La Muerte Fisica, la Muerte Espiritual

2 feb

La Muerte Fisica, la Muerte Espiritual

Desde cierto punto de vista la muerte resulta algo muy natural: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez” (He. 9.27). Puede ser aceptada sin rebeldía: “Vamos también nosotros, para que muramos con él” (Jn. 11.16). Desde otro punto de vista resulta algo sumamente antinatural. Es la paga del pecado (Ro. 6.23), y en ese sentido debe ser temido. Ambas perspectivas aparecen en la Biblia, y ninguna de las dos debe ser pasada por alto. La muerte es una necesidad biológica, pero los hombres no mueren en la forma sencilla en que lo hacen los animales.

I. Muerte física

La muerte parece ser necesaria para cuerpos como los nuestros. El deterioro físico y la eventual disolución final son inevitables. No obstante, la Biblia habla de la muerte como consecuencia del pecado. Dios le dijo a Adán: “El día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2.17). Pablo nos dice que “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte” (Ro. 5.12), y también que “la paga del pecado es la muerte” (Ro. 6.23). Pero cuando examinamos más detenidamente el asunto, vemos que Adán no murió físicamente el mismo día en que desobedeció a Dios. En Ro. 5 y 6 Pablo contrasta la muerte que sobrevino a consecuencia del pecado de Adán con la vida que Cristo ha traído a los hombres. Ahora bien, la posesión de la vida eterna no anula la muerte física. Está en contraposición a un estado espiritual y no a un acontecimiento físico. Lo que se infiere de todo esto es que la muerte que es consecuencia del pecado va más allá de la muerte del cuerpo.

Pero a este pensamiento debemos agregar el otro de que los pasajes de las Escrituras que vinculan al pecado y la muerte no modifican el concepto de la muerte. Dichos pasajes no nos revelan otra cosa que no sea el significado usual de la palabra. Quizá debamos entender que la mortalidad es el resultado del pecado de Adán, y que el castigo incluye tanto el aspecto físico como el espiritual. Pero no sabemos lo suficiente acerca de la condición de Adán antes de la caída como para hablar de ella. Si su cuerpo era semejante al nuestro, sería mortal; de lo contrario, no tenemos forma de saber cómo era, ni si era o no mortal.

Parecería mejor considerar que la muerte es algo que comprende al hombre completo. El hombre no muere como cuerpo sino que muere como hombre, con la totalidad de su ser. Muere como ser espiritual y físico. Y la Biblia no hace una distinción neta entre los dos aspectos. Por lo tanto, la muerte física constituye tanto símbolo como expresión adecuados de aquella muerte más profunda que es consecuencia inevitable del pecado, con la que forma una sola unidad.

II. Muerte espiritual

Esta muerte es un castigo divino. Ya hemos observado que Ro. 6.23 describe a la muerte como “la paga” del pecado, es decir la recompensa que merece el pecado. Pablo puede hablar de ciertos pecadores que conocen “el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte” (Ro. 1.32). Es el pensamiento del juicio de Dios lo que está a la base de la referencia que hace Juan al “pecado de muerte” (1 Jn. 5.16). Esta constituye una verdad muy importante, pues nos permite apreciar cuán grande es el horror de la muerte. A la vez, paradójicamente, nos proporciona esperanza. El hombre no ha quedado atrapado en una red tejida por la ciega fatalidad, de tal suerte que, habiendo una vez cometido pecado, no hay nada que se pueda hacer para remediarlo. Dios está por encima de todas las cosas, y si bien ha decretado que la muerte es la paga del pecado, también ha resuelto dar vida eterna a los pecadores.

El NT a veces destaca las serias consecuencias del pecado haciendo referencia a la “segunda muerte” (Jud. 12; Ap. 2.11). Esta es una expresión rabínica que significa perdición eterna. Debe entenderse en el mismo sentido que los pasajes en los que el Señor habla del “fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25.41), “el castigo eterno” (en contraposición a la “vida eterna”, Mt. 25.46), y otros pasajes similares. El estado final del hombre impenitente se describe de varias maneras, tales como muerte, castigo, perdición, etc. Obviamente no sería prudente equipararla con ninguno de ellos. Pero es igualmente obvio que, según describe la Biblia, se trata de un estado que debe mirarse con horror.

A veces se objeta que esto no condice con la descripción de Dios como un Dios de amor. En este sentido, hay aquí un profundo misterio, pero al menos se puede decir que la objeción, en la forma en que se la presenta habitualmente, pierde de vista el hecho de que la muerte es un estado a la vez que un hecho. “El ocuparse de la carne es muerte”, escribe Pablo (Ro. 8.6). No dice que el ocuparse de la carne ha de producir la muerte; dice que es muerte, y agrega que “la mente carnal es enemistad contra Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede”. La misma verdad se expresa de una manera distinta cuando Juan dice: “El que no ama permanece en muerte” (1 Jn. 3.14). Cuando entendemos la verdad de que la muerte es un estado, nos damos cuenta de la imposibilidad de que el impenitente se salve, pues para esa persona la salvación sería una contradicción. Para ser salvo, el hombre debe pasar de muerte a vida (Jn. 5.24).

III. Victoria sobre la muerte

Un aspecto interesante de la enseñanza neotestamentaria sobre el tema de la muerte es que se pone el acento en la vida. Si consultamos una concordancia notaremos que en casi todas partes se utiliza el vocablo nekros (‘muerto’) para describir la resurrección de los muertos o cosas parecidas. En las Escrituras se enfrenta a la muerte como se enfrenta toda la realidad, pero el interés principal gira en torno a la vida, y la muerte se trata en forma más o menos incidental, como aquello de lo cual se salva a los hombres. Cristo adoptó nuestra naturaleza “para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (He. 2.14). El poder del diablo siempre se considera como sujeto al dominio de Dios (Job 2.6; Lc. 12.5). De ningún modo tiene a la muerte sujeta a su arbitrio en forma absoluta, aunque esta, que es la negación de la vida, es su esfera natural. Cristo vino para poner fin a la muerte. Como indica el pasaje de Hebreos, fue por medio de la muerte que derrotó a Satanás. Fue por medio de la muerte que quitó nuestro pecado. “Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas” (Ro. 6.10). Aparte de Cristo, la muerte es el enemigo supremo, el símbolo de nuestra separación de Dios, el horror definitivo. Pero Cristo se ha valido de la muerte para librar a los hombres de ella. Murió a fin de que los hombres pudieran vivir. Llama la atención el hecho de que el NT pueda decir que los creyentes “duermen” en lugar de decir que “mueren” (por ejemplo 1 Ts. 4.14). Jesús cargó con todo el horror de la muerte, por cuyo motivo para los que están “en Cristo” la muerte ha sido transformada de tal forma que no es más que un sueño.

Hasta dónde alcanza la victoria que Cristo ganó sobre la muerte lo indica su resurrección. “Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él” (Ro. 6.9). La resurrección es el gran acontecimiento triunfal, y la gran nota de victoria en todo el NT tiene su origen allí. Cristo es el “Autor de la vida” (Hch. 3.15), “Señor así de los muertos como de los que viven” (Ro. 14.9), “el Verbo de vida” (1 Jn. 1.1). Su victoria sobre la muerte es completa, y esa victoria está a disposición de su pueblo. La destrucción de la muerte es cosa segura (1 Co. 15.26, 54; Ap. 21.4). La segunda muerte no tiene ninguna potestad sobre el creyente (Ap. 2.11; 20.6). De acuerdo con este concepto, el NT entiende la vida eterna no como la inmortalidad del alma, sino en función de la resurrección del cuerpo. No hay forma más gráfica de ilustrar el carácter definitivo y completo de la derrota de la muerte.

No solamente existe un futuro glorioso, sino que hay un presente glorioso. El creyente ya ha pasado de muerte a vida (Jn. 5.24; 1 Jn. 3.14). Está “libre de la ley del pecado y de la muerte” (Ro. 8.2). La muerte no lo puede separar de Dios (Ro. 8.38). Jesús dijo: “El que guarda mi palabra, nunca verá muerte” (Jn. 8.51). Tales palabras no niegan la realidad de la muerte biológica; más bien nos encaminan hacia la verdad de que la muerte de Jesús significa que el creyente ha salido completamente de aquel estado que es la muerte. Ha sido introducido en un nuevo estado, que ha sido muy aptamente caracterizado como la vida. En su momento atravesará la puerta que llamamos la muerte, pero el aguijón ha sido extraído. La muerte de Jesús representa la victoria sobre la muerte para sus seguidores.

Fuente: http://www.amen-amen.net/estudiosbiblicos/muerte.htm

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