El pánico se contagia. Empezó en Wall Street, y los primeros síntomas de que había salido de Manhattan llegaron cuando a Henry Paulson y Ben Bernanke se les puso cara de hipoteca basura subprime. Y una vez el pánico llegó a Washington se ha extendido con rapidez por la Casa Blanca, el Congreso, los medios de comunicación y, a través de ellos, a todo el país.

George Bush acaba de ofrecer un discurso en el que no ha dicho nada nuevo (salvo esa coherente y didáctica explicación que le han escrito sobre cómo se ha llegado a este desastre) excepto por un detalle: esta vez su catastrófica predicción sobre lo que ocurrirá si el Congreso no aprueba el plan de rescate de la deuda tóxica con 700.000 millones del contribuyente ha llegado a todo el país mediante un discurso televisado en prime time, el primero de estas características que pronuncia en 11 meses. Así, los estadounidenses que sólo ven noticias locales y no leen The Wall Street Journal ya saben que lo que está en juego no son los sueldos de los másters del universo de las finanzas, sino los trabajos, las casas, las pensiones, los ahorros, los créditos y las inversiones de los ciudadanos corrientes. Lo dijo el presidente. Vía libre, pues, al pánico, que como todo el mundo sabe es el mejor estado mental para tomar decisiones como la minucia de dedicar 700.000 millones de dólares públicos a comprar productos financieros que nadie quiere.

 

Hay pánico en el Congreso, que el 4 de noviembre se renueva parcialmente en las otras elecciones de este otoño, y que se encuentra en una tesitura similar a la de la guerra de Irak: si Paulson, Bush y Bernanke tienen razón, ¿quién es el guapo que apechuga con haber votado en contra de la medida que podría haber evitado el Desastre? Pero, por otro lado, ¿quién es el guapo que se presenta a la reelección tras haber dado un cheque millonario a Wall Street y no haber salvado de los desahucios a millones de estadounidenses? Los congresistas leían hoy ante cualquier micrófono los e-mails y las llamadas telefónicas de sus votantes que han inundado el Capitolio en lo que llevamos de semana.

Hay pánico en el Partido Demócrata, porque no quiere darle otro cheque en blanco al presidente bajo el discurso del miedo, y hay pánico en el Partido Republicano, a quien le repugna intervenir de esta forma en el mercado desde el Estado. Pero… ¿y si Paulson tiene razón, no aprueban el plan y se desata el armageddon?

Hay pánico en la campaña de John McCain. A falta de otra estrategia razonable para ganar la Casa Blanca, el equipo del senador por Arizona ha trabajado a base de golpes de efecto. Cuando Obama se iba en las encuestas en verano, lo compararon con Britney Spears y Paris Hilton. Cuando Obama cerró su convención, presentaron a Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia. Cuando la presencia de George Bush molestaba en la convención republicana, cancelaron su asistencia a causa del Gustav, ese huracán que sólo afectó a los periodistas. Y ahora que, pasado el efecto Palin, las encuestas nacionales (no las estatales) vuelven a darle ventajas claras a Obama, McCain no sólo decide que los fundamentos de la economía ya no son sólidos, sino que suspende su campaña y propone cancelar el esperado debate entre candidatos del viernes para viajar a Washington… y arreglar, él solito, el problema. Bush le echa una mano y lo ha convocado a él y a Obama hoy en la Casa Blanca, pero eso no oculta el tacticismo, el apego a los golpes de efecto y la nefasta gestión de la crisis que ha llevado a cabo el maverick. Si la experiencia es esto (cambiar de opinión de un día para el otro, usar la crisis para provecho propio, decidir en base a impulsos y efectos mediáticos), no parece que sea lo que EEUU necesita en estos momentos.

Hay pánico en Mississippi, desde donde escribo, donde la Universidad de Mississippi teme que los más de cuatro millones de dólares que se ha gastado en organizar el debate del viernes se vayan directamente a la basura por el electoralismo barato de McCain.

Hay pánico en la campaña de Obama, que se ha comportado como lo que la acusan, un naíf, con su oferta de mano tendida, unidad y de emitir un comunicado conjunto que efectuó a McCain para acabar enterándose por la prensa de lo del debate. Obama dijo que debe haber debate, más que nunca en estos momentos, pero falta por ver primero si lo habrá y, si no lo hay, si escenificarán el feo de McCain presentándose en la Universidad de Mississippi para que Obama sea fotografiado como el único candidato en el estrado. Capaces son de no aprovechar esta oportunidad.

Para acabar, algunos datos. El déficit público de EEUU previsto para este año es de 407.000 millones de dólares (sin contar el plan de rescate de la deuda tóxica); la deuda pública en septiembre del 2008 se calcula en 9,7 billones de dólares (billones europeos); con los baby boomers empezando a jubilarse, el sistema de pensiones entrará en números rojos en el 2017 y quebrará en el 2041; con el actual sistema sanitario, más de 45 millones de estadounidenses no tienen seguro médico, es decir, sólo pueden tratarse en urgencias; y la guerra, en la estimación conservadora del premio Nobel Joseph E. Tiglitz, tiene un coste de tres billones de dólares.

Sí, hay motivos para el pánico.

PD1: En su discurso, Bush ha dicho que la crisis lleva diez años gestándose. En ocho de ellos, él ha sido presidente. Ese es el problema del plan de Paulson: los mismos que no han regulado y que no han controlado a Wall Street los últimos ocho años son los que ahora solicitan al Congreso una millonada y, discurso del miedo al margen, le piden a los congresistas que confíen en ellos para gestionarlos.

PD2: La frase: “¿Qué va a hacer si le eligen y las cosas se ponen mal? ¿Suspenderá ser presidente?” David Letterman a John McCain. Letterman estaba indignado porque una hora antes de grabar su show, McCain canceló una entrevista prevista con el argumento de que viajaba a Washington con motivo de la crisis. Pero a la hora de la grabación McCain en un estudio cercano grabando una entrevista con Katie Couric. Y Letterman, claro, se enfadó. Y cuando Letterman se enfada, esto es lo que ocurre: que hace de verdad sátira política.