SE HUMILLÓ A SÍ MISMO

19 Abr

SE HUMILLÓ A SÍ MISMO

En el año 630 d. C., Heraclio, emperador de Bizancio, tras derrotar al rey de Persia, Cosroes, recuperó la reliquia de la Santa Cruz que éste se había llevado de Jerusalén catorce años antes. Cuando iban a colocar de nuevo la preciosa reliquia en la basílica que Constantino había erigido en el Calvario, ocurrió un hecho extraordinario que la liturgia recuerda el 14 de septiembre con la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. “Heraclio —se leía hace años en el oficio de esa fiesta—, revestido con ornamentos de oro y piedras preciosas, quiso cruzar la puerta que da al Calvario, pero no podía. Cuanto más se esforzaba por seguir, más se sentía como clavado en aquel lugar. Estupor general. Entonces el obispo Zacarías le hizo notar al emperador que tal vez aquellas ropas de triunfo no condecían con la humildad con que Jesucristo había cruzado aquel umbral llevando la cruz. Inmediatamente el emperador se despojó de sus lujosas vestiduras y, con los pies descalzos y vestido como un hombre cualquiera, recorrió sin la menor dificultad el resto del camino y llegó hasta el lugar donde había que colocar la cruz”.

De este episodio proviene remotamente el rito del Papa que, dentro de un poco se dirigirá, sin ornamentos y con los pies descalzos, a besar la cruz. Pero ese hecho tiene también un significado espiritual y simbólico que nos concierne a todos los que estamos aquí presentes, aunque no vayamos descalzos a besar la cruz. Quiere expresar que no podemos acercarnos al Crucificado si antes no nos despojamos de todas nuestras pretensiones de grandeza, de nuestros títulos; en una palabra, de nuestro orgullo y de nuestra vanidad. Sencillamente, no podemos; nos veríamos invisiblemente rechazados.

Y esto es lo que queremos hacer en esta liturgia. Dos cosas sumamente sencillas: la primera, echar a los pies del Crucifijo toda la carga de orgullo del mundo y del nuestro personal; la segunda, revestirnos de la humildad de Cristo y, con ella, volver a nuestra casa “justificados”, como el publicano (cf Le 18,14), es decir perdonados, renovados.

En el profeta Isaías leemos estas palabras del Señor: “Será doblegado el orgullo del mortal, será humillada la arrogancia del hombre; sólo el Señor será ensalzado aquel día” (Is 2,17).

“Aquel día” es el día del cumplimiento mesiánico, el día en que Cristo proclamó desde la cruz que “todo está cumplido” (Jn 19,30). Aquel día, en una palabra, ¡es este día! ¿Y cómo doblegó Dios el orgullo de los hombres? ¿Atemorizándolos? ¿Mostrándoles su tremenda grandeza y su poder? ¿Aniquilándolos? No, lo ha doblegado anonadándose él:

“Cristo Jesús, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó a sí mismo” (Flp 2,6-8).

Humiliavit semetipsurn: ¡se humilló a sí mismo, no a los hombres! Doblegó el orgullo y la arrogancia humana desde dentro, no desde fuera. ¡Y hasta qué punto se humilló! No nos dejemos engañar por el esplendor de este lugar, de la liturgia, de los cánticos, de todos los honores con que hoy rodeamos a la cruz. Hubo un tiempo en que la cruz no era nada de todo esto, sino únicamente infamia. Algo que había que mantener lejos, no sólo de la vista, sino incluso de los oídos de los ciudadanos romanos (Cf CICERÓN, Pro Rabino) ’. Murió como había sido predicho: “No tenía presencia ni belleza que atrajera nuestras miradas, ni aspecto que nos cautivase. Despreciado y evitado de la gente, al verlo se tapaban la cara; lo tuvimos por un contagiado, herido de Dios y afligido” (Is 53,2-4). Sólo una persona en el mundo, a excepción de Jesús, sabe de verdad lo que es la cruz: María, su madre. Ella cargó, junto con él, con “el oprobio de la cruz” (Hb 13,13). Los demás, san Pablo incluido, conocieron “la fuerza de la cruz” (cf 1 Co 1,18), ella conoció también su debilidad; los demás conocieron la teología de la cruz, ella la realidad de la cruz.

La cruz es el sepulcro en el que se abisma todo el orgullo humano. Dios le dice como al mar: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí cesará la arrogancia de tus olas” (Jb 38,11). En la roca del Calvario van a romper todas las olas del orgullo humano, y no pueden pasar más allá. El muro que Dios ha levantado contra él es demasiado alto, y el abismo que ha excavado ante él demasiado profundo. “Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Cristo, quedando así destruida nuestra condición de pecadores” (Rm 6,6). Nuestra condición orgullosa, ya que éste —el orgullo— es el pecado por excelencia, el pecado que anida detrás de todo pecado. “Cargado con nuestros pecados subió al leño” (1 P 2,24). Cargado con nuestro orgullo.

¿Y qué parte nos toca a nosotros en todo esto? ¿Cuál es el “evangelio”, es decir la buena noticia? Que Jesús se humilló también por mí, en mi lugar. “Si uno murió por todos, todos murieron” (2 Co 5,14): si uno se rebajó por todos, todos se rebajaron con él. En la cruz Cristo es el nuevo Adán que obedece por todos. Es el fundador de una estirpe, el principio de una humanidad nueva. Actúa en nombre de todos y en beneficio de todos. Si “por la obediencia de uno todos se convirtieron en justos” (Rm 5,19), por la humillación de uno todos se convirtieron en humildes.

La soberbia, al igual que la desobediencia, ya no nos pertenece. Es cosa del viejo Adán. Es vetustez, es muerte. Lo nuevo es la humildad. Y ésta rebosa de esperanza, porque abre las puertas a una existencia nueva, basada en el don, en el amor, en la solidaridad, en vez de basar-se en la competitividad, en la ambición y en el engaño mutuo. “Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2 Co 5,17). Y una de esas maravillosas novedades es la humildad.

¿Qué significa, entonces, celebrar el misterio de la cruz “en espíritu y en verdad”? ¿Qué significa, aplicado a los ritos que estamos celebrando, el antiguo axioma: “Considerad lo que hacéis, imitad lo que celebráis: “Agnoscite quod agitis, imitamini quod tractatis”? Significa: ¡haced realidad en vuestro interior lo que representáis, llevad a la práctica lo que conmemoráis!

Esta tarde, yo tengo que entregar a Cristo mi “condición orgullosa”, para que él pueda destruirla de hecho como la destruyó ya en la cruz, para siempre, de derecho. Cuando yo era niño, la víspera de ciertas solemnidades, existía en mi tierra la costumbre de encender en el campo, al caer la noche, grandes hogueras que se veían de una colina a otra, y cada familia llevaba su parte de leña o de sarmientos para alimentar el fuego, mientras se rezaba en torno a él el rosario. Algo así tiene que ocurrir, espiritualmente, esta tarde, como preparación para la gran solemnidad de la Pascua. Cada uno de nosotros debería venir, en espíritu, a echar en la gran hoguera de la pasión de Cristo su carga de orgullo, de vanidad, de autosuficiencia, de presunción, de arrogancia. Debemos imitar lo que hacen los elegidos en el cielo, en su liturgia de adoración del Cordero, sobre la que se modela la nuestra aquí en la tierra. Ellos -dice el Apocalipsis— avanzan procesionalmente y’ al llegar ante el que se sienta en el trono, se postran ante él y arrojan sus coronas ante el trono” (Ap 4,10), Ellos, las coronas verdaderas de su martirio; nosotros, las falsas coronas que nosotros mismos nos hemos puesto en la cabeza. Tenemos que “clavar en la cruz todos los movimientos de la soberbia” (SAN AGUSTÍN, Sobre la doctrina cristiana, 2, 7, 9).

No debemos tener miedo a humillamos, a abdicar de nuestra dignidad de hombres, o a caer por ello en estados morbosos de ánimo. A comienzos de nuestro siglo, alguien atacaba al cristianismo acusándolo de haber introducido en el mundo lo que él llamaba el “morbo” de la humildad (F. Nietzsche). Pero ahora es la propia filosofía la que nos dice que la existencia humana “auténtica” sólo es la que reconoce la propia “nulidad” radical (Cf M. HEIDEGGER,Ser y tiempo, 58). La soberbia es un camino que lleva a la desesperación, ya que equivale a no aceptarnos como somos sino buscar desesperadamente ser lo que, a pesar de todos nuestros esfuerzos, nunca podremos ser, es decir independientes, autónomos, sin nadie por encima de nosotros a quien debamos darle gracias por lo que somos (4 Cf 5. KIERGEGAARD, La enfermedad mortal).

A la misma conclusión ha llegado, por otro camino, la moderna psicología de lo profundo. Uno de sus máximos exponentes, C. G. Jung, ha observado algo sorprendente: todos los pacientes de cierta edad que se habían dirigido a él sufrían —dice— de algo que podía definirse como falta de humildad, y no se curaban hasta que no adquirían una actitud de respeto y de humildad ante una realidad más grande que ellos, o sea una actitud religiosa.

El orgullo es una máscara que nos impide ser verdaderos hombres, antes incluso que creyentes. Ser humildes es humano. Las palabras homo y humilitas provienen las dos de humus, que quiere decir tierra, suelo. Todo lo que en el hombre no es humildad es mentira. “Si alguno se figura ser algo, cuando no es nada, él mismo se engaña” (Ga 6,3).

***

En cuanto decidimos desprendemos del orgullo, nos damos cuenta, asombrados, de cómo nos invade y nos rodea por dentro y por fuera, de hasta qué punto estamos amasados de orgullo. Dicen que más del setenta por ciento del cuerpo humano está formado por agua, pero quizás mucho más del setenta por ciento del espíritu humano está formado de orgullo. Hasta el aire que respiramos está surcado, en todas las frecuencias, por ondas que transportan palabras y mensajes cargados de orgullo. Hay incluso quien cree poder ir “más allá” que Jesucristo y declara abierta una nueva era —”a New Age”—, basada no en la encarnación sino en una constelación, Acuario; no en la conjunción de la divinidad con la humanidad, sino en la conjunción de los planetas. Cada año se fundan nuevas religiones y nuevas sectas y se anuncian nuevos caminos de salvación, como si el camino revelado por Dios y cimentado en Cristo ya no les bastase a los hombres que se han vuelto sabios y adultos, como si fuese un camino demasiado humilde para ellos. ¿Y qué es esto, sino orgullo y presunción? “¡Insensatos gálatas! -decía san Pablo—. ¿Quién os ha embrujado? ¡Y pensar que ante vuestros ojos presentamos la figura de Jesucristo en la cruz!” (Ga 3,1). Insensatos cristianos, ¿quién os ha embrujado hasta el punto de hacer que os pasaseis tan pronto a otro evangelio?

Todos andamos locos por llamar la atención. Si pudiésemos representarnos visualmente a toda la humanidad tal como aparece a los ojos de Dios, veríamos el espectáculo de una inmensa muchedumbre de personas que se ponen de puntillas, que intentan sobresalir unas sobre otras, aplastando quizás a los que tienen a su lado, y gritando todas ellas: “¡Miradme, también yo estoy en el mundo!”

¿Humo, vanidad? La verdad es que toda esta soberbia es humo que la muerte disipa día tras día como el viento. “Vanidad de vanidades”, la llama el Qohelet. Ni un solo gramo de ella atravesará con nosotros el umbral de la eternidad, y, silo atraviesa, será para convertirse inmediatamente en cargo de acusación y de tormento. Pero sus efectos son terribles. Se parece al hongo atómico que se eleva amenazador contra el cielo, como un puño cerrado, pero que luego vuelve a caer sobre la tierra sembrando destrucción y muerte a su alrededor.

¿Cuántas guerras del pasado y del presente no dependen más que del orgullo? Y el sufrimiento de los pobres ¿no depende también, en gran medida, del orgullo de determinados gobernantes que quieren ser poderosos y estar seguros en sus tronos, y para ello tener el ejército más fuerte y las armas más terribles, y que invierten en ellas los recursos que deberían servir para mejorar las condiciones de vida, a veces espantosas, de sus gentes? Pero incluso al nivel de la convivencia humana de cada día, en el seno de las familias y de las instituciones, ¡cuántos sufrimientos nos causamos unos a otros con nuestro orgullo y cuántas lágrimas arranca!

Pero no tenemos que quedamos aquí. Si nos quedamos en la denuncia de ese orgullo colectivo, no hemos hecho casi nada. Y hasta puede ser más orgullo que se añade a ese orgullo. La procesión que debemos hacer esta tarde no es tanto un procesión hacia el exterior cuando una procesión hacia nuestro interior. Tenemos que rasgarnos el corazón, no las vestiduras (cf Ji 2,13). Allí, en mi corazón es donde anida el viejo orgullo, el único que yo puedo destruir con mi voluntad, porque es el único que nace de mi voluntad.

¡Empresa difícil si las hay! El buscador de perlas de los mares del sur, que intenta llegar al fondo del mar, siente la tremenda resistencia del agua que lo empuja hacia arriba con una fuerza igual y contraria a su volumen. Experimenta, sin saberlo, el principio de Arquímedes. Quien intenta sumergirse bajo el espejo tranquilo de las aguas de sus ilusiones, quien intenta humillarse y conocerse como es en realidad, siente el empuje, aún más fuerte, del orgullo que lo impulsa a elevarse, a salir a flote, a quedarse en la superficie. También nosotros andamos en busca de una perla preciosa, de la perla más preciosa que existe para Dios. Y esa perla se llama “un corazón quebrantado y humillado”.

¿Cómo se puede conseguir un corazón quebrantado y humillado? En primer lugar pidamos la ayuda del Espíritu Santo; abandonemos las defensas y las resistencias. Luego, mirémonos por un momento, si podemos, al espejo de nuestra conciencia. Solos ante Dios. Cuánto orgullo, cuánta vanidad, cuánta autosuficiencia: en aquella ocasión, en aquella otra, en aquella actitud, en aquella otra… Quizás hasta en este mismo momento. ¡Cuánto “yo”, “yo”, “yo”! “Sonrójate, soberbia ceniza : erubesce superbe cinis: Dios se humilla ¿y tú te ensalzas?”, se decía a sí mismo san Bernardo (BERNARDO DE CLARAVAL, Alabanzas a la Virgen, 1, 8). , y san Agustín antes que él: “Tu Señor humilde, ¿y tú soberbio? La Cabeza humilde, ¿y un miembro soberbio?” (SAN AGUSTÍN, Sermón 354, 9, 9 (PL 39, 1568).

Los cielos y la tierra están llenos de la gloria de Dios; sólo el corazón del hombre es una excepción, porque está lleno de su propia gloria y no de la de Dios. Tan centrado en sí mismo, que hace que hasta las cosas que Dios ha hecho para sí sirvan para su propia gloria. ¡Y hasta el mismo Dios! Y sin embargo, “atienes algo que no lo hayas recibido?” (1 Co 4.7).

Para tener un corazón quebrantado y humillado, hay que pasar por la experiencia de quien ha sido pillado infraganti, como aquella mujer del Evangelio que fue sorprendida en flagrante adulterio, que se estaba allí, callada y con los ojos bajos, esperando la sentencia (cf Jn 8,3ss). Nosotros somos ladrones de la gloria de Dios cogidos infraganti. Pues bien, si en vez de huir a otra parte con el pensamiento, o de enfadarnos diciendo: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”, bajamos la mirada, nos golpeamos el pecho y decimos desde lo más hondo del corazón, como el publicano: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador” (Le 18,13), entonces empezará a producirse también en nosotros el milagro de un corazón quebrantado y humillado. Y también nosotros, como aquella mujer, experimentaremos la alegría del perdón. Tendremos un corazón nuevo.

Las muchedumbres que asistieron a la muerte de Cristo “se volvieron a sus casas dándose golpes de pecho” (cf Le 23,48). ¡Qué hermoso sería que pudiésemos imitarlas! ¡Qué hermoso sería que se repitiese hoy también, aquí entre nosotros, el espectáculo de aquellas tres mil personas que, el día de Pentecostés, sintieron que se les “traspasaba el corazón” y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (cf Hch 2,37)! Eso sí que sería verdaderamente “imitar lo que celebramos”.

Un corazón quebrantado y humillado es un “sacrificio” agradable a Dios (cf Sal 51,19). Hoy la Iglesia no celebra el sacrificio de la Misa, porque el sacrificio de este día debe ser nuestro corazón quebrantado y humillado. “Así dice el Señor: El cielo es mi trono, la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué templo podéis construirme o qué lugar para mi descanso? Todo esto lo hicieron mis manos y es mío -oráculo del Señor—. Pero en éste pondré mis ojos: en el humilde y en el abatido” (Is 66,1-2). Un corazón contrito es el paraíso de Dios en la tierra, la casa en la que a él le gusta poner su morada y revelar sus secretos.

Todos los acontecimientos externos, por grandiosos que sean, incluso los que hemos vivido recientemente y los que estamos viviendo con la caída de los regímenes comunistas de Europa del Este, son ambiguos y nadie puede saber por anticipado si un día tendremos que alegramos por ellos o tendremos que lamentarnos. Pero con un corazón humano que se humilla y se convierte, no sucede eso. Para Dios, eso es lo más importante que puede ocurrir sobre la faz de la tierra, una absoluta novedad.

* * *

Ahora que hemos depuesto, al menos con el deseo, todo nuestro orgullo al pie de la cruz, nos queda hacer brevemente la segunda cosa: revestirnos de la humildad de Cristo. “Dejaré en ti un pueblo pobre y humilde, un resto de Israel que se confiará al Señor” (So 3, 12s). Cristo ha dado origen en la cruz a ese pueblo humilde y pobre que confía en el Señor; nosotros tenemos que entrar a formar parte de ese pueblo de hecho, lo mismo que por el bautismo hemos entrado ya a formar parte de él de derecho.

Dice Jesús en el Evangelio: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). ¿Qué es lo que ha hecho Jesús para llamarse humilde? ¿Acaso ha pensado bajamente de sí o hablado bajamente de sí? Al contrario, él se proclamó “Maestro y Señor”, alguien mayor que Jonás, que Salomón, que Abrahán, que todos. Entonces, ¿qué es lo que ha hecho? “Tomó la condición de esclavo” (Flp 2,8). No se consideró pequeño, no se declaró pequeño, sino que se hizo pequeño, y pequeño para servirnos. Se hizo. antes que nadie, “el más pequeño de todos y el servidor de todos” (cf Mc 9,35). Cristo no tuvo miedo a comprometer su dignidad divina rebajándose hasta parecerse a un hombre como los demás.

La humildad de Cristo, además de estar hecha de servicio, está hecha de obediencia. “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte” (Flp 2,8). Humildad y obediencia aparecen aquí casi como una misma cosa. En la cruz Jesús es humilde porque no opone ninguna resistencia a la voluntad del Padre. “Devolvió a Dios su poder”, realizó el gran “misterio de la religión”. El orgullo se quiebra con la sumisión y la obediencia a Dios y a las autoridades que Dios ha constituido. Hay quienes se han pasado la vida discutiendo con Dios, como si se tratase de un igual. Y acabaron convenciéndose a sí mismos de que podían traer también en jaque a Dios porque tuvieron en jaque a los hombres y a sus superiores. Nunca se plegaron ni se sometieron de verdad a él. Que lo hagan antes de morir, si quieren encontrar finalmente la paz del alma. Recuerden lo que dice la Escritura: “¡ Qué terrible caer en manos del Dios vivo!” (Hb 10,31). Caer, se entiende, impenitentes.

* * *

En la cruz Jesús no sólo reveló y practicó la humildad; también la creó. La verdadera humildad, la humildad cristiana, consiste desde entonces en participar del estado de ánimo de Cristo en la cruz. “Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5); los mismos, no unos parecidos. Aparte de esto, fácilmente pueden tomarse por humildad muchas otras cosas que no son más que cualidades naturales, o timidez, o ganas de quedar bien, o simple sentido común e inteligencia, cuando no son una forma refinada de orgullo.

Si nos revestimos de la humildad de Cristo, nos resultará más fácil, entre otras cosas, trabajar por la unidad de los cristianos, ya que paz y unidad son el cortejo natural de la humildad. Y lo son también en el seno de la familia. El matrimonio nace de un acto de humildad. El joven que se enamora y que pide de rodillas, como se acostumbraba antaño, la mano de una chica, está haciendo el acto de humildad más radical de toda su vida. Se vuelve mendigo y es como si dijera: “Dame tu ser, que con el mío no me basta. ¡Yo no me basto a mí mismo!” Podría decirse que Dios creó al hombre varón y mujer para que aprendiesen a ser humildes, a salir de sí mismos, a no ser altaneros y autosuficientes, y para que descubriesen la felicidad que existe en depender de alguien que te ama. Que ha inscrito la humildad en nuestra carne. ¡Pero cuántas veces, por desgracia, el orgullo vuelve a tomar luego las riendas y le hace pagar caro al otro la necesidad inicial que se tuvo de él o de ella! Entonces entre el hombre y la mujer se levanta el terrible muro del orgullo y de la incomunicación que apagan todas las alegrías. También a los esposos cristianos se dirige, en esta tarde, la invitación a deponer al pie de la cruz todos los resentimientos y a reconciliarse mutuamente, echándose uno a otro, si es posible, los brazos al cuello por amor a Cristo que, en este día, “dio muerte en él al odio” (Ef 2,16).

El “pueblo humilde” estaba representado, al pie de la cruz, por María, a la que un texto del concilio Vaticano II llama “la primera de esos humildes y esos pobres del Señor que esperan con confianza y que reciben de él la salvación”(Lumen Gentium, 55.) .

Fuente: http://www.mercaba.org/FICHAS/Cantalamessa/se_humillo_a_si_mismo.htm

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