Los Publicanos

22 jul

Los Publicanos

«En la antigua Roma los publicanos eran recaudadores de impuestos para la república y «de derechos aduaneros».(1)

Así también aparecen en el Nuevo Testamento, como recaudadores de impuestos que abusaban de su poder (éstos eran odiados, ya que cobraban más de lo que la ley les exigía, y al estar amparados por ella, las personas no tenían defensa. Por otra parte, eran odiados por los judíos, ya que cobraban de más a su propio pueblo en beneficio de los invasores). Los publícanos (en latín, publicanum, pl. publicani) o sus asociaciones, tenían el monopolio del dinero y del poder económico: la renta del suelo de Italia, y del mejor suelo de las provincias; la renta de los préstamos; las ganancias comerciales en todo el territorio romano; y (cuando lo tenían arrendado) la parte correspondiente de las rentas del tesoro público. Algunos publicanos alcanzaron capitales inmensos (de hasta cien millones de sestercios, cuando una fortuna senatorial media era de unos tres millones de sestercios, y la de un caballero medio de dos millones de sestercios). Los mercaderes italianos eran miles en todas las provincias, pero, como excepción, en las de Hispania Citerior e Ulterior eran poco numerosos. Según el Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia “primeramente como república y después como imperio, Roma extendía su dominio sobre los estados conquistados, los cuales pasaban a ser gobernados por procuradores romanos, o por medio de dinastías indígenas, imponiendo obligaciones fiscales que debían ser administradas por oficiales designados para tal efecto. Al principio, por tanto, publicano fue un título honroso, aplicado a estos oficiales que atendían el “interés público” al administrar el cobro de impuestos. Los publicanos (en latín, publicanum, pl. publicani) o sus asociaciones, tenían el monopolio del dinero y del poder económico: la renta del suelo de Italia, y del mejor suelo de las provincias; la renta de los préstamos; las ganancias comerciales en todo el territorio romano; y (cuando lo tenían arrendado) la parte correspondiente de las rentas del tesoro público. Algunos publicanos alcanzaron capitales inmensos (de hasta cien millones de sestercios, cuando una fortuna senatorial media era de unos tres millones de sestercios, y la de un caballero medio de dos millones de sestercios). Los mercaderes italianos eran miles en todas las provincias, pero, como excepción, en las de Hispania Citerior e Ulterior eran poco numerosos. El Estado les confió mediante contrato, todo el sistema de ingresos, suministros, pagos y contribuciones. Los particulares acudieron a los publicanos o a sus asociaciones para sus construcciones, recolección de sus cosechas, liquidaciones de herencias, quiebras, etc. El empresario tomaba todo el activo y asumía todo o parte del pasivo. Con el tiempo todos los arrendamientos del Estado (minas, recaudaciones, transportes, etc.) quedaron en manos exclusivas de las sociedades de publicanos. Estas sociedades formaron distintas alianzas para cada ramo de actividad y tendieron a ejercer el monopolio del producto y a fijar su precio. Las sociedades también se hicieron mayoritarias en el ámbito privado. Y las gentes ricas invertían sus capitales en estas sociedades. Hacia el siglo I de nuestra era los publicanos comenzaron a ser corregidos, y para el final del siglo II los publicanos como grupo habían desaparecido.»(2)

«Los jefes de los publicanos solían nombrarse entre los caballeros de la sociedad romana, y para el nombramiento el estado vendía a subasta el derecho oficial. Este quedaba obligado a entregar al gobierno de Roma una cantidad estipulada, pero el sistema se prestaba a abusos; el publicano podía obtener más de lo acordado y embolsarse el saldo. Naturalmente, los jefes necesitaban subordinados para poder dividir su región en distritos más pequeños, y a su vez estos subordinados buscaban empleados para la tarea ingrata de sacar el dinero directamente de los súbditos. Autores como Livio y Cicerón señalan que los publicanos habían adquirido mala fama en sus días, a causa de los referidos abusos. Los subordinados inferiores en la jerarquía de los recaudadores de impuestos solían ser nativos del lugar donde trabajaban y, por tanto, en Palestina la mala fama general de los publicanos fue más aguda. Los judíos que se prestaban para este trabajo tenían que alternar mucho con los gentiles y, lo que era peor, con los conquistadores; por eso se les tenía por inmundos ceremonialmente (Mat 18.17). Estaban excomulgados de las sinagogas y excluidos del trato normal con sus compatriotas; como consecuencia, se veían obligados a buscar la compañía de personas de vida depravada, los «pecadores». Su tendencia a cobrar más de lo debido, y su exclusión de la sociedad religiosa, se destacan en pasajes como Mat. 9.10–13; 21.31; Lc 3.12s; 15.1. Sin duda Zaqueo era “jefe de los publicanos” en el distrito de Jericó, y aun siendo rico participaba de la ignominia de su profesión. Por eso resultaba del todo “revolucionaria” el que Jesús fuera a hospedarse en la casa de aquel (Lc 19.1–10). Mateo, en cambio, era del rango inferior de publicanos (Lc 5:27ss) antes de recibir su vocación como apóstol. Quizá fue uno de los modelos para la parábola del publicano arrepentido y el fariseo engreído (Lc 18.9–14) »(3)

«Los publicanos eran recaudadores de impuestos, al servicio del odiado poder extranjero. Eran gentes ávidas de dinero. Aunque existía una tarifa estatal, ellos se las arreglaban para gravar a los contribuyentes con tarifas superiores. Era esto tan corriente que todo publicano era considerado sin más como un pecador. Eran tenidos por ladrones. El Talmud los considera como gente despreciable, con quienes todo era lícito, incluso despellejarlos, pues lo merecían.»(4)

Los publicanos, «son, ante todo, unos subalternos que tienen que venderse al gran sistema (a los ricos-ricos, a los gobernantes y generales, a los jefes de estado…), para así vivir, traicionando en el fondo a los pobres del pueblo, del que provienen. Los publicanos son un tipo de “proletariado” intermedio que se vende al sistema, por un plato de comida. En tiempo de Jesús, en general, eran hombres (varones): cobradores de impuestos al servicio del sistema, miembros de la “clientela” de los señores, a quienes servían y de quienes recibían dinero. La sociedad, y el evangelio, les comparaba con las prostitutas, que también tienen que venderse, para así vivir, al servicio del sistema. Así podemos dividir la sociedad en tres “clases” (de las clases que había en tiempo de Jesús hablaré un día próximo). Está la clase alta-alta, los que dirigen la sociedad en el plano económico, político y militar, con sus “fariseos”, es decir, con aquellos que piensan que sirven a Dios haciendo lo que hacen. Ellos son los representantes y beneficiados del sistema y difícilmente pueden cambiar, aunque suban al templo (como muestra la imagen del fariseo, que es el rico-rico en plano religioso). Está la clase baja-baja, los que padecen bajo el sistema: los parados y excluidos, los esclavos de diverso tipo y los prescindibles, aquellos que pueden morir sin que cambie nadie. Éstos bajos-bajos pueden y deben contribuir a la revolución, pero por sí misma (sin la colaboración de los publicanos y prostitutas) encontrarán muchas dificultades. Está finalmente la clase intermedia, aquella que actúa como bisagra… En este contexto se pueden situar los “publicanos”. Por un lado forman parte del pueblo bajo, no tienen verdadero poder. Pero, por otra parte, son necesarios para el sistema, pues tienen que realizar los trabajos duros, especialmente el de “cobrar los impuestos” de los ricos. En terminología antigua: ellos tienen que servir a los ricos sacando dinero a los pobres, para que funcione el orden del sistema.» (5)

«Incluso los publicanos eran equiparados en esto a los pastores de ganado, debido a sus frecuentes tentaciones a la falta de honradez, y sus vidas desordenadas, ya que no podían cumplir las ordenanzas legales.» (6)

« Sabemos bastante, pero, por lo que se refiere a detalles, quizá muy poco respecto a estas «tarifas de aduanas, impuestos o portazgos» que hacían la administración romana tan penosa, una carga y exacción tan vejatoria para todos los «provinciales», que en Judea el mismo nombre de publicano o cobrador de impuestos era objeto de desprecio y aborrecimiento. Los que albergaban las más graves dudas religiosas respecto a la legitimidad de pagar tributo alguno a César, por el hecho de implicar en principio reconocimiento a una servidumbre a la que de buena gana habrían cerrado los ojos, y la sustitución de la realeza de Jehová por la de un emperador pagano, tienen que haber considerado al publicano como la misma personificación del antinacionalismo. Pero quizá los hombres no siempre actúan bajo el impacto consciente y constante de principios abstractos de este tipo. Sin embargo, las interminables interferencias y vejámenes, las exacciones injustas y crueles, la tiranía ruin y la avaricia ilimitada, contra las cuales no había defensa ni apelación, serían casi insoportables. Es a esto que los rabinos se refieren con frecuencia. Si los «publicanos» estaban descalificados para ser jueces o testigos, era, por lo menos en cuanto se refería al hecho de dar testimonio, porque «exigían más de lo debido» (Sanh. 25 b). De ahí también, se decía, que el arrepentimiento era especialmente difícil para los cobradores de impuestos y los empleados de las aduanas o tributos públicos (Baba K. 94 b).» (7)

«Es importante notar que el Talmud distingue dos clases de «publicanos:: el cobrador de impuestos en general (Gabbai) y el Mok.. hes, o Mokhsa, que era de modo especial el aduanero, o empleado de una aduana. Aunque las dos clases caían bajo el bando rabínico el aduanero (a los que pertenecía Mateo) era objeto de la máxima execración. Y esto era debido a que sus exacciones eran más vejetonas y tenían más oportunidades para la rapacidad. El Gabbaj o recaudador de tributos, cobraba los impuestos regulares, que consistían en tributos sobre la tierra, sueldos y capitación. El impuesto sobre la tierra, o básico, consistía en una décima parte de todo el grano y en una quinta parte del vino y fruto recogidos, y se pagaba en parte en especie y en parte era contado en dinero. El impuesto sobre la renta equivalía al 1 por ciento, mientras que la capitación o dinero personal, era exigida a todas las personas, libres o en servidumbre; en el caso de los hombres, desde la edad de los catorce hasta los sesenta y cinco, y de las mujeres a partir de los doce. Si esto ofrecía muchas oportunidades para exacciones abusivas e injusticias rapaces, el Mokhes podía imponer extracciones mucho más crueles sobre la gente pobre. Había impuestos sobre todos los productos de importación y exportación; sobre todo lo que se compraba y vendía; impuestos sobre el paso por puentes, carreteras, uso del puerto; impuestos locales de los pueblos, etc. El lector de los clásicos está al corriente de la inventiva oficial, que podía crear impuestos y hallar un nombre para toda clase de exacciones, tales como sobre los ejes, ruedas, animales de carga, peatones, carreteras, caminos; la admisión a mercados; transportes, carros, puentes, barcos y muelles; cruzar ríos, diques, o licencias; en resumen, sobre toda clase de objetos, de modo que incluso los eruditos e investigadores modernos no han podido identificar todos los nombres. Sobre los productos, el impuesto ad valorem alcanzaba desde el 2 ½ al 5 por ciento, y sobre artículos de lujo incluso el 12 ½ por ciento. Pero aun esto no era nada, comparado con el vejamen de ser detenido constantemente en el camino, y tener que descargar todos los animales de carga, y ver todo paquete y embalaje abierto y su contenido echado por ahí, ver cartas privadas abiertas, y el Mokhes que regía supremo sobre toda esta insolencia y rapacidad.La misma palabra Mokhes parece que, en su significado original, estaba asociada con la idea de opresión e injusticia. Era literal Y realmente un opresor. El Talmud les acusa de parcialidades burdas, que dejaban pasar libres a aquellos a quienes querían mostrar Lavor, y demandaban el dinero de los que no eran sus favoritos. Era una raza de delincuentes, a los cuales se aplicaba Levítico 20:5. Se decía que no había una familia en la que hubiera un Mokhes cuyos miembros no acabaran siéndolo todos. No obstante, se registran casos en que un publicano religioso hiciera favores a los rabinos, o les advirtiera de modo anticipado para que pudieran resguardarse. Si uno pertenecía a la asociación sagrada (un Chabher) y pasaba a ser un Gabbai o un Mokhes al instante era expulsado de la misma, aunque podía ser restaurado caso de arrepentirse (Jer. Dem. 23 a; comp. Bekhor. 31 a). Que un rigor así estaba justificado, lo muestra un suceso ocurrido en que un Mokhes quitó a una persona sin defensa su asno y le dio otro muy inferior a cambio. Contra opresores tan poco escrupulosos era permitido todo tipo de engaño; se podía declarar que los bienes eran ofrendas votivas (Nedar. iii. 4), o una persona hacía pasar a su esclavo como si fuera su hijo (Jer. Kidd. 66 b). El Mokhes era llamado «grande», si empleaba sustitutos, y «pequeño)>, si él mismo estaba al frente en su oficina de impuestos. Hasta los días de César los impuestos eran vendidos globalmente en Roma al mejor postor, generalmente una compañía financiera de una orden de la nobleza, que empleaba publicanos para el cobro individual. Pero por un decreto de César los impuestos de Judea no se vendían así, sino que eran exigidos por los publicanos de Judea y pagados directamente al Gobierno, siendo los oficiales o encargados nombrados por los mismos provinciales (Jos. Ant. xiv. 10. 5). Esto constituía realmente un gran alivio, aunque quizá hacía a los cobradores de impuestos más impopulares, puesto que eran los encargados directos de un poder pagano. Esto explica también el que si la Mishnah prohíbe (B. Kamma x. 1) incluso el cambio de moneda del cofre culpable de un Mokhes o aduanero, la Gemara (Baba K. 113 a) añade que esto se aplicaba a los que o bien no se limitaban al impuesto designado por el Gobierno, o en general a cualquier impuesto fijo, y a los que se ofrecían para este cargo voluntariamente con miras a sacar provecho por su propia cuenta. Se refiere, sin embargo, el caso de un Gabbaj, o cobrador de impuestos, que llegó a ser un rabino famoso, aunque la mancha de su ocupación anterior impedía a sus colegas más estrictos el tener intercambios con él (Bekhor. 31 a). En los días de fiestas paganas no se cobraba el impuesto a los que acudían al festival (Ab. Zar. 13 a).»(8)

«Dice el historiador Mommsen, que durante la república, en Roma, se hizo famosa la función de los “publicanos”, personajes con quienes el gobierno celebraba contratos para que en su nombre, cobraran los impuestos. Constituye el ejemplo histórico más considerable de un estado que pone en modo permanente a cargo de las poblaciones sometidas el peso de sus gastos, con el fin de no gravar a sus ciudadanos o de reducir en todo lo posible sus deberes fiscales. Los últimos césares comprendieron, demasiado tarde sin duda, que esa política tributaria, unida al despilfarro de los gastos, llevaba al imperio a la ruina e intentaron remediarlo con reformas fiscales, como la Caracalla y el Diocleciano, inspiradas en principios impositivos de signo diferente a los que habían imperado desde los primeros tiempos de la república. Pero estas reformas se cometieron en vísperas de un cambio político fundamental: cuando Roma iba a convertirse de pueblo conquistador, a estado vencido…» (9)

NOTAS:

(1) Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia,op. cit.

(2)http://es.wikipedia.org/wiki/Publicano

(3) Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia,op. cit.

(4) http://www.mercaba.org/DJN/F/fariseo_y_publicano_parabola_del.htm

(5) http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2007/10/29/p123628

(6) La vida y los tiempos de Jesús

(7) La vida y los tiempos de Jesús el Mesías

(8)La vida y los tiempos de Jesús el Mesías

(9) http://www.consejerofiscal.com/Default.aspx?tabid=74

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