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“21 de diciembre de 2012” : ¿El fin de la humanidad?

7 Abr
previsiones

“21 de diciembre de 2012” : ¿El fin de la humanidad?

El escritor estadounidense Steve Alten, cuyas dos últimas novelas giran en torno a una supuesta profecía maya del fin del mundo en 2012, cuando termina el calendario de dicha cultura, aseguró en México que esto se refiere al fin de una era histórica y no al fin de la humanidad.

01 Abr 2009 | AP

Durante la presentación en este país de El testamento maya y La resurrección maya, la primera y segunda parte de una tetralogía cuyo tercer tomo apenas está comenzando a escribir, Alten (Filadelfia, 1959), doctor en medicina deportiva, indicó que el 21 de diciembre de 2012 es “un punto de no retorno” para la humanidad, aunque no necesariamente significará el fin de la especie.“Obviamente no sé qué es lo que va a pasar, pero creo que puede ser un cambio interno y externo en el ser humano, aunque no necesariamente físico”, trató de explicar durante la presentación que se realizó en el Museo Nacional de Antropología. 

Indicó que tras un periodo de oscuridad, llega un periodo de luz, por lo que 2012 puede ser un cambio a positivo.

Citó como ejemplo los ocho años de Gobierno en Estados Unidos de George W. Bush, en su opinión los años más “oscuros” de su país, que fueron seguidos por la elección del primer presidente afroamericano del país, Barack Obama.

Alten indicó que en 2012 volverá a haber elecciones en su país, y que él espera que Obama sea reelegido para seguir haciendo “los grandes cambios que son necesarios”.

En su opinión este cambio en el ser humano tiene que pasar por recurrir más a la espiritualidad, ser más ecológicos y “amar más”.

“Es importante no tomar el fin del calendario maya como una profecía del fin del mundo, sino buscarle lo positivo”, dijo, aunque después indicó que en su opinión y según la cultura maya la humanidad es cíclica y está condenada a repetir los errores del pasado hasta que se encuentre la solución al problema.

Dijo que algunas teorías apuntan a que el ocaso de esta civilización se debió al fin de los recursos, y que lo mismo está pasando en la actualidad, con la utilización de energías fósiles.

Agregó que si la especie humana no se quiere extinguir, tendrá que reducir su número en el corto plazo de los 6 mil millones de personas que habitan ahora La Tierra a 500 millones.

Además, señaló, que aquellos que sobrevivan serán los que sepan producir su propio alimento, y por tanto serán los indígenas y campesinos.

El testamento maya ha vendido más de 80 mil ejemplares en España, y el autor indicó que ya hay un productor colombiano interesado en llevarla al cine para 2012, aunque aún no hay nada concreto, y en su país también hay interés en hacer películas de su otra obra MEG: A novel of deep terror.

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Laflecha.net Boletín semanal #251

7 Abr

 

Boletín semanal #251

07 Abr 2009

La noticia de la semana

No tener sexo puede hacerte envejecer 10 años

El estrés y la falta de actividad sexual pueden hacer “envejecer” el aspecto de la piel “hasta 10 años”, ya que la edad cronológica de una persona no es necesariamente la misma edad que la de su piel, según la directo…

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¿Cuánto mal debemos tolerar?

7 Abr
¿Cuánto mal debemos tolerar?
Autor: Rolando Medeiros, Vicepresidente de USEC

Utilización de información privilegiada, confusión de lealtades internas, compromisos de palabras, peticiones de confidencialidad, relaciones interpersonales límites con clientes, son parte pequeña de los cotidianos dilemas éticos que nos enfrentamos día a día en el ejercicio de nuestros cargos al interior de las empresas.

Estas decisiones difíciles, que cruzan transversalmente el ejercicio diario de una empresa y que marcan tanto a directivos como trabajadores, determinan el sello de una compañía y créanlo o no, influyen soterradamente en la formación de una cultura organizacional sana, un clima interno favorable o no a la corrupción, e indirectamente determinan la productividad, proyectando una imagen acorde con las prácticas internas.

Si bien esta afirmación parece coherente, hace pocos años no era materia de estudios académicos ni fruto de seminarios. Las buenas prácticas empresariales se fundaban más bien en una intuición, que en muchos casos tenía más que ver con convicciones personales de los dueños o dirigentes de empresas, que con una estrategia empresarial.

Y aunque algunos autores sostienen que no es posible influir en la cultura de una empresa ya que es producto de las interacciones entre individuos libres, la creencia moderna es que los empresarios sí pueden efectivamente promover y sostener deliberadamente una cultura en particular.

Esta ética empresarial pasa por la opción conciente de los líderes y de los trabajadores por no transgredir valores corporativos y personales. Sin embargo, aunque es racional y coherente pensar que la rectitud moral nos libraría de una serie de efectos secundarios, el día a día no resulta tan sencillo y surgen preguntas tales como: ¿dónde está el límite de lo aceptable para la ética?; ¿cuánto mal debemos tolerar?

La ética es una ciencia eminentemente práctica y está presente en toda acción del ser humano. No es para predicarla sino para practicarla. Si no se es ético, no se puede ser un buen directivo y dirigir una empresa es dirigir hombres para la acción.

Por eso un equipo humano que posee un comportamiento ético se destaca, no porque conozcan la teoría, sino porque tienen la práctica de las virtudes, es decir, dan cuenta de cómo hay que tomar las decisiones para que éstas sean no sólo económicamente eficaces, sino también socialmente constructivas y sobre todo, éticamente correctas. Más aún, no hay decisiones éticas. Hay decisiones.

Cuando se presenta un dilema ético significa que hay un problema a resolver. Toda acción tiene un efecto bueno y uno malo. La clave de la ética no es cómo hacer el bien y evitar el mal, sino cómo elegir entre dos bienes. Puesto de otra manera, hasta qué punto los males que ocasiona nuestra decisión son tolerables. Si hay que elegir entre dos alternativas se debe siempre elegir aquella cuyas consecuencias negativas -de no poder ser evitadas- sean las menos posibles.

Visto de esta forma, la ética no es la guinda de la torta a las empresas con éxito. Es otra manera de hacer la torta. Quien es ético sabe como hacerlo, y al final tendrá una buena torta: una buena empresa que toma decisiones correctas, que gana dinero y que mantiene su unidad y cohesión interna.

¿Estuvo Jesús políticamente correcto alguna vez?

7 Abr

Abril 7, 2009

¿Estuvo Jesús políticamente correcto alguna vez?

“En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar. Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír.”1

Es increíble como en nuestros días, muchos están aun temerosos de tomar cargo cuando se trata de defender lo que esta correcto moralmente, basándose en los principios de la biblia y las éticas judío-Cristianas, por miedo a no ser políticamente correcto. Para golpear al cristianismo, los diez mandamientos, la palabra de dios, y aun el sermón de Jesús en la montaña han sido aceptados (y son populares) en algunos círculos, pero traten de condenar el matrimonio entre homosexuales o a otras religiones como lo es el Islam y todo se convierte en otra historia.

Pero permitió Jesús que lo controlaran. Claro que no.

Jesús era un hombre pasional. El aborrecía el abuso a la casa de Dios así que con un látigo en mano corrió a los vendedores. El odiaba la maldad y al pecado, no solo porque estos se oponían a la palabra de Dios pero porque estos eran y son dañinos para aquellos que aman a Dios—nosotros. Pero el siempre amó a los pecadores y estaba en contra de todo lo que los lastimara, los restringiera o detuviera su crecimiento. Y al él lo odiaban por pensar de esta manera.

“En el caso de Jesús, tenemos la historia del hombre más puro que jamás haya existido, y aun así eran las prostitutas, los leprosos y los ladrones los que lo adoraban, mientras que los líderes religiosos lo odiaban.”2 ¿Porque? Porque el amaba a las personas y se oponía a los dogmas religiosos y a los programas que mantenían a las personas bajo control y las usaban para sus propios fines en vez de ayudarlos a crecer.

“La gente estaba molesta con Jesús porque el violaba su comprensión de la libertad y la piedad. Los religiosos de sus días estaban particularmente encolerizados porque él deliberadamente sanaba en el Sabbat o día de reposo…  Ellos lo acusaban de ser un borracho, un glotón y de tener amigos de dudosa reputación. Como a Gene Thomas le gusta decir, ‘Jesús simplemente no era tu típico rotario. Es una gran ironía que el Hijo de Dios visitara este planeta y uno de las quejas principales en contra de él fue que él no era lo suficientemente religioso.”3

En otras palabras, Jesús estaba totalmente dedicado al crecimiento personal y espiritual de las personas y se oponía fuertemente a cualquier cosa que detuviera o retrasara ese crecimiento. EL ser políticamente correcto nunca fue parte de su agenda.

Como lo dijo en una ocasión un obispo Inglés, “Doquiera que Jesús iba había ya fuera una revolución o un renacimiento. Doquiera que yo voy me sirven té.”

Pregunta: ¿nosotros, los miembros de la iglesia queremos iniciar un renacimiento o una revolución? ¿O solo deseamos servir el té?

Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, por favor dame el valor de ponerme de pie y de ser contado como un seguidor de Jesucristo y a nunca temer de decir claramente, con amor, lo que tu Palabra, la Biblia, enseña.—y ayúdame a vivirlo primero. Y ayúdame a nunca permitirme el ser controlado por las tonterías de la corrección política de la actualidad. Gracias por escuchar y responder a mi oración. De corazón, en el nombre de Jesús, amen.”

1. 2 Timoteo 4:1-3 (NIV).
2.  Rebecca Manley Pippert, Out of the Saltshaker and Into the World (Downer’s Grove, IL: Inter-Varsity Press, 1979), página. 39.
3.  Ibíd., p. 40.

Longanimidad: La unión de paciencia y poder

7 Abr

Longanimidad: La unión de paciencia y poder

La palabra longanimidad no es de uso común en nuestros días, pero es una virtud que se hace necesaria ahora más que nunca, cuando la impaciencia, intolerancia, hipersensibilidad e ira impulsiva son tan prevalecientes.

Por Donald Hooser

La ira y el rencor pueden ser el producto de muchas influencias negativas. La mala influencia que nos afecta a todos es nuestra propia naturaleza egoísta. Y nuestras capacidades humanas para lograr cambios significativos son lastimosamente débiles. ¡Necesitamos la ayuda de Dios!

En Gálatas 5:19-21 el apóstol Pablo se refiere a nuestra naturaleza humana como a “la carne” y a nuestras tendencias egoístas como a “las obras de la carne”. Entre éstas están “celos, ira, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios”. Sin ninguna duda, necesitamos el antídoto para estas fallas, es decir, ¡el Espíritu de Dios!

Pablo prosiguió diciendo: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23). ¡Qué contraste tan asombroso!

Todas estas hermosas virtudes funcionan juntas y se apoyan entre sí. Pensemos en cómo la longanimidad o paciencia se relaciona con los demás atributos.

Dos importantes palabras

Entre los frutos del Espíritu hay una hermosa cualidad que en algunas Biblias es traducida como “longanimidad” y en otras como “paciencia”.

Estas dos palabras castellanas están estrechamente relacionadas, y ambas se asocian con la resistencia. Más importante y fascinante aún es aprender el significado de las dos palabras griegas correspondientes que aparecen en el Nuevo Testamento.

Una de estas palabras griegas —hupomonee— es traducida como “paciencia” en casi todas las versiones bíblicas y significa resistencia paciente.

La otra palabra griega es aún más interesante. Es makrothumía, traducida como “paciencia” en algunas versiones bíblicas, pero más acertadamente como “longanimidad” en otras.

La palabra griega makro (que da origen al prefijo castellano macro) significa “grande” o “largo”. La raíz de la palabra, thumos, significa “temperamento”. Por lo tanto, makrothumía literalmente significa “de temperamento largo”, lo opuesto de “temperamento corto” o tener la mecha muy corta.

Sin makrothumía los seres humanos tendemos a ser temperamentales; es decir, tenemos un temperamento irritable y mal genio. Somos propensos a ser “impacientes” y “perder los estribos” y hasta a “reventar”.

En este artículo nos referiremos principalmente a la makrothumía, ya que esta es la palabra usada en Gálatas 5:22. Sin embargo, conviene tener en cuenta que el significado de estas dos palabras se superpone, y que ambas son importantes para nuestro entendimiento y crecimiento espirituales.

Longanimidad y amor contra ira y odio

La longanimidad es prácticamente lo opuesto del enojo, especialmente de la “ira” (2 Corintios 12:20).

Cuando un semáforo pasa a verde, algunos conductores tocan sus bocinas impacientemente si a los dos segundos el auto enfrente de ellos no empieza a moverse. ¡Nada de longanimidad! Aún peor es la epidemia de ira en las carreteras, acompañada de groserías y hasta de violencia.

Muchas personas tienden a reaccionar desmedidamente. Rápidamente se ponen a la defensiva, interpretan cualquier comentario como un ataque y entonces contraatacan. Muchas personas llevan consigo rabia interna derivada de su pasado. Cualquier molestia o agravio insignificante se añade a la ira almacenada, y la más leve provocación hace que esa ira salga a la luz.

La ira generalmente va acompañada de una actitud rencorosa de represalia y venganza, pero Dios nos dice: “Bendecid a los que os persiguen . . . No paguéis a nadie mal por mal . . . No os venguéis vosotros mismos . . .” (Romanos 12:14, 17, 19). La Biblia nos enseña a ser compasivos y perdonadores.

La gente tiende a justificar su cólera, pero la mayor parte de la ira humana es egocéntrica y pecadora, “porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:20).

Muy pocas personas dirían que realmente odian a otros. Pero la Biblia define el amor y el odio con base principalmente en las acciones de las personas. El amor se expresa mediante la ayuda a los demás, mientras que el odio se manifiesta por el daño que se hace al prójimo (ver Romanos 13:10).

Pablo describe la conducta propia del amor: “El amor es paciente, es bondadoso . . . No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor” (1 Corintios 13:4-5, Nueva Versión Internacional).

Nuestros pensamientos y actitudes son igualmente importantes, ya que dan origen a nuestras acciones y palabras: “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45).

Por lo tanto, debemos examinar honestamente nuestras actitudes. Cada uno de nosotros debe preguntarse: ¿Qué es lo que me motiva: amor, respeto, paciencia y compasión? ¿O me motiva el resentimiento, el desprecio, la intolerancia y la dureza de corazón?

Lentos para la ira

“Clemente y misericordioso es el Eterno, lento para la ira, y grande en misericordia” (Salmos 145:8). ¡Y así es cómo él espera que seamos nosotros!

Meditemos detenidamente en estas sabias palabras que describen un “temperamento largo”: “El que tarda en airarse es grande en entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad” (Proverbios 14:29). “El hombre iracundo promueve contiendas; mas el que tarda en airarse apacigua la rencilla” (Proverbios 15:18). “La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa” (Proverbios 19:11).

Santiago escribió: “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19). Esto quiere decir que si se debe expresar una ira justificada, debe hacerse con una actitud controlada.

Casi todos hemos oído el sabio consejo de “contar hasta 10” y “respirar hondo” en lugar de atacar con palabras de las que más tarde podemos arrepentirnos, palabras que intensificarán el conflicto en lugar de apaciguarlo.

En realidad, el primer paso de la longanimidad consiste en ejercitar nuestra moderación y no hacer nada. ¡Primero tenemos que pensar! ¿Qué es lo que Dios quiere que yo haga o diga?

Si nuestros sentimientos han sido lastimados y tenemos la necesidad de decir algo inmediatamente, debemos hablar con suavidad y no decir nada que también ofenda. “La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1).

Enseguida debemos tomar todo el tiempo que necesitemos para orar y planificar la forma más sabia y constructiva de dirigirnos a la otra persona. La meta debe ser la de actuar con amor, en lugar de reaccionar con odio.

Cuando uno se empeña demasiado en ganar una discusión, puede terminar perdiendo a un amigo. No debemos preocuparnos excesivamente acerca de quién tiene la razón o de hacer valer nuestros derechos. Aprendamos a ser armoniosos aun cuando no estemos de acuerdo con algo. Siempre debemos orar a Dios y pedirle que nos ayude en esto.

Solución a la impaciencia

Aun sin la ayuda de Dios, las personas pueden aprender a tener calma y paciencia la mayor parte del tiempo, porque ven las ventajas de comportarse así. Pero estas buenas intenciones y buenos hábitos son insignificantes comparados con el poderoso y sobrenatural don de Dios que es la longanimidad. Las buenas relaciones interpersonales dependen de que hagamos lo mejor que podamos, además de confiar en Dios para lo demás. Los seres humanos somos lastimosamente incompletos sin el Espíritu de Dios.

¿Cómo puede uno obtener el Espíritu Santo? El apóstol Pedro lo explicó brevemente en Hechos 2:38: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”.

Para ser verdaderos “hijos de Dios” debemos ser “guiados por el Espíritu de Dios” (Romanos 8:14).

En Colosenses 3:12-13 Pablo describe la naturaleza de alguien que es guiado por el Espíritu de Dios: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”. (Él afirma algo muy parecido en Efesios 4:13.)

Notemos cómo estas cualidades se entrelazan y nos dan una perspectiva más amplia de lo que es la longanimidad. ¡Necesitamos “soportarnos unos a otros” con toda paciencia, en vez de dejarnos enfurecer!

Longanimidad y vida eterna

Esperar a los demás es una prueba de nuestra paciencia y también una oportunidad de desarrollarla. Y la Biblia tiene mucho que decir acerca de nuestra necesidad de esperar a Dios. Queremos que Dios resuelva todos nuestros problemas ahora mismo, pero él sabe cuál es el momento oportuno; con frecuencia prueba nuestra paciencia y perseverancia antes de contestar nuestras oraciones.

Cuando la Biblia habla de esperar, de tener paciencia, perseverancia o longanimidad, generalmente se refiere a confiar en Dios para que intervenga por nosotros en nuestras necesidades, como sin duda lo hará: “pero los que esperan al Eterno tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isaías 40:31).

Esta espera paciente está enfocada principalmente en el retorno de Jesucristo, quien “aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (Hebreos 9:28). Solamente aquellos que permanezcan fieles hasta la muerte o hasta la venida de Jesucristo serán recompensados en su reino. Después de sus advertencias sobre la persecución a los cristianos en los tiempos del fin, Jesús dijo: “. . . mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 10:22).

“Perseverar” significa continuar siendo guiado por el Espíritu de Dios y dando el fruto de su Espíritu hasta el fin de nuestra vida o hasta la segunda venida de Cristo, cualquiera que sea lo que ocurra primero.

Como se nos exhorta en Santiago 5:7-8: “Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca”. BN

Cristianismo: ¿Una carga o una bendición para la humanidad?

7 Abr

Cristianismo: ¿Una carga o una bendición para la humanidad?

El cristianismo ha estado bajo presión constante y progresiva de aquellos que creen que es una fuente de opresión, ignorancia, prejuicio y superstición. Pero los hechos muestran que el cristianismo ha influido más positivamente en la humanidad que cualquier otra religión o filosofía en la historia.

Por Noel Hornor

Hace cerca de 2000 años, en un pequeño rincón del vasto Imperio Romano, Jesucristo vino a este mundo. Su nacimiento pasó inadvertido; fuera de la Biblia, no sabemos de ningún historiador antiguo que durante su vida haya registrado su nacimiento.

Seguramente en aquella época ninguna persona se hubiera aventurado a pronosticar que su vida y la instrucción que les dio a sus discípulos afectarían al mundo de la forma en que lo han hecho. Este efecto en cadena de su obra estaba destinado a cambiar la historia más que la de cualquier otra persona que jamás haya vivido.

Jesús dio un ejemplo y predicó una forma de vida que chocó de frente con muchos valores fundamentales del mundo que existía entonces. Muchos de los fundamentos del comportamiento de Jesús eran considerados como algo radical por los dirigentes religiosos de su época; y algunas de las enseñanzas de Jesús sorprendieron aun a sus discípulos.

La esclavitud era algo común

Los primeros discípulos de Jesús eran todos judíos, pero la cultura a la cual él vino estaba influenciada profundamente por las culturas griega y romana. Los reinos griegos que sucedieron al imperio helénico de Alejandro Magno habían sido absorbidos por el Imperio Romano, y los romanos retuvieron muchos elementos de la cultura helénica.

El idioma griego, por ejemplo, seguía siendo el medio internacional de comunicación en la mayor parte del mundo conocido, y así permaneció durante mucho tiempo. El Nuevo Testamento fue escrito originalmente en griego.

La cultura grecorromana de aquella época carecía de muchos elementos de decoro y de decencia que hoy damos por sentados. Por ejemplo, los filósofos griegos Aristóteles y Platón afirmaban que la mayoría de los seres humanos eran serviles por naturaleza y aptos únicamente para la esclavitud.

El autor Dinesh D’Souza describe las actitudes de los filósofos griegos hacia el hombre común: “Homero los excluía de sus narraciones, concentrándose enteramente en la vida de la clase gobernante. Los hombres inferiores aparecían . . . como siervos. Aristóteles también tenía un trabajo para los hombres inferiores: esclavitud” (What’s So Great About Christianity [“Lo grandioso del cristianismo”], 2007, p. 56).

Una actitud semejante se mantuvo en la cultura romana. “Había 60 000 000 de esclavos en el Imperio Romano, cada uno de los cuales era considerado por la ley no como una persona, sino como una cosa, sin ningún derecho” (William Barclay, The Daily Study Bible Series [“Comentario bíblico de estudio diario”], 1976, 14:208).

Jesús no tenía semejante prejuicio frente a los oprimidos y los humildes. “Sus primeros discípulos fueron pescadores y artesanos. Él se movía diariamente en medio de la gente humilde. Hablaba con publicanos y mujeres caídas, los pobres, los enfermos y los niños” (D’Souza, p. 56). Esto se ve en Marcos 2:16, donde los escribas y fariseos notaban con desdén que Jesús comía con “publicanos y pecadores”.

Los discípulos de Jesús finalmente aceptaron el hecho de que en su comunidad espiritual (la iglesia) todos los miembros eran iguales delante de Dios. El apóstol Pablo escribió: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28; comparar con Colosenses 3:10-11).

La enseñanza de Cristo: Todos son iguales delante de Dios

La perspectiva de Cristo acerca de la igualdad de los hombres libres y de los esclavos era algo demasiado radical para los observadores. Esto probablemente causó algunas situaciones difíciles en las congregaciones cristianas. “Era bastante probable que en los primeros días un esclavo ocupara el lugar del [líder] de una congregación y el amo fuera un miembro de ella. Esta era una situación nueva y revolucionaria” (Barclay, p. 212).

La designación de un esclavo como líder de una congregación tal vez lo pondría en una situación en la que se viera tentado a adoptar una actitud rebelde hacia su amo, y el amo quizá se hubiera visto tentado a tomar represalias. Tal vez a esto se deba que el apóstol Pablo decidiera hablar acerca de la dinámica en las relaciones entre los esclavos convertidos y los amos:

“Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo; no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios; sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres, sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre. Y vosotros, amos, haced con ellos lo mismo, dejando las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos, y que para él no hay acepción de personas” (Efesios 6:5-9).

Pero si todos los hombres son iguales delante de Dios en la iglesia, ¿por qué no trataron los cristianos primitivos de abolir la esclavitud?

La incipiente iglesia sabía que no había sido enviada a forzar un cambio revolucionario en otros (Jesús dijo en Juan 18:36: “Mi reino no es de este mundo”), sino a predicar las buenas nuevas de un nuevo gobierno que vendría al regreso de Cristo.

La esclavitud estaba fuertemente arraigada en la cultura, y de todas formas la pequeña manada de Cristo no podría haberla cambiado. Hay que recordar que en el siglo anterior al comienzo del cristianismo, un hombre llamado Espartaco dirigió una revuelta de esclavos. Ésta fue brutalmente sofocada y 6000 esclavos fueron crucificados. La reforma tendría que esperar.

¿Pero acaso el cristianismo no llegó finalmente a dominar al Imperio Romano? Sí, pero en muchos aspectos no fue el cristianismo que Jesús enseñó. Sin embargo, varias de las verdaderas enseñanzas de Cristo fueron promulgadas por medio de esta religión debido al uso de la Biblia, teniendo como resultado un desarrollo positivo para la sociedad. De hecho, cuando comenzaron los esfuerzos para abolir la esclavitud en el mundo occidental, ¿qué había detrás de este movimiento? Las convicciones basadas en el cristianismo.

“Los cristianos fueron el primer grupo en la historia en comenzar un movimiento en contra de la esclavitud . . . En Inglaterra, William Wilberforce encabezó una campaña que comenzó casi sin respaldo y fue impulsada en su totalidad por sus convicciones cristianas . . . Finalmente Wilberforce triunfó y en 1833 la esclavitud fue proscrita en Inglaterra. Presionada por los grupos religiosos, Inglaterra entonces tomó la iniciativa de detener el tráfico de esclavos” (D’Souza, p. 71). Por su-puesto, la difusión y aceptación de las enseñanzas cristianas acerca de cómo tratar a sus semejantes ayudaron a Wilberforce.

Muchos otros elementos en nuestra cultura moderna, cuando se comparan con los de la era grecorromana, muestran un gran avance en cuanto a la forma en que se trata al ciudadano común. Esta transformación es algo que brinda grandes dividendos.

“La prioridad cristiana de mostrar respeto a las personas comunes . . . también se puede ver en el surgimiento en Occidente de nuevas instituciones políticas. Estas instituciones políticas no existían en ninguna otra parte del mundo, y no existieron en la antigua Grecia o en Roma. Algo cambió en Occidente que les permitió surgir. Ese algo es el cristianismo” (D’Souza, p. 60).

¿Qué hay acerca del trato a las mujeres?

Las culturas del primer siglo trataban a las mujeres más como objetos que como a seres humanos. “En la civilización griega la labor de la mujer consistía en quedarse dentro de la casa y ser obediente a su esposo. Para ser una buena mujer, era necesario que viera tan poco, escuchara tan poco y preguntara tan poco como fuera posible. Ella no tenía una vida independiente y no podía pensar por sí misma, y su esposo se podía divorciar de ella casi por capricho . . .

“Bajo la ley romana una mujer no tenía derechos. En cuanto a la ley, siempre permanecía como una niña. Cuando estaba bajo la autoridad del padre estaba bajo la patria potestas, el poder del padre, que le confería a éste el derecho de decidir aun sobre su vida y su muerte; y cuando estaba casada, estaba igualmente bajo la autoridad de su esposo.

“Ella estaba totalmente sujeta a su esposo y dependía completamente de su misericordia. Catón el Censor, el típico romano antiguo, escribió al respecto: “Si uno fuera a sorprender a su esposa en un acto de infidelidad, podría matarla impunemente sin un juicio” (Barclay, p. 218).

En el mundo romano se discriminaba a la mujer de otras formas también. “Comparada con la mujer actual en nuestra sociedad occidental, la mujer romana tenía muy pocos o casi ningún derecho de propiedad. Los bienes o dinero que podía heredar legalmente estaban legalmente limitados. Ni siquiera se le permitía que dejara dinero a sus hijos si éstos estaban bajo la patria potestas de su esposo” (Alvin Schmidt, How Christianity Changed the World [“Cómo el cristianismo cambió el mundo”], 2004, p. 101).

En el primer siglo, el judaísmo se había apartado considerablemente de la práctica pura de los principios del Antiguo Testamento, que protegían los derechos de las mujeres. Así, en la época de Jesús, el judaísmo menospreciaba a las mujeres.

Por ejemplo, el testimonio de las mujeres judías era generalmente considerado sin valor, así que usualmente no se les permitía testificar en las cortes. Esta discriminación acerca de la palabra de la mujer también funcionaba en sentido contrario. Se pensaba que las mujeres no eran dignas de recibir instrucción espiritual. “Es mejor que las palabras de la ley (Torá) sean quemadas que encargadas a la mujer . . . Si un hombre le enseña a su hija la Ley, es como si le enseñara lujuria” (Schmidt, p. 102).

Jesús cambió las actitudes hacia las mujeres

Los discípulos de Jesús conocían las tradiciones de su época. Esto está demostrado por un incidente registrado en Juan 4. Jesús y sus discípulos estaban viajando por Samaria y los discípulos se habían ido a comprar comida (v. 8). Cuando regresaron donde Jesús, “se maravillaron de que hablaba con una mujer” (v. 27).

La creencia general en la sociedad judía era que si un maestro religioso le hablaba a una mujer en público, esto le sería deshonroso. Por eso los discípulos estaban atónitos. Su sorpresa aumentó cuando se dieron cuenta de que la mujer era samaritana (v. 9), ya que los judíos despreciaban a los samaritanos.

Pero Jesús estaba dando un ejemplo que sus discípulos seguirían más tarde. Ellos también les enseñarían a las mujeres y las aceptarían como miembros verdaderos de su comunidad religiosa. Los discípulos también predicarían el evangelio a los samaritanos, tal como Jesús los comisionó que hicieran (Hechos 1:8). Así que uno de los propósitos del ministerio de Jesús era liberar a las mujeres y a otros de su estado tan menospreciado y reconocerles su igualdad y dignidad espirituales, y mostrarles respeto.

“El estado tan bajo que las mujeres griegas, romanas y judías habían tenido durante varios siglos, se vio radicalmente afectado por la aparición de Jesucristo. Sus acciones y enseñanzas levantaron el estado de la mujer a unas nuevas alturas, con frecuencia para la consternación de sus amigos y enemigos. Con palabras y acciones él se enfrentó con las creencias y prácticas antiguas, dadas por sentadas, acerca de que las mujeres eran social, intelectual y espiritualmente inferiores” (Schmidt, pp. 102-103).

Lo que sus seguidores aprendieron e interiorizaron del ejemplo de Jesús está ilustrado en las palabras del apóstol Pedro cuando instruyó a los esposos que sus esposas eran “coherederas de la gracia de la vida” (1 Pedro 3:7).

El apóstol Pablo también tenía a la mujer cristiana en alta estima. Esto fue evidente al escribir su epístola a la iglesia en Roma: “Saludad a Trifena y a Trifosa, las cuales trabajan en el Señor. Saludad a la amada Pérsida, la cual ha trabajado mucho en el Señor” (Romanos 16:12).

Las mujeres en la iglesia tenían un prestigio que sencillamente no habían tenido en la era anterior al cristianismo. Tenían una posición de dignidad y respeto igual a la del hombre. En otras palabras, “la cortesía, el hábito de tratar a las mujeres con deferencia, fue algo inventado por el cristianismo” (D’Souza, p. 70).

Tristemente, en los países menos desarrollados o en aquellos donde otras religiones son las que imperan, las mujeres sencillamente no reciben el mismo trato que sus congéneres en otros países que están influenciados por la ética cristiana.

El trato a los niños y a los bebés

Las personas más vulnerables en una sociedad son los bebés y los niños pequeños. La forma de tratar a los menores podía ser brutal y despiadada en la sociedad grecorromana, pero en el cristianismo era diferente. La historia revela que el cristianismo primitivo los cobijaba y los protegía.

“Una de las formas en las que el cristianismo subrayaba la santidad de la vida humana era su constante y activa oposición a la práctica tan universalmente aceptada del infanticidio: matar a los niños recién nacidos . . . Los bebés eran asesinados por diferentes razones. Aquellos que nacían deformes o débiles eran especialmente susceptibles a ser asesinados, generalmente ahogados . . . Las niñas eran especialmente vulnerables. Por ejemplo, en la antigua Grecia era raro ver incluso a una familia adinerada criando más de una hija” (Schmidt, p. 49).

En la cultura romana, “un padre adinerado podía decidir sacrificar a un infante porque no tenía el deseo de dividir la propiedad de la familia entre muchos herederos y así reducir la riqueza individual de los miembros de la siguiente generación” (Sarah Pomeroy, Goddesses, Whores, Wives and Slaves: Women in Classical Antiquity [“Diosas, rameras, esposas y esclavas: Las mujeres en la antigüedad clásica”], 1975, p. 165).

Igualmente cruel era la práctica de abandonar a los niños. “Si los hijos indeseados en el mundo grecorromano no eran asesinados directamente, eran con frecuencia abandonados, desechados, por así decirlo. Por ejemplo, en la ciudad de Roma los infantes indeseados eran abandonados en la base de la Columna Lactaria, llamada así porque era el lugar en el que el Estado proveía nodrizas para que éstas alimentaran a algunos de los niños abandonados” (Schmidt, p. 52).

¿Cómo reaccionaban los cristianos ante el abandono de los niños? “Así como los cristianos se oponían al infanticidio, también se oponían a la costumbre culturalmente arraigada de abandonar a los niños, y la condenaban . . . Los cristianos, sin embargo, hacían mucho más que sólo condenar el abandono de los niños. Con frecuencia tomaban estos niños abandonados y los llevaban a sus casas y los adoptaban . . . Los escritos cristianos están repletos de ejemplos de cristianos que adoptaban niños desechados” (Schmidt, p. 53).

El infanticidio y el abandono de niños no existían entre los judíos del primer siglo. El escritor Max Dimont nos muestra el contraste: “Los cultos griegos se reían de los “incultos” judíos que hablaban con horror de la costumbre de los griegos de matar a los infantes cuando la forma de su cráneo o de su nariz no les gustaba” (Max Dimont, Jews, God and History [“Judíos, Dios e historia”], 1994, p. 108).

¿Qué pensaba Jesús de los niños?

Los judíos entendieron que todos los seres humanos eran hechos a imagen de Dios; por lo tanto, creían en la santidad de la vida. Sin embargo, con referencia a la forma de tratar de los niños, los discípulos de Jesús todavía tenían algo que aprender. Él les dio un ejemplo de cómo debían recibir a los pequeños.

Veamos el incidente de Mateo 19:13-14: “Entonces le fueron presentados unos niños, para que pusiese las manos sobre ellos, y orase; y los discípulos les reprendieron. Pero Jesús dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos”.

Este relato resalta el hecho de que aquellos que llevaron niños a Jesús fueron “reprendidos” por sus discípulos. Jesús, sin embargo, demostró que los niños eran importantes y deberían ser tratados con amor y consideración en lugar de ser rechazados como si fueran personas de segunda clase.

Más tarde, el apóstol Pablo le escribió a la iglesia en Éfeso: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4).

Para los gentiles convertidos en la congregación de Éfeso, la instrucción de Pablo era algo totalmente ajeno a su cultura. Esta instrucción “introdujo un elemento nuevo en la responsabilidad de los padres al insistir en que los sentimientos de los niños deberían ser tenidos en cuenta. En una sociedad en la cual la autoridad del padre (patria potestas) era absoluta, esto representaba un concepto revolucionario” (The Expositor’s Bible Commentary [“Comentario bíblico del expositor”], 1978, 11:81).

Pablo también mencionó el tema de la adecuada supervisión de los hijos: “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Colosenses 3:21). Vemos, pues, que el cristianismo introdujo cambios fundamentales en cuanto a la forma en que los niños debían ser tratados. Sus sentimientos debían ser tenidos en cuenta. Los niños, al igual que sus pa-dres, eran una herencia de Dios, y los padres no debían gobernarlos con dureza.

Los cristianos y los enfermos

El mundo pagano del primer siglo tenía muy poca conmiseración de aquellos que estaban enfermos, y la mayoría de las personas sencillamente no hacían nada para aliviar su sufrimiento. De hecho, ocurría exactamente lo contrario. “La compasión humana, especialmente hacia los enfermos y los que agonizaban, era muy escasa entre los pueblos antiguos, especialmente entre los grecorromanos . . . Semejante conducta era contraria a sus conceptos culturales y a las enseñanzas de los filósofos paganos. Por ejemplo, Platón (427-347 a.C.) decía que un hombre pobre . . . que no pudiera trabajar más porque estaba enfermo, debía ser abandonado para que muriera” (Schmidt, p. 128).

El enfoque de Jesús era exactamente el opuesto. Numerosos incidentes en los evangelios nos muestran cómo reaccionaba frente a aquellos que estaban sufriendo: “Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos” (Mateo 14:14). Jesús instruyó a los 12 apóstoles para que siguieran su ejemplo. “Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos” (Lucas 9:2).

Nada parecido a los hospitales existía en el primer siglo. Algunos investigadores afirman que existían algunas instituciones que proveían tratamiento para los soldados romanos. Mas para la gente común, y especialmente para los pobres, esa clase de tratamiento simplemente no estaba disponible.

“Los hospitales de caridad para los pobres y el público indigente no existían hasta que el cristianismo los introdujo” (Schmidt, p. 155). A medida que transcurrió el tiempo, los hospitales fueron estableciéndose en gran manera con la influencia del cristianismo que desempeñaba un papel fundamental en ello. Para el año 750 d.C. el crecimiento de los hospitales cristianos, bien como unidades separadas o adscritas a los monasterios, se había expandido desde la Europa continental hasta Inglaterra” (Schmidt, p. 157).

En épocas modernas, especialmente en el siglo xx, se han construido muchos hospitales en todas las naciones occidentales. La influencia de la cultura cristiana en este aspecto se demuestra en el gran número de hospitales que llevan el nombre de iglesias, creyentes o líderes cristianos.

El cristianismo y la educación

Jesús era un maestro; algunas veces era llamado con el título de rabí, que significa “maestro(Juan 1:38). Quería que sus seguidores fueran también maestros. Entre las últimas instrucciones que dio a sus discípulos estaba la de ir a “hacer discípulos a todas las naciones . . . enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28:19-20).

La enseñanza formal no era un elemento novedoso en el mundo del primer siglo. Sin embargo, un enfoque revolucionario del cristianismo era que en el mismo lugar impartía la enseñanza tanto a hombres como a mujeres. Se esperaba que ambos aprendieran los principios de la fe cristiana. Esto marcaba un agudo contraste con el sistema griego y romano que consideraba que sólo debían educarse los hombres de las clases privilegiadas de la sociedad.

A medida que el tiempo fue pasando, los efectos del cristianismo continuaron extendiéndose en el aspecto educativo de la sociedad. Muchas de las primeras universidades en América e Inglaterra fueron establecidas con el propósito de preparar a los hombres para el sacerdocio o educar a los jóvenes en los caminos de la Biblia.

El cristianismo ha sido el padre de la educación. Como lo señalara un profesor inglés: “En la mayor parte de Europa, así como en África, Suramérica y en muchas otras partes del mundo, el nacimiento de la alfabetización y de la literatura, en esencia, no fue algo accidental, sino algo que coincidió con la llegada de los misioneros cristianos” (Lee Strobel, The Case for Faith [“El caso de la fe”], 2000, p. 220).

El camino de vida del dar

Cuando se trataba de hacer obras de caridad con los pobres y los necesitados, las diferencias entre los paganos y los cristianos fueron abismales. La perspectiva romana era que “no se ganaba nada tratando de gastar el tiempo y la energía . . . con personas que no podían contribuir al valor romano y a fortalecer el estado. Además, la presencia de la filosofía estoica hizo que fuera algo deshonroso asociarse con el débil, el pobre y el oprimido” (Schmidt, p. 127).

El hecho de que el estoicismo fuera la filosofía dominante entre los romanos del primer y segundo siglos implicaba que aquellos que se encontraban en los peldaños más bajos de la sociedad tenían muy poca esperanza de que las autoridades romanas los ayudaran.

En comparación con los paganos que los rodeaban, los cristianos eran muy generosos; daban sin esperar nada a cambio. De hecho, daban tanto a los creyentes como a los no creyentes. El apóstol Pablo escribió: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10). El ejemplo cristiano era tan asombroso que el emperador romano Julián el Apóstata envidiaba a los cristianos por su generosidad.

En nuestra era, la ética cristiana sigue inspirando un espíritu generoso. Varios estudios y encuestas han demostrado repetidamente que los creyentes en la Biblia contribuyen a las causas humanitarias con más generosidad que los ateos y no creyentes.

Los efectos generales

Hoy en día aproximadamente dos mil millones de personas en 260 países profesan el cristianismo. Esta gran variedad de grupos religiosos, con sus creencias diferentes y a veces encontradas, tienen más adeptos que cualquier otra religión del mundo. Desde luego, el grado de comprensión, dedicación y fidelidad al camino cristiano varía mucho entre la cristiandad, pero la mayoría de los que dicen ser cristianos han experimentado, en algún grado, el impacto positivo de las enseñanzas bíblicas en sus vidas.

Incluso ciertos ateos han subrayado que algunas de las influencias más decentes en nuestra sociedad, tales como la compasión, son ideas derivadas del legado de Cristo. Los filósofos clásicos veían la compasión y la humildad como señales de debilidad, pero esas características cristianas son esenciales para la sociedad humana.

Todos los habitantes del mundo occidental —sean cristianos o no— se han beneficiado de la influencia del cristianismo en nuestra sociedad. Le debemos a Jesús y a la religión que comenzó los aspectos más decentes y delicados de nuestra sociedad. “Tanto los creyentes como los no creyentes debieran respetar el cristianismo como el movimiento que creó nuestra civilización” (D’Souza, p. 45).

Mucho de lo que va en contra de las enseñanzas de Cristo ha sido perpetrado en el nombre del cristianismo. Falsas enseñanzas, un cristianismo adulterado, hipocresía y debilidad han diluido el poder del camino de vida cristiano. Aun así, los que viven en las naciones que han sido más influidas por la ética cristiana son bendecidos con libertad, oportunidades y dignidad humana más que todos los demás en el mundo. BN

EL REALISMO TEOLÓGICO AGUSTINIANO EN SU TEORÍA DEL CONOCIMIENTO parte 3

7 Abr

EL REALISMO TEOLÓGICO AGUSTINIANO EN SU TEORÍA DEL CONOCIMIENTO parte 3

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Capítulo 1 — El conocimiento del mundo: La sensación.
1.1 — La verdad de la sensación: Posibilidad del conocimiento sensible.

En sus discursos contra los Académicos, preocupado por el creciente escepticismo que dominaba el pensamiento de su época, San Agustín se plantea, en primer lugar, el problema de si es posible hallar la verdad. Se pregunta si se puede encontrar un conocimiento que sea propiamente conocimiento y no simple opinión y que, por lo tanto, sea verdadero conocimiento.

En general, el conocimiento de algo, tiene que ser verdadero con respecto a ese algo que representa. “Verdadero es el discurso que dice las cosas como son, falso el que las dice como no son” decía Platón en el Cratilo, refiriéndose a la verdad en el sentido de correspondencia.

Pero, si aceptamos, con Agustín, que nos relacionamos con las cosas a través sus imágenes, ¿cómo saber si el conocimiento sensible es verdadero y, por ello, auténtico conocimiento? La respuesta a esta pregunta implica el desarrollo de una teoría del conocimiento del mundo, es decir, de una explicación verdadera del conocer sensible, el cual se manifiesta como una relación entre nuestra conciencia y el resto de la realidad. De ahí que el primer paso del pensamiento agustiniano sea analizar la posibilidad de llegar a un conocimiento cierto de las cosas, por ello se esforzó en buscar un criterio irrefutable para fundamentar su saber. Su meta era lograr una epistemología abierta que condujera hacia la verdad, libre de todos los obstáculos escépticos de su época.6°

Esta relación no es tan obvia en el caso particular del conocimiento sensible. Cuando queremos conocer el mundo y recurrimos para ello a los sentidos, podemos caer en el error al juzgar los datos de la percepción sensible de manera incorrecta. Ya Platón había considerado al producto de la sensación como mera “opinión” en vez de verdadero conocimiento. En los días de Agustín, la llamada Nueva Academia usaba argumentos en contra de la experiencia sensorial como base para probar que los seres humanos no pueden conocer la verdad.

Agustín comienza su argumentación preguntando: ¿cuándo es verdadero un conocimiento? Y responde con la definición de Zenón el estoico: “sólo puede percibirse y comprenderse un objeto que no ofrece caracteres comunes con lo falso”61.

Los Académicos aceptaban esta definición y a partir de ella concluían que la verdad no se puede conocer nunca con certeza, pues, para ellos, no existía un conocimiento completamente libre de elementos sensibles, es decir, no había un conocimiento que no contuviera caracteres de lo falso, del cambiante e inestable mundo sensible. Y la prueba de esto la hallaban en las diferentes opiniones que, sobre el mismo asunto, emiten los filósofos; en los errores que se cometen al juzgar los datos de los sentidos y en las ilusiones que se producen en el sueño y en la locura.
Los Académicos usaban el escepticismo para derrotar al sensismo de los estoicos que afirmaban que todo es cuerpo, que sólo lo sensible es real y que una verdad derivada de los sentidos podía ser evidente y cierta. La Academia utilizaba argumentos escépticos como: “es imposible decidir acerca de la verdad o falsedad de una proposición cualquiera”. Y al final de su argumentación concluían que no es posible hallar ninguna verdad.

Agustín vio el problema al que conducía esta duda absoluta. Él mismo quiso dudar de todo lo conocido por él hasta entonces62 y no pudo, porque su duda era la expresión de la certeza de la verdad que estaba en él:
“Aunque ignoremos si es cierta la cosa sobre la cual versa nuestra hesitación, conocemos, no obstante, nuestra duda y, al expresarla, nuestro verbo es verdadero, pues decimos lo que sabemos”63

El que duda tiene que admitir una cosa que jamás podrá poner en duda o negar: la conciencia de su duda. Además, Agustín comprendió la inercia total a la que llevaba la suspensión del juicio. Entonces, antes de determinar si la sensación es un tipo de conocimiento verdadero, Agustín tenía que demostrar que la verdad misma puede ser hallada y que es sabio el que posee conocimiento de la verdad; es decir, se entregó a la tarea de demostrar: 1) que podía utilizar el probabilismo de Carnéades en su contra y 2) que aun usando la definición de Zenón, se puede conocer la verdad.

1) El probabilismo de Carnéades (es decir, la teoría según la cual, ya que no podemos conocer con total certeza ninguna verdad, le corresponde al filósofo establecer grados de lo probable para conducirse en la vida práctica, que opera bajo leyes de probabilidad) puede utilizarse en su contra para afirmar la posibilidad de hallar la verdad.

En efecto, Agustín explica:
“Carnéades observó qué obras aprueban los hombres, y hallándolas semejantes a las verdaderas, dio el nombre de verosímil a lo que en este mundo puede seguirse como regla en la práctica… Pero ¿cómo el sabio aprueba o cómo puede seguir la verosimilitud, cuando ignora la misma verdad?” (énfasis añadido).64
y añade:

1-La fe orienta la investigación del filósofo hacia temas específicos (Dios, el alma y sus relaciones).
2-Toda filosofia cristiana se ordena sistemáticamente en torno a un centro que aglutina sus problemas fundamentales y ese centro es Dios.
3-”todas las filosofias cristianas son filosofias del ser, todas ellas aclarando una o varias de sus propiedades trascendentales”.32
4-Su método gnoseológico es el realismo.33

En resumen, “toda filosofia cristiana es un pensamiento racional orientado por la fe, de carácter sistemático, de corte ontológico (sin que ello signifique, obviamente, que la filosofia cristiana se limite a la discusión metafisica) y realista en cuanto a su método de constitución gnoseológica”.34

La filosofia cristiana de Santo Tomás es la filosofia cristiana por excelencia en cuanto Philosophia perenais, en cambio, la de San Agustín no está tan perfectamente

Sería necio “si dijese: No conocí a su padre, ni supe por la fama que se parece a él; con todo, me parece semejante a élF eso es lo mismo que decir que “No conocemos lo verdadero, pero lo que vemos se parece a lo no conocido”.65

Entonces, para poder fijar grados de verosimilitud en las cosas, hay que conocer aquella verdad primera que hace posible establecer cuánto se parece o no cada cosa a ella. Esto es así en cuanto a lo verosímil, que es aquello que se parece a lo verdadero sin pretender serlo, pero, como vimos en el texto citado, Agustín llega a la misma conclusión explicando la relación entre lo verdadero y la verdad. Así lo expresa:

“R. – Veamos… si las dos palabras diferentes, lo verdadero y la verdad, significan dos cosas o una sola.
A. – Parecen ser dos cosas… una cosa es la Verdad y otra lo que se llama verdadero.
R. – Y cuál de estas dos te parece más excelente?
A. – Sin duda, la verdad, porque… todo lo verdadero lo es por la verdad… R. -… Cuando muere algo verdadero no fenece la verdad.
A. – Pero ¿cómo lo verdadero puede morir? No lo entiendo.
R.-… ¿No vemos perecer miles de cosas ante nuestros ojos? O tal vez piensas que este árboles árbol, pero no verdadero, o que no puede morir? Pues aún sin dar crédito a los sentidos y respondiéndome que no sabes si es árbol, no me negarás que, si es árbol, es un árbol verdadero, porque no se juzga eso con los sentidos, sino con la inteligencia. Si es un árbol falso, no es árbol; si es árbol, necesariamente es verdadero árbol.”66

Las cosas son verdaderas pero no son la verdad, son verdaderas en la medida en que participan de la verdad67, ellas mueren, pero no la verdad. Si el mundo perece, “no será verdad que ha perecido?”68 Aún si pereciera la verdad, razona Agustín, sería verdad que ella ha perecido.

Luego no puede haber ninguna cosa verdadera sin la verdad que es eterna. San Agustín habla aquí de la relación entre la verdad y lo verdadero en el sentido ontológico de la participación y no en el sentido de la verdad lógica. Cuando Agustín dice que las cosas son verdaderas está hablando de que son reales, la verdad es aquí ontológicamente igual a realidad. Por ello las cosas ‘son’ en tanto son verdaderas.

 

 

En cambio, la verdad lógica consiste en la concordancia del pensamiento consigo mismo. Según Hessen69, un juicio es verdadero cuando está formado con arreglo a las leyes y a las normas del pensamiento. La verdad significa, según esto, algo puramente formal; coincide con la corrección lógica”. La verdad lógica se basa en la coherencia, es decir, podemos establecer una verdad mostrando su concordancia con otras verdades que se relacionan con ella dentro de un sistema.

En líneas generales, podemos comparar el caso de Agustín, en lo que respecta a la verdad lógica, con la postura realista (de corte platónico) del conocimiento, la cual propone que la verdad descansa en una unidad última del conocimiento. Pero en el caso de Platón, tal unidad relaciona los elementos del conocimiento para que sean conocidos en función del todo y, a su vez, el todo puede ser conocido en función de los elementos que lo constituyen, se produce así una relación dialéctica entre el todo y las partes70. En San Agustín la relación no es dialéctica, pues existe una desigualdad esencial entre el ser que es necesariamente, el lpsum esse, y los entes que para ser tienen que ser fundamentados en primera instancia, y para siempre, por el Principio que les dio origen y los colocó en una relación con El. En el momento en que Dios decida no perseverar en su relación con un tú histórico, ese ente deja de ser71. De ahí que la verdad sea siempre una especie de dictamen que proviene de Dios.

Según el obispo de Hipona, en el alma están las nociones fundamentales que son reflejo de las ideas en la mente de Dios72, estas nociones constituyen la unidad última del conocimiento en el hombre y constituyen un todo mediante el cual se determina la verdad o falsedad de cualquier elemento de conocimiento que adquiera el hombre. La función de las partes es sólo sugerir a la mente que existe un todo que debe ser alcanzado. El resultado de esa coherencia entre las nociones y las elaboraciones racionales es la conclusión de que éstas últimas son verdades; en cuanto a las nociones, ellas son siempre verdad. Y el conocimiento que resulta de este proceso es un verdadero conocimiento.

Manferdini73 dice que “Agustín considera la verdad en sentido ontológico y sólo en sentido subordinado como función del juicio” y cita para apoyar este punto el siguiente texto de Agustín:

“la verdad es lo que manifiesta lo que es, mientras la falsedad hace creer que es lo que no es”.74

La verdad del juicio en Agustín es una verdad lógica, pues la razón no juzga directamente las cosas sino las imágenes que el alma elabora a partir de las imágenes sensibles de los objetos, el juicio sensible no trasciende al sujeto, es una elaboración de la razón que incluso crea el concepto haciendo expresa una idea impresa que corresponde a la esencia del objeto. Y la esencia de las cosas está en la Forma que es su modelo, las cosas sólo participan de esa esencia, que es ‘lo que es’ la cosa75. De ahí que para el objeto, manifestar lo que es, es parecerse participativamente a su esencia, en el grado en que se parezca es verdadero, y el juicio establece el grado del parecido. Pero de esto hablaremos en el segundo capítulo cuando nos refiramos al conocimiento racional.

La verdad es “un objeto constitutivo de la mente inteligente” y no una mera imagen inesencial de las cosas. Es, en sentido absoluto, el primer fundamento de “la inteligibilidad de los entes” y el “medio de comprensión de la totalidad de lo real”. La verdad en su “matriz ontológica” es, para San Agustín, la “primera y perfecta semejanza del Ser Absoluto”, afirma Manferdini76, y para probar su afirmación cita de nuevo a Agustín:

“Pues como por la verdad son verdaderas las cosas que son verdaderas, así la semejanza es la forma de las cosas semejantes. Pues así como la verdad es la forma ejemplar de las cosas verdaderas, así la semejanza es la forma de todas las cosas semejantes. Puesto que las cosas verdaderas en tanto son verdaderas en cuanto son, y en tanto son en cuanto son semejantes a la unidad primordial, es claro que la suma semejanza del Principio es la forma de todo lo que es: y porque tal semejanza suprema carece de toda disimilitud, ella es la Verdad”77.

Es decir, lo que es idéntico a sí mismo es la Verdad; lo que es semejante en mayor o menor grado a la Verdad participa de la Verdad y es, por ello en cierto grado verdadero.

Por lo tanto, “la diversidad del grado ontológico y la disposición jerárquica de las varias esencias y por lo mismo, de los varios órdenes de entes, depende de la desigualdad de las posibles participaciones del Ser, cada una de las cuales está representada por una de las ideas divinas”78. Vemos, por lo tanto, la conexión fundamental que establece Agustín entre la verdad y la semejanza.79 En resumen, podemos decir que, para Agustín, la verdad por esencia y la verdad por participación son diferentes pero la segunda está condicionada por la primera que es incondicionada y la hace evidente80.

2) En segundo lugar, se dedica a demostrar que, aun aceptando la definición de Zenón, la verdad puede ser conocida. Que hay verdades que no son falsas en ningún caso y que el error de los estoicos consistía en poner el criterio de verdad en los objetos fisicos.

En efecto, mientras los estoicos veían al mundo como lo único real y verdadero y los Académicos se empeñaban en afirmar un mundo de puras apariencias, para Agustín, siempre nos es dado un mundo real, de cuya manifestación imaginal el espíritu humano obtiene el fundamento de sus percepciones. Según él, las percepciones son un testimonio indubitable del mundo, aunque no constituyan la verdad absoluta, ni el criterio de verdad.

Cuando los Académicos objetaron que tal vez vivimos un sueño sin saberlo y, por ello, todo es ilusión y nada es verdad, o que estamos locos sin percibirlo, Agustín respondió: sueño o vigilia, loco o cuerdo, sé que vivo. “Si enimfallor, sun]’81. Lo que no existe no puede engañarse, luego si me engaño, soy. De nuevo, nos encontramos ante esa verdad indubitable que atestigua sobre la verdad de nuestro ser: puedo dudar de todo menos del hecho de ser un sujeto que está dudando. Agustín afirmó que, además de esta primera verdad, existen verdades de orden inteligible que son superiores a los sentidos, como los principios lógicos, las proposiciones matemáticas, las normas de sabiduría, etc., que son inmutables, que moran en el interior del hombre y, no obstante, pueden ser halladas. Son el objeto del verdadero conocimiento y su fundamento82. Por lo tanto, Agustín asevera que el hombre puede conocer la verdad, que la verdad es lo que es83, que ésta mora en su interior y que sin ella ningún conocimiento sería posible,ni siquiera el conocimiento sensible. Más aún, sin las verdades eternas que están impresas en el alma humana, no podría el hombre pronunciar ni siquiera el cogito. En efecto, el alma se conoce como sujeto en un acto introspectivo esencial que la revela ante sí misma como un ‘yo’, pero para decir ‘yo soy’ precisa de una noción que posee a priori la noción de ‘ser’. Esto lo expresa P. Lope Cilleruelo, como sigue: “Toda intuición intelectual es, en realidad, un juicio, aunque éste sea tan elemental como el yo soy. Y lo que Agustín quería presentar con la memoria sui” (conocimiento que el alma tiene inmediatamente de sí misma) “era un simple yo, un conocimiento de sí mismo por sí mismo sin expresión alguna. Pero si quiero decir soy, necesito saber qué es ser. Dicho de otro modo, Agustín entiende que no puede haber ningún juicio, si el sujeto no posee a prion los elementos del juicio, que él llama regula e, lúmina. Hay, pues, en él unas nociones y principios a pnori que determinan una ontología y condicionan a su vez a la crítica. Sin la memoria Dei” (la memoria donde están impresas las nociones) “no puede el hombre pronunciar un solo juicio, ni siquiera el cogito.”84

Veamos ahora en qué sentido es verdadero para Agustín el conocimiento sensible. Para Agustín, la verdad interna es criterio de verdad, en cambio a la sensación la reconoce como un grado de conocimiento pero no como criterio de verdad. Como dice Sciacca: “la sensación, como simple parecer, es decir, tomada por lo que es, es infalible; considerada en cambio, como absoluto y único criterio de verdad, por lo que no es, debe necesariamente inducir a error… Engaña, por lo tanto, la sensación, cuando se le atribuye un papel que no le compete”85.
Como ya vimos, si la sensación es conocimiento, es verdadera, pero con un tipo de veracidad que algunos intérpretes de Agustín denominan “veracidad actual”86
En efecto, Agustín desarrolla la llamada teoría de “la veracidad actual de la sensación”, en el Contra Académicos, para enfrentar los argumentos académicos contra la percepción del mundo que obtenemos a través de los sentidos y la imposibilidad de obtener un conocimiento cierto del universo material. Los Académicos dicen, por ejemplo, que es dificil distinguir el sueño de la realidad, que un bastón o un remo metido en el agua parece estar doblado, que si alguien navega a lo largo de una costa los objetos de la orilla parecen moverse en dirección contraria, que se puede confundir la voz de una persona con al de otra, etc.87 Por ello, el sabio de la Nueva Academia, como buen escéptico, ante tantos engaños suspende el juicio.

Agustín, en cambio, afirma que lo que se percibe a través de los sentidos es verdadero. Los sentidos no mienten al mostrarnos un remo que, metido en el agua, parece roto. El remo debe “parecer” roto. Si lo viésemos recto bajo esas condiciones, entonces sí tendríamos una imagen falsa y nos estarían engañando los sentidos, pues una percepción de esas características estaría obviando el efecto de la luz al incidir sobre el remo sumergido en agua. Los sentidos reproducen una imagen fiel de lo real, no realizan ningún tipo de abstracción, ofrecen a la mente el total de los elementos sensoriales que se le presentan, en la forma combinada en que se presentan y con las consecuencias aparenciales de las relaciones de ellos entre sí y con la luz que los ilumina.
Entonces, cuando está fuera del agua, el remo se ve entero y esta es también una sensación verdadera. Esta es la doctrina de la veracidad actual y momentánea de la sensación: aunque el objeto representado no tenga un total parecido con los objetos reales, la representación es verdadera en tanto es igual a la que actualmente se tiene; es una particular representación actual y, en tal sentido, verdadera. Es decir, es verdad que estoy viendo un remo quebrado dentro del agua en este momento. Los sentidos no nos engañan, nos engaña el juicio que hacemos acerca de sus imágenes.
La realidad material puede ser diferente de la percepción que tenemos de ella, pero la modificación actual que los objetos producen en los sentidos es verdadera.
La sensación es un simple “parecer” a un sujeto y como tal es cierta, infalible. Agustín lo ejemplifica diciendo:
“lo que pueden ver los ojos, cuando lo ven, es lo verdadero.., no hallo cómo un académico puede refutar al que dice: Sé que esto me parece blanco; sé que esto deleita mis oídos; sé que este olor me agrada; sé que esto me sabe dulce; sé que esto es frío para mí.
—Pero di más bien si en sí mismas son amargas las hojas del olivo silvestre, que tanto apetece el macho cabrío.

Esas verdades, constantes del espíritu humano, participan de los sentidos y de la inteligencia y esta característica del sentir humano es marcadamente diferente de la manera de sentir de los animales:
“Pueden los brutos, sí, percibir, por los sentidos del cuerpo, los objetos externos, fijarlos en la memoria, recordarlos, buscar en ellos su utilidad y
huir de lo que les molesta; pero [.1 Propio es de la razón superior juzgar de las cosas materiales según las razones incorpóreas y eternas, [.1 Juzgamos, pues, de lo corpóreo, a causa de sus dimensiones y contornos, según una razón que nuestra mente reconoce como inmutable […j Al discurrir a cerca de la naturaleza de la mente humana, discurrimos a cerca de una sola realidacfl [.1 Y así, cuando buscamos la trinidad en el alma, la buscamos en toda ella y no separamos nunca su acción racional en las cosas temporales de la contemplación de las eternas”9’
La razón superior, la razón inferior y los sentidos, son facultades cognoscitivas de una sola mente, que procede como un todo orgánico en la obtención del conocimiento. La razón realiza dos actividades fundamentales, según las cuales se denomina razón inferior o razón superior, pero siempre se trata de la misma facultad que se encuentra inmersa en distintas labores. Cuando la razón organiza las imágenes sensibles para hacer ciencia de las cosas, se llama razón inferior; y cuando se ocupa de las leyes supremas de constitución y existencia de las cosas, se llama razón superior.
Ninguna actividad del alma actúa por separado. De hecho, Agustín concibió la existencia de los dos mundos platónicos como un conglomerado de interdependencias y no como dos esferas de saber totalmente separadas. El mundo sensible necesita al inteligible y viceversa, pues el hombre que los conoce es él mismo un compuesto material y espiritual. Agustín lo expresa así:
“Entonces, por medio de las cosas visibles que Vos habéis creado, vi con mi entendimiento vuestras perfecciones invisibles”92

El concepto cristiano de la relación alma-cuerpo difiere del platónico. “Ni el cuerpo es una cárcel, en que ha sido confinada el alma para purgar antiguos pecados,
a dar en el anchuroso campo y espaciosa jurisdicción de mi memoria […j Este capacísimo receptáculo de la memoria recibe, en no sé qué secretos e inexplicables senos que tiene, todas estas cosas, que por las diferentes puertas de los sentidos entran en la memoria, y en ella se depositan y guardan” Confesiones X, VIII, 12 y 13.

desarrolla una disputa entre Licencio y Agustín. Licencio afirma que el alma del sabio, purificada y “unida a Dios” se ha retirado dentro de sí misma y tiene:

“ante los ojos interiores de su entendimiento… a Dios, a quien abraza con una mirada fija e inmutable, y en El todas las cosas que el entendimiento ve y posee”.215

Estando así en presencia de la Verdad, de lo Inmutable y atemporal, el sabio no precisa de la memoria sensible que, según él, sólo es necesaria para las cosas temporales. La memoria entonces sería una parte de la porción inferior que “aún milita a su servicio”(del sabio) “como cierta sordidez y despojos” de su parte corporal. Agustín había dicho eso mismo en otra ocasión cuando descubrió la realidad incorpórea de los “platónicos”, pero después, dice Sciacca, profundizando en el neoplatonismo y en la verdad cristiana se convenció “de que la función de la memoria no se limita a este papel inferior y que, más bien, tiene un puesto propio en la vida intelectual”216.

Agustín combate a Licencio diciéndole que para que el sabio cumpla con su deber de enseñar a los demás tiene que recordar lo que sabe y cómo decirlo a los demás. Es decir, necesita usar la memoria, incluso la sensible.

Además Agustín está en contra del ontologismo de Licencio. No vemos la verdad en Dios, encontramos la verdad en nosotros. Como dice Sciacca: “si viésemos las cosas en Dios sería innecesaria la sensación”217. El uso (la no inutilidad) de las sensaciones y de la memoria” están en contra de la interpretación ontologista. Agustín atribuye gran importancia al estudio y profundización de la memoria. Por lo tanto, no puede, sin contradecirse, proponer el estudio de las vastas bóvedas de la memoria sin dar importancia a las imágenes sensibles que ahí se guardan.

El sabio agustiniano no es, pues, un ser vuelto completamente hacia sí mismo, contemplando impasible las verdades eternas directamente en Dios, sino un ser humano, un alma que dirige un cuerpo, que vive en un mundo material y que encuentra a Dios al final de una larga búsqueda trascendiéndose a sí mismo218. Pero lo que descubre en sí mismo es un vestigio de lo divino, una luz que proviene de Dios.

Si el sabio fuese como dice Licencio: “Mas, ¿para qué quiere el sabio la memoria, si todo lo guarda y tiene presente en sí mismo?” ni él, ni Agustín, serían sabios. Y continúa conversando Licencio con el hiponense:
“Mira que no recurrimos a ella en cosas que tenemos o vemos delante. ¿Qué necesidad, pues tiene el sabio del uso de la memoria, teniendo todo ante a los ojos interiores de su entendimiento, esto es, teniendo a Dios, a quien abraza con una mirada fija e inmutable, y en El todas las cosas que el entendimiento ve y posee?. A mí, en cambio, para recordar las cosas que te he oído a ti me falla el dominio sobre el siervo; unas veces le sirvo, otras lucho para no servirle, aspirando a mi propia libertad. Y si algunas veces le mando y él me obedece, haciéndome creer que lo tengo vencido, otras se me solivianta y caigo miserablemente a sus pies. Por lo cual, cuando hablamos del sabio yo no entro para nada.

-Ni yo tampoco- le dije-. Pero ¿acaso el sabio puede abandonar a los suyos, o mientras vive en esta vida, donde trae ligado a este siervo, dejará su obligación de favorecer a los demás a quienes puede y, sobre todo, de enseñar la sabiduría, lo cual principalísimamente se le exige? Y al hacer esto y enseñar como conviene, con aptitud, frecuentemente prepara lo que ha de exponer y discutir con orden; y si esto no se encomienda a la memoria, necesariamente perece”.219

Continúa…