La confesión del carcelero Hin Huy

6 mar

REPORTAJE

La confesión del carcelero Hin Huy

Un verdugo del genocidio camboyano rememora la barbarie de los jemeres rojos

JUAN JESÚS AZNÁREZ (ENVIADO ESPECIAL) - Pnom Penh - 04/11/2007

Osario de Pnom Penh, donde se amontonan cráneos y restos de las víctimas del régimen de Pol Pot   

Osario de Pnom Penh, donde se amontonan cráneos y restos de las víctimas del régimen de Pol Pot- ASSOCIATED PRESS
Brutal evacuación de la capital, Pnom Penh   

Brutal evacuación de la capital, Pnom Penh- AP
Los cadáveres de cientos de miles abonaban los arrozales de Camboya cuando el carcelero Hin Huy llegó a los campos de la muerte de Choeung Ek con otro camión de presos. El pelotón a sus órdenes los empujó hasta el borde de unas fosas que fueron su sepultura. Verdugos con barras de hierro y machetes les destrozaron el cráneo y después les degollaron. Murieron esposados y de rodillas, uno a uno, sin saber por qué, torturados hasta confesarse espías de la CIA o de la KGB, imperialistas, burgueses, traidores al partido, intelectuales, o enemigos del régimen de Pol Pot (1975-79). Los lugartenientes de aquel lunático serán juzgados en los próximos meses por un tribunal internacional auspiciado por la ONU. Aquel maoísmo extremo, agrarista y xenófobo se cobró la vida de 1,7 millones de personas.

El 30% de los camboyanos sufre estrés postraumático

“¿Piensas en tus víctimas?”. “No dejo de hacerlo”, dice el verdugo

El régimen fue obra de campesinos aislados del mundo durante años

“Pudo haber gente que murió de hambre”, dice un alto jefe jemer

El campesino Hin Huy, entonces de 25 años, fue destinado al S-11, una escuela reconvertida en el principal centro de tortura del Partido Comunista de Kampuchea -nombre dado por los jemeres rojos a Camboya- (PCK), hoy visitado por turistas que se espantan con el relato de los guías: “Si negaban las acusaciones, les seguían torturando; si las admitían, eran ejecutados”. Las celdas conservan las cadenas, grilletes y fotos de los supliciados. El retrato de una madre y su hijo de meses en brazos conmueve a una turista francesa: “¿Cómo es posible que el ser humano cometa estos crímenes?”. El sexto mandamiento del régimen interno decía: “Prohibido gritar mientras se le aplican latigazos o descargas eléctricas”.

Un guardia martirizó a una adolescente hasta lograr que se confesara agente de la CIA con órdenes de defecar en los cultivos. Las palizas eran mortales: “Ejecuté las instrucciones de Ta Chey [secretario regional del partido] arrestando a Khleng y llevándolo al centro de interrogatorio, donde murió”, según consta en las anotaciones personales del interrogador Moeng Teng. “Después detuve a Chantha, y lo golpeé para que confesara que era espía. No lo hizo, y Ta Chey me indicó que lo golpeara más, y también murió”. Los reos llegaban condenados: “¡Traidor! ¿Cuándo entraste en la CIA? ¿Quién te reclutó para el KGB?”. La meta es obtener el mayor número de confesiones, entre el 70% y el 80%, según la documentación del Centro de Documentación de Camboya, que jugará un papel relevante en el juicio.

“Money, money”. Un grupo de lisiados pide limosna en el memorial, situado en el centro de Pnom Penh, donde murieron más de 14.000 a manos de una tiranía obsesionada por el espionaje extranjero y el enemigo interno, dispuesta a todo para crear una sociedad adoctrinada y arrocera, sin propiedad privada ni religión, sin moneda ni mercado, con la familia y la individualidad estatizadas y un ordenamiento aberrante. Aquella locura, de la que Camboya aún convalece, es única en la historia de la humanidad: el 30% de los 12 millones de camboyanos sufre estrés postraumático, y el 40%, ansiedad y pesadillas, según un estudio médico. Y 30 años después, el genocidio no figura en los libros escolares. “Lo que saben los niños lo escucharon de sus padres y de sus maestros”, señala el profesor Dacil Keo. Las respuestas de los chavales en el avispero de motocicletas y mercadillos de Pnom Penh lo certifican: todos citan el boca a boca como el cauce de su información.

El tribunal internacional encargado de castigar el genocidio, por ejecución, hambre, enfermedades o extenuación en los campos de trabajo y de reeducación, prepara el juicio: varios testigos fueron llamados en las instrucciones preliminares, entre ellos el fotógrafo del S-11, que pedía 400 dólares por una entrevista periodística. Las vistas durarán tres años desde su apertura a comienzos de 2008, según fuentes oficiales. Sólo serán procesados los cabecillas jemeres, entre 5 y 10, porque el procesamiento de todos los ejecutores, decenas de miles avecindados con sus víctimas en ciudades y aldeas, es tarea peligrosa y casi imposible.

Los magistrados, 13 designados por la ONU y 17 por Camboya, escucharán numerosos testimonios, entre ellos el de Hin Huy, filmado por el Centro de Documentación, un organismo que clasificó 600.000 páginas para su utilización en las vistas. El buceo en el archivo de testimonios es aterrador. “Difunda la confesión de Hin Huy para que el mundo no olvide lo que ocurrió aquí”, pide uno de sus activistas.

El carcelero tiene ahora 50 años, el pelo negro y pestañea mucho. “¿Piensa en sus víctimas?”, se le pregunta. “No dejo de hacerlo, pero me forzaron. Yo no tengo la culpa”, responde.

-¿Cuántos camiones llevaste?

-No me acuerdo. Les decíamos que les llevábamos a otro lado para que no protestaran.

El anochecer en que Hin Huy fue puesto a prueba por Kek Leu, alias Duch, director del S-11, parecía macabramente rutinario. No fue así: el jefe de aquella máquina de matar estaba allí, observando las ejecuciones a garrotazos.

-Cuando quedaba por matar un solo un prisionero, me dijo: “¿Tú te atreves a matar gente?”.

-Le dije que sí. No podía decirle que no.

-Entonces mata a ése.

Hin Huy agarró la barra de hierro y destrozó la cabeza al prisionero, arrodillado en la fosa de Choeung Ek, a 17 kilómetros de Pnom Penh, una ciudad evacuada el 17 de abril de año 1975, a punta de fusil, por los milicianos de Pol Pot, Camarada Número Uno, que aquel día liquidaron el régimen del general Lon Nol, que llegó al poder en 1970 mediante un golpe con el apoyo de EE UU. La capital tenía entonces dos millones y medio de habitantes; poco a poco ha conseguido sumar el millón y medio de ahora. “Nos gritaban que saliéramos porque los norteamericanos iban a bombardear”, recuerda una anciana con un puesto de cigarrillos en el mercado central. Los cadáveres cubrían tramos de la carretera y eran reventados por los camiones. En el caos del vaciamiento a la brava murieron miles y mujeres embarazadas abortaron en las cunetas. “A mi hijo lo mataron porque había sido portero de un edificio oficial. Quiero que los castiguen”.

La escabechina no podía durar mucho. A finales de 1978, una facción de los jemeres rojos se rebeló contra Pol Pot. Les apoyó Vietnam, que invadió el país a finales de 1978. El PCK se convirtió en guerrilla, y a pesar de conocerse sus atrocidades, denunciadas en 1978 por el camboyanista francés François Ponchaud, Estados Unidos, China y Tailandia apoyaron a los jemeres rojos hasta el año 1989. Lo hicieron para contrarrestar la influencia vietnamita en la península indochina. Vietnam se retiró en 1991 y, cuatro años después, el grueso de la milicia roja, que todavía controlaba el 15% del país, se desmovilizó. El Gobierno de Hun Sen, ex jemer rojo, tardó en aceptar el tribunal internacional, reclamado desde 1998 por Human Rights Watch, tras la muerte de Pol Pot aquel año.

“La primera oposición, del Estado y de las víctimas sobrevivientes, radica en el temor a una desestabilización política del país, ya que los jemeres rojos continuaron activos hasta el año 1999″, explica Albeiro Rodas, estudioso de la cultura camboyana en el centro Don Bosco de Sihanoukville.

Tan pronto como la ONU y Camboya acordaron la constitución del tribunal, en 2003, surgió otro conflicto: debía ser mixto, integrado por magistrados de talla y experiencia internacional junto a jueces, fiscales y abogados de un país jurídicamente analfabeto, sin apenas escuelas de Derecho. “Algo así como poner a dialogar a los chamanes de la tribu con los lores ingleses”, agrega Rodas. “De todas formas, una justicia completa debería preguntar sobre la responsabilidad histórica de Estados Unidos, China, Tailandia y muchos otros en el baño de sangre que les vino a Camboya, Vietnam y Laos en esa época”.

El colonialismo, la guerra de Vietnam, el napalm y los bombardeos desde los B-52 estadounidenses sobre Camboya y Laos, con cientos de miles de víctimas, reactivaron los movimientos nacionalistas y comunistas regionales. El experimento camboyano fracasó, según el socialista francés Jean Lacouture, porque lo lideraron campesinos aislados del mundo durante muchos años. Odiaban el sistema y trataron de eliminarlo desde sus raíces. Se emplearon a fondo, según el Centro de Documentación, cuya plantilla se afana en la clasificación de los textos, oficios e instrucciones. “Ya ve usted lo ocupados que estamos. El juicio se acerca”, dice Peoudara Vanthan, subdirector del centro.

Uno de sus investigadores, Meng Try Ea, habló con un grupo de jemeres rojos para conocer la filosofía punitiva del régimen. “La cosecha, por ejemplo, era una lucha de clases, una lucha entre revolución y contrarrevolución”, según le explicaron. El robo de un kilo de arroz comunitario podía costar la vida del desesperado, como cómplice del boicoteo enemigo; la pérdida de una herramienta de trabajo podía acarrear la muerte, y un varazo a destiempo al búfalo del arado, el apaleamiento de quien lo hiciera.

Los fiscales analizan el material probatorio y métodos usados para crear una nueva sociedad desde las cenizas de la anterior: primero fueron asesinados los militares, policías, políticos y funcionarios del régimen de Lon Nol (1970-1975), con sus familias y conocidos; después, el resto: los burgueses y capitalistas, y los sospechosos de poder llegar a serlo y mandos del partido o del Ejército proclives a la moderación. Miles fueron denunciados en falso por los vecinos o nombrados en los potros de tormento. “Camarada, usted me lo envió con 18 cómplices, pero he logrado que confesara 27″, se jacta un torturador en un oficio al superior.

Cram Mey recordaba que “gritaban cuando les torturaba. Gritaban aunque no estaba permitido. Me daba pena, pero no podía manifestarla. Si no los hubiera torturado me habrían matado a mí”. Hubiera podido hacerlo, según los cargos en su contra, Nuon Chea, lugarteniente de Pol Pot, Camarada Número Dos, el principal reo a la espera de juicio. Volverá a exculparse cuando sea llamado a declarar. Lo hizo en una entrevista concedida a la BBC hace cinco años: “La situación era muy caótica y pudo haber gente que murió de hambre”, afirmó. “Pero yo no ordené matar, aunque tenga una responsabilidad moral porque no vigilé bien lo que se hacía”.

Volvió a reiterar su inocencia tras su detención. Ideólogo del Partido Comunista de Kampuchea (PCK), ex subsecretario general, se declaró inocente tras su detención. “Dijo que el Comité Militar del partido, del que no era miembro, tenía el verdadero poder y que él no tuvo contacto con las bases que mataban”, según fuentes diplomáticas cercanas al Gobierno. “Pero el tribunal tiene muchos documentos y testigos que aseguran todo lo contrario”. Se le acusa de crímenes contra la humanidad desde su autoridad sobre los aparatos de seguridad del régimen”.

Su celda, equipada con televisión, radio y prensa diaria, está próxima a la de Duch, la otra estrella del juicio, con quien no puede ni hablar, ni compartir paseos, según Reach Sambath, portavoz del tribunal. Los dos inculpan a terceros, pero las calaveras del memorial Choeung Ek, visitado por turistas y deudos, atestiguan hasta qué punto aquella camarilla fue consecuente en la ejecución de su demencial proyecto de nación.

Osario de Pnom Penh, donde se amontonan cráneos y restos de las víctimas del régimen de Pol Pot

Osario de Pnom Penh, donde se amontonan cráneos y restos de las víctimas del régimen de Pol Pot

- ASSOCIATED PRESS – 04-11-2007

“No los interrogues, mátalos”

El Camarada Número Dos, Nuon Chea, de 82 años, principal acusado en el banquillo del genocidio, ordenó un día la detención de 300 compatriotas sospechosos de traición durante un choque fronterizo con Vietnam. Kek Leu, de 66 años, alias Duch, jefe entonces del centro de internamiento S-11, fue requerido para que los encarcelara, pero dijo que no podía hacerlo porque el S-11 estaba totalmente lleno de presos. “No te molestes en interrogarles. Mátalos”, habría sido la respuesta del Camarada Número Dos, según el testimonio de Duch, también detenido a la espera de juicio. Nuon Chea lo niega todo: “No soy tan cruel como para matar a mi propia gente”.

El ex subsecretario del Partido Comunista de Kampuchea (PCK), uno de los lugartenientes de Pol Pot, sólo admitió haber trabajado desde sus funciones oficiales para “purificar las mentes a través de la educación, fortalecer el partido y colectivizar la propiedad, para levantar nuestra economía”. Los cargos, sin embargo, le implican en la organización de los 118 centros de internamiento y tortura y en las salvajadas cometidas durante la colectivización y evacuación de las ciudades fusil en mano.

En libertad, pero susceptibles de ser detenidos, figuran Ieng Sary, ex canciller; Khieu Zampan, ex jefe de Estado; Sou Met y Meah Mut, generales; Keo Pok, acusado de diezmar a la etnia musulmana Cham; Mam Nay, jefe de interrogatorios del centro S-11, y Sam Mith, implicado en la masiva muerte de mujeres y niños vietnamitas.

Fuente: http://www.elpais.com/articulo/internacional/confesion/carcelero/Hin/Huy/elpepiint/20071104elpepiint_4/Tes

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