Longanimidad: La unión de paciencia y poder

7 abr

Longanimidad: La unión de paciencia y poder

La palabra longanimidad no es de uso común en nuestros días, pero es una virtud que se hace necesaria ahora más que nunca, cuando la impaciencia, intolerancia, hipersensibilidad e ira impulsiva son tan prevalecientes.

Por Donald Hooser

La ira y el rencor pueden ser el producto de muchas influencias negativas. La mala influencia que nos afecta a todos es nuestra propia naturaleza egoísta. Y nuestras capacidades humanas para lograr cambios significativos son lastimosamente débiles. ¡Necesitamos la ayuda de Dios!

En Gálatas 5:19-21 el apóstol Pablo se refiere a nuestra naturaleza humana como a “la carne” y a nuestras tendencias egoístas como a “las obras de la carne”. Entre éstas están “celos, ira, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios”. Sin ninguna duda, necesitamos el antídoto para estas fallas, es decir, ¡el Espíritu de Dios!

Pablo prosiguió diciendo: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23). ¡Qué contraste tan asombroso!

Todas estas hermosas virtudes funcionan juntas y se apoyan entre sí. Pensemos en cómo la longanimidad o paciencia se relaciona con los demás atributos.

Dos importantes palabras

Entre los frutos del Espíritu hay una hermosa cualidad que en algunas Biblias es traducida como “longanimidad” y en otras como “paciencia”.

Estas dos palabras castellanas están estrechamente relacionadas, y ambas se asocian con la resistencia. Más importante y fascinante aún es aprender el significado de las dos palabras griegas correspondientes que aparecen en el Nuevo Testamento.

Una de estas palabras griegas —hupomonee— es traducida como “paciencia” en casi todas las versiones bíblicas y significa resistencia paciente.

La otra palabra griega es aún más interesante. Es makrothumía, traducida como “paciencia” en algunas versiones bíblicas, pero más acertadamente como “longanimidad” en otras.

La palabra griega makro (que da origen al prefijo castellano macro) significa “grande” o “largo”. La raíz de la palabra, thumos, significa “temperamento”. Por lo tanto, makrothumía literalmente significa “de temperamento largo”, lo opuesto de “temperamento corto” o tener la mecha muy corta.

Sin makrothumía los seres humanos tendemos a ser temperamentales; es decir, tenemos un temperamento irritable y mal genio. Somos propensos a ser “impacientes” y “perder los estribos” y hasta a “reventar”.

En este artículo nos referiremos principalmente a la makrothumía, ya que esta es la palabra usada en Gálatas 5:22. Sin embargo, conviene tener en cuenta que el significado de estas dos palabras se superpone, y que ambas son importantes para nuestro entendimiento y crecimiento espirituales.

Longanimidad y amor contra ira y odio

La longanimidad es prácticamente lo opuesto del enojo, especialmente de la “ira” (2 Corintios 12:20).

Cuando un semáforo pasa a verde, algunos conductores tocan sus bocinas impacientemente si a los dos segundos el auto enfrente de ellos no empieza a moverse. ¡Nada de longanimidad! Aún peor es la epidemia de ira en las carreteras, acompañada de groserías y hasta de violencia.

Muchas personas tienden a reaccionar desmedidamente. Rápidamente se ponen a la defensiva, interpretan cualquier comentario como un ataque y entonces contraatacan. Muchas personas llevan consigo rabia interna derivada de su pasado. Cualquier molestia o agravio insignificante se añade a la ira almacenada, y la más leve provocación hace que esa ira salga a la luz.

La ira generalmente va acompañada de una actitud rencorosa de represalia y venganza, pero Dios nos dice: “Bendecid a los que os persiguen . . . No paguéis a nadie mal por mal . . . No os venguéis vosotros mismos . . .” (Romanos 12:14, 17, 19). La Biblia nos enseña a ser compasivos y perdonadores.

La gente tiende a justificar su cólera, pero la mayor parte de la ira humana es egocéntrica y pecadora, “porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:20).

Muy pocas personas dirían que realmente odian a otros. Pero la Biblia define el amor y el odio con base principalmente en las acciones de las personas. El amor se expresa mediante la ayuda a los demás, mientras que el odio se manifiesta por el daño que se hace al prójimo (ver Romanos 13:10).

Pablo describe la conducta propia del amor: “El amor es paciente, es bondadoso . . . No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor” (1 Corintios 13:4-5, Nueva Versión Internacional).

Nuestros pensamientos y actitudes son igualmente importantes, ya que dan origen a nuestras acciones y palabras: “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45).

Por lo tanto, debemos examinar honestamente nuestras actitudes. Cada uno de nosotros debe preguntarse: ¿Qué es lo que me motiva: amor, respeto, paciencia y compasión? ¿O me motiva el resentimiento, el desprecio, la intolerancia y la dureza de corazón?

Lentos para la ira

“Clemente y misericordioso es el Eterno, lento para la ira, y grande en misericordia” (Salmos 145:8). ¡Y así es cómo él espera que seamos nosotros!

Meditemos detenidamente en estas sabias palabras que describen un “temperamento largo”: “El que tarda en airarse es grande en entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad” (Proverbios 14:29). “El hombre iracundo promueve contiendas; mas el que tarda en airarse apacigua la rencilla” (Proverbios 15:18). “La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa” (Proverbios 19:11).

Santiago escribió: “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19). Esto quiere decir que si se debe expresar una ira justificada, debe hacerse con una actitud controlada.

Casi todos hemos oído el sabio consejo de “contar hasta 10” y “respirar hondo” en lugar de atacar con palabras de las que más tarde podemos arrepentirnos, palabras que intensificarán el conflicto en lugar de apaciguarlo.

En realidad, el primer paso de la longanimidad consiste en ejercitar nuestra moderación y no hacer nada. ¡Primero tenemos que pensar! ¿Qué es lo que Dios quiere que yo haga o diga?

Si nuestros sentimientos han sido lastimados y tenemos la necesidad de decir algo inmediatamente, debemos hablar con suavidad y no decir nada que también ofenda. “La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1).

Enseguida debemos tomar todo el tiempo que necesitemos para orar y planificar la forma más sabia y constructiva de dirigirnos a la otra persona. La meta debe ser la de actuar con amor, en lugar de reaccionar con odio.

Cuando uno se empeña demasiado en ganar una discusión, puede terminar perdiendo a un amigo. No debemos preocuparnos excesivamente acerca de quién tiene la razón o de hacer valer nuestros derechos. Aprendamos a ser armoniosos aun cuando no estemos de acuerdo con algo. Siempre debemos orar a Dios y pedirle que nos ayude en esto.

Solución a la impaciencia

Aun sin la ayuda de Dios, las personas pueden aprender a tener calma y paciencia la mayor parte del tiempo, porque ven las ventajas de comportarse así. Pero estas buenas intenciones y buenos hábitos son insignificantes comparados con el poderoso y sobrenatural don de Dios que es la longanimidad. Las buenas relaciones interpersonales dependen de que hagamos lo mejor que podamos, además de confiar en Dios para lo demás. Los seres humanos somos lastimosamente incompletos sin el Espíritu de Dios.

¿Cómo puede uno obtener el Espíritu Santo? El apóstol Pedro lo explicó brevemente en Hechos 2:38: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”.

Para ser verdaderos “hijos de Dios” debemos ser “guiados por el Espíritu de Dios” (Romanos 8:14).

En Colosenses 3:12-13 Pablo describe la naturaleza de alguien que es guiado por el Espíritu de Dios: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”. (Él afirma algo muy parecido en Efesios 4:13.)

Notemos cómo estas cualidades se entrelazan y nos dan una perspectiva más amplia de lo que es la longanimidad. ¡Necesitamos “soportarnos unos a otros” con toda paciencia, en vez de dejarnos enfurecer!

Longanimidad y vida eterna

Esperar a los demás es una prueba de nuestra paciencia y también una oportunidad de desarrollarla. Y la Biblia tiene mucho que decir acerca de nuestra necesidad de esperar a Dios. Queremos que Dios resuelva todos nuestros problemas ahora mismo, pero él sabe cuál es el momento oportuno; con frecuencia prueba nuestra paciencia y perseverancia antes de contestar nuestras oraciones.

Cuando la Biblia habla de esperar, de tener paciencia, perseverancia o longanimidad, generalmente se refiere a confiar en Dios para que intervenga por nosotros en nuestras necesidades, como sin duda lo hará: “pero los que esperan al Eterno tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isaías 40:31).

Esta espera paciente está enfocada principalmente en el retorno de Jesucristo, quien “aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (Hebreos 9:28). Solamente aquellos que permanezcan fieles hasta la muerte o hasta la venida de Jesucristo serán recompensados en su reino. Después de sus advertencias sobre la persecución a los cristianos en los tiempos del fin, Jesús dijo: “. . . mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 10:22).

“Perseverar” significa continuar siendo guiado por el Espíritu de Dios y dando el fruto de su Espíritu hasta el fin de nuestra vida o hasta la segunda venida de Cristo, cualquiera que sea lo que ocurra primero.

Como se nos exhorta en Santiago 5:7-8: “Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca”. BN

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2 comentarios to “Longanimidad: La unión de paciencia y poder”

  1. maria alejandra romero aguilera 21 abril 2009 at 4:59 PM #

    hola dios te bendiga me parece muy interesante el tema de la longanimidad.
    me gustaria saber mas del tema, donde te congregas yo pertenesco a la iglesia sol de justicia molorca pto la cruz

  2. pauloarieu 21 abril 2009 at 6:08 PM #

    Soy Argentino, me congrego en la Iglesia Cristiana Evangelica de Bahia Blanca, Buenos Aires.
    Saludos

Los comentarios están cerrados.

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