proclamar sus crímenes, que eran no ir a Misa, no confesarse, y no creer en la transubstanciación. Terminada esta ceremonia, él hizo un discurso excelente al pueblo, y terminó con una especie de himno de naturaleza muy edificante.

Un caballero protestante fue sentenciado a decapitación por no renunciar a su religión, y fue animoso al lugar de la ejecución. Acudió un fraile a su lado, y le dijo estas palabras en voz muy baja: “Ya que tenéis gran repugnancia a abjurar en público de vuestra fe, musitad vuestra confesión en mi oído, y yo os absolveré de vuestros pecados.” A esto el caballero replicó en voz alta: “No me molestes, fraile, he confesado mis pecados a Dios, y he obtenido la absolución por los méritos de Jesucristo.” Luego, dirigiéndose al verdugo, le dijo: “Que no me molesten estos hombres: cumple tu oficio,” y su cabeza cayó de un solo golpe.

Wolfgang Scuch y Juan Ruglin, dos dignos ministros, fueron quemados, como también Leonard Keyser, un estudiante de la Universidad de Wertembergli; y Jorge Carpenter, bávaro, fue colgado por rehusar retractarse del protestantismo.

Habiéndose apaciguado las persecuciones en Alemania durante muchos años, volvieron a desencadenarse en 1630, debido a la guerra del emperador contra el rey de Suecia, porque éste era un príncipe protestante, y consiguientemente los protestantes alemanes defendieron su causa, lo que exasperó enormemente al emperador contra ellos.

Las tropas imperiales pusieron sitio a la ciudad de Passewalk (que estaba defendida por los suecos), y, tomándola al asalto, cometieron las más horribles crueldades. Destuyeron las iglesias, quemaron las casas, saquearon los bienes, mataron a los ministros, pasaron a la guarnición a cuchillo, colgaron a los ciudadanos, violaron a las mujeres, ahogaron a los niños, etc., etc.

En Magdeburgo tuvo lugar una tragedia de lo más sanguinaria, en el año 1631. Habiendo los generales Tilly y Pappenheim tomado aquella ciudad protestante al asalto, hubo una matanza demás de veinte mil personas, sin distinción de rango, sexo o edad, y seis mil más fueron ahogadas en su intento de escapar      por río Elba. Después de apaciguarse esta furia, los habitantes restantes fueron desnudados, azotados severamente, les fueron cortadas las orejas, y, enyugados como bueyes, fueron soltados.

La ciudad de Roxter fue tomada por el ejército papista, y todos sus habitantes, así como la guarnición, fueron pasados a cuchillo; hasta las casas fueron incendiadas, y los cuerpos fueron consumidos por las llamas.

En Griphenberg, cuando prevalecieron las tropas imperiales, encerraron a los senadores en la cámara del senado, y los asfixiaron rodeándola con paja encendida.

Franhendal se rindió bajo unos artículos de capitulación, pero sus habitantes fueron tratados tan cruelmente como en otros lugares; y en Heidelberg muchos fueron echados en la cárcel y dejados morir de hambre.

Así se enumeran las crueldades cometidas por las tropas imperiales, bajo el Conde Tilly, en Sajonia:

Estrangulación a medias, recuperación de las personas, y vuelta a lo mismo. Aplicación de afiladas ruedas sobre los dedos de las manos y de los pies. Aprisionamiento de los pulgares en tomillos de banco. El forzamiento de las cosas más inmundas garganta abajo, por las cuales muchos quedaron ahogados. El prensamiento con sogas alrededor de la cabeza de tal manera que la sangre brotaba de los ojos, de la nariz, de los oídos y de la boca. Cerillas ardiendo en los dedos de las manos y de los pies, en los brazos y piernas, y hasta en la lengua. Poner pólvora en la boca, y prenderla, con lo que la cabeza volaba en pedazos. Atar bolsas de pólvora por todo el cuerpo, con lo que la persona era destrozada por la explosión. Tirar en vaivén de sogas que atravesaban las carnes. Incisiones en la piel con instrumentos cortantes. Inserción de alambres a través de la nariz, de los oídos, labios, etc. Colgar a los protestantes por las piernas, con sus cabezas sobre un fuego, por lo que quedaban secados por el fuego. Colgarlos de un brazo hasta que quedaba dislocado. Colgar de garfios a través de las costillas. Obligar a beber hasta que la persona reventaba. Cocer a muchos en hornos ardientes. Fijación de pesos en los pies, subiendo a muchos Juntos con una polea. La horca, asfixia, asamiento, apuñalamiento, freimiento, el potro, la violación, el destripamiento, el quebrantamiento de los huesos, el despellejamiento, el descuartizamiento entre caballos indómitos, ahogamiento, estrangulación, cocción, crucifixión, empaderamiento, envenenamiento, cortamiento de lenguas, narices, oídos, etc., aserramiento de los miembros, troceamiento a hachazos y arrastre por los pies por las calles.

Estas enormes crueldades serán un baldón perpetuo sobre la memoria del Conde Tilly, que no sólo cometió sino que mandó a las tropas que las pusieran en práctica. Allí donde llegaba seguían las más horrendas barbaridades y crueles depredaciones; el hambre y el fuego señalaban sus avances, porque destruía todos los alimentos que no podía llevarse consigo, y quemaba todas las ciudades antes de dejarlas, de modo que el resultado pleno de sus conquistas eran el asesinato, la pobreza y la desolación.

A un anciano y piadoso teólogo lo desnudaron, lo ataron boca arriba sobre una mesa, y ataron un gato grande y fiero sobre su vientre. Luego pellizcaron y atormentaron al gato de tal manera que en su furia le abrió el vientre y le remordió las entrañas.

Otro ministro y su familia fueron apresados por estos monstruos inhumanos; violaron a su mujer e hija delante de él, enclavaron a su hijo recién nacido en la punta de una lanza, y luego, rodeándole de todos sus libros, les prendieron fuego, y fue consumido en medio de las llamas.

En Hesse-Cassel, algunas de las tropas entraron en un hospital, donde había principalmente mujeres locas, y desnudando a aquellas pobres desgraciadas, las hicieron correr por la calle a modo de diversión, dando luego muerte a todas.

En Pomerania, algunas de las tropas imperiales que entraron en una ciudad pequeña tomaron a todas las mujeres jóvenes, y a todas las muchachas de más de diez años, y poniendo a sus padres en un circulo, les mandaron cantar Salmos, mientras violaban a sus niñas, diciéndoles que si no lo hacían, las despedazarían después. Luego tomaron a todas las mujeres casadas que tenían niños pequeños, y las amenazaron que si no consentían a gratificar sus deseos, quemarían a sus niños delante de ellas en un gran fuego, que habían encendido para ello.

Una banda de soldados del Conde Tilly se encontraron con un grupo de mercaderes de Basilea, que volvían del gran mercado de Estrasburgo, e intentaron rodearlos. Sin embargo, todos escaparon menos diez, dejando sus bienes tras ellos. Los diez que fueron tomados rogaron mucho por sus vidas, pero los soldados los asesinaron diciendo: “Habéis de morir, porque sois herejes, y no tenéis dinero.”

Los mismos soldados encontraron a dos condesas que, junto con algunas jóvenes damas, las hijas de una de ellas, estaban dando un paseo en un landau. Los soldados les perdonaron la vida, pero las trataron con la mayor indecencia, y, dejándolas totalmente desnudas, mandaron al cochero que prosiguiera.

Por la mediación de Gran Bretaña, se restauró finalmente la paz en Alemania, y los protestantes quedaron sin ser molestados durante varios años, hasta que se dieron nuevas perturbaciones en el Palatinado, que tuvieron estas causas.

La gran Iglesia del Espíritu Santo, en Heidelberg, había sido compartida durante muchos años por los protestantes y católicos romanos de esta manera: los protestantes celebraban el servicio divino en la nave o cuerpo de la iglesia; los católicos romanos celebraban Misa en el coro. Aunque ésta había sido la costumbre desde tiempos inmemoriales, el elector del Palatinado, finalmente, decidió no permitirlo más, declarando que como Heidelberg era su capital, y la Iglesia del Espíritu Santo la catedral de su capital, el servicio divino debía ser llevado a cabo sólo según los ritos de la Iglesia de la que él era miembro. Entonces prohibió a los protestantes entrar en la iglesia, y dio a los papistas su entera posesión.

El pueblo, agraviado, apeló a los poderes protestantes para que se les hiciera justicia, lo que exasperó de tal modo al elector que suprimió el catecismo de Heidelberg. Sin embargo, los poderes protestantes acordaron unánimes exigir satisfacciones, por cuanto el elector, con su conducta, había quebrantado un articulo del tratado de Westfalia; también las cortes de Gran Bretaña, Prusia, Holanda, etc., enviaron embajadores al elector, para exponerle la injusticia de su proceder, y para amenazarle que, a no ser que cambiara su conducta para con los protestantes del Palatinado, ellos tratarían también a sus Súbditos católicos romanos con la mayor severidad. Tuvieron lugar muchas y violentas disputas entre los poderes protestantes y los del elector, y estas se vieron muy incrementadas por el siguiente incidente: estando el carruaje de un ministro holandés delante de la puerta del embajador residente enviado por el príncipe de Hesse, una compañía apareció llevando la hostia a casa de un enfermo; el cochero no le prestó la menor atención, lo que observaron los acompañantes de la hostia, y lo hicieron bajar de su asiento, obligándole a poner la rodilla en el suelo. Esta violencia contra la persona de un criado de un ministro público fue mal vista por todos los representantes protestantes; y para agudizar aún mas las diferencias, los protestantes presentaron a los representantes tres artículos de queja:

1. Que se ordenaban ejecuciones militares contra todos los zapateros protestantes que rehusaban contribuir a las Misas de San Crispín.

2. Que a los protestantes se les prohibía trabajar en días santos de los papistas, incluso en la época de la cosecha, bajo penas muy severas, lo que ocasionaba graves inconvenientes y causaba graves peijuicios a las actividades públicas.

3. Que varios ministros protestantes habían sido desposeídos de sus iglesias, bajo la pretensión de haber sido fundadas y edificadas originalmente por católicos romanos.

Finalmente, los representantes protestantes se pusieron tan apremiantes como para insinuarle al elector que la fuerza de las armas le iba a obligar a hacer la justicia que había negado a su embajada. Esta amenaza lo volvió a la razón, porque bien conocía la imposibilidad de llevar a cabo una guerra contra los poderosos estados que le amenazaban. Por ello, accedió a que la nave de la Iglesia del Espíritu Santo le fuera devuelta a los protestantes. Restauró el catecismo de Heidelberg, volvió a dar a los ministros protestantes la posesión de las iglesias de las que habían sido desposeídos, permitió a los protestantes trabajar en días santos de los papistas, y ordenó que nadie fuera molestado por no arrodillarse cuando pasara la hostia por su lado.

Estas cosas las hizo por temor, pero para mostrar su resentimiento contra sus súbditos protestantes, en otras circunstancias en las que los poderes pro testantes no tenían derecho a interferir, abandonó totalmente Heidelberg, traspasando todas las cortes de justicia a Mannheim, que estaba totalmente habitada por católicos romanos. Asimismo edificó allí un nuevo palacio, haciendo de él su lugar de residencia; y, siendo seguido por los católicos de Heidelberg, Mannheim se convirtió en un lugar floreciente.

Mientras tanto, los protestantes de Heidelberg quedaron sumidos en la pobreza, y muchos quedaron tan angustiados que abandonaron su país nativo, buscando asilo en estados protestantes. Un gran número de estos fueron a Inglaterra, en tiempos de la Reina Ana, donde fueron cordialmente recibidos, y hallaron la más humanitaria ayuda, tanto de donaciones públicas como privadas.

En 1732, más de treinta mil protestantes fueron echados del arzobispado de Salzburgo, en violación del tratado de Westfalia. Salieron en lo más crudo del invierno, con apenas las ropas suficientes para cubrirles, y sin provisiones, sin permiso para llevarse nada consigo. Al no ser acogida la causa de esta pobre gente por aquellos estados que hubieran podido obtener reparación, emigraron a varios países protestantes, y se asentaron en lugares donde pudieran gozar del libre ejercicio de su religión, sin daño a sus conciencias, y viviendo libres de las redes de la superstición papal, y de las cadenas de la tiranía papal.

Historia de las persecuciones en los Países Bajos

Habiéndose extendido con éxito la luz del Evangelio por los Países Bajos, el Papa instigó al emperador a iniciar una persecución contra los protestantes; muchos cayeron entonces mártires bajo la malicia supersticiosa y el bárbaro fanatismo, entre los que los más notables fueron los siguientes.

Wendelinuta, una piadosa viuda protestante, fue prendida por causa de su religión, y varios monjes intentaron, sin éxito, que se retractara. Como no podían prevalecer, una dama católica romana conocida suya deseó ser admitida en la mazmorra donde ella estaba encerrada, prometiendo esforzarse por inducir a la prisionera a abjurar de la religión reformada. Cuando fue admitida a la mazmorra, hizo todo lo posible por llevar a cabo la tarea que había emprendido; pero al ver inútiles sus esfuerzos, dijo: “Querida Wendelinuta, si no abrazas nuestra fe, mantén al menos secretas las cosas que tú profesas, y trata de alargar tu vida.” A lo que la viuda le contestó: “Señora, usted no sabe lo que dice; porque con el corazón creemos para justicia, pero con la boca se hace confesión para salvación.” Como rehusó rotundamente retractarse, sus bienes fueron confiscados, y ella fue condenada a la hoguera. En el lugar de la ejecución, un monje le presentó una cruz, y la invitó a besarla y a adorar a Dios. A esto ella respondió: “No adoro yo a ningún dios de madera, sino al Dios eterno que está en el cielo.” Entonces fue ejecutada, pero por mediación de la dama católica romana antes mencionada, le fue concedido el favor de ser estrangulada antes de ponerse fuego a la leña.

Dos clérigos protestantes fueron quemados en Colen; un comerciante de Amberes, llamado Nicolás, fue atado en un saco, y echado al río y ahogado. Y Pistorius, un erudito estudiante, fue llevado al mercado de un pueblo holandés en una camisa de fuerza, y allí lanzado a la hoguera.

Dieciséis protestantes fueron sentenciados a decapitación y se ordenó a un ministro protestante que asistiera a la ejecución. Este hombre llevó a cabo la función de su oficio con gran propiedad, exhortándolos al arrepentimiento, y les dio consolación en las misericordias de su Redentor. Tan pronto los dieciséis fueron decapitados, el magistrado le gritó al verdugo: “Te falta aún dar un golpe, verdugo; debes decapitar al ministro; nunca podrá morir en mejor momento que éste, con tan buenos preceptos en su boca y unos ejemplos tan loables delante de él.” Fue entonces decapitado, aunque hasta muchos de los mismos católicos romanos reprobaron este gesto de crueldad pérfida e innecesaria.

Jorge Scherter, ministro de Salzburgo, fue prendido y encerrado en prisión por instruir a su grey en el conocimiento del Evangelio. Mientras estaba en su encierro, escribió una confesión de su fe. Poco después de ello fue condenado, primero a ser decapitado, y luego a ser quemado. De camino al lugar de la ejecución les dijo a los espectadores: “Para que sepáis que muero como cristiano, os daré una señal.” Y esto se verificó de una manera de lo más singular, porque después que le fuera cortada la cabeza, el cuerpo yació durante un cierto tiempo con el vientre abajo, pero se giró repentinamente sobre la espalda, con el pie derecho cruzado sobre el izquierdo, y también el brazo derecho sobre el izquierdo; y así quedó hasta que fue lanzado al fuego.

En Louviana, un erudito hombre llamado Percinal fue asesinado en prisión; Justus Insparg fue decapitado por tener en su poder los sermones de Lutero.

Giles Tilleman, un cuchillero de Bruselas, era un hombre de gran humanidad y piedad. Fue apresado entre otras cosas por ser protestante, y los monjes se esforzaron mucho por persuadirle a retractarse. Tuvo una vez, accidentalmente una buena oportunidad para huir, y al preguntársele por qué no la había aprovechado, dijo: “No quería hacerle tanto daño a mis carceleros como les había sucedido, si hubieran tenido que responder de mi ausencia si hubiera escapado.” Cuando fue sentenciado a la hoguera, dio fervientemente gracias a Dios por darle la oportunidad, por medio del martirio, de glorificar Su nombre. Viendo en el lugar de la ejecución una gran cantidad de leña, pidió que la mayor parte de la misma fuera dada a los pobres, diciendo: “Para quemarme a mi será suficiente con poco. El verdugo se ofreció a estrangularle antes de encender el fuego, pero él no quiso consentir, diciéndole que desafiaba a las llamas, y desde luego expiró con tal compostura en medio de ellas que apenas si parecía sensible a sus efectos.”

En el año 1543 y 1544 la persecución se abatió por Flandes de la manera más violenta y cruel. Algunos fueron condenados a prisión perpetua, otros a destierro perpetuo; pero la mayoría eran muertos bien ahorcados, o bien ahogados, emparedados, quemados, mediante el potro, o enterrados vivos.

Juan de Boscane, un celoso protestante, fue prendido por su fe en la ciudad de Amberes. En su juicio profesó firmemente ser de la religión reformada, lo que llevó a su inmediata condena. Pero el magistrado temía ejecutarlo públicamente, porque era popular debido a su gran generosidad y casi universalmente querido por su vida pacífica y piedad ejemplar. Decidiéndose una ejecución privada, se dio orden de ejecutarlo en la prisión. Por ello, el verdugo lo puso en una gran bañera; pero debatiéndose Boscane, y sacando la cabeza fuera del agua, el verdugo lo apuñaló con una daga en varios lugares, hasta que expiro.

Juan de Buisons, otro protestante, fue prendido secretamente, por el mismo tiempo en Amberes, y ejecutado privadamente. Siendo grande el número de protestantes en aquella ciudad, y muy respetado el preso, los magistrados temían una insurrección, y por esta razón ordenaron su decapitación en la prisión.

En el año del Señor de 1568, tres personas fueron prendidas en Amberes, llamadas Scoblant, Hues y Coomans. Durante su encierro se comportaron con gran fortaleza y ánimo, confesando que la mano de Dios se manifestaba en lo que les había sucedido, e inclinándose ante el trono de Su providencia. En una epístola a algunos dignatarios protestantes, se expresaron con las siguientes palabras: “Por cuanto es la voluntad del Omnipotente que suframos por Su nombre y que seamos perseguidos por causa de Su Evangelio, nos sometemos pacientemente, y estamos gozosos por esta oportunidad; aunque la carne se rebele contra el espíritu, y oiga al consejo de la vieja serpiente, sin embargo las verdades del Evangelio impedirán que sea aceptado su consejo, y Cristo aplastará la cabeza de la serpiente. No estamos sin consuelo en el encierro, porque tenemos fe; no tememos a la aflicción, porque tenemos esperanza; y perdonamos a nuestros enemigos, porque tenemos caridad. No tengáis temor por nosotros; estamos felices en el encierro gracias a las promesas de Dios, nos gloriamos en nuestras cadenas, y exultamos por ser considerados dignos de sufrir por causa de Cristo. No deseamos ser libertados, sino bendecidos con fortaleza; no pedimos libertad, sino el poder de la perseverancia; y no deseamos cambio alguno en nuestra condición, sino aquel que ponga una corona de martirio sobre nuestras cabezas.”

Scoblant file juzgado primero. Al persistir en la profesión de su fe, recibió la sentencia de muerte. Al volver a la cárcel, le pidió seriamente a su carcelero que no permitiera que le visitara ningún fraile. Dijo así: “Ningún bien me pueden hacer, sino que pueden perturbarme mucho. Espero que mi salvación ya está sellada en el cielo, y que la sangre de Cristo, en la que pongo mi firme confianza, me ha lavado de mis iniquidades. Voy ahora a echar de mí este ropaje de barro para ser revestido de un ropaje de gloria eterna, por cuyo celeste resplandor seré liberado de todos los errores. Espero ser el último mártir de la tiranía papal, y que la sangre ya derramada sea considerada suficiente para apagar la sed de la crueldad papal; que la Iglesia de Cristo tenga reposo aquí, como sus siervos lo tendrán en el más allá.” El día de su ejecución se despidió patéticamente de sus compañeros de prisión. Atado en la estaca oró fervientemente la Oración del Señor, y cantó el Salmo Cuarenta; luego encomendó su alma a Dios, y fue quemado vivo.

Poco después Hues murió en prisión, y por esta circunstancia Coomans escribió a sus amigos: “Estoy ahora privado de mis amigos y compañeros; Scoblant ha sufrido martirio, y Hues ha muerto por la visitación del Señor; pero no estoy solo: tengo conmigo al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; El es mi consuelo, y será mi galardón. Orad a Dios que me fortalezca hasta el fin, por cuanto espero a cada momento ser liberado de esta tienda de barro.”

En su juicio confesó abiertamente ser de la religión reformada, respondió con fortaleza varonil a cada una de las acusaciones que se le hacían, y demostró con el Evangelio lo Escriturario de sus respuestas. El juez le dijo que las únicas alternativas eran la retractación o la muerte, y terminó diciendo: “¿Morirás por la fe que profesas?” A esto Coomans replicó: “No sólo estoy dispuesto a morir, sino también a sufrir las torturas más crueles por ello; después, mi alma recibirá su confirmación de parte del mismo Dios, en medio de la gloria eterna.” Condenado, se dirigió lleno de ánimo al lugar de la ejecución, y murió con la más varonil fortaleza y resignación cristiana.

Guillermo de Nassau cayó víctima de la perfidia, asesinado a los cincuenta y un años de edad por Baltasar Gerard, natural del Franco Condado, en la provincia de Borgoña. Este asesino, con la esperanza de una recompensa aquí y en el más allá por matar a un enemigo del rey de España y de la religión católica, emprendió la acción de matar al Príncipe de Orange. Procurándose armas de fuego, lo vigiló mientras pasaba a través del gran vestíbulo de su palacio hacia la comida, y le pidió un pasaporte. La princesa de Orange, viendo que el asesino hablaba con una voz hueca y confusa, preguntó quién era, diciendo que no le gustaba su cara. El príncipe respondió que se trataba de alguien que pedía un pasaporte, que le sería dado pronto.

Nada más pasó antes de la comida, pero al volver el príncipe y la princesa por el mismo vestíbulo, terminada la comida, el asesino, oculto todo lo que podía tras uno de los pilares, disparó contra el príncipe, entrando las balas por el lado izquierdo y penetrando en el derecho, hiriendo en su trayectoria el estómago y órganos vitales. Al recibir las heridas, el príncipe sólo dijo: “Señor, ten misericordia de mi alma, y de esta pobre gente,” y luego expiró inmediatamente.

Las lamentaciones por la muerte del Príncipe de Orange fueron generales por todas las Provincias Unidas, y el asesino, que fue tomado de inmediato, recibió la sentencia de ser muerto de la manera más ejemplar, pero tal era su entusiasmo, o necedad, que cuando le desgarraban las carnes con tenazas al rojo vivo, decía fríamente: “Si estuviera en libertad, volvería a hacerlo.”

El funeral del Príncipe de Orange fue el más grande jamás visto en los Países Bajos, y quizá el dolor por su muerte el más sincero, porque dejó tras de sí el carácter que honradamente merecía, el de padre de su pueblo.

Para concluir, multitudes fueron asesinadas en diferentes partes de Flandes; en la ciudad de Valence, en particular, cincuenta y siete de los principales habitantes fueron brutalmente muertos en un mismo día por rehusar abrazar la superstición romanista; y grandes números fueron dejados languidecer en prisión hasta morir por lo insano de sus mazmorras.

ACTIVIDAD Y TRABAJOS DE LUTERO EN LOS AÑOS SIGUIENTES HASTA LA DIETA DE AUGSBURGO

29 Nov

ACTIVIDAD Y TRABAJOS DE LUTERO EN LOS AÑOS SIGUIENTES HASTA LA DIETA DE AUGSBURGO

En los ocho años siguientes, es decir, hasta la Dieta de Augsburgo, en la cual los príncipes y municipios favorables a la Reforma se agruparon alrededor de aquella magnifica confesión de fe que hizo célebre el nombre de dicha ciudad, tenemos que considerar la vida y actividad de Lutero bajo tres aspectos: 1º. Su relación con los movimientos religioso-políticos, cuyo jefe fue Tomás Munzer. 2º. Sus disputas con otras personas especialmente con los reformadores sui­zos; y 3º. Su continuo trabajo en la obra de la Reforma y en su ministerio.

Episodio muy triste fue la llamada guerra de los campesinos, de la cual se ha querido culpar a la Reforma, aunque sin razón, pues ya en el año 1491 los campesinos se habían rebelado en los Países Bajos; en 1503, en las cercanías de Suiza; en 1513 y 15!4, en el Sur de Alemania, y en 1515, en Carintia y Hungría. Estas rebeliones fueron originadas en su mayor parte por las inauditas opresiones que sufrían los pobres labradores de parte de los príncipes, nobles y clérigos, a lo cual se unía la agitación que la Reforma había llevado a todas las clases de la sociedad. Las nuevas doctrinas de libertad que Lutero y sus amigos entendían espiritualmente, los campesinos las tomaron en sentido político o carnal según la expresión de Lutero y los esfuerzos por reformar y renovar las condiciones actuales, en vez de ser dirigidos por hombres prudentes y sabios hacia el bien, fueron dirigidos por gente apasionada y malvada de una manera violenta y perversa. La doctrina de Lutero sobre la libertad cristiana pareció a muchos probar el derecho de rebelión. Es verdad que Lutero ya desde Wartburg había enviado una Amonestación a todos los cristianos para evitar rebeliones y alborotos; pero la gente estaba ya demasiado agitada, y el escrito produjo poco efecto.

Los primeros alborotos tuvieron lugar entre los aldeanos suabos del lago de Constanza en el año 1524, porque el Abad de Reichenau les negó predicadores protestantes. El fuego se comunicó pronto a otras partes de Suabia. Se trató de cal mar los ánimos agitados, prometiendo varias Concesiones; pero algunas veces los pactos hechos no se cumplieron; los presos eran ejecutados, y con esto se atizaba más y más la llama de la rebelión.

En el año de 1525 los aldeanos se sublevaron en masa en Suabia, Alsacia, Lorena hasta Tu ringía, en todo el Sur y centro de Alemania, tratando de hacer valer sus derechos, legítimos o pretendidos, por la fuerza, el pillaje y la matanza. Sus pretensiones principales eran: Libre elección de los predicadores; abolición completa de la servidumbre hereditaria y del diezmo; libre caza y pesca; disminución de los trabajos personales y de las multas, y otras semejantes.

Lutero, a quien los aldeanos habían nombrado por árbitro, publicó una amonestación dirigida a los príncipes y señores, especialmente a los obcecados obispos, curas y frailes recordándoles que toda su rabia era impotente para acabar con el Evangelio, y que la tiranía de ellos era la que había provocado la revuelta. Debían mirar el suceso como castigo de Dios, y convertirse de buena voluntad. Si os dejáis aconsejar, se ñores les -dice-, ceded un poquito vuestra ira, por Dios. Debíais dejar el enojo, la terque dad y la tiranía, y tratar a los labradores con razones como a engañados.

Con no menor dureza habló después a los labradores. ¿Sabéis -les dice- cómo he logrado yo que mi predicación haya tenido tanto más éxito, cuanto más el Papa y el diablo se han enfurecido? Nunca saqué la espada, nunca quise venganza. No hice alborotos ni revueltas; al contrario, defendí cuanto podía el poder y respeto a la autoridad humana, aun a la que me perseguía a mí mismo y al Evangelio. Toda la causa la puse en las manos de Dios, y me confié siempre resueltamente en su brazo. Ahora vosotros me turbáis; queréis prestar socorro al Evangelio, y no sabéis que así le perjudicáis y oprimís terriblemente. Por esto, vuelvo a deciros, yo abandono vuestra causa, por buena y justa que sea. El cristiano no puede consentir tales empresas, sino disuadiros cuanto pueda, tanto de palabra como por escrito, mientras pal pite una sola vena en su cuerpo; porque los cristianos no pelean con la espada, sino con la cruz y la paciencia, como Jesucristo, que no llevó espada sino que murió crucificado.

De la misma manera, Melanchton se declaró desde el principio contra los campesinos, aunque también amonestó a los príncipes y nobles Ambos reformadores deseaban un arreglo pacifico, pero no lo consiguieron; de un lado, la autoridad no procedía con sinceridad, y de otro, los campesinos se enfurecían más y más en su fanatismo. El más ilustrado, pero a la vez más furioso de todos ellos, era Tomás Münzer. Antes había estado en Wittemberg, y reprendido severamente por Lutero, le aborrecía de corazón. Hecho más tarde predicador en el pueblo de Turingia, se gloriaba de tener el Espíritu Santo, y de haber recibido mandato divino de predicar por todo el mundo. Combatía a un tiempo al Papa y a Lutero. Expulsado de allí por su insensata agitación, se fue a Mühihausen, y encendió desde allí la revolución en toda la Turingia.

Conmovido por las crueldades cometidas por los revoltosos, lanzó Lutero otro folleto contra los campesinos salteadores y asesinos» aconsejan do a los príncipes que los matasen como a perros rabiosos. Estos no aguardaron más, y el 15 de Mayo de 1525 los príncipes de Sajonia, el Landgrave de Hesse y el duque Enrique de Brünswik, batieron a Münzer y su bando de unos 8.000 hombres, y le derrotaron enteramente. Münzer fue cogido y ejecutado junto con su ayudante. Y como ésta, así las demás revueltas fueron ahogadas en sangre. Lutero y sus amigos habían manifestado muy claramente que no tenían ninguna comunión interior ni exterior con los rebeldes.

Mientras Lutero luchaba así en la política, no tuvo tampoco punto de reposo en la controversia doctrinal. Nuevos adversarios le salieron al encuentro. El ataque del Papa y sus secuaces no le extrañó; pero no había esperado nunca tener que habérselas con un rey.

Enrique VIII de Inglaterra, habiendo compilado de libros viejos uno nuevo, ofreció al mundo la Defensa de los siete sacramentos contra Martín Lutero, por Enrique VIII, rey invencible de Inglaterra y Francia, Señor de Irlanda.

Plagados de errores e invectivas contra Lutero, hablaba de un modo tan insolente, que debía replicársele, y Lutero lo hizo con un escrito tan enérgico que asustó a los mismos amigos de Lutero.

Aniquila una afirmación tras otra, y combate las opiniones de los padres y doctores de la Iglesia con invencibles textos de la Biblia. Verdad es que la vehemencia e invectivas con que Lutero contesta a las del rey, no concuerdan con el espíritu manso de Jesucristo, pero Lutero era hombre y tenía sus defectos. Mas todo el mundo comprendió que el rey no tanto intentaba defender el catolicismo, como adquirir de parte del Papa el titulo de Defensor fidei como los reyes de Francia y España. Esto lo consiguió, pero no ganó la victoria contra Lutero, pues se vio precisado a retirarse de la arena.

Pocos años después, habiendo asegurado a Lutero el rey de Dinamarca que Enrique se había convertido, y que no faltaba sino dirigirse benignamente a él para hacerle amigo del Evangelio, Lutero le escribió una carta, declarando que, a la verdad, no podía ni quería conceder nada en cuanto a la doctrina, pero le pedía perdón con noble humildad y respeto por algunas expresiones demasiado fuertes y ofensivas que había usado. Mas sólo obtuvo de Enrique por contestación otro libelo más infamatorio y denigrante.

Lo notable es, que aquel defensor de la fe católica romana rompió más tarde enteramente con el Papa y le atacó como lo había hecho antes con Lutero. El fue el que libertó, aunque no por motivos nobles y puros, a Inglaterra del dominio del Papa.

Con motivo de esta controversia, dio Lutero contra otro hombre, el célebre Erasmo (nacido en Rotterdam en 1463 y fallecido en Basilea en 1536), el más famoso literato de aquellos tiempos. Hasta entonces no se había decidido ni en pro ni en contra de la Reforma. Estimaba mucho a Lutero por sus conocimientos y franqueza; se alegraba del progreso que hacían las letras como consecuencia de la Reforma. Tampoco quería defender al papismo con sus abusos, vicios y supersticiones. Mas siendo racionalista en el fondo, no comprendió la fuerza, decisión e intransigencia con que Lutero y sus amigos combatían todo el sistema romano; pues varias doctrinas, por ejemplo, la de las buenas obras y del mérito del hombre, le parecían muy convenientes y más razonable que la de la justificación por gracia. Lo que él prefería era el termino medio, ignorando que no lo hay entre la verdad y el error: anhelaba una reforma, sí, mas sólo de los abusos y doctrinas supersticiosas, dejando el fondo integro e intacto; olvidando aquella máxima: el árbol malo no puede llevar frutos buenos.

Era el tipo de los que abundaban entonces como abundan hoy día: enemigos del papismo, mas no amigos del Evangelio; quieren destruir el edificio de la superstición; mas no tienen con qué suplirlo, a no ser con una filosofía árida, deleznable y seca que no da consuelo al corazón ni seguridad a la conciencia, que jamás ha logrado victorias duraderas contra el Romanismo, ni contra ninguna superstición.

Así sucedió que la Reforma, cuanto más adelantaba y adquiría forma más concreta, tanto menos aceptable parecía a Erasmo; mas con todo, no tenía ganas de meterse en estas disputas teológicas, como solía llamarlas; y por otra parte, temía el genio de Lutero. Pero estrecha mente ligado Erasmo con Enrique VIII, se sintió igualmente atacado por Lutero en la persona de su amigo; y a pesar de que Lutero, no queriendo batirse con este literato, a quien estimaba mucho, le había rogado que no tomase parte activa en la controversia, se resolvió el célebre Erasmo, azuzado desde luego por los papistas de todas partes, a lanzarse contra el Reformador. El tema de su escrito caracteriza al hombre: El libre albedrío; trata de demostrar que el hombre por voluntad y determinación propia es capaz de hacer bien; y aun cuando no puede prescin dir en absoluto de la ayuda divina, tampoco está tan privado de todo mérito que la justificación se verifique por pura gracia. Concede en parte la cooperación de la gracia; mas tiende a cer cenar todo lo posible esa influencia, para enaltecer la energía y obra.

Lutero contestó con su discurso de El albedrío esclavo, en el que probaba que no existía ese pretendido libre albedrío. El hombre original había tenido la voluntad libre para el bien, y nacido otra vez y santificado por el Espíritu Santo, volvía a tenerla; mas desde la caída de Adán el hombre natural era esclavo del pecado; y cualquiera que creyese poder hacer lo más mínimo para su salvación por sí mismo, y confiase, no en la gracia de Dios, sino en sí mismo, no podía alcanzar la salvación; pues el hombre es justificado ante Dios sólo por la fe. Erasmo prolongó la controversia con dos tratados más, pero sin éxito.

Mucho más importante que las mencionadas controversias fue la sostenida sobre la Santa Cena.

Lutero ya antes había tenido grandes dudas acerca de la doctrina de la transubstanciación de la Santa Cena. Sabido es que la Iglesia romana pretende que el pan y el vino se convierten real y esencialmente en cuerpo y sangre de Jesucristo por las palabras de la institución pro nunciadas por el sacerdote sobre los elementos, quedando sólo la forma, los accidentes del pan y el vino, es decir, lo que entra por las sentidos pero de ninguna manera el pan y vino mismo. Consecuencia forzosa de esto era que siendo el Sacramento material y esencialmente cuerpo y sangre de Cristo, debía adorársele. También que bastaba dar a los legos comulgantes sólo una especie del Sacramento, el pan; puesto que en el cuerpo está ya contenida la sangre. Sólo los sacerdotes deben recibir tam bién la otra especie, el cáliz. Mas la supresión del cáliz pugna manifiestamente con la institución de Cristo cuando dijo expresamente: Bebed de él todos (Mateo 26, 27); y es injusto otorgar a los sacerdotes como privilegio el cáliz de que se priva a los legos. El apóstol San Pablo nada sabía de tal privilegio (véase 1ª Corintios 11, 25-29). Ade más, el dogma de la transubstanciación se promulgó en la Iglesia romana, muy tarde, en el año 1215.

Lutero, pues, desechó esta doctrina contraria a la Escritura, y afirmó únicamente la presencia real, pero espiritualmente, del cuerpo y sangre de Cristo bajo y con el pan y vino. Pero su colega Carlostadio fue más adelante; interpretó las palabras de la institución este es mi cuerpo, etcétera, diciendo que al pronunciarlas Jesucristo, las refería hacia su cuerpo, anunciando a los discípulos, que lo había de sacrificar por ellos, y enseñándoles que habían de recordar esto en lo venidero, cuando juntos partiesen el pan. Tal era la interpretación de Carlostadio, que éste divulgó y predicó, acompañando sus predicaciones con expresiones algo apasionadas en con tra de Lutero. Algunos discípulos de éste la aceptaron y la desenvolvieron, con especialidad los teólogos Bútzer y Capiton, quedando, sin embargo de esto, amigos y veneradores de Lutero.

También se puso por este tiempo en contradic ción con Lutero, en cuanto a esa doctrina, el teólogo Ulrico Zuinglio, de Zurich, que había comenzado la Reforma en la Suiza al mismo tiempo que Lutero en Alemania.

Desde el año 1527 venia declarando en sus obras que Jesucristo, según San Juan, cap. 6, exige tan solamente que su carne se tome espiritualmente como verdadero alimento del alma; es decir, con la fe viva de que había entregado su cuerpo y sangre a la muerte para la vida del mundo; declarando, por lo tanto, inútil el comer materialmente su carne como los judíos lo habían entendido. Si a esa comida espiritual, añadía, se juntan las señales de recuerdo, esto es, el pan que representa su cuerpo destrozado, y el vino que recuerda el derramamiento de su sangre, entonces se tomaba sacramentalmente el cuerpo y sangre de Jesucristo, en lo cual consistía lo característico de la Santa Cena. Las palabras de la institución Tomad, comed, esto es mi cuerpo, según Zuinglio, significan: Esto simboliza o significa mi cuerpo.

Contra esa doctrina se levantó entonces Juan Bugenhagen, amigo y colega de Lutero, defendiendo la verdadera presencia del cuerpo espiritual de Cristo en la Santa Cena; al mismo tiempo que Zuinglio halló un compañero de su parecer en Oecolampadio de Basilea. Con este motivo Lutero mismo intervino en la disputa.

Para comprender estas disensiones, que trajeron tan tristes consecuencias para la Reforma, preciso es tener bien en cuenta lo dificilísimo de la materia. La Biblia nos dice bien poco para aclarar el misterio que está contenido en la Santa Cena. Desde luego se entiende que el sentido de la Biblia es que el cristiano celebra una verdadera y real comunión con Cristo glorificado, por medio de los elementos materiales. Mas sobre el modo en que se verifica esta unión, nos da escasas referencias. Lo cierto es que hay que evitar dos extremos: primero, el traer todo el misterio al terreno material y físico, tal como lo comprende la Iglesia Romana, la que con su dogma de la transubstanciación lleva a la idolatría y a un Dios material y carnal; el otro extremo sería quitar todo el valor a los elementos, o sea a la forma e institución exterior, interpretando la comunión con Cristo que en ella disfruta el cristiano de un modo tan vago, que allí no se vea más que lo que el cristiano puede y debe tener en todas partes y épocas a saber: la comunión con Cristo por la fe. Es evidente que con esta interpretación el sacramento pierde todo su valor y dignidad: y así lo comprendieron aquellos fanáticos y falsos profetas antes mencionados, que Lutero combatió al volver de Wartburg.

Los reformadores todos, fuerza es decirlo, reconociendo que ambos extremos eran erróneos, los combatieron y trataron de excluirlos en sus definiciones respectivas. Mas Lutero, impre sionado fuertemente por los recientes combates con aquellos fanáticos, y presintiendo los graves peligros que aquel espiritualismo traería a la Iglesia, se esforzó en combatirlo, definiendo la presencia espiritual de Cristo en la Santa Cena de la manera más positiva que era posible. Al contrario, Carlostadio, Zuinglio y sus amigos temiendo que se retrocediera a la idolatría ro mana, procuraron apartar de sus definiciones respectivas todo cuanto pudiera dar pie a una inteligencia material. Partiendo así unos y otros de un mismo fundamento, pero con puntos de vista divergentes, llegaron también a definiciones distintas. Esto no tiene nada de extraño si se considera lo misterioso, difícil e intrincado de la materia y la limitación del entendimiento humano. Ni tampoco tal diferencia de pareceres hubiera sido en si misma perjudicial, puesto que el recibir la bendición y gracia del sacramento no depende de la mucha o poca inteligencia del misterio, sino únicamente de la fe con que se toma. Mas por desgracia sucedió aquí lo que tantas veces hay que deplorar entre cristianos: la pasión se mezcló en la controversia, y agravó la disensión; se lanzaron folletos de ambas partes con encarnizamiento poco cristiano. Por fin se propuso celebrar una controversia, que pusiese fin a la diversidad de pareceres, esclareciendo perfectamente el asunto. El conde Felipe de Hesse, reconociendo la gran importancia de la acción unida y fraternal de todos los reformadores de la Sajonia y de la Suiza, convocó en 1529 a ambas partes en Marburg para que viniesen a un acuerdo, después de discutirlo concienzudamente.

Felipe había dispuesto que primero disputasen Lutero y Oecolampadio, y después Zuinglio con Melanchton separadamente, porque temía que si los dos espíritus vehementes, Lutero y Zuinglio, luchaban frente a frente, frustrarían toda inteligencia. Después se tuvo la disputa pública por tres días enteros, asistiendo a ella el conde Felipe, el duque Ulrico de Wittemberg y sus con sejeros, con muchos otros doctores y catedráticos. Todos los argumentos en pro y en contra, empleados ya en los folletos, se reprodujeron de nuevo. Resultado de esto: los reformadores redactaron catorce artículos, firmándose trece de éstos con completa conformidad de ambas partes sobre las demás doctrinas de la fe. Al artículo catorce, sobre la Santa Cena, añadieron: No habiendo llegado a un acuerdo sobre si el verdadero cuerpo y sangre de Jesucristo está contenido en el pan y vino; sin embargo, los unos deben mirar y tratar a los otros con amor cristiano, en cuanto la conciencia de cada uno lo permita; y ambas partes suplicar a Dios asiduamente que El mismo por su Espíritu Santo nos confirme en la recta inteligencia de tales palabras. Amén.

¡Ojalá que se hubiese puesto en práctica este convenio! Reinando el amor fraternal y sosteniendo con fuerzas comunes y unidas los trece artículos convenidos, o sea el resumen de la doctrina evangélica, ciertamente el decimocuarto no debía haber producido escisión. Pero, por desgracia, este convenio no fue sino una paz aparente. En la confesión de Augsburgo y otras, la doctrina de Lutero acerca de la Santa Cena se pronunció clara y explícitamente, mientras que los reformados en la confesión Helvética y otras, proclamaron la presencia solamente espiritual de Cristo, estando y permaneciendo su cuerpo en los cielos, de modo que la Santa Cena era sólo una conmemoración de su muerte. Más tarde la lucha se hizo más y más encarnizada, hasta declararse una ruptura entre luteranos y reformados, que ha sido una gran rémora para los progresos de la Reforma en muchos países.

Por lo demás, no es difícil hallar excusas en pro de Lutero y demás reformadores. Altamente agitados todos en su interior por la lucha terrible que, siendo tan pocos, pero obedeciendo a la voz de su conciencia, sostenían ya por tantos años contra el mundo entero, no es de maravillar que en el ardor y encarnizamiento de la pelea se equivocaran en algún caso, tomando opiniones secundarias por dogmas principales. Mas una vez imbuidos en este concepto erróneo, les honra altamente la inquebrantable rectitud y rectitud y religiosidad con que defienden su convicción sin mirar en nada a las conveniencias políticas. Era evidente, desde luego, que nada podía perjudicar tanto a la obra de la Reforma como esta discordia entre sus iniciadores, enfrente del formidable y uniforme poder del papado. La conveniencia política aconsejaba disimular la divergencia a toda costa; mas la conciencia no les permitió ocultarla.

Meditando luego sobre las razones por las que permitió Dios que estallase esta lucha entre hermanos en la fe igualmente defensores de la verdad evangélica, una al menos hallamos muy evidente y palpable. Dios quería demostrar a todo el mundo que la causa era suya y no de los hombres, para que él solo fuese glorificado. A ser obra de hombres, tamaño error, como era esa lucha incomprensible entre luteranos y reformados, debía darle el golpe de gracia y arrui narla completamente. Mas la causa de Dios está por encima aun de las faltas de sus mismos de­fensores. Así es que aquellos errores hacen resaltar la omnipotencia de Dios. Y otra segunda enseñanza no menos importante se desprende, a saber: que estos sucesos de tan triste recuerdo nos hacen entender y atender al único medio que liga la libertad con la unidad evangélica, cual es, como lo explica San Pablo: Sed asiduos en conservar la unidad de espíritu por el vinculo de amor.

Felizmente, el mismo país donde estalló la guerra, a saber, la Alemania, ha sido el primero en restablecer la paz: en el año 1817, con motivo de la celebración del tercer centenario de la Reforma, el piadoso rey de Prusia, Federico Guillermo III, emprendió la tarea de reanudar de nuevo el lazo del amor y comunión cristiana entre ambas iglesias, uniéndolas en una Iglesia evangélica y su empresa ya ha traído consigo por la gracia de Dios gran bendición.

Por lo demás, Lutero mismo, a pesar de insis tir sin vacilar en sus opiniones, siempre permaneció muy modesto en cuanto a sí mismo; lejos de querer establecer él una nueva Iglesia y darle su nombre, escribió un día: No debes llamarte luterano: ¿qué es Lutero?, ni es la doctrina mía; ruego que se calle mi nombre, y no se llamen luteranos, sino cristianos. Extirpemos los apelativos de partido; llamémonos cristianos, pues que profesamos la doctrina de Cristo. Ni soy ni quiero ser maestro de nadie. Hasta aquí hemos visto a Lutero ocupado mayormente en las luchas de afuera. No por esto dejó de dirigir siempre su atención hacia adentro. No quería sólo derribar, sino más bien edi ficar; y así nunca dejó de trabajar para la conso lidación interior de la Reforma. Sin desfallecer se ocupó en este tiempo, como ya hemos dicho, en la traducción de la Biblia. Escribió además varios tratados, a fin de instruir al pueblo sobre los errores del papado y sobre la pura doctrina evangélica. En el 1527 dio al pueblo alemán el primer himnario, titulándolo Primera colección de canciones espirituales y salmos. La mayor parte de estos himnos son aún hoy día muy conocidos y amados en Alemania; muchos de ellos han sido traducidos a otras lenguas.

También tenía un vivo interés por establecer escuelas cristianas de todas clases, convencido de que el Evangelio no podía hacer mucho progreso en la nación, a no ser instruida sencilla y rectamente en él la juventud; pero en esto tuvo muchas y muy grandes dificultades con que luchar: Se quejaba amargamente de que, habiendo emprendido los príncipes y ayuntamientos de tan buena voluntad la secularización o desamortización de los bienes eclesiásticos, nada se aplicase para las escuelas. En su discurso A los alcaldes y consejeros de todas las ciudades de Alemania para que estableciesen y sostuviesen escuelas cristianas,, dice, entre otras cosas: Gastándose cada año tanto dinero en puentes, carreteras, ca minos, diques, etc., ¿por qué no se gasta en favor de la juventud pobre y necesitada lo que sea necesario para darle buenos profesores? Es cuestión de mucha importancia para Cristo y todo el mundo, el prestar consejo e instrucción a los jóvenes, puesto que con ello todos reciben socorro..

Sobre todo esto Lutero pensó en establecer un nuevo orden de cosas eclesiásticas. El 5 de mayo de 1525 el príncipe elector Federico el Sabio falleció, sucediéndole su hermano Juan, llamado el Constante, el cual tomó parte activa en la Reforma, mientras que Federico sólo había dejado obrar a Lutero y a sus amigos. Ya en ese mismo año de 1525 mandó este príncipe que todos los predicadores introdujesen en el culto la llamada misa alemana, redactada por Lutero. Es verdad que Lutero conservaba en ella mucho de la anterior; pero abrogaba enteramente el sacrificio de la misma, y el uso de la lengua latina; y acentuaba como lo más importante la predicación del Evangelio. Además, ordenó que se predicase exclusivamente la pura Palabra de Dios, para lo cual se dio a luz un sermonario redactado por Lutero, que sirviese de guía a los menos instruidos. Después de esto pidió el elector a Lutero y Melanchton su parecer acerca de la constitución de la Iglesia e institución del cul to y colocación de los predicadores. Hizo publi car estos principios fundamentales por delegados, legos y eclesiásticos: en 1527 removió los malos predicadores y los sustituyó por otros mejores. Esto se verificó con motivo de una visita eclesiástica hecha del 1527 al 1529, que por primera vez estableció orden y uniformidad en las congregaciones de Sajonia. Después se proclamó la nueva constitución eclesiástica se gún la cual la Iglesia no se considera como un cuerpo enteramente separado del Estado, gobernado por una jerarquía que tiene por jefe supremo al Papa, sino más bien como un conjunto de congregaciones creyentes que tienen la misma confesión, y son protegidas y no inspeccionadas, en cuanto a lo exterior, por el Gobierno del Estado, de tal manera, que éste ejerce sus derechos sobre la Iglesia por medio de las personas nombradas por ella misma, que son los superintendentes, y después los consistorios. Pero la época en que se estableció esta nueva constitución de la Iglesia era tan agitada, que no se explicaron ni determinaron claramente algunos de sus principios, especialmente sus relaciones con el Supremo Gobierno del Estado; así resultó cierta confusión del régimen eclesiástico con el político del país, que muchas veces ha perjudicado a la libertad e independencia de la Iglesia.

Con estas nuevas instituciones se llevó a cabo el establecimiento de la Reforma en la Sajonia, Hesse, Anhalt, Luneburgo y muchas ciudades libres; la Prusia, Dinamarca, Suecia, Noruega, casi todo el norte de Alemania y de Europa.

Esta nueva constitución y el establecimiento de las escuelas, movió a Lutero, en el año 1528, a escribir su catecismo grande, y en 1525, su catecismo pequeño. No se puede calcular las bendiciones que han traído Consigo estas obras inmortales: estos catecismos existen hoy día, traducidos en treinta y tantos idiomas. El elector Federico II quiso que se le enterrase con el catecismo en la mano.

En el preámbulo, Lutero nos da un magnífico modelo del método sencillo de instrucción que quiere sea empleado. Dice: Todas las preguntas deben referirse en último término a dos puntos:

fe y caridad. La parte de fe se subdivide en otras dos: en la primera se desarrolla aquel artículo, que todos estamos corrompidos y condenados por el pecado de Adán; en la segunda, que somos librados por Cristo Jesús de todo pecado y de la condenación eterna. Igualmente, la parte de la caridad se subdivide en dos, a saber: la primera expone el mandato «de que debemos servir y hacer bien a cualquiera corno Jesús nos lo hizo a nosotros; la segunda, Ûque tenemos que sufrir y padecer cualesquiera males de buena voluntad.

Empezando ahora -dice a comprender esto el niño, se le acostumbra a aprender en las predicaciones textos de la Escritura, y juntarlos con estos artículos como se juntan cuartos, reales y escudos en los bolsillos y portamonedas. La bolsa de la fe es un portamonedas de oro, y en él entran: primero, el texto de Romanos 5, 12, y Salmo 51, que son dos onzas preciosas; y segundo el texto Romanos 4, 25, y Evangelio de San Juan 1, 36, que son dos doblones. Nadie por sabio que sea, debe despreciar este método infantil. Cristo, queriendo salvar a los hombres, hubo de hacerse hombre; para educar a niños, debemos hacernos nosotros niños como ellos. ¿No es esto un espejo excelente para tantos orgullosos profesores y pedantes de hoy en día, que piensan que cuanto más abstracta y pesada presentan su doctrina, tanto más mérito tiene?

Aparte de todas estas luchas y trabajos de Reforma, no descuidó Lutero en lo más mínimo su cargo de predicador y párroco, manifestándose buen pastor del rebaño confiado a su dirección, no solamente predicando el más puro Evangelio, sino también practicándolo. A menudo predicaba más de una vez al día, visitaba los enfermos, instruía a los catecúmenos y cuidaba de los pobres y afligidos de la congregación. Especialmente, en 1527, dio una prueba insigne de su fidelidad de pastor.

En dicho año sobre las muchas tribulaciones y enfermedades que personalmente tenía que sufrir, se declaró la peste en Wittemberg, y la Universidad, por mandato del elector, se trasladó a Jena. También a Lutero amonestó aquel príncipe que se retirase a Jena juntamente con su familia; pero él y Bugenhagen con los diáconos quedaron solos en Wittemberg; mas no solos escribía a un amigo; -Cristo y vuestras oraciones nos acompañan, y están también con nosotros los santos ángeles invisibles. Si Dios quiere que nos quedemos aquí en esta plaga y nos muramos, nuestro cuidado de nada servirá; por tanto, que cada cual disponga así su corazón: Señor, en tus manos estoy, tú me has atado aquí, hágase siempre tu voluntad.

Lutero entraba en las habitaciones de la peste y de la muerte; consolaba a los enfermos y moribundos con el Evangelio, y los fortalecía con el santo sacramento del cuerpo y sangre de Cristo. En Noviembre tuvo su propia casa llena de enfermos; escribía a un colega suyo: Soy como el apóstol, como muriendo, mas he aquí, vivo.

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LUTERO EN EL CASTILLO DE WARTSURG

29 Nov

LUTERO EN EL CASTILLO DE WARTSURG

En 26 de Mayo apareció el edicto del emperador, llamado Edicto de Worms, el cual ponía a Lutero fuera de la ley, de modo que cualquiera podía matarle impunemente, y ninguno debía protegerle. Todos sus partidarios y adictos eran amenazados con igual suerte. Además, se ordenaba que cualquiera que le cogiese le entregase, y que todos sus libros fuesen destruidos. Este edicto fue inspirado por el más cruel adversario de Lutero: el legado papal Aleandro, que había dicho, lleno de furia y enojo: Aunque vosotros, alemanes, queráis libertaros del yugo de Roma, nosotros procuraremos que os destrocéis entre vosotros mismos hasta perecer ahogados en vuestra propia sangre. El edicto llevaba la fecha de 8 de Mayo, fecha retrasada y puesta con toda malicia para que apareciese obligatoria en todos los Estados del imperio, mientras que la mayor parte de los príncipes, que ya habían salido antes del 26, ignoraban todo esto. Por lo tanto, era un edicto ilegal. Y cuando fue conocido, no obtuvo mucha aceptación en Alemania por estar redactado enteramente en el espíritu romano, tan en contradicción con el espíritu de la nación alemana. Sin embargo, Lutero hubiese sido tal vez víctima de esta tormenta, si el Señor no le hubiese guardado velando sobre él.

El elector Federico el Sabio le quería proteger de la persecución de sus enemigos, y eligió el medio que creyó más a propósito, mandando que algunos caballeros enmascarados sorpren diesen a Lutero y le hicieran prisionero en las cercanías de Eisenach, cuando volvía de Worms, de regreso a Wittemberg. Así se hizo, y el elector lo hizo guardar en la inmediata fortaleza de Wartburg.

En este castillo, que Lutero llamaba su Patmos, residió en tranquila oscuridad cerca de un año, fuera del alcance de sus enemigos, y bajo el nombre supuesto del caballero Jorge. Se vistió como un hidalgo, dejó crecer su cabello y barba, corría por los bosques, buscaba fresas y gustaba también del placer agridulce de los grandes señores: la caza. Pero a pesar de estas distracciones, absorbían su mente los pensamientos teológicos. Por un lado la soledad, y por otro los alimentos fuertes y suculentos que le daban, le ocasionaron muchas molestias de cuerpo y aflicciones de alma, que achacó a Satanás, pero contra las cuales luchaba con fortaleza.

Por algún tiempo nadie supo qué había sido de Lutero, de manera que sus amigos llegaron a quejarse de su ausencia, y sus enemigos clamaban llenos de júbilo. Pero no tardó en desaparecer la tristeza de los suyos, y nuevo terror cayó sobre sus enemigos, porque pronto dio señales de vida.

En el castillo de Wartburg no se dio un momento de reposo; lleno de entusiasmo, como siempre, esparció nuevos escritos por el mundo. Sacó a luz un librito de la “confesión”, un tratado de los votos espirituales y de los votos mo­násticos, una explicación de algunos salmos, y el principio de un libro de sermones para todo el año. Es digno de mención especialmente un libro muy enérgico, que escribió contra el elec tor Alberto de Maguncia, en el cual se ve que Lutero sabía lo que debía hacer, y la influencia que ejercía. Porque este príncipe había vendido otra vez indulgencias en Halle, haciendo caso omiso de lo sucedido anteriormente. Lutero, sin cuidarse del misterio en que hasta entonces había permanecido, y de su lugar de refugio, pidió al arzobispo que hiciese desaparecer ese tráfico indigno. Y cuando vio que ésta no tenía éxito, escribió un tratado muy fuerte contra el nuevo ídolo de Halle, aunque la impresión de este escrito encontró dificultades en Wittemberg. Después dirigió otra carta a Alberto, en la cual le amo nestaba, no ya como un fraile prisionero, sino como un siervo de Dios, llamado por el Rey de su Iglesia, Jesucristo, como ministro valiente del Evangelio, a que retirase las indulgencias; y le decía: Su Alteza ha vuelto a colocar el ídolo que roba a los pobres cristianos dinero y alma. Acaso S. A. piensa ahora que está seguro de mí, por creerme desterrado y anulado por S. M. I.; mas yo cumpliré con el deber del amor cristiano, sin hacer caso del Papa, ni obispos, ni del mismo infierno. No se eche en olvido aquello del terrible fuego que procedió de una chispa despreciada, que nadie temía; mas Dios ha fallado su sentencia y El vive aún; que nadie lo dude. El tiene un placer especial en quebrantar los altos cedros y humillar los Faraones endurecidos. Al concluir, le fija el término de quince días para la suspensión de las indulgencias. El elector se humilló ante esta poderosa filípica del proscrito fraile, y le contestó dándole muchísimas disculpas y excusas. Sea que lo hiciese movido por su conciencia O por temor, de todos modos, este resultado pone de manifiesto cuán superiores son los verdaderos siervos de Dios a toda grandeza humana. Lutero, solitario, proscrito, prisionero, posee en su fe fuerza y ánimo invencibles. El arzobispo, elector y cardenal tiembla ante él, a pesar de todo su poder y fama. Aquí tenemos la clave de los singulares enigmas que ofrece la historia de la Reforma.

Pero el trabajo más importante, la obra inmor tal, que Lutero concluyó en el castillo de Wartburg, fue la traducción del Nuevo Testamento en lengua alemana. No hay necesidad de encarecer el beneficio que Lutero dispensó a toda una nación, haciendo que todos, viejos o jóvenes, pobres o ricos, pudiesen escuchar la santa Palabra de Dios en la iglesia y en las escuelas, y leerla en casa. Mas no es una sola nación la que debe a Lutero la Palabra de Dios; sino que con este hecho quebrantó para siempre las cadenas y barreras en que Roma había aprisionado y encerrado la Palabra divina, devolviendo a todo el mundo el tesoro más precioso: el pan de vida eterna. En todos los países y lenguas brotaron las ediciones de la Biblia como las hierbas y flores al principiar la primavera. Desde entonces ha sido imposible, y lo será para siempre, el robar a la humanidad esta palabra eterna: el Evangelio de salvación. ¡Debemos dar las gracias al Señor por estos beneficios todos los que tenemos y conocemos su Palabra!

Para que la Reforma extirpase enteramente el poder del papado romano y sus errores, era necesario que el pueblo fuese otra vez conducido a la fuente primitiva y pura de la verdad y de la salvación. El pueblo debía conocer por sí mismo y ver con sus propios ojos que los sacerdotes no le habían dado a beber el agua pura de la Palabra de Dios, sino el agua estancada de las tradiciones humanas. Era preciso que todo el pueblo pudiera tener la Biblia en su mano. Porque la Sagrada Escritura es la única regla y norma de nuestra fe, así como la sangre y la justicia de Jesucristo son el único ornamento y vestido del cristiano. El que añade tradiciones humanas a la Palabra de Dios, y el que mezcla la justicia completa de Dios con la justicia humana, destruye los dos pilares fundamentales de la doctrina cristiana. Y eso precisamente es lo que hace Roma, y lo que la Reforma se encargó de remediar.

Es verdad que ya antes del tiempo de Lutero había algunas traducciones de la Biblia en lengua vulgar; pero estaban tan llenas de errores, y su estilo se adaptaba tan poco al lenguaje del pueblo, que no habían encontrado aceptación. Lutero había ya traducido algunos pasajes de la Sagrada Escritura, empezando por los siete salmos que tratan del arrepentimiento. Sus traduc ciones habían sido leídas con interés, pero se deseaba que publicase más. Lutero conoció en esto la voz de Dios que le encargaba tal trabajo, y puso manos a la obra.

Este libro solo -dice- debe llenar las manos, lenguas, ojos, oídos y corazones de todos los hombres. La Biblia sin comentarios es el sol que por sí solo da luz a todos los profesores y pastores.

En el castillo de Wartburg Lutero tradujo solamente el Nuevo Testamento, que después de su vuelta a Wittemberg corrigió con ayuda de Melanchton, e hizo imprimir en el año 1522. En 21 de Septiembre apareció la primera edición completa, tres mil ejemplares, con el sencillo titulo de (El Nuevo Testamento) en alemán. Wittemberg. Ningún nombre de hombre se añadió. Desde aquel momento cualquier alemán podía comprar la Palabra de Dios por tres pesetas. El éxito de este trabajo sobrepujó todas las esperanzas. En poco tiempo se agotó completamente la primera edición, y fue preciso que la segunda apareciese ya en Diciembre. En el año 1533 existían ya cincuenta y ocho diferentes edicio nes del Nuevo Testamento traducido por Lutero. Todos los que conocían el alemán, nobles y plebeyos, los artesanos, las mujeres, todos leían el Nuevo Testamento con el más ferviente deseo -dice un católico contemporáneo de la Reforma, Cochleus. Lo llevaban consigo a todas partes; lo aprendían de memoria; y hasta gente sin gran instrucción se atrevía, fundando en las Sagradas Escrituras su conocimiento, a disputar acerca de la fe y del Evangelio con sacerdotes y frailes, y hasta con profesores públicos y doctores en teología.

Nada más natural que los adversarios persiguiesen encarnizadamente esta nueva obra de Lutero, porque era la más importante de cuantas había escrito. Con ella emancipó la Reforma de la autoridad del hombre y de sí mismo, fundándola en los cimientos eternos de la palabra divina escrita dando a cada cristiano el poder de reconocer por sí mismo los errores de Roma, y examinar las nuevas doctrinas de la salvación por la fe. Esta pluma que tradujo los sagrados textos era seguramente aquella que vio el elector Federico en sueños, que se extendía hasta las siete colinas y bacía estremecerse la corona del Papa. El monje en su celda y el príncipe en su trono dieron gritos de ira y de cólera; los sacerdotes ignorantes temblaban al pensar que ahora cualquier hombre podía disputar con ellos sobre la doctrina de Jesús.

Hasta el rey Enrique VIII de Inglaterra presentó una acusación contra aquel libro al Elector Federico y al duque Jorge de Sajonia. Resultado de esto, Jorge mandó que todos los ejemplares del Nuevo Testamento fueran entregados a las autoridades. La Suabia, la Baviera, el Austria, todos los Estados inclinados a Roma, hacían lo mismo. En muchas partes fue quemada la Biblia en público. Roma restableció de esta manera en el siglo XVI los crímenes paganos, porque no otra cosa había hecho los antiguos emperadores romanos con la religión cristiana. Y ¿quién no sabe que hoy día continúa aún el mismo pro cedimiento? Mas con todo esto no impidió los progresos y la propagación del Evangelio; éste reformó toda la sociedad; la cristiandad empezó a ser otra; allí donde se leía la Biblia, entre las familias, producía otras costumbres, nuevos modales, otra conversación renovaba toda la vida. Al publicar el Nuevo Testamento, la Reforma salió de los colegios y entró en los hogares del pueblo.

Una vez impreso el Nuevo Testamento, poco a poco siguieron también los libros del Antiguo, traduciéndolos Lutero, con ayuda de sus amigos Melanchton, Bugenhagen y otros. En el año 1534 fue impresa por segunda vez la Sagrada Escritura. ¡Mas cuánto trabajo y sudor les costó la obra! Lutero mismo dice: Algunas veces nos ha sucedido que durante quince días, y aun tres o cuatro semanas, hemos buscado una sola palabra, e inquirido su verdadero sentido, y tal vez no lo hemos encontrado. Como ahora está en alemán y en lengua fácil, cualquiera puede leer y entender la Biblia, y recorrer pronto con sus ojos tres o cuatro hojas, sin apercibirse de las piedras y tropiezos que antes había en el camino. Pero también respecto a la ciencia lingüística esta traducción ha dado a la nación alemana un tesoro riquísimo, que el juicio de tres siglos ha consagrado.

A su vez, Melanchton publicó los Loci communes theologici, o sea principios fundamentales de teología, y dio con esto a la Europa cristiana un sistema de doctrina, cuyo fundamento era sólido y cuya construcción asombraba. La traducción del Nuevo Testamento justificó la Reforma ante el pueblo; la obra de Melanchton, ante los sabios. El lenguaje de ésta, lejos del pedantismo escolástico, era vivo, interesante y evidente, fundándose enteramente en la Biblia. La Iglesia no había visto obra igual hacía diez siglos. Por cierto -dijo Calvino, cuando más tarde lo tradujo al francés-, la mayor sencillez es la primera ventaja para la demostración de la doctrina cristiana. Lutero admiró esta obra toda su vida; las notas sueltas que él hasta entonces había hecho sonar, aquí se concertaban, formando una armonía deliciosa, Aconsejó a todos los teólogos que leyesen el Melanchton. Muchos adversarios de la Reforma, heridos por el lenguaje violento de Lutero, fueron atraídos por lo suave y sencillo del estilo, y convencidos por lo lógico y claro de las demostraciones. Después de la Biblia no hay otro libro que tanto haya contribuido a restablecer la doctrina del Evangelio.

LA SALIDA DE LUTERO DEL CASTILLO DE WARTBURG

Pero ya es tiempo que volvamos a Lutero, prisionero en el castillo de Wartburg, el cual era para él cada día más un”castillo de espera”, que es lo que significa la palabra alemana. El esperaba y velaba allí como guardia fiel de la Iglesia, según nos lo testifican sus trabajos de que he mos hablado; pero también esperaba con todo su corazón la hora de abandonar aquella prisión voluntaria; y pronto debía llegar esta hora, aun que la causa de ello no fue la más agradable.

Hasta ahora el movimiento de la Reforma se había concretado principalmente a la modificación de la doctrina; pero no había empezado la extirpación de los abusos y grandes errores. Mas mientras Lutero estuvo oculto, otros empezaron estos ensayos de una reforma exterior. Sus hermanos en la orden, los frailes agustinos, entre los cuales los más jóvenes eran especialmente adictos a la doctrina de Lutero, resolvieron, en una asamblea de Wittemberg, suprimir la misa privada y abrir los conventos. Lutero a quien habían preguntado antes, les dio su parecer sin reserva. Esta cuestión le había causado a él mismo poco antes muchas inquietudes y dudas. Estaba convencido de que los curas debían tener libertad para casarse, porque sólo así podían recobrar la consideración y respeto en el pueblo, evitar mil tentaciones y llegar a ser verdaderos pastores de su grey. El casamiento de los curas no suprimía los curatos, sino que los restablecía. Pero era diferente el caso de los frailes; cuando ellos se casaran, los conventos por fuerza debían desaparecer. Los curas -dijo Lutero- son instituidos por Dios y, por lo tanto, libres de preceptos humanos; mas los frailes han escogido voluntariamente su estado y, por consiguiente, no pueden librarse del yugo que se han impuesto a sí mismos. Así lucha en su conciencia la verdad con el error. Por fin rendido, se puso de rodillas, y exclamó: Señor Jesús: instrúyenos tú y libranos por tu misericordia para nuestra libertad, porque somos tu pueblo.

No le faltó la contestación a su plegaria. La misma doctrina de la justificación por la fe le abrió otra vez el paso. Mientras que este artículo -escribe él- quede en pie, nadie se hará fácilmente fraile; todo lo que no proceda de fe es pecado. (Romanos 14, 23.) Por tanto, el voto de castidad, pobreza, obediencia y cosas por el estilo, hecho sin fe, es impío y perjudicial; tales eclesiásticos no valen más que las sacerdotisas de Vesta y otras del paganismo, que hacían su voto a fin de lograr por él justicia y bienaventuranza; lo que sólo y únicamente debían atribuir a la misericordia de Dios, lo atribuyen a sus obras. No hay más que un solo estado eclesiástico que es sagrado y santifica, a saber: el cristianismo y la fe. Es notable el camino por el que Lutero llegó a este resultado; procediendo y partiendo siempre de la base y centro del cristianismo, o sea la salvación gratuita por Jesucristo sin mérito nuestro, sabe resolver todas las dificultades y problemas.

Esta lucha interior demuestra cuán lejos estaba Lutero de ser innovador, y echa por tierra los vituperios y calumnias que se le levantan en todas partes al afirmar que emprendió la Reforma con el fin de satisfacer sus apetitos o deseos de poder casarse y abandonar su convento. Al contrario, era aficionado al celibato por lo que respecta a su persona, y aun después de haber reconocido que el celibato obligatorio se opone a la Palabra de Dios, él por su parte permaneció soltero algunos años, continuó viviendo en el convento y conservó hasta el hábito de fraile. En este mismo espíritu, de una templanza desinteresada redactó la contestación a las preguntas de sus hermanos en la misma orden. Se alegraba de su reciente conocimiento cristiano, pero al mismo tiempo se apresuró a amonestarles con energía, poniendo como fundamento el principio de que la Reforma no debía empezar por abrogar las cosas exteriores, por ejemplo, la misa y las imágenes en las iglesias y otras cosas, sino que debía empezar con lo interior; con la conversión de los corazones por la predicación pura del Evangelio. Tan pronto -dijo- como la doctri na de la justificación del pobre pecador ante Dios por gracia, y sin mérito de las obras, sea bien conocida y verdaderamente creída, las antiguas ceremonias y obras que son contra la Escritura, y con las que se piensa merecer ante Dios la Justicia, caerán por si mismas.

Asimismo Melanchton, cuando le consultaron acerca de la misa, examinó la cuestión muy detenidamente, y la respuesta que dio prueba la firme convicción que había adquirido. Como el mirar a una cruz no es en sí obra buena, sino por el recuerdo de la muerte de Cristo, así la participación en la Cena del Señor no es obra meritoria, sino que es como una señal que nos recuerda la gracia dada por Cristo. Es verdad que los símbolos inventados por hombres sólo pueden recordar lo que significan; mientras que las señales instituidas por Dios, no sólo recuerdan una cosa, sino que prueban la voluntad de Dios en el corazón. Sin embargo, así como la mirada a la cruz no justifica ni es sacrificio por pecados, tampoco la misa ni justifica ni es sacrificio; sólo hay un sacrificio, una sola satisfacción: Jesucristo mismo; fuera de él no hay justificación. En cuanto a la práctica, también aconsejaba un progreso lento y gradual para no turbar los ánimos.

Pero no pensaba así Carlostadio, del que ya hemos hablado en la controversia de Leipzig. Este no estaba exento de cierto fanatismo; y tal vez efecto de la ambición, pensaba ponerse él mismo a la cabeza de la Reforma. Entre el pueblo especialmente había ganado bastante partido, y cuando se sintió con bastante influencia, no solamente dio la Santa Cena en la Capilla del castillo de Wittemberg, en la fiesta de Navi dad de 1521, con pan y vino, sin previa confesión y en lengua alemana, sino que promovió en la calle algunos tumultos. Con el pueblo fanatizado y con los estudiantes entró en la mencionada iglesia, destruyó las imágenes, quitó los altares e impidió a los otros sacerdotes decir misa. El carácter de Carlostadio, que no era de los más prudentes fue más excitado todavía por algunos fanáticos que vinieron a fines de 1521 de Zwickau a Wittemberg, bajo el nombre de los nuevos profetas.

El más conocido entre ellos era el que después fue el capitán de los campesinos rebeldes, Tomás Munzer. Estos hombres profetizaban, según decían, impulsados por el Espíritu Santo, acontecimientos maravillosos; desechaban el bautismo de los niños, y querían una revolución total y violenta de todas las cosas y estados. Declararon iguales a todos los hombres; anunciaron un nuevo reino de Dios y querían suprimir dc una vez escuelas, libros, ciencias, magistrados y, en fin, todo cuanto hasta entonces había existido. El tímido y manso Melanchton y su colega Amsdorf no se atrevieron a oponerse formalmente a estos hombres, pensando que tal vez Dios quería obrar alguna cosa extraordinaria por ellos. Lutero, a quien se escribió acerca de estas cosas, contestó a Melanchton inmediatamente con decisión y claridad; le reprendió por no haber escudriñado los espíritus, y no haber exigido de esta gente que probasen las supuestas relaciones superiores por señales y pruebas que pudieran considerarse como divinas. Sin embargo, quería asegurar para ellos la misma libertad que exigía para su opinión: que el elector no los ponga en prisión ni manche sus manos con su sangre. Sólo con la palabra y el poder del Espíritu quiso vencerlos. Lutero superó, como se ve, en cuanto a la tolerancia religiosa, a todos sus contemporáneos y hasta a algunos de sus colegas en la Reforma. Pero la inquietud y el tumulto crecían en Wittemberg de día en día, y era inminente el peligro de que aquellos fanáticos ganasen allí los ánimos.

El elector Federico era tan bueno, que no pudo determinarse a adoptar medidas severas. Creció el mal sin que ninguno lo impidiera. La Reforma estaba al borde del precipicio. Este enemigo era más peligroso que el mismo Papa y el emperador. Todos en Wittemberg clamaban por Lutero; los vecinos lo deseaban, los profesores querían recibir su consejo, los mismos profetas falsos apelaban a él. Apenas podemos figurarnos lo que pasó en la mente dc Lutero; jamás había sufrido tales penas. Toda la Alemania echaba la culpa a la Reforma. ¿Dónde iría a parar esto? Sólo con la oración venció estas angustias. Dios ha principiado la obra, Dios la consumará. Me prosterno -dice- ante su gracia, suplicándole que su nombre quede sobre su obra. Si algo inmundo se ha mezclado, no olvidará que yo soy pecador. Mas le fue imposible guar dar la reserva por más tiempo.

Conoció que estos tumultos pedían su presencia personal en Witteniberg, antes que sobreviniese a la obra de la Reforma un daño irreparable, y por lo tanto, dejó el 8 de Marzo de 1522 el castillo de Wartburg, sin el conocimiento y permiso del tímido elector, porque temía que éste, que quería tener escondido algún tiempo mas a Lutero, a causa del destierro a que estaba condenado, no le consentiría la marcha. Pero Lutero sabia bien quién le protegería de todos los enemigos, y que teniendo refugio en Dios Todopoderoso, podía ir sin temor al peligro y a la tempestad. En el camino escribió al príncipe elector una carta llena de plena confianza en Dios: Por amor a Vuestra Alteza he sufrido estar encerrado por todo este año; pero ahora debo dejar aquel lugar, obligado por mi propia conciencia; porque si yo permaneciese algún tiempo más, el Evangelio sufriría y padecería, y el diablo se pondría en su lugar, aun cuando yo no cediese más que un palmo. Por lo tanto, debo marchar, aunque por nueve días no lloviese del cielo más que duques Jorges (el duque Jorge era ahora uno de sus enemigos más poderosos y terribles), y cada uno de ellos nueve veces más furioso que éste. Yo no quiero pedir la protección de Vuestra Alteza. Yo voy a Wittemberg con una protección mucho más alta que la del elector. Sí, yo creo que más bien podría yo proteger a Vuestra Alteza que Vuestra Alteza a mí. Porque el que tiene mayor confianza en Dios, será más protegido. En este asunto no debe ni puede la espada hacer cosa alguna para ayudar. Dios solo debe obrar aquí sin cuidado ni asistencia de hombres. Y porque Vues tra Alteza una vez me ha preguntado sobre lo que debía hacer en estas cosas, pensando que Vuestra Alteza ha hecho demasiado poco, yo contesto con toda humildad: Vuestra Alteza ha hecho demasiado y no debió hacer nada. Dios quiere que se le deje hacer en estas cosas, y Vuestra Alteza debe tener esto en cuenta. Y como yo no quiero seguir los consejos de Vuestra Alteza y quedarme aquí, Vuestra Alteza queda sin responsabilidad ante Dios, y sin culpa en el caso de que me cogiesen o matasen. Y en cuanto a los hombres, Vuestra Alteza ha de ser obediente a los que Dios ha puesto sobre vos; según las leyes del reino, la majestad imperial ha de ordenar, y Vuestra Alteza no debe resistir ni oponerse, sí quieren atraparme o matarme. Porque esto sería rebelión contra Dios. Cristo no me ha enseñado a ser cristiano perjudicando a otros. Yo tengo que tratar con otra persona que con el duque Jorge; él me conoce a mí y yo le conozco también bastante. Si Vuestra Alteza tuviese suficiente fe, por cierto que vería la glo ria de Dios. Pero como no cree nada, tampoco ha visto nada. A Dios sea gloria y alabanza y amor por toda la eternidad. Amén.

Apenas llegó Lutero a Wittemberg, predicó durante ocho días consecutivos contra los fanáticos que habían destruido las imágenes y querían en sus cerebros exaltados renovar el mundo. La gente se apiñaba para escuchar su palabra. Su lenguaje era sencillo, suave y poderoso; se conducía como un padre que a su vuelta pregun ta a los niños por su conducta; reconoció con gusto sus progresos en la fe, y continuó: Mas no sólo la fe hace falta, sino también el amor. Si uno lleva una espada, debe manejarla de tal modo que no haga daño a sus compañeros. Ved cómo trata la madre a su niño; primero le da leche, luego papilla. Si enseguida le diera car ne, vino y comida fuerte, no le haría provecho; portémonos así nosotros con el hermano flaco. Decís que la Biblia os enseña a suprimir la misa yo digo lo mismo; mas, ¿dónde está el orden? Lo habéis hecho alborotada y desordenadamen te para escándalo del prójimo, mientras que antes debíais haber orado y consultado con los superiores; entonces se podía ver que era obra de Dios. Primero debemos ganar el corazón de los hombres, esto se logra predicando el Evangelio; la semilla cae en el corazón y obra allí. Así se convence el hombre, y deja la misa. Mañana viene otro, y pasa lo mismo; así Dios con su Palabra obra más que yo y vosotros y todos juntos con la fuerza. Pablo, cuando entró en Atenas, vio muchos altares e ídolos; mas no tocó ni destrozó ninguno, sino que se puso en la plaza, predicó el Evangelio y probó que aquellas cosas eran supersticiones. Cuando la Pala bra ganó sus corazones, los ídolos cayeron por sí mismos.

Así habló Lutero el domingo; también predicó el martes; el miércoles volvió a resonar su poderosa voz, el jueves, viernes, sábado y domingo, habló de los ayunos, de la Santa Cena, la restitución del cáliz, la derogación de la confesión, ora con tierno cariño, ora con santa gravedad. Atacó vivamente a los que con ligereza participaban de la Santa Cena. La participación exterior no vale nada; sólo la interior espiritual que se verifica mediante la fe, es a saber, cuando creamos firmemente que Cristo, Hijo de Dios, está en nuestro lugar y toma todas nuestras maldades sobre sí. Es la satisfacción eterna por nuestro pecado y la reconciliación con Dios el Padre; este pan es consuelo de los afligidos, medicina de los enfermos, vida de moribundos, comida de hambrientos, rico tesoro de pobres.

Los sermones de Lutero son modelos de elocuencia religiosa y popular. Más fácil es fanatizar y turbar la gente que apaciguar la fanatizada. Pero Lutero logró esto último. En sus sermones no pronunció palabra injuriosa contra los autores de los tumultos; cuanto más se atemperó a este modo de proceder, tanta más eficacia tenia la verdad. Ni aún en Worms se había mostrado más grande. El que no temía el cadalso, podía amonestar que se sujetasen a la autoridad; el que despreciaba toda persecución humana podía exigir la obediencia hacia Dios. Así era que sus discursos, llenos de claridad, de poder y de mansedumbre, ayudados por la impresión poderosísima de su personalidad, tuvieron el éxito más completo. Los ánimos se calmaron, las ideas confusas se aclararon, y pronto echó fuera de las puertas de Wittemberg a todos aquellos fanáticos con la influencia de su predicación.

Así se salvó la Reforma. Una vez para siempre había demostrado la inmensa diferencia que existe entre reforma y revolución; entre la liber tad cristiana sujeta a la Palabra de Dios, y el fanatismo que traspasa los límites para sujetarlo todo a su albedrío. Para todos los tiempos dio el ejemplo de cómo la verdad tiene que luchar contra el error, y vencerle por su propio poder, por la libre convicción.

Terminada esta crisis, la Reforma pudo des envolverse con más tranquilidad exterior de lo que pudo esperarse en un principio. Los edictos de Worms llegaron a ser ejecutados sólo en una pequeña parte de Alemania. El Papa León X, que había excomulgado a Lutero, murió. El emperador Carlos V tuvo que volver a España por rebeliones que en ésta habían estallado. Además, penetraron los turcos en Hungría y el representante de Carlos, su hermano Fernando, trató de ganarse la buena voluntad de los Estados alemanes para que le ayudasen contra ellos, dejándoles más libertad en la cuestión religiosa, y muchísimos aprovecharon esta ocasión para introducir la Reforma en sus dominios. De este modo, la Reforma, que hasta la Dieta de Worms fue obra personal, por decirlo así, de Lutero, tomó desde entonces carácter público y fue representada por los Estados mismos. Esto era lo que Lutero deseaba, aunque no pareciese favorable para su propia autoridad y gloria, porque tenía por lema aquella palabra célebre de Juan Bautista: El debe crecer y yo menguar.

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LA BULA DEL PAPA Y LA SEÑAL DEL FUEGO

29 Nov

LA BULA DEL PAPA Y LA SEÑAL DEL FUEGO

El Dr. Eck, marchó a Roma lleno de enojo contra Lutero, y no descansó hasta que el 15 de Junio de 1520 logró que fuese expedida la bula de excomunión papal. Esta bula condenaba 41 setencias o conclusiones de Lutero, así como sus libros, y le lanzaba de la comunión de la Iglesia, si no se retractaba en el término de sesenta días. Todo el que aceptase la doctrina de Lutero, quedaba conminado por la pérdida de todos sus oficios y dignidades, y privado de derramamiento en lugar sagrado, etc. Lleno de gozo por tal triunfo, volvió el Dr. Eck con esta bula a Alemania, pero no logró muy buena suerte con ella. El hecho de llevarla él mismo, daba al hecho tales apariencias de venganza personal, que la impresión causada por la bula fue poco eficaz y casi contraproducente. Hasta en Leipzing, le enviaron cartas llenas de amenazas, y se burlaron de él de todas maneras. En Erfurt la bula fue hecha pedazos por multitud de estudiantes y echada después al agua; y en otras muchas partes ni siquiera fue publicada. Más ¿qué sign

Al Reformador no se le oculta el enorme peli gro en que se halla, pero eleva sus ojos al cielo y su alma se acoge al trono de Dios. ¿Qué va a suceder? Lo ignoro -dice-; sin embargo, no tengo empeño en saberlo. Sólo sé, y me basta, que ni una hoja del árbol cae sin el beneplácito de nuestro Padre celestial. Es poca cosa morir por el Verbo, pues que este Verbo se hizo carne y murió por nosotros; con El resucitaremos si con El morimos.

Todo el mundo se preguntaba qué iba a hacer Lutero entonces. En primer lugar, reiteró en 17 de Noviembre la apelación al juicio de un con cilio general de toda la Iglesia, que había hecho ya dos años antes.

El acto revistió la siguiente solemnidad; a las diez de la mañana se reunieron Lutero, un notario público y cinco testigos en una sala del convento de Agustinos, y Lutero declaró en voz alta: En atención a que el poder general de la iglesia cristiana es superior al del Papa, sobre todo en lo concerniente a la fe; En atención a que el poder del Papa no es superior, sino inferior a la Escritura, y que él no tiene derecho para degollar los corderos de Cristo y abandonarlos al lobo; Yo, Martín Lutero, agustino, doctor en Sagrada Escritura en Wittemberg, apelo por este escrito por mí y por los que están o estarán conmigo, del santísimo Papa León, a un concilio universal y cristiano.

Y apelo del dicho Papa León, primeramente, como de un juez inicuo, temerario, tirano, que me condena sin oírme y sin exhibir los motivos. Segundo, como de un hereje, condenado por la Sagrada Escritura, que me ordena negar que la fe cristiana sea necesaria para la recepción de los sacramentos. Tercero, como de un adversario y un tirano de la Sagrada Escritura, que osa opo ner sus propias palabras a las palabras de Dios. Cuarto, como de un menospreciador de la santa Iglesia cristiana y de un concilio libre, y que pretende que un concilio no es nada en sí mismo.

Esta protesta fue enviada a muchas cortes de la cristiandad.

Después atacó la misma bula, en un escrito intitulado Contra la bula del Anticristo en el cual hacia la defensa de todas las doctrinas que la bula había condenado. Sólo citaremos un párrafo. La décima proposición de Lutero estaba así concebida: Los pecados no le son perdonados a ningún hombre, si no cree que le están perdonados cuando le absuelve el confesor. Al condenar el Papa esta proposición, negaba fuese necesaria la fe en el sacramento de la penitencia. Pretenden exclama Lutero- que no debemos creer que nos sean perdonados los pecados sino cuando somos absueltos por el sacerdote. ¿Qué debemos hacer, pues? Escuchad, ¡oh cristianos!, la noticia que acaba de llegar de Roma. Se pro nuncia condenación contra este artículo de fe que confesamos, diciendo: Creo en el Espíritu Santo, en la Iglesia Universal y en el perdón de los pecados.

Entretanto que Lutero hablaba con tanta energía, el peligro arreciaba. Ya principiaba a ponerse en ejecución la bula; no era vana la palabra del sumo pontífice; las hogueras se levantaban a su voz y quemaban los libros del hereje, en Amberes, Lovaina, Maguncia, Colonia, Ingolstadt y otras poblaciones; pero en todas partes el pueblo se alborotó y demostró su enojo por este proceder. Tampoco los príncipes de Alemania, reunidos entonces para asistir a la coronación del nuevo emperador Carlos V, estaban contentos. Mas lo que los nuncios del Papa anhelaban, no era quemar libros y papeles, sino al mismo Lutero. Emplearon todos los medios posibles para lograr un edicto contra la cabeza de Lutero. Pero Carlos no fue tan condescendiente. No puedo -les contestó-, sin el parecer de mis consejeros y el consentimiento de los príncipes, descargar semejante golpe sobre una fracción numerosa y protegida por tan poderosos defensores. Veamos primeramente qué piensa de esto nuestro padre el elector de Sajonia; veremos después lo que tendremos que contestar al Papa. En vista de esto, los nuncios se dirigen al elector para ensayar con él sus artificios y el poder de su elocuencia.

Era crítica la posición en que se hallaba Federico. Por un lado, estaban el emperador, los príncipes del imperio y el sumo pontífice de la cristiandad, a cuya autoridad aún no pensaba sustraerse; por otro, un fraile, un pobre fraile; pues a él solo era a quien reclamaban. Mas el elector estaba convencido de la injusticia que hacían a Lutero. Se horrorizaba ante la idea de entregar a un inocente en las manos de sus enemigos. La justicia antes que el papa, fue la norma que adoptó, resuelto a no ceder a Roma.

En medio de esta agitación general, Lutero no pensaba en ceder. A sus valientes palabras puso el sello con una acción más valiente aún. No debía quedarse atrás en esta lucha: lo que había hecho el Papa, iba a hacerlo el fraile: palabra contra palabra, hoguera contra hoguera. El 10 de Diciembre se fijó en la Universidad de Wittemberg un aviso para que todos los profesores y estudiantes se encontrasen a las nueve de la mañana ante la puerta de la Elster. Doctores, estudiantes y pueblo se reunieron, y se dirigieron al lugar designado. Lutero iba entre los primeros. Roma había encendido muchas hogueras para quemar las vidas de los herejes; Lutero quería emplear el mismo procedimiento, no para destruir personas, sino para destruir inútiles y nocivos documentos para esto sirvió el fuego. La hoguera estaba preparada; un licenciado la encendió. Y apenas se levantaron las llamas, el Doctor en Teología Martín Lutero se acercó con su hábito de monje, llevando en sus manos las decretales pontificias, algunos escritos de sus adversarios y la bula papal. Primero, fueron quemadas las decretales; después elevó Lutero la bula sobre su cabeza, y dijo:  Por cuanto has turbado al Santo del Señor (es decir, a Jesucristo, cuya obra de salvación completa negaba la bula), el fuego eterno te turbe y consuma. Josué, 7, 25), y la echó en las llamas. Esta era, por decirlo así, la señal del incendio y la prueba de que desde aquel momento la separación de Roma era completa.

Al día siguiente, todos los oyentes esperaban una arenga de Lutero. Concluida su explicación, que versó sobre los Salmos, permaneció silencioso algunos instantes, inmediatamente dijo con viveza:  Guardaos de las ordenanzas e ins tituciones del Papa. Yo quemé las decretales, pero esto no fue sino un juego de niños. Ya sería tiempo y más tiempo de que se quemase la silla de Roma con todas sus abominaciones.  Tomando acto continuo un tono más grave, dijo:

Si vosotros no combatís esforzadamente el impío gobierno del Papa, no podéis ser salvos. Cualquiera que se complazca en la religión y culto papista, será eternamente perdido en la otra vida. Si se ha desechado la comunión romana, es menester resignarse a soportar con paciencia toda clase de sufrimientos, como también a perder la vida. Pero más vale exponerse a todo esto en este mundo, que callarse. Mientras yo viva, manifestaré a mis hermanos la llaga y la peste de Babilonia, temiendo que muchos de los que están con nosotros sucumban con los demás en el abismo del infierno.

No se puede imaginar el efecto que produjo sobre la asamblea este discurso, cuya energía nos admira. Ninguno de nosotros -añade el sincero estudiante que nos lo ha conservado- no siendo un leño sin inteligencia, duda que esto sea la verdad pura. Es opinión de todos los fieles que el doctor Lutero es un ángel del Dios vivo, llamado para administrar el pasto de la Palabra de Dios a las ovejas de Cristo, que por tanto tiempo han permanecido descarriadas.

Aquel discurso, con el acto que lo coronó, marcan una época importante de la Reforma. La conferencia de Leipzig, había separado interiormente a Lutero del papa; mas el acto de quemar la bula fue una declaración formal de su separación del obispo de Roma y de su Iglesia, y de su adhesión a la Iglesia universal, tal cual fue fundada por los apóstoles de Jesucristo.

Con esta valiente decisión empieza la Reforma, a lo menos en cuanto a sus consecuencias inmediatas, a saber: la formación de una Iglesia propia, independiente del Papa. Desde aquel momento era preciso declararse, o en pro de Lutero o contra él; y el que estuviese con él, se entendía que había roto todo lazo con la Iglesia romana.

LA DIETA DE W0RMS

En el año 1519, a la muerte del emperador Maximiliano, la corona del impero alemán recayó en su nieto el joven rey Carlos I de España, porque el príncipe elector Federico el Sabio, al cual había sido ofrecida antes, la había rehusado. En Febrero de 1521 se reunió una asamblea general de todos los príncipes y representantes de las ciudades en Worms, y esta era la primera Dieta que celebraba el nuevo emperador Carlos.

Apenas rayaba Carlos entonces en los veinte años: aunque pálido y enfermizo, sabía, no obs tante, montar a caballo con gallardía, y romper lanzas como cualquier otro; de carácter taciturno, de porte grave, melancólico, aunque expresivo y benévolo, no revelaba aún un espíritu eminente, ni parecía haber adoptado todavía una línea marcada de conducta.

El Papa, habiendo experimentado cuán poco podía influir en aquellas circunstancias en la opinión del pueblo alemán por medio de bulas condenatorias o edictos despóticos, trató de hacer callar a Lutero con grandes ofertas; pero esto fue también en vano. Ahora pidió a la Dieta general del imperio reunida en Worms que le ayudase eficazmente en su lucha contra Lutero. Mas con toda su elocuencia, el legado Papal, Aleandro no pudo conseguir que Lutero fuese condenado sin ser oído, sino que debía con este objeto comparecer ante aquellos príncipes. Verdad es que bajo la influencia del Papa, Carlos V hizo quemar en los Países Bajos los escritos de Lutero; mas no por esto quería precipitarse; más bien se inclinaba a un sistema de transacción, que consistía en agasajar al Papa y al elector, y manifestarse inclinado alternativamente, ya al uno, ya al otro, según conviniera a sus planes. Uno de sus ministros, enviado a Roma por asuntos políticos, llegó justamente allí mientras que el doctor Eck intentaba con gran ruido la condenación de Lutero. El astuto embajador reconoció al punto las ventajas que su amo podía sacar del fraile sajón, y escribió el 12 de Mayo de 1520 al emperador: Vuestra Majestad debe ir a Alemania y hacer algún servicio a un tal Martín Lutero que reside en la corte de Sajonia. Sus predicaciones causan mucho ruido en la corte de Roma.

En verdad la causa evangélica estaba en un trance peligrosísimo. No le parecía reservada otra suerte que la del mismo Jesús; a saber, el ser vendida por un precio vil e indigno. Mas Dios ya tenía preparado al que la había de proteger; el príncipe elector Federico el Sabio había reconocido la verdad por los libros de Lutero, y le era cada día más propicio; por lo tanto, pidió al emperador que no se procediese contra Lutero sin darle ocasión para defenderse.

A su vez, el nuncio romano, Aleandro, hombre muy instruido, elocuente e intrigante, hizo todo lo posible para que no se presentase Lutero a la Dieta.

No se discutirá con Lutero, decís -exclamó–; pero el poder de ese hombre audaz, sus centelleantes ojos, la elocuencia de sus palabras, el espíritu misterioso de que está animado, ¿no serán bastantes para excitar alguna sedición? Pronunció ante la Dieta en sesión solemne un discurso elocuentísimo de tres horas seguidas, combatiendo las doctrinas y la persona de Lutero. Luego trató de excusar y hasta de defender los abusos y vicios de Roma, exaltando la autoridad Papal, las santas doctrinas y prácticas de la Iglesia. Pero dio un mal paso con esto. En la primera parte asistieron muchos, y otros fueron impresionados. Mas tan pronto como hubo acabado de defender los abusos y estado actual de la corte pontificia y la Iglesia, se levantó el duque Jorge de Sajonia, el adversario más encarnizado de Lutero, atacando al Papa más fuerte aún que el mismo Lutero. Los golpes que descargó fueron tales, que la Dieta, sin tardar, nombró una comisión encargada de recoger y redactar todas las demandas, quejas y proposiciones de Reforma presentadas a la Dieta. Se hallaron ciento y una, que fueron presentadas al emperador. ¡Cuántas almas cristianas se pierden! -dijeron a Carlos V-; ¡Cuántas rapiñas se cometen, de cuántos escándalos está rodeado el Jefe de la cristiandad! Es menester precaver la ruina y el vilipendio de nuestro pueblo. Por esto, unánimemente os suplicamos que ordenéis una reforma general, que la emprendáis y la acabéis.

Así, pues, todos, sin distinción, reconocieron el mal. El único que expuso a la vez su origen y su remedio fue Lutero. Carlos no podía permane cer insensible a tales demandas. Su mismo confesor le había amenazado con las venganzas del cielo si no reformaba la Iglesia. La opinión de la asamblea y la voz general exigían que compareciese Lutero ante la Dieta. Como consecuencia de todas estas gestiones e impresiones se expidió un edicto del emperador, no al condenado Lutero, como la bula Romana le llamaba, sino al querido, honrado y piadoso doctor Martín Lu tero para que en el término de veintiún días se presentase en Worms ante el emperador y la Dieta. Carlos V envió además otra carta, en la cual le prometía toda seguridad en el viaje. Lutero tenía necesidad de esto porque la bula condenatoria del Papa, que hasta entonces sólo se había anunciado condicionalmente, había sido publicada en definitiva contra Lutero el 3 de Enero de 1521.

Entre las lágrimas de todos los habitantes de Wittemberg, que ya creían a Lutero perdido y trataban vanamente de disuadirle del viaje, emprendió éste con toda confianza su camino hacia Worms el 2 de Abril de 1521, en compañía de algunos amigos, y del heraldo del imperio, Gaspar Sturm. Del estado de ánimo en que empezó su viaje, da testimonio este cántico tan sublime que elevó en el camino: Castillo fuerte es nuestro Dios, componiendo él mismo también la música para entonarlo. Este canto es tan bello y ha tenido tanta importancia en la historia de la Reforma, que bien merece la pena de reproducirlo aquí, aunque muchos de nuestros lectores lo sepan ya de memoria, y lo canten con la misma música de Lutero. La traducción del alemán se ha hecho todo lo exactamente posible; es el cántico de batalla en el nombre de Dios:

Castillo fuerte es nuestro Dios, defensa y buen escudo.

Con su poder nos librará en este trance agudo.

Con furia y con afán, acósanos Satán:

por armas deja ver astucia y gran poder,

cual él no hay en la tierra.

Nuestro valor es nada aquí con él todo es perdido;

mas por nosotros pugnará de Dios el Escogido.

¿Sabéis quién es? Jesús, el que venció en la cruz,

Señor de Sabaoth; y pues El solo es Dios,

El triunfa en la batalla.

Aun si están demonios mil prontos a devorarnos,

no temeremos, porque Dios sabrá aún prosperarnos;

que muestre su vigor Satán, y su furor

dañarnos no podrá, pues condenado es ya

por la Palabra Santa.

Sin destruirla dejarán, aun mal de su grado,

esta Palabra del Señor; El lucha a nuestro lado.

Que lleven con furor los bienes, vida, honor,

los hijos, la mujer; todo ha de perecer;

de Dios el reino queda.

El viaje de Lutero desde Wittemberg a Worms fue un continuado triunfo. En todas partes el pueblo se acercaba a él y rodeaba su carruaje. Hombres ancianos bendecían el día en que el cielo les había concedido la ventura de ver a este monje, que se atrevía a resistir a la tiranía de Roma, que los quería libertar de la esclavitud Papal, y que les anunciaba el sincero Evangelio. Muchos querían disuadirle de ir a Worms y le pronosticaron que tendría la misma suerte fatal que Juan Huss, a quien habían quemado en Constanza. Pero Lutero les contestó: Aunque hicieran una hoguera que abrasase todo el trayecto de Wittemberg a Worms, y se levantase hasta el cielo, sin embargo, en el nombre del Señor me presentaría y confesaría a Cristo, y me confiaría a El en todas cosas. Cuando ya estuvo cerca de la ciudad, recibió una carta de su amigo Spalatin, fechada en Worms, en la cual le aconsejaba no corriese tan ciego a tal peligro, y le mandaba que no se presentase. El inmutable Lutero clavó la mirada sobre el mensajero, y contestó: Id y decid a vuestro amo: Voy a donde me han llamado, y aunque hubiese en Worms tantos diablos como tejas en los tejados, aun así entraría. No habla de este modo ningún hombre que no tiene firme confianza en la justicia de su causa y que no considera al Señor como su castillo y seguro refugio.

El 16 de Abril, a las diez de la mañana, entró Lutero en Worms, precedido por el heraldo del emperador. Una inmensa muchedumbre de todas las clases del pueblo se apiñaba en torno de su coche. Hombres, mujeres, ancianos y niños le saludaron con alegría e indescriptible júbilo. Durante el día y hasta las altas horas de la noche, fue visitado en su alojamiento por muchos condes y señores, clérigos y legos. También el conde duque de Hesse fue a verle, y cuando se despedía de él, le dio la mano, y dijo: Señor doctor, sí tenéis razón, Dios sin duda os ayudará.

Al día siguiente le condujeron ante la gran asamblea de los diputados del imperio. Era tanta la muchedumbre que quería verle, que muchos se subieron a los tejados con este objeto; para que pudiese penetrar en el local de la asamblea, fue necesario hacerle rodear por jardines y calles poco frecuentadas. Había pasado toda la noche anterior contemplando el bello firmamento con sus estrellas; y orando había luchado con su Dios e implorado su auxilio, como hizo Jacob en Peniel.

En esa noche se le oyó, entre otras cosas, pronunciar estas palabras: Dios Todopoderoso y eterno: ¡qué cosa tan vil es el mundo! ¡Cómo se abren en él las bocas de los hombres; cuán pequeña es la confianza de los hombres en su Dios! ¡Qué débil y temerosa es la carne, y que poderoso y activo el diablo con sus apóstoles y sus sabios del mundo! ¡Cuán pronto abandonan las cosas celestiales y corren a su perdición, yendo a los infiernos por el mismo ancho camino que los impíos y la muchedumbre del mundo. Ellos miran solamente lo que es grande y poderoso, magnífico y fuerte ante sus ojos, y lo que tiene apariencias exteriores. Si yo hubiera de imitarlos, pronto me vería abandonado y juzgado por el mundo’ Dios mío, oh Dios mío; tú sólo eres Dios, el Dios mío! ¡Ayúdame tú contra toda la razón y sabiduría del mundo entero! Tú debes hacerlo, y sólo Tú, porque la causa no es mía, sino tuya: por mi persona no tengo nada que ver con ella, ni tampoco con estos hombres poderosos en el mundo. Porque yo por mi parte podría tener tranquilos y quietos días en el mundo y vivir sin perturbación. ¡Pero tuya es la causa, Señor, la causa justa y eterna! Ayúdame tú, ¡oh Dios mío!, fiel y eterno. Yo no tengo confianza en ningún hombre. Todo seria en vano, y nada me aprovecharía. ¡Todo lo que es carne y confía en carne, es falible y perecedero! ¡Oh Dios, oh Dios! ¿No me escuchas, mi Dios? ¿Estás muerto? No, no puedes morir; solamente te escondes de tus criaturas. ¿No me has elegido para esta causa, según creo saber de cierto? Te lo pregunto: ¡y si así es, Tú debes dirigir mis pasos! Porque nunca en mi vida me habría propuesto oponerme a señores tan grandes y poderosos, y nunca lo hubiera pensado. ¡Pues bien, Dios mío; ayúdame en el nombre de tu Hijo querido Jesucristo, que ha de ser mi protección y mi amparo, mi castillo fuerte, mi poder en la fuerza del Espíritu Santo! Señor, ¿dónde te escondes? ¿Por qué tardas? Tú, Dios mío, ¿dónde estás? ¡Ven, ven!; ¡yo estoy pronto hasta perder mi propia vida, paciente como un cordero! Por que justa es la causa y tuya es; y por lo tanto, no me separaré de ella y de Ti en toda la eternidad. Así lo resuelvo ahora en tu nombre. Porque el mundo nunca podrá constreñir mi con ciencia, aunque estuviera lleno de diablos. Y no temo, aunque mi cuerpo, que es obra y criatura de tus manos, fuese en esta empresa destruido o despedazado; porque tu palabra y tu espíritu me quedarán: los enemigos pueden atacar sólo al cuerpo; el alma es tuya, a Ti pertenece y permanece también contigo por toda la eternidad. Amén. Dios mío, ayúdame. Amén.

Cuando llegó ante la puerta del salón, donde estaba reunida la Dieta, Dios le envió un gran consuelo por boca del famoso capitán Jorge Frunsberg. Este le puso la mano en el hombro y le dijo: Frailecito, frailecito, ahora empiezas un camino muy difícil, más difícil que el que yo y muchos capitanes han tenido que recorrer en la batalla más sangrienta. Pero si estás convencido de que tu causa es justa, avanza en el nombre de Dios y nada temas. No te abandonará.

Momentos después, se encontraba nuestro doctor Martín Lutero ante el emperador Carlos y su hermano Fernando; ante seis electores, veintiocho duques, once marqueses, treinta obispos, otros doscientos príncipes y señores y más de cinco mil concurrentes, sin contar los que estaban en la antesala y los que miraban por las ventanas. Nunca se había encontrado en presencia de tanta magnificencia y poder, pero no temblaba.

Su sola presencia allí era ya un triunfo manifiesto, conseguido sobre el Papa que le había excomulgado.

Sobre una mesa se hallaban los libros que Lutero había hecho imprimir. Preguntáronle si los había escrito y si quería retractarse de su contenido. Según el consejo de su abogado, Jerónimo Schurff, pidió que antes se leyesen los títulos de sus libros, después contestó a la primera pregunta con un sí. Respecto a la segunda, Lutero dudó un momento sobre lo que debía contestar. Entonces hubo un movimiento general de ansiedad y emoción; y Lutero, que no quería aparecer como hombre imprudente, pidió que le concediesen un corto tiempo para pensar bien la contestación: Porque –dijo- en esta pregunta se trata de la Palabra de Dios, de la fe cristiana y de la salvación del alma.

Esta respuesta, lejos de dar a sospechar alguna vacilación en Lutero, era digna del Reformador, de la alta asamblea y de la gravedad del asunto. Lutero reprime su carácter impetuoso; esta reserva y calma le disponen para responder más tarde con una sabiduría, poder y dignidad que frustrarán las esperanzas de sus adversarios.

Mientras tanto Carlos, impaciente de conocer al hombre cuya palabra revolvía el imperio, no había apartado sus miradas de él. Se volvió hacia uno de sus cortesanos, y dijo con desdén: Por cierto, no será este hombre el que me haga hereje. El joven príncipe sólo miró lo que esta ba delante de los ojos, el aspecto humilde de Lutero, y no alcanzó a comprender la grandeza del espíritu que le movía. ¡Ojalá que sus ojos hubieran penetrado más adentro, y la suerte de España y la del mundo habría sido otra!

Después de breves consideraciones, la peti ción de Lutero fue aceptada por unanimidad, y le fue concedido un día de término. El heraldo le acompañó otra vez a su posada. En el tránsito, el pueblo, al verlo, se entusiasmó en su favor hasta tal punto, que una voz gritó: ¡Feliz la madre que te parió! Muchos señores de la no bleza fueron a verle a la posada, y dijeron: Señor doctor, ¿cómo estáis? Se dice que querían quemaros, pero esto no se hará, pues perecerían todos ellos juntos con vos. Lutero pasó toda la noche en ferviente oración.

Al día siguiente, 18 de Abril, a las cuatro de la tarde, fue el heraldo otra vez a la posada donde paraba Lutero, con el fin de acompañarle a la Dieta; pero no pudieron llegar hasta dos horas después, cuando las luces estaban ya encendidas. Habiéndosele preguntado otra vez si quería retractarse, hizo sobre sus libros tres distinciones. En unos, dijo, había tratado de la fe cristiana y de las buenas obras, tan sencilla y claramente, que hasta sus propios adversarios las declararían dignas y útiles. Si se retractase de lo expuesto en estos libros, condenaría a la misma verdad cristiana. En otros había atacado al Papado y a los papistas porque habían destrozado con sus perversas doctrinas y ejemplos la cristiandad entera en cuerpo y alma, y se habían apoderado de los bienes de la nación alemana con una tiranía increíble. Si se retractaba de aquello, ensalzaría implícitamente la tiranía y las obras impías. Y finalmente, los libros restantes eran aquellos que había escrito contra los amigos del despotismo Papal. Confesaba que en estos libros había algunos párrafos demasiado fuertes y de gran energía; pero tampoco podía retractarse de ellos, porque las personas aludidas, seguirían entonces en su mal camino y no se enmendarían: el desaprobarlos seria, pues, una defensa tácita de su mal proceder. “Tengo que decir con el Señor Jesús: Si he hablado mal, que se me pruebe dónde está el mal.” Después se declaró dispuesto a de jarse refutar por cualquiera, aun por el más humilde, con tal que le probasen sus errores por la Sagrada Escritura. Lutero hablaba en latín lo mismo que el oficial del arzobispo de Tréveris, y luego repitió lo dicho en alemán. El canciller del elector de Tréveris le contestó que no esta­ban allí para disputar, sino para obtener una contestación clara y terminante: si quería retractarse, o no.

Entonces Lutero contestó solemnemente:

Puesto que su Majestad imperial y sus altezas piden de mi una respuesta sencilla, clara y precisa, voy a darla tal que no tenga ni dientes ni cuernos, de este modo: El Papa y los Concilios han caído muchas veces en el error y en muchas contradicciones consigo mismos. Por lo tanto, si no me convencen con testimonios sacados de la Sagrada Escritura, o con razones evidentes y claras, de manera que quedase convencido y mi conciencia sujeta a esta palabra de Dios, YO NOQUIERO NI PUEDO RETRACTAR NADA, POR NO SER BUENO NI DIGNO DE UN CRISTIANO OBRAR CONTRA LO QUE DICTA SU CONCIENCIA; HEME AQUÍ; NO PUEDO HACER OTRA COSA; QUE DIOS ME AYUDE. AMÉN. Dos heraldos acompañaron a Lutero a su posada donde dijo a Spalatin: Si mil cabezas tuviese, todas me las dejaría cortar antes que retractar nada.

La asamblea permanecía atónita; era extraor dinaria la impresión que Lutero produjo en este día por su santo valor para confesar su fe ante toda la Dieta del imperio. Muchos príncipes no podían ocultar su admiración; volviendo el emperador de su primera impresión, exclamó en alta voz: El fraile habla con un corazón intrépido, y con indomable valor. Los partidarios de Roma se callaron, sintiéndose derrotados. Algunos de los españoles, empleados del emperador, sisearon. El fraile había vencido a los potentados de la tierra. Se había cumplido en él la promesa del Señor. Si os guían ante príncipes y reyes por mi causa, no penséis cómo o qué habéis de hablar, porque en aquella hora os será dado lo que hayáis de hablar; porque no sois vosotros los que habláis, sino que el Espíritu de vuestro Padre es el que habla en vosotros. (Mateo 10, 18-20.)

Se había ganado muchas voluntades hasta entre los príncipes, aunque no se atrevían a con fesarlo públicamente. El elector Federico estaba lleno de gozo con la conducta de su fraile Martín, que había hecho una confesión tan valiente y noble ante el emperador y los príncipes: y por la noche dijo a Spalatin: ¡Oh, qué bien y valientemente ha hablado hoy el padre Martín ante el emperador y los Estados del imperio! ¡Sólo que es demasiado atrevido! El duque Eric de Brunswick, aunque entonces partidario de Roma, le envió un jarro de plata lleno de cerveza de Eimbeck, para que se refrigerase; y Lutero le mandó a decir, dándole las gracias: Así como el duque Eric se ha acordado hoy de mí, nuestro Señor Jesucristo se acuerde de él en su última hora. Estas palabras consolaron al piadoso duque en su lecho de muerte, recordando las de Cristo: Cualquiera que os diere a beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su galardón. (Marcos 9, 41.)

Pero el joven emperador a quien los papistas habían ya de antemano predispuesto en contra de Lutero, no conservó mucho tiempo la impresión que este le había hecho. Sus miras y móviles eran, en verdad, muy extraños a la religión.

Era inminente la guerra con Francia, y el Papa León, ambicioso de engrandecer sus Estados, negociaba a la vez con ambos partidos. A Carlos importaba poco el comprar la amistad del poderoso pontífice a precio de Lutero. Hizo informar al día siguiente a los Estados del imperio que estaba resuelto a proteger la fe católica y a Castigar a Lutero como a un hereje declarado; sin embargo, el salvoconducto de Carlos V le preservaba por de pronto. Es verdad que el nuncio del Papa y algunos otros señores, con su ancha conciencia papista, creyeron que no había obligación de cumplir a Lutero la promesa de seguridad, porque era un hereje; y recordaron lo que se hizo con Juan Huss, al que habían quemado en Constanza, por cima de lo prometido. Pero contra tanta perfidia se opuso hasta el corazón del emperador, quien pronunció estas palabras, dignas de un verdadero príncipe: Aunque todo el mundo faltase a la fidelidad y a las promesas, un emperador alemán no debe hacerlas en vano; no quiero tener que sonrojarme como el emperador Segismundo.

Algunos de los príncipes que eran favorables a la causa de Lutero, el arzobispo Ricardo de Tréveris, el margrave Joaquín de Brandemburgo y otros, lograron que se iniciasen algunas conferencias privadas con Lutero, en presencia de personas doctas y nobles, del duque Jorge de Sajonia, de los obispos de Augsburgo y de Brandemburgo, y otros. Por quince días seguidos, desde el 18 hasta el 26 de Abril, le molestaban amigos y adversarios, desde la mañana hasta altas horas de la noche, con exhortaciones, negociaciones, consejos y ensayos de reconciliación. Estas dos semanas fueron acaso más graves y difíciles de pasar que los días ante la Dieta. No había medio alguno que no emplearan; mas no lograron éxito alguno, porque todo su deseo era que Lutero se retractase, hasta contra su propia convicción, por amor a la paz de la Iglesia.

Por fin, el arzobispo de Tréveris citó en su casa a Lutero y a Spalatin, y ofreció como última proposición un concilio general, al cual Lutero debía sujetarse. Sin duda esta proposición, que disgustaría mucho a Roma, sería más aceptable para Lutero; porque podían transcurrir años y años antes de reunirse el concilio, y ganar tiempo era para la Reforma ganarlo todo. Mas la rectitud de Lutero no podía disimular lo más mínimo: Consiento en ello -dijo-, mas con la condición de que el concilio juzgará según las Sagradas Escrituras. Poner esta condición era rehusar el concilio porque jamás Roma podía consentirlo. Cuando el arzobispo, con mucha benevolencia se lo advirtió, pidiéndole que por la paz de la Iglesia se mostrase más tratable: Ilustrísimo señor -le contestó-, puedo soportar lo todo, mas no abandonar la Sagrada Escritura. He aquí la roca inquebrantable, la eterna Palabra de Dios, que sostuvo firme a Lutero en medio de todo un mar bramando contra él.

Cuando vio el arzobispo que era imposible lograr de Lutero que se retractase, le preguntó:  Pues, mi señor doctor, ¿qué es entonces lo que debemos hacer?  A lo cual contestó Lutero: Eminente señor: no conozco ahora mejor respuesta que la que dio Gamaliel en los Hechos de los Apóstoles: Si el consejo o la causa es de los hombres, perecerá; pero si es de Dios, no podréis ahogarla. De la misma manera, si mi causa no es de Dios, no durará más que dos o tres años; pero sí es, en verdad, obra de Dios, no podréis ahogaría.  Esa profecía, por cierto, no ha dejado de cumplirse.

Por fin, según su deseo se le permitió salir de Worms, y partió de allí el 26 de Abril.

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