Cambió la distribución de las aves
El ñandú es una de las cuatro especies cuya población disminuyó en territorio bonaerense Foto: Archivo
Cecilia Draghi
Para LA NACION
Sobrevuelan cambios en la provincia de Buenos Aires. Ocho de las sesenta especies de aves terrestres ya no se muestran como eran por 1940 ni tampoco por 1990. Variaron la cantidad y la distribución de modo dispar.
Cuatro de ellas: copetona, lechuzón de campo, espartillero pampeano y ñandú disminuyeron su número, mientras que crecieron el halcón plomizo, tacuarita azul, paloma ala manchada y chingolo ceja amarilla, según detectaron tras 230 horas de observación investigadores de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN) de la Universidad de Buenos Aires.
“Si comparamos la distribución actual de algunas especies en relación con los registros de las décadas del 40 y del 90, vemos que aves emblemáticas, como el ñandú, típica del pastizal, se están retrayendo en la provincia bonaerense. Hoy, prácticamente fuera de la pampa deprimida, cuesta encontrarla. También sucede lo mismo con las copetonas. En tanto, se están expandiendo la paloma de ala manchada y las cotorras atraídas por los montes que hace años no existían”, relata el doctor David Bilenca, que llevó adelante el trabajo junto con Mariano Codesido y Carlos González Fischer, del Grupo de Ecología de Agroecosistemas del Departamento de Ecología, Genética y Evolución de la FCEyN.
Tras recorrer 32 partidos bonaerenses en 2006 y 2007 en invierno y verano para tomar nota de las aves existentes, el equipo comparó los datos obtenidos con los registros tomados entre 1938 y 1993. Mientras el área de distribución de copetonas se redujo en un 89% de los partidos estudiados, el lechuzón lo hizo un 64%, y en alrededor del 50% el espartillero y el ñandú; el chingolo creció más de 133%; la paloma tuvo un alza del 64%, y la tacuarita y el halcón rondaron un incremento del 50%, según datos publicados en la revista Ciencia Hoy .
“La provincia de Buenos Aires, que lleva algo menos de 150 años con agricultura, en los últimos 20 años incorporó 1.200.000 hectáreas de cultivo. Esto reordenó la ganadería, que se desplazó hacia otros lugares, transformó el paisaje y generó cambios en la fauna”, remarca Bilenca, quien resalta el desafío de conciliar los fines económicos con los de conservación, que, lejos de oponerse, se suman.
“Si eliminamos -pone como ejemplo- los bordes de vegetación espontánea que rodean a muchos cultivos, quitamos el refugio a numerosos insectos polinizadores y, por lo tanto, se afecta la producción de girasol, que requiere de ellos.”
Centro de Divulgación Científica de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires
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