Sören Kierkegaard, la muerte y la ejercitación del cristianismo

31 Oct

SÖREN KIERKEGAARD
Sören Kierkegaard, la muerte y la ejercitación del cristianismo

Aunque incluso los eruditos no se ponen del todo de acuerdo en las ideas reales de Sören Kierkegaard popularmente quizás si hay una idea común y generalizada de que detrás de este escritor cuyo apellido significa “cementerio” se esconde algo oscuro. Por ejemplo, cuando en la película Ordet el pastor luterano pregunta si el origen de la extravagante locura de Johannes era de nacimiento o quizás provocada por un desamor, la respuesta de su hermano no deja de ser anecdótica: “- No, no,… fue por Sören Kierkegaard”.

Este divino burlador, agitador en su propio tiempo, destacó sobre todo en sus primeras obras como un enemigo de las ideas de Hegel y buscó dar un impresión confusa de su persona escribiendo libros bajo seudónimos que se contradecían entre sí. Quería mostrar al lector por medio de la ironía la incongruencia de unas ideas y reconducirle a otras. Aunque quizá exageradamente él negaba creer ninguna de las palabras que había escrito bajo seudónimo, algo que sí tienen casi todos sus libros en común con el autor es el sentido melancólico que tenía de la vida. En su diario personal, considerado como uno de los más bellos, Kierkegaard escribía: “Así  como el animal en cautividad recorre a diario la jaula para desentumecer sus patas o mide la longitud de su cadena, así mido yo la longitud de la mía, remontándome hasta la muerte, para desentumecer mis miembros, y hacer más llevadera la vida”.

En trabajos como Ejercitación del Cristianismo aprovechó su naturaleza transgresora e individualista para acusar con cierta propiedad a la iglesia institucional de Dinamarca en general y a sus líderes en particular, sobre todo de haber llegado a ser la religión de todo el mundo rebajando las exigencias imprescindibles para ser cristiano: “La exigencia ha de ser decididamente enunciada, descrita y oída” -dice en el prólogo del libro. Kierkegaard estaba completamente seguro de que si cualquiera de aquellos contemporáneos suyos que se llamaban cristianos con toda facilidad hubiesen vivido en los tiempos de Jesús, le hubiesen visto como hombre, y se hubiesen enfrentado a las exigencias originales en su contemporaneidad, de seguro, se habrían escandalizado de él.

Al final de sus días, con 42 años, Sören Kierkegaard, ya prácticamente arruinado, había dejado de escribir sus largos y elaborados libros más filosóficos, y se había concentrado en la redacción, edición y distribución de pequeños panfletos llamados El Instante en los que se dedicaba enteramente a su lucha en contra de la iglesia institucional danesa. En el póstumo número 10, que fue hallado en su escritorio, listo para ser impreso, decía: “Antes que participar del cristianismo oficial con la última milésima parte de mi dedo meñique, prefiero infinitamente más participar en la siguiente exhibición de seriedad. Se compra una bandera en el bazar: se la despliega, con gran solemnidad comparezco ante ella, levanto tres dedos y juro. Ataviado con sombrero de tres picos, cartuchera, sable (todo del bazar), monto a caballo sobre un palo para unido a los otros, arremeter contra el enemigo, con desprecio del peligro de muerte al que visiblemente me expongo, con la seriedad de quien sabe lo que significa haber jurado por la bandera. A decir verdad no soy en absoluto amigo de participar en este tipo de seriedad, pero si no me queda más remedio lo prefiero infinitamente a participar en el cristianismo oficial, el culto divino dominical, la seriedad de los comprometidos por juramento. Lo primero es burlarse de uno mismo, lo último es burlarse de Dios”.

El día de su entierro se hizo notar en la catedral la pequeña revolución que había despertado entre algunos universitarios. Su sobrino, con un ejemplar de aquellos panfletos en la mano, leyó durante el descenso del ataúd en forma de desafío aquel texto del Apocalipsis que dice: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. !!Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas”

Hoy, acallado ya el profeta por su propia muerte, una venerable y fría estatua de Sören Kierkegaard adorna los alrededores de la majestuosa iglesia Marmorkirken. Pero no nos engañemos, si creemos lo que dice el Evangelio, también debemos creer que sus contemporáneos tampoco habrían creído a Kierkegaard si estas palabras las hubiese dicho su propio fantasma.

“Señor Jesús- escribía Sören kierkegaard en la primera invocación de Ejercitación del Cristianismo- concédenos que nosotros también seamos contemporáneos tuyos, que te veamos en tu auténtica figura y en tu contorno real, como cuando cruzaste por el mundo; que te veamos no en la figura en que te tiene deformado una representación vacua y que no dice nada, o irreflexivo-fantástica, o histórico-gárrula, que no es la figura de la humillación en la que te contempla el creyente, ni puede ser la de la majestad en la que nadie te ha visto todavía. Que te podamos ver como Tú eres y eras y serás hasta tu vuelta en majestad, como la señal del escándalo y el objeto de la fe, el hombre insignificante y, sin embargo, el Salvador y Redentor del género humano, que por amor descendió a la tierra para buscar a los que se habían perdido, para padecer y morir, y que no obstante entristecido -¡ay!, a cada paso que diste sobre la tierra, cada vez que llamaste a los descarriados, siempre que extendiste tu mano para hacer una señal o un milagro, y siempre que sin mover siquiera una mano padeciste indefenso la oposición de los hombres- tuviste que repetir sin cesar: bienaventurado el que no se escandaliza de Mi. ¡Que te veamos así, y que así no nos escandalicemos de tí!.

http://www.webmarkez.com/entrelineas/articulo.asp?id=289

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