Eutanasia: la Iglesia pide frenar “la mano asesina” I

5 Feb

Eutanasia: la Iglesia pide frenar “la mano asesina” I

Edad Antigua

PLATON. BIOGRAFÍA
Filósofo griego (Atenas, 427 – 347 a. C.). Nacido en el seno de una familia aristocrática, abandonó su vocación política por la Filosofía, atraído por Sócrates. Siguió a éste durante veinte años y se enfrentó abiertamente a los sofistas (Protágoras, Gorgias.). Tras la muerte de Sócrates (399 a. C.), se apartó completamente de la política; no obstante, los temas políticos ocuparon siempre un lugar central en su pensamiento, y llegó a concebir un modelo ideal de Estado. Viajó por Oriente y el sur de Italia, donde entró en contacto con los discípulos de Pitágoras; luego pasó algún tiempo prisionero de unos piratas, hasta que fue rescatado y pudo regresar a Atenas.
Allí fundó una escuela de Filosofía en el 387, situada en las afueras de la ciudad, junto al jardín dedicado al héroe Academo, de donde procede el nombre de Academia. La Escuela, una especie de secta de sabios organizada con sus reglamentos, residencia de estudiantes, biblioteca, aulas y seminarios especializados, fue el precedente y modelo de las modernas instituciones universitarias.
En ella se estudiaba y se investigaba sobre todo tipo de asuntos, dado que la Filosofía englobaba la totalidad del saber, hasta que paulatinamente fueron apareciendo -en la propia Academia- las disciplinas especializadas que darían lugar a ramas diferenciadas del saber, como la Lógica, la Ética o la Física. Pervivió más de novecientos años, hasta que Justiniano la mandó cerrar en el 529 d. C., y en ella se educaron personajes de importancia tan fundamental como Aristóteles.
A diferencia de Sócrates, que no dejó obra escrita, los trabajos de Platón se han conservado casi completos y se le considera por ello el fundador de la Filosofía académica (a pesar de que su obra es fundamentalmente un desarrollo del pensamiento socrático). La mayor parte están escritos en forma de Diálogos, como los de La República, Las Leyes, El Banquete, Fedro o Fedón.

Concepción de vida en Platón
En el Fedón, podemos apreciar cuál es la concepción que Platón tiene sobre la vida y sobre la muerte. En esta maravillosa obra Fedón relata las últimas horas de su maestro Sócrates. Donde se cuenta cómo el maestro de virtud afrontó el momento anterior a cumplir la condena que le habían impuesto los jueces.
En este relato se aprecia cómo Sócrates lejos de desesperar por la eminente muerte solicita que su mujer e hijos se retiren de la prisión e, inclusive, hace que sus discípulos Simmias y Cebes entren en discusión, que se prolongaría hasta ocultare el sol, momento en el cual debía beber la mortal cicuta.
La afirmación que podemos obtener sobre la vida en esta obra es que la misma no nos pertenece, sino que es “obra de los dioses” y son ellos quienes deben disponer de ella.
Aunque en el planteo de qué es la vida para cada hombre Platón hace una distinción radical. No es la misma comprensión sobre la vida que tiene el vulgo que la que tiene el filósofo. Los primero se apegan a la vida porque lo único que cuidan es el cuerpo y los placeres de los sentidos, olvidándose de que poseen alma; por eso la muerte los aterra, porque supone el fin del cuerpo, y se ven privados de lo que más quieren.
En cambio el filósofo encuentra su mayor placer en la contemplación, en la aspiración de los bienes invisibles, como el alma misma. Ve venir a la muerte con alegría, como termino del tiempo que los separa de los bienes –las ideas-
En el Menón, 81b. Afirma, en efecto, que el alma del hombre es inmortal, y que a veces termina de vivir -lo que llaman morir-, a veces vuelve a renacer, pero no perece jamás.

Concepción de muerte en Platón
Fundamentalmente el tema de la muerte es tratado por Platón en el Fedón, la Apología de Sócrates y en la República.
En el Fedón, la muerte es vista como una liberación. El alma se desprende del cuerpo, que es su cárcel.
Para hablar de la muerte Platón desarrollará un conjunto de ideas que le están íntimamente relacionadas: la supervivencia del alma respecto del cuerpo, la reminiscencia, la preexistencia del alma, la existencia de las ideas en sí, la simplicidad, la inmaterialidad, la indisolubilidad, la libertad del alma, y, en fin, su inmortalidad.
En la Apología de Sócrates reflexiona sobre el fundamento de que la muerte sea un bien, resultando de esto que si, en caso de que sea una ausencia de toda sensación, entonces, la muerte sería para él un maravilloso beneficio, y si por otro lado, se trata de un tránsito del alma de este mundo a otro, será también para él una alegría, porque se encontrará con las demás almas de los muertos, y con los verdaderos jueces que impartirán la justicia. “Pues si creéis que matando a la gente evitareis que quede alguno que os reproche vuestro mal vivir, estáis equivocados. Esta manera de librarse de los censores es además, oídme bien, tan ineficaz como deshonrosa”.
Platón en el Libro X de la República recurre a una revelación divina. El Mito de Er, se encuentra al final de la República en el libro X, en 614 b – 621 d. Er es quien nos relata sucesos referidos a lo que acontece al alma en el más allá. De esta manera y como culminación de la tesis expuesta desde el libro I: es preferible una vida justa a una injusta. La vida injusta está unida principalmente al uso del poder, pero en especial al que se realiza de manera arbitraria y sin límites o sea al que detenta el tirano, que sin embargo, pareciera ser el más deseable debido justamente a su desmesura. Pero Platón contrapone a esta forma de vida, lo que llama vida justa, aunque la misma no sea deseable a simple vista, pues no reporta los increíbles beneficios que, según aquellos que sólo se guían por la opinión, detenta el poder absoluto; esta, en vez, ofrece el camino hacia el conocimiento y hacia el bien. Platón corrobora la validez de su tesis a través del relato mítico sobre la muerte, el enjuiciamiento de las almas y la encarnación.
Diez días después de una batalla, al recoger los cadáveres para cumplir con los ritos funerarios, el de Er, guerrero de Panfilia, no muestra los naturales signos de corrupción y cuando yacía sobre su pira, vuelve a la vida relatando lo presenciado en el trasmundo.
Su alma había abandonado su cuerpo y junto a otras se había dirigido a un bello lugar en donde había dos aberturas en la tierra y dos en el cielo. Entre medio de las mismas, tres jueces pronunciaban las sentencias correspondientes a cada alma; los justos se dirigían hacia la abertura derecha del cielo con una inscripción en el pecho que declaraba sus méritos, los injustos descendían por la abertura izquierda de la tierra con sus acciones inscriptas en la espalda.
Pero por el otro orificio de la tierra salían los que ya habían purgado sus castigos, llenos de polvo y podredumbre; y aquellos que trataban de salir, sin haber cumplido su condena aún, eran rechazados y maltratados por los guardias. Por el segundo orificio del cielo bajaban quienes ya habían cumplido su tiempo en él, con el cansado aspecto de los viajeros pero con signos de haber gozado de los bienes y del éxtasis celestial.
Todos juntos se reencontraban en una pradera y relataban lo vivido en esos mil largos años de viaje. Los relatos más terribles correspondían a los del inframundo pues contaban los males padecidos y los que vieron padecer a otros.
Bajo una luz brillante se encontraban la diosa Necesidad y las tres Moiras: Laquesis, que canta las cosas pasadas, Cloto, que canta las presentes y Atropo, que canta las futuras. Allí se repartían en suerte los turnos para elegir nuevas vidas, y si bien eran más las vidas que los vivientes, quien elegía último corría con desventaja. Las vidas a elegir eran variadas, de tiranos todopoderosos, de animales, de héroes “deportivos”, de personas comunes, etc.
Pero ¿qué vida elegir?. Un sagrado heraldo advertía sobre el peligro de una mala elección; la virtud podía ser poseída en mayor o menor grado según se la aprecie o desdeñe. Quienes elegían con más cuidado, habían padecido el mundo subterráneo, en cambio quienes gozaron de los placeres del cielo lo hacían despreocupadamente. Las mejores vidas eran las que conducían al alma a ser más justa y las peores las que conducían al alma a cometer mayores injusticias. Odiseo es quien elige último, el astuto héroe, retiene para sí la existencia de un hombre común. Finalmente todos tomaban agua del Leteo, y eran arrojados a la existencia mortal.
El Mito de Er es lo que armoniza toda la argumentación dialéctica sostenida a lo largo de la República sobre el valor de la justicia en la vida, reforzando el argumento con lo que ocurre al alma en lo acaecido después de la muerte.
El tema del alma y de su supervivencia después de la muerte, son temas mistéricos, relacionados con el más allá y con las verdades últimas, lo que de acuerdo con lo visto, los hace apropiados para su tratamiento a través de relatos míticos.
En el caso del mito de Er, Platón expone a sus lectores la idea del alma que sobrevive a la existencia del cuerpo, la presencia de un juicio en el que se reciben premios y castigos según la conducta seguida durante la vida terrena, la elección de una nueva vida y la consecuente encarnación en otro cuerpo mortal. La importancia de la vida en la tierra radica en que las mejores, las más virtuosas, acompañadas del conocimiento, serán las que elijan apropiadamente su vida futura.
¿Qué es la muerte? La muerte es una oportunidad. Es también una prueba. Por un lado quienes gozaron una vida justa son premiados con los deleites celestiales ratificando así la tesis de que la vida justa es mejor que la injusta. Por otro es la oportunidad para contemplar la verdad, para elegir con corrección la próxima vida, mostrando así que tipo de conocimiento se adquirió; también es la oportunidad para descubrir que clase de persona se es. Es la ocasión para que el alma recupere sus alas, para que recupere su esencia. Es el momento para elegir una próxima vida acorde al bien y la virtud, es la oportunidad de aprender lo que no se aprendió en la vida terrena.
Dos últimas reflexiones respecto de lo contado por Er. La elección de Odiseo, el más astuto de los héroes griegos, es la más llamativa pues quiere reencarnar en un hombre común. Platón parece sugerirnos que la vida más alejada del éxito, los honores, el poder y la gloria es en realidad la única que puede conducir al hombre a la virtud, al bien y al conocimiento. La segunda reflexión se relaciona con que aquellos que sufrieron los tormentos en el inframundo o vieron padecerlos a otros son quienes eligen con mayor esmero su próxima vida, y no ocurre lo mismo con quienes descienden del mundo celeste, que deberían ser los más preocupados por volver a él. Quizás la sugerencia sea que el dolor y el sufrimiento, si bien no son deseables en sí mismos, son mejores maestros.
En la Apología de Sócrates uno de los temas centrales es la muerte, 42a. Pero es ya hora de marcharnos, yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros se dirige a una situación mejor es algo oculto para todos, excepto para el dios.
Apología, 29ª. Nadie sabe si acaso no es la muerte el más grande de todos los bienes para el hombre.

Concepción de eutanasia en Platón
Platón afirmaba que la ciudad natural o perfecta ha de estar compuesta de hombres “sanos”. Los ciudadanos han de gozar de salud, dado que la salud es inseparable de la perfección. En su libro La República, Platón recomienda a los médicos no cuidar a un hombre incapaz de vivir el tiempo fijado por la naturaleza, por no ser ventajoso ni para el sujeto ni para el estado.

ARISTOTELES
BIOGRAFÍA

(Estagira, 384-Calcis, 322 a.J.C.) Filósofo griego. Hijo del médico real de Macedonia, estuvo veinte años en la Academia de Platón, primero como discípulo y luego como investigador y como tutor. Candidato a ser el sucesor del maestro, se afirma (aunque es dudoso) que quedó despechado por el nepotismo de la elección de Espeusipo y marchó a Assos (Asia Menor), donde escribió su diálogo Sobre la filosofía (la «carta de Assos») y fundó un centro de estudio bajo la protección de su amigo Hermias, gobernador de Atarnea, con una de cuyas parientes, llamada Pitias, se casó.
Muerto Hermias (capturado y crucificado por el sátrapa Mentor), partió hacia Lesbos como huésped de Teofrasto; fiel a la amistad, compuso la Oda a la virtud, en memoria de Hermias y por la que veinte años después sus enemigos intentaron procesarle por impiedad. Aceptó luego de Filipo II de Macedonia el cargo de preceptor de Alejandro (de 13 años), quien siempre conservaría un gran respeto por su maestro, le apoyaría económicamente e incluso le mandaría desde el Indo ejemplares de la fauna y de la flora de su imperio.
Aristóteles se había trasladado mientras tanto, de nuevo, a Atenas y había fundado el Liceo, donde enseñaba paseando (de ahí el nombre de escuela «peripatética»), seguía sus investigaciones y análisis de datos, correspondientes a los más diversos campos (arte dramático, constituciones políticas, deportes olímpicos, zoología), y elaboraba una veintena de obras. Sin embargo, al morir Alejandro (a los 33 años), el clan de Demóstenes (autor de las Filípicas y, por tanto, enemigo de Aristóteles) se envalentonó y «el Estagirita» volvió a decidir su partida, para «ahorrar a los atenienses un segundo atentado contra la filosofía» (el primero lo habían cometido con Sócrates). Al año siguiente, moría en Eubea de úlcera de estómago.

Concepción de vida en Aristóteles
Aristóteles explica el fenómeno de la vida con los mismos conceptos que utilizó en su física y en su metafísica (forma, acto y fin) en una concepción que se ha denominado posteriormente organicismo.
Cuando hablamos del alma humana, y del alma en el resto de los seres vivos, nos referimos con ello a las múltiples acciones, operaciones y funciones que realizan estos seres: sentir, nutrirse, pensar…
Estas actividades no pueden, desde luego, realizarse sin el cuerpo, porque precisamente no son más que su propia operatividad y funcionalidad.
Por ello, y aquí se separa de Platón, no es lícito considerar al alma como algo separado o separable del cuerpo. El alma es al cuerpo lo que la función es al órgano: “si el ojo fuera un animal, la vista sería su alma”
Como consecuencia, el alma no es un ser subsistente por sí mismo ni tampoco una substancia. Lo que es sustancia es el hombre, que es un compuesto de alma y cuerpo:
“Todo cuerpo natural, pues, que posee la vida, debe ser substancia, y substancia de tipo compuesto.” (Del Alma, 412, a.)
Por este motivo, el estudio del alma (psyché), la psicología, tendrá que fundarse en un estudio de las substancias naturales vivientes, es decir, en un estudio general del ser vivo: vegetales, animales y hombres.
Todo ser vivo se caracteriza por el hecho de que realiza por sí mismo una serie de funciones fundamentales: se alimenta, crece y perece según su naturaleza.
El término vida es análogo y no unívoco, esto quiere decir que dicho término posee múltiples sentidos: “Ahora bien: la palabra vivir tiene muchos sentidos, y decimos que una cosa vive si está presente en ella cada una de las cosas siguientes: mente o pensamiento, sensación, movimiento o reposo en el espacio, además del movimiento que implica la nutrición y el crecimiento o corrupción.” (Del Alma, 413, a.)

Concepción de muerte en Aristóteles
No se puede apreciar en Aristóteles que él conciba la eternidad del alma, tal como lo hizo Platón; en Aristóteles hay sólo una oscura mención a la posible eternidad de una Inteligencia Cósmica, que sería única para todos los seres humanos.
Aristóteles rechaza el alma como inmortal, es parte esencial del cuerpo, y cuando este muere, muere con el.
El hilemorfismo en Aristóteles lo lleva a concebir la muerte como la separación o disgregación del compuesto materia-forma, separado el cuerpo del alma (que es el principio vital) no queda más nada. Si Aristóteles hace mención a una continuidad del alma se puede comprender más bien como un resabio del platonismo y no como una teoría que él sostenga con convicción propia.

Concepción de eutanasia en Aristóteles
Si bien Aristóteles no trata el tema de la eutanasia como tal, poder comprender qué concepción tenía él de la muerte y sobre el suicidio (sea éste asistido o no) es posible del análisis de un fragmento de su obra. En la Etica Nicomaquea, Libro III Cap. VIII, nos dice:
“Por lo demás, suicidarse por evitar la pobreza o los tormentos del amor, o cualquier otro suceso doloroso, no es propio de un hombre valiente, y sí más bien de un cobarde. Huir del dolor y de las pruebas de esta vida es una debilidad; porque en este caso no se sufre la muerte porque sea cosa grande sufrirla; sino que se la busca únicamente, porque se quiere evitar el mal a todo trance.”
Por lo que se deduce, que desde el planteo hecho por el Estagirita, la eutanasia es un acto contrario a la moral y a la práctica de un hombre sensato y prudente.

SENECA. BIOGRAFÍA
(Córdoba, h. 4-Roma, 65) Filósofo hispanorromano. Perteneció a una familia acomodada de la provincia Bética del Imperio Romano. Su padre fue un retórico de prestigio, cuya habilidad dialéctica fue muy apreciada luego por los escolásticos, y cuidó de que la educación de su hijo en Roma incluyera una sólida formación en las artes retóricas, pero Séneca se sintió igualmente atraído por la filosofía, recibiendo enseñanzas de varios maestros que lo iniciaron en las diversas modalidades de la doctrina estoica por entonces popular en Roma. Emprendió una carrera política, se distinguió como abogado y fue nombrado cuestor.
Su fama, sin embargo, disgustó a Calígula, quien estuvo a punto de condenarlo en el 39. Al subir Claudio al trono, en el 41, fue desterrado a Córcega, acusado de adulterio con una sobrina del emperador. Ocho años más tarde fue llamado de nuevo a Roma como preceptor del joven Nerón y, cuando éste sucedió a Claudio en el 54, se convirtió en uno de sus principales consejeros, cargo que conservó hasta que, en el 62, viendo que su poder disminuía, se retiró de la vida pública.
En el 65 fue acusado de participar en la conspiración de Pisón, con la perspectiva, según algunas fuentes, de suceder en el trono al propio Nerón; éste le ordenó suicidarse, decisión que Séneca adoptó como liberación final de los sufrimientos de este mundo, de acuerdo con su propia filosofía.
En general, su doctrina era la de los antiguos estoicos, aunque, en numerosos aspectos, incorporó a ella su propia visión personal y hasta la de pensadores de escuelas antagónicas, como Epicuro, al que cita a menudo en términos aprobatorios; con ello no hizo sino ejemplificar el espíritu ecléctico y sintético característico del «estoicismo nuevo» propio de su época, del cual fue el máximo exponente.

Concepción de vida en Séneca
La muerte no es un bien ni un mal, puesto que es algo inexistente. Sin embargo, puede ser una liberación cuando las circunstancias de la vida condenan al hombre a una esclavitud incompatible con la libertad.

Concepción de muerte en Séneca
Sólo ha de temerse lo incierto, pero la muerte viene con necesidad absoluta y nadie se libra de ella. En el caso extremo el sabio sigue siendo dueño de la vida, dejando voluntariamente la vida sin odiarla.
«Deberíamos temerla si pudiese permanecer con nosotros, pero, por necesidad, o no llega o pasa».
En Consolación a Marcia, XXII. “Si, pues, la felicidad más grande es no nacer, considera como la segunda ser libertado pronto de la vida, para entrar en la plenitud del ser”.
En De la brevedad de la vida. “Nos equivocamos cuando miramos a la muerte como futura: una gran parte de ella es cosa ya pasada. Lo que de nuestra edad dejamos atrás, está en manos de la muerte”.
Concepción de eutanasia en Séneca
La naturaleza exige el amor de los elementos que la componen. Hacer daño a otro hombre es algo irracional que va contra la misma esencia de la naturaleza.
El hombre tiene el camino abierto para dejar la vida. Nada nos fuerza a vivir en la miseria, en la necesidad. «Demos gracias a Dios de que nadie está obligado a permanecer en la vida», dice en una de sus cartas. Séneca propugna, pues, el suicidio en cualquiera de sus formas que él detalla en De ira como una liberación.
Séneca, escribe en sus Cartas: “el sabio se separará de la vida por motivos bien fundados: para salvar a la patria o a los amigos, pero igualmente cuando está agobiado por dolores demasiado crueles, en casos de mutilaciones o de una enfermedad incurable”; “no se dará muerte, si se trata de una enfermedad que puede ser curada y no daña el alma; no se matará por los dolores, sino cuando el dolor impida todo aquello por lo que se vive”; “prefiero matarme a ver cómo se pierden las fuerzas y cómo se está muerto en vida”. Por su parte, los médicos deben aplicar remedios al enfermo, pero a quienes no puedan prolongar la vida, “les facilitan una muerte llevadera”.

Eutanasia en el resto de la antigüedad
El historiador romano Suetonio afirma que el emperador Augusto era partidario de la eutanasia: “Tan pronto como César Augusto oía que alguien había muerto rápidamente y sin dolor, pedía la eutanasia, utilizando esta palabra, para sí mismo y para su familia” (Vidas de veinte Césares, L,II).
El texto se refiere a las personas que no pueden ser curadas y que, por tanto, han entrado en la fase de desahucio. Tal es la razón de que Plinio haga una lista de enfermedades en las cuales los médicos pueden acelerar la muerte. En la literatura clásica eutanasia y desahucio son términos correlativos.
Epícteto, por su parte, predica la muerte como una afirmación de la libre voluntad.

Un estoico que le habló así: «No te inquietes, Marcelino, cual si de un asunto importante deliberaras; vivir no es cosa que valga la pena; viven tus criados, y los animales viven también; lo importante es permanecer en el mundo con dignidad, constancia y prudencia. Considera el tiempo que hace que vives haciendo lo mismo: comer, beber, dormir; beber, dormir y comer: ni un instante dejamos de rodar alrededor de este círculo. No sólo las desgracias y los males insoportables nos hacen desear la muerte, sino también la saciedad misma de vivir.»
Otro estoico, Cicerón, trata la muerte en República, VI, 14. ‘Sin duda – me dijo él- todos aquellos que escaparon de las ataduras del cuerpo como de una prisión están vivos; en cambio, esta vida nuestra, que los hombres denominan así, es en realidad una muerte. ¿No ves a tu padre Paulo acercándose a ti?’ Cuando lo vi, derramé un río de lágrimas, pero él me abrazó y me besó, y me prohibió llorar.
Epicuro de Samos, trata la muerte en Carta a Meneceo, 124. Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros, porque todo bien o todo mal residen en la sensación y la muerte es privación de los sentidos. Por lo cual el recto conocimiento de que la muerte nada es para nosotros hace dichosa la mortalidad de la vida, no porque añada una temporalidad infinita sino porque elimina el ansia de inmortalidad. Nada temible hay, en efecto, en el vivir para quien ha comprendido realmente que nada temible hay en el no vivir. Así pues, el más terrible de los males, la muerte, nada es para nosotros, porque cuando nosotros somos, la muerte no está presente y, cuando la muerte está presente, nosotros ya no somos. El sabio ni rehusa la vida ni le teme a la muerte; pues ni el vivir es para él una carga ni considera que es un mal el no vivir. Decimos que el placer es el principio y culminación de la vida feliz. Al placer, en efecto, reconocemos como el bien primero, a nosotros connatural, de él partimos para toda elección y rechazo, y a él llegamos juzgando todo bien con la sensación como norma. Y como este es el bien primero y connatural, precisamente por ello no elegimos todos los placeres, sino que hay ocasiones en que soslayamos muchos, cuando de ellos se sigue para nosotros una molestia mayor.
También aborda el tema de la muerte en Máximas, 20. La mente que ha comprendido el razonamiento sobre la finalidad y límite de la carne, y que ha disuelto los temores ante la eternidad, nos consigue una vida perfecta. Y para nada necesitamos ya un tiempo infinito.

Continúa…

Fuente:

http://www.taringa.net/posts/info/807017/Eutanasia:-una-mirada-desde-la-Filosofía.html

 

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