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El Miedo a la Inseguridad

11 may

A todos nos preocupa la inseguridad, porque los hechos delictivos parecen aumentar día a día, los asesinatos se multiplican y la policía parece insuficiente para controlar una situación que parece querer desbordarse.

En las grandes ciudades donde viven millones de habitantes, es difícil que las fuerzas de seguridad puedan llegar a tiempo en todos los casos, aún con la ayuda que brindan los celulares en las emergencias.

Algunos países avanzados han logrado disminuir la tasa de delincuencia tomando medidas de fondo, pero difícilmente lleguen alguna vez a erradicar totalmente la violencia.

Las probabilidades de ser asaltado en una sociedad densamente poblada, es baja, y de ser eliminado aún más baja, sin embargo, el temor que siente la mayoría es desproporcionado con respecto a las estadísticas.

Sin embargo, existe más alta probabilidad de sufrir accidentes automovilísticos graves debido a la propia conducta negligente.

Aunque existen normas que prohíben el uso de celulares mientras se conduce, no es raro ver que hay muchos automovilistas que lo hacen y que además se atreven a fumar al mismo tiempo, poniendo en peligro sus vidas y las de los demás.

También son demasiados los que aún no utilizan el cinturón de seguridad al conducir, por motivos diversos, sin tomar conciencia que puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Manejar después de haber ingerido cerveza es común, creyendo que se trata de una bebida inofensiva por su supuesto bajo contenido de alcohol; pero se olvidan que si toman varios vasos de cerveza, la proporción de esa sustancia es mayor, siendo capaz de alterar seriamente los reflejos al conducir.

La preocupación por el factor seguridad parecería estar ausente en las situaciones que dependen de uno mismo, creyendo que uno puede ser capaz de mantener el control, aún actuando en contra de las normas vigentes y exponiéndose a perder la vida; pero sí persiste la preocupación por ser asaltado y privado de las pertenencias.

Los motociclistas suelen conducir sus vehículos con el casco de seguridad colgado de un brazo y la cabeza expuesta, y aún con acompañantes que tampoco llevan ninguna protección; y las bicicletas desafían a los automovilistas circulando en medio del tráfico.

Por otro lado, la gente fuma, bebe alcohol, toma drogas o come en exceso, arruinándose la salud a sabiendas.

El ser humano es reacio a aceptar normas de comportamiento, aunque se trate de medidas que pueden evitarle un accidente y hasta perder la vida. Prefiere arriesgarse aunque le resulte peligroso.

Países muy organizados tienen baja la tasa de accidentes y de delincuencia, pero alto porcentaje de suicidios. Estos son datos que nos sorprenden y nos desconciertan.

El hombre teme la inseguridad pero el estar demasiado seguro parece hacerle perder su esencial espíritu de buscador incansable y de aventurero. Como si no estuviera dispuesto a vivir una vida tranquila sin preocupaciones y sin riesgos.

El riesgo atrae al ser humano y hacerse daño a si mismo parece no ser una molestia para él, pero si lo asustan los ladrones que difícilmente le puedan robar y los asesinos que remotamente alguna vez lo puedan atacar.

El peor enemigo del hombre no es el ladrón que puede estar acechándolo para robarle el auto o la billetera, ni el arma asesina que trata de intimidarlo en un asalto; porque el peor enemigo es él mismo,

fuente bibl:

http://psicologia.laguia2000.com/las-fobias/el-miedo-a-la-inseguridad

WILDE Y EL EFECTO CONTAGIO

25 nov
WILDE Y EL EFECTO CONTAGIO
DE INSEGURIDAD Y FALTAS DE POLÍTICAS DE ESTADO
Por Fernando Paolella

 

El asesinato brutal de la arquitecta Renata Toscano, de 43 años, en un intento de robo a su auto el martes pasado, pareció desencadenar un efecto rebote en los habitantes de dicha localidad del sur del conurbano bonarense, quienes espontáneamente salieron a reclamar por más seguridad y a pedir respuestas a la corporación política y la plana mayor de la Bonaerense. En las manifestaciones, que fueron tres, se pidió la urgente presencia del gobernador Scioli y del ministro de Seguridad Stornelli, pero ambos brillaron por su ausencia. Hastiados por dicha falta de respuesta, un grupo más exaltado irrumpió en la Comisaría 5 y exigió la presencia del jefe de dicha repartición. Tras momentos de máxima tensión, el mismo accedió a los reclamos y ensayó una torpe respuesta. Alegó lo de siempre, que él y sus efectivos hacen lo posible, que le faltan efectivos y medios y prometió una serie de medidas adicionales que no conformaron a los indignados vecinos. Pero lo que más levantó iracundia es que mientras se efectuaba en La Plata, el jueves, una reunión entre el citado ministro y la plana mayor de la repartición en cuestión, Daniel Scioli participaba en Chubut de un acto para apoyar la candidatura 2011 de Néstor Kirchner. Típica postal de época, en la cual mientras todos los días mueren inocentes víctimas de la inseguridad, la pareja gobernante sigue empeñada en celebrarse a sí misma.
Ante otra muestra de desidia, las Familias de Víctimas de la Inseguridad convocaron para el miércoles 9 de diciembre a una marcha frente al Congreso Nacional de 18 a 21 hrs, bajo el lema Por los que ya no están y por los aún estamos. Ante esta manifiesta sordera e inoperancia que manifiesta gran parte de la corporación política, la ciudadanía nuevamente se juntará en pos de seguir reclamando por justicia y seguridad.

Sin paz ni justicia

San Agustín afirmaba que la paz es la tranquilidad en el orden. Actualmente en la Argentina no se cumple esa elemental ecuación, pues la ausencia de tranquilidad es debida mayormente a la creciente agitación social que sacude cotidianamente las calles de los principales distritos del país. Y la falta de paz radica en la consecución de esta suerte de guerra social que parte en dos las esperanzas de miles de compatriotas que sólo pretenden trabajar y vivir en armonía.
Más allá del áspero debate sobre la imputabilidad de los menores, y la justa rabia de quienes han sufrido un delito o temen ser víctimas de uno, es evidente que detrás de la torpeza del Estado para implementar políticas preventivas, subyace una explícita complicidad. Es que se ha afirmado, no sin asidero, que la ausencia del Estado multiplica por mil la inseguridad. Y la torpe postura del gatillo fácil y el aumento de las penas carcelarias sólo contribuyen a empeorar la situación y embarrar una cancha que ya es intransitable de por sí.
Además, la enorme brecha económica entre los que tienen demasiado y quienes carecen de todo, azuzados por un torpe bombardeo publicitario donde se exalta el lujo asiático, es el caldo de cultivo ideal para que más temprano que tarde se produzca un remedo del tan temido estallido social que sembró de luto al país en diciembre de 2001.
Tampoco se soluciona tan acuciante problema incinerando las villas con napalm, como han sugerido algunos ultramontanos. Antes de efectuar semejante osario al gas, sería mejor individualizar dentro de las mismas a los barones del paco, a los capos del escruche automotor y a los punteros encargados de mediar entre el barrio y los barones del conurbano. Y junto con ellos, a sus empleados en la truchada que revistan en las filas de la Federal y la Bonaerense, como también los encuadrados dentro del poder judicial.
Neutralizados estos, y seguidamente establecer una coherente política social que enaltezca el trabajo digno y erradique al clientelismo para que en breves años nuevamente vuelva la paz y la justicia a enseñorearse en esta castigada Patria. Pero claro, para eso se necesita una absoluta concordia entre representados y representantes, fruto de un patriótico acuerdo donde prevalezca el bien común en detrimento de los mezquinos intereses de sector.

Fernando Paolella

 

Sensación de inseguridad

30 mar

Sensación de inseguridad

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La idea errónea que alimenta a la inseguridad

27 mar
Mariano Grondona | Ver perfil
 

La idea errónea que alimenta a la inseguridad

Por Mariano Grondona

Domingo 15 de marzo de 2009 | Publicado en Lanacion.com

Sean políticos o empresarios, los hombres prácticos sienten la tentación de subestimar el papel de las ideas. Pero lord Keynes ya advirtió que “los hombres prácticos tienden a olvidar que han sido influidos por las ideas de algún economista difunto”. Aunque sean sutiles o ignoradas, las ideas cuentan . De ahí que, cuando estamos examinando un problema agudo y urgente, conviene preguntarse antes que nada por las ideas que lo han venido alimentando. Esto se aplica particularmente ante el gravísimo problema de la inseguridad que hoy padecemos los argentinos. Cada vez que los delincuentes matan a un policía o a un ciudadano común, como ocurre con alarmante frecuencia en estos días, no basta aludir con lujo de detalles al horror del hecho. Hay que preguntarse, además, por las ideas que lo han cobijado.

Las ideas pueden ser acertadas o erróneas. Lo que está en la base del auge actual de la delincuencia es una idea errónea acerca del papel del Estado. El Estado nació cuando la venganza privada fue sustituida por la potestad de un juez imparcial. Cuando el pretor, el primer juez de la historia occidental, empezó a actuar en la antigua Roma, con él surgió el Estado. Desde el momento en que sustituyó a los particulares en la lucha contra la delincuencia, el Estado quedó a cargo del servicio esencial de la seguridad, cuya vigencia inauguró la primacía de la civilización sobre la barbarie.

Por eso, Adam Smith pudo definir la justicia diciendo que “se acerca a la venganza solamente en la medida en que resulte aceptable para un tercero imparcial”. El Estado es, para decirlo con palabras de Max Weber, “la agencia que tiene el monopolio de la coacción legal dentro de un territorio determinado”. Pero el gobierno de Néstor Kirchner ha partido desde 2003 de una idea errónea acerca del papel del Estado. No debería asombrarnos entonces que el inquietante auge de la delincuencia haya sitiado a los argentinos durante estos últimos años.

Los derechos humanos…

Con el bienvenido crecimiento de la democracia en el mundo de nuestros días, también se ha ampliado la aceptación universal de los derechos humanos, cuya principal aplicación en el campo del derecho penal es que todo acusado por el delito que fuera tiene el derecho de defenderse ante un juez imparcial. A los defensores a ultranza de este derecho se los llama garantistas. Pero el garantismo ha sido desafiado en nuestros tribunales por otra corriente, el abolicionismo , que pretende sustituir el tradicional enfoque del derecho penal por la peregrina idea de que muchas veces los victimarios son en realidad las víctimas de un injusto orden social que los ha arrojado a la marginalidad.

Y así resulta de esta errónea interpretación que, cuando un delincuente asalta a un ciudadano, se lo considera no sólo el “victimario” de ese ciudadano sino también la “víctima” de la injusticia social, lo cual podría llevar a suponer que la propia víctima de la agresión es de manera indirecta un “victimario” por pertenecer a un orden injusto y que el ataque que sufre desde las sombras es un castigo en cierta forma justificado. Los abolicionistas, cuya gravitación en el Gobierno y hasta en la propia Corte Suprema no podría negarse, no se han animado hasta ahora a proclamar abiertamente esta grave distorsión del derecho penal, pero no por eso su influencia ha sido ajena al escándalo que hasta notorias figuras de la televisión han reflejado críticamente en estos días al subrayar el hecho por todos conocido de que, mientras las víctimas de los delincuentes aumentan cada día, con frecuencia sus agresores “entran por una puerta de la cárcel y salen por la otra”, envolviendo a los ciudadanos en el angustioso clima de la impunidad. Los ciudadanos, como consecuencia, viven detrás de las rejas que ellos mismos se han forjado mientras las pocas cárceles que ha construido el Gobierno no alcanzarían, aun si los delincuentes fueran realmente condenados, para contenerlos. Los ciudadanos cercados y los delincuentes libres: ésta es la perturbadora imagen que hoy alimenta la indignación de los argentinos.

…¿no son universales?

Esta aberración del derecho penal y hasta del sentido común se ha desarrollado entre nosotros en contradicción con la consolidación de la jurisprudencia de la nueva Corte Penal Internacional donde actúa Luis Moreno Ocampo, según la cual cometen delitos contra los derechos humanos no sólo actores estatales sino también organizaciones terroristas “privadas”, como la que apoyó los atentados contra la AMIA y la embajada de Israel. Pero nuestra Corte aplicó hace poco la doctrina inversa al liberar a un terrorista de ETA, negándole la extradición al Estado español que la requería y siguiendo así la doctrina ya vetusta de que sólo los miembros del Estado pueden incurrir en delitos de lesa humanidad.

Lo que ocurre es que tanto el Gobierno como los abolicionistas, al no aplicar la doctrina de los derechos humanos según el derecho internacional vigente sino a partir de su propia ideología, la han reducido, la han “achicado”, por dirigirla principalmente contra sus propios enemigos ideológicos, los militares y los policías de los años setenta.

La idea errónea del Gobierno acerca del papel del Estado frente al delito lo lleva a un doble reduccionismode la doctrina universal de los derechos humanos. Primero, a un reduccionismo “temporal” porque más que nada parece importarle lo que aquí pasó hace 30 años. Y segundo, a un reduccionismo “unilateral” en cuanto al castigo que merecen los autores de esas violaciones porque, en tanto muchos uniformados de aquellos tiempos están en cárceles como la de Marcos Paz desde hace años sin condena judicial y en condiciones que a veces ni respetan el arresto domiciliario al que tienen derecho por sobrepasar los 70 años, los autores de hechos igualmente aberrantes del terrorismo subversivo están libres, indemnizados y ocupan además posiciones encumbradas dentro del propio Gobierno.

La aplicación de nuestra ley no es pareja. Unos son castigados más allá de las garantías que deberían procurarles los jueces, en tanto otros son exaltados a pesar de lo que hicieron. Si la aplicación de nuestra ley fuera pareja y superior a la venganza, como quería Adam Smith, entonces los responsables por las aberraciones de los años 70 habrían sido todos procesados o estarían todos libres. Como lo han demostrado ejemplos recientes de países tan distantes entre ellos como la República Sudafricana y nuestro vecino Uruguay, la salida en estos dramáticos casos suele ser una amnistía general, pero cuando ella no se dispone, la imparcialidad de la justicia requeriría que si sus autores no van a estar todos libres, entonces deberían haber sido todos procesados o condenados.

El caso particular de la discriminación contra la fuerza policial trae consigo su propio agravante. Un Estado que discrimina a su propia policía, ¿qué puede esperar de ella? En cualquier país bien ordenado, la policía es una herramienta mayor del Estado en la lucha contra la delincuencia. ¿Tiene que asombrarnos entonces que, en lugar de una policía respetada por ese Estado al que ha de servir, que debe exigirle el cumplimiento estricto de la ley pero que también debe ofrecerle condiciones dignas para su labor, lo que vemos sea un cuerpo desmoralizado, peligrosamente tentado por la corrupción que también afecta al Gobierno, entre cuyos integrantes sobresalen, sin embargo, heroicos policías que la sociedad, más ecuánime que nuestros gobernantes, ha sabido honrar?

Ante una tesis de Argibay

25 mar

Mariano Grondona | Ver perfil

Ante una tesis de Argibay

Por Mariano Grondona  
Especial para lanacion.com

Miércoles 25 de marzo de 2009 | 01:18 (actualizado a las 01:17)

En un reportaje radial, la ministra de la Corte Suprema Carmen Argibay acaba de criticar a los ciudadanos que se manifestaron el miércoles último en Plaza de Mayo y en las principales ciudades del país para protestar por la inseguridad, diciendo que “nunca los vimos marchar contra el hambre y la pobreza”. Durante el acto en Plaza de Mayo, como se recordará, hablaron el rabino Sergio Bergman y el padre Guillermo Marcó.

Cuando se discute sobre el auge de la inseguridad que padecemos los argentinos, dos tesis parecen enfrentarse. Una de ellas reclama una mayor presencia del Estado en la lucha contra el delito, haciendo notar que los autores de hechos aberrantes entran por una puerta de la cárcel y salen por la otra, lo cual genera un clima de impunidad que alienta a reincidir a los delincuentes y que acrecienta el temor de los ciudadanos. La otra sostiene que la difusión del delito es hija del hambre y de la pobreza siendo éstas y no la pasividad de los jueces y del Gobierno, por lo tanto, la causa principal de la inseguridad. En cierto modo, la primera tesis se reflejó en la indignación de los manifestantes de Plaza de Mayo. En la segunda tesis milita desde el otro extremo la ministra Argibay, quien intentó minimizar además el problema al decir que “la inseguridad es exagerada e inflada por los medios de comunicación”.

¿Nos hallamos entonces ante el choque entre dos interpretaciones sobre el auge de la inseguridad, una “dura” y otra “blanda”? Mientras la “línea dura” se alarma ante la multiplicación de los delitos que desembocan con frecuencia en el asesinato de policías y de ciudadanos comunes, la “línea blanda”, al poner la mirada sobre otros abismos como el deterioro social que también afecta a un número creciente de argentinos, llega a sostener en cambio que los medios de comunicación son en cierto modo cómplices de la “sensación de inseguridad” que nos golpea, al exagerarlos con olvido del deterioro social.

En la medida en que tanto la línea dura como la línea blanda exageren sus argumentos, empero, ambas corren el riesgo de caer en la trampa del unilateralismo, porque es evidente que nuestra sociedad padece el movimiento de pinzas de los dos males que ellas denuncian porque tenemos, en suma, demasiados delincuentes y demasiados pobres.

Pero simplificar los problemas es típico de las ideologías. Si alguien insiste en hacerlo, es que quiere enfatizar la culpa del “otro”, esto es del adversario ideológico, para aliviar su propia culpa. Hay dos culpas concurrentes por el auge de la delincuencia. Una es la impunidad y la otra es el deteriorio social. En la raíz de ambas gravita sin embargo una sola causa principal: la inacción del Estado.

Tinelli se sumó a la polémica por la inseguridad

11 mar

Tinelli se sumó a la polémica por la inseguridad

Martes 10, Marzo 2009 19:20 | Clarin.com

“En este país te matan y nadie se calienta; acá son todas palabras pero no hay una decisión real por hacer algo”, sostuvo el conductor televisivo.

El conductor televisivo Marcelo Tinelli se sumó hoy a la polémica sobre la inseguridad desatada tras las declaraciones de su colega Susana Giménez por el asesinato de su colaborador, Gustavo Lanzavechia. “En este país te matan y nadie se calienta”, sostuvo Tinelli en una nota al programa de Jorge Rial en el canal América.

“Acá son todas palabras y no hay una decisión real por hacer algo. En algún momento hay que hacer las cosas más allá de que a alguno le moleste. No es un problema de este gobierno, viene desde antes, pero ¿qué se hace por la seguridad? Absolutamente nada”, indicó. “Es la inacción lo que genera todo esto”, aseguró. 

“Se habla de los derechos humanos y yo soy un luchador por los derechos humanos, pero la vida también es un derecho humano”, dijo el gerente de marketing de San Lorenzo. “Los delincuentes están todos libres y yo tengo que vivir en un country encerrado entre rejas”.

Cuando Rial lo consultó por las palabras de Susana Giménez, quien había exigido la pena de muerte para los asesinos de uno de sus colaboradores, el conductor de Showmatch la defendió. “Ahora todos quieren cargar las tintas sobre Susana. Si me matan a un ser querido yo diría lo mismo”, reconoció.

Tinelli se recupera tras ser sometido a una operación de urgencia el viernes pasado en el Sanatorio de La Trinidad luego de lesionarse un hombro mientras hacía su rutina en el gimnasio. Según trascendió, el percance ocurrió cuando hacía pesas y se rompió el tendón y debió ser trasladado de urgencia.

Inseguridad, el problema más urgente

7 feb

Editorial I

Inseguridad, el problema más urgente

Son constantes el temor y la angustia de la población, ante un Estado que parece no poder resolver la situación

Desde hace varios años, la inseguridad aparece como el problema más sentido y el más grave y urgente de los que afectan a los habitantes de la Argentina. Las razones que la provocan son un fenómeno complejo y multicausal, tanto en su origen cuanto en su dinámica, y es en este sentido como deben ser formuladas las respuestas.

A esta complejidad se suman otros elementos que dificultan aún más la elaboración de políticas adecuadas, como la escasez de estudios sobre seguridad pública y la inexistencia de sistemas estadísticos oficiales plenamente confiables. Por ello, se debe recurrir a mediciones efectuadas desde otros ámbitos. Así, por ejemplo, cabe mencionar la que realiza anualmente el Centro de Estudios para la Convergencia Democrática, denominada índice de temor ciudadano (ITC).

De acuerdo con él, nueve de cada diez habitantes del área metropolitana creen que es altamente probable que vayan a convertirse en víctimas de un delito, y son también una inmensa mayoría los que entienden que las autoridades no están en condiciones de resolver la situación de inseguridad. En comparación con la última medición del ITC, en 2007, las cifras son desalentadoras. En esta oportunidad, el 94%de los encuestados afirmaron que ellos o alguien de su familia habían sido víctimas de un delito durante el año; en el informe anterior, había respondido lo mismo el 86% de los consultados.

Los datos recogidos en este nuevo estudio revelan “un altísimo nivel de victimización, que demuestra una preocupación creciente de la sociedad por el riesgo que corren su integridad física y la de sus bienes”. El 65% de los encuestados respondió que la Argentina es más insegura que otros países de América latina. En tanto, el 35% de ellos cree que su situación personal y la de su familia, en general, será este año peor que la del que acaba de concluir. Además, ocho de cada diez consultados manifestaron mucha o regular inseguridad en relación con el futuro. El 86% de ellos cree que corren serio riesgo de ser víctimas de un delito. El mayor salto interanual se dio ante la pregunta de si las autoridades están en condiciones de resolver la situación: el 83% respondió que no; en el sondeo de 2007 había contestado lo mismo el 62%.

A la hora de enumerar las principales causas de la inseguridad, el 78% mencionó las drogas; el 69%, la corrupción, y el 50%, la desocupación. Por otro lado, el 51% de los encuestados consideró que el endurecimiento de las leyes contribuirá mucho o algo para obtener mejores niveles de seguridad, y para el 41%, la pena de muerte es algo o muy necesaria para solucionar los problemas de inseguridad. En cuanto a las fuerzas policiales, los resultados fueron desalentadores: a sólo el 9% de los consultados les produce confianza la Policía Federal, y apenas al 3% le da confianza la bonaerense.

El estado de inseguridad ha creado en la población temor y angustia, lo que ha reducido notoriamente la calidad de vida de los ciudadanos, que se han visto obligados a tomar medidas desacostumbradas, como vivir entre rejas, evitar salidas nocturnas, contratar servicios de seguridad privada, blindar automóviles, y caminar y desplazarse en estado de alerta permanente, entre muchas otras. Asimismo, los responsables de velar por la seguridad responden con medidas aisladas, como el incremento del número de policías o la construcción de nuevas cárceles.

La inseguridad como problema complejo tiene que abordarse desde una perspectiva integral. Por consiguiente, la política de seguridad que se implemente tiene que incluir todos los factores que hacen a su problemática. Y ello deberá realizarse rápidamente, dado que la percepción actual es que el Estado es ineficaz para resolver el problema.

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