Permaneciendo hijos de Aquel que nos amó
Por Antonio Vélez
La orfandad se lleva en el corazón; porque nadie debería sentirse huérfano o abandonado cuando el mismísimo creador de los cielos y la tierra y el que nos formó en el vientre de nuestras madres es quien permanece Padre amante y cuidadoso de los hijos de Su corazón y fruto de Su anhelo. El Altísimo ha abierto camino delante de la humanidad para reclamar los derechos de ser hijos y nos habla directamente al corazón y al entendimiento en Su preciosa palabra para que entendamos los beneficios del reino y huyamos de los engaños del mundo. Nuestro Padre eterno nos dirige a seguir Sus mandamientos para que los pongamos por obra una vez que entendemos salvación tan grande. Estos estatutos y decretos son dados “para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo, y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados” (Deuteronomio 6:2). Y segura es la promesa de que si amamos a Dios de todo corazón, y con toda el alma, y con todas nuestras fuerzas, nunca seremos llamados huérfanos porque nuestro Padre en los cielos estará atento a nuestras carencias, deseos y necesidades en la tierra.
En estos tiempos de crisis ambiental y económica de escalas globales, el permanecer consientes de nuestra posición en el plan y corazón de Dios son esenciales para vivir en victoria a pesar de las crisis, y de apreciar los beneficios de la obediencia aun cuando perdiendo la perspectiva eterna nos desesperamos y preocupamos por la sobrevivencia y el crecimiento del pecado en el mundo. El fruto de la obediencia a la palabra de Dios se revela cuando en medio de la tribulación y la prueba nuestra fe permanece inamovible y nuestra confianza en la mano de Dios nunca merma. Y entonces reconoces Sus promesas cuando El te pone “en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies” (Deuteronomio 6:10-11). Y ah que gozo tan tremendo cuando somos testigos de Su fidelidad, y cómo se hincha el corazón de agradecimiento por Su infinita misericordia y fidelidad. Y es en ese momento cuando levantamos un altar en medio del camino, una nueva porción de nuestro testimonio, para nunca olvidar que Dios nos sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre, con mano poderosa, y nos puso en medio de Su voluntad, la cual es la tierra prometida.
Cada día de nuestra vida se presenta la oportunidad para decidir entre el bien y el mal, de permanecer en la voluntad de nuestro Padre celestial o de ser presas de nuestra propia concupiscencia y buscar atajos a nuestro destino o caer en trampas al seguir los procedimientos del mundo. ¿Te mantendrás fuerte en medio de la prueba o cederás tus derechos de hijo por unas migajas de placer o soluciones momentáneas y parciales? De qué manera tan poderosa y con qué gracia nuestro Padre nos encamina en nuestro diario devenir cuando dice “Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal; porque yo te mando hoy que ames a Jehová tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas y seas multiplicado, y Jehová tu Dios te bendiga en la tierra a la cual entras para tomar posesión de ella” (Deuteronomio 30:15-16). Y por fe y experiencia conocemos que el escoger el bien y el seguir la verdad, y el vivir vidas agradables a Dios, inspirados en los hechos y palabras de Cristo y en el consejo y consuelo del Espíritu Santo es el camino a la vida plena, abundante en el espíritu, inmersa en una paz que sobrepasa todo entendimiento, y llena de gozo. Y con contentamiento proclamamos que las oportunidades de pelear la buena batalla de la fe y de ver con los ojos espirituales los ejércitos de Dios operando en nuestro favor hacen digno todo esfuerzo y toda prueba y provee nuestras vidas con una actitud militante y humilde al mismo tiempo.
Solo la experiencia de ser padres nos permite entender un poco del gran amor de Dios para sus hijos. Porque las palabras sabias del padre a su hijo fluyen también del corazón de Dios, y lo mejor del hombre (mujer) aflora cuando ejercemos la paternidad (maternidad). Las mismas palabras a las que Dios nos encomienda para poseer la tierra prometida son las que el padre temeroso de Dios repite a su hijo cuando dice “Hijo mío, está atento a mis palabras; Inclina tu oído a mis razones. No se aparten de tus ojos; Guárdalas en medio de tu corazón; Porque son vida a los que las hallan, Y medicina a todo su cuerpo. Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida. Aparta de ti la perversidad de la boca, Y aleja de ti la iniquidad de los labios. Tus ojos miren lo recto, Y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante. Examina la senda de tus pies, Y todos tus caminos sean rectos. No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; Aparta tu pie del mal” (Proverbios 4:20-27). No existe entonces mayor herencia de un padre a su hijo que el haberle encaminado en el camino a la vida eterna y en el buscar la sabiduría y la rectitud en la vida, con Dios como la fuente de todo lo que es bueno y santo y con Jesucristo como el único camino y puente entre Dios y los hombres. El padre que ha entendido el plan de Dios y aceptado la salvación a través de Jesucristo no se cansa de transmitir a su hijo el tesoro mas grande para una vida plena, abundante, y agradable a Dios: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas (todos tus planes, deseos, anhelos, visiones) os serán añadidas” (Mateo 6:33).
Y de la misma manera en que Dios nos da el libre albedrío para escoger ser hijos o no, y nos recibe con los brazos abiertos aun cuando concientemente nos hemos apartado de su protección y arrepentidos clamamos por misericordia y reconciliación, así el padre debe estar preparado para el momento en que sus hijos dejan la casa paterna y empiezan su caminar adulto. El padre que dio consejo a su hijo y que persistió en inculcar los estatutos y decretos de Dios, y que sembró semillas de vida en el corazón del hijo, debe confiar que la palabra de Dios nunca regresa vacía y que su hijo esta dotado con protección sobrenatural para vencer el mundo. Y aun el día que el hijo decide desechar su herencia espiritual y apartarse para probar los caminos de esclavitud, la paz de Dios debe embargar el corazón del padre pues solo un tonto y ciego cambiaría el lugar de hijo por el de esclavo más allá de sus fuerzas. Como en la historia del hijo prodigo, el cual “volviendo en sí, dijo: !Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (Lucas 15:17-24). ¿Acaso no somos tú y yo reflejados en la historia del hijo pródigo? Cuando vivíamos de acuerdo a nuestra propia sabiduría y sumergidos en nuestro pecado cavamos gran hoyo bajo nuestros pies, y entonces volteamos al cielo y buscamos el rostro y perdón de nuestro Padre celestial, y con mano amorosa y poderosa nos rescató sin pedir nada a cambio, confiando en que Su amor seria suficiente para cambiarnos de adentro hacia afuera y que Su perdón nos haría nuevas criaturas dotadas de nuevas porciones de Su amor, fe, gracia, y misericordia. Todo creyente reconoce la tremenda fiesta que nuestro Padre celestial organizó por nuestro regreso a casa. No existe amor más grande. El nos dio nueva vida cuando estábamos muertos y nos dio propósito cuando estábamos perdidos.
Dejamos de estar perdidos cuando somos provistos de un gran propósito en nuestra vida, cuando encontramos la verdadera razón de estar vivos. Un hijo de Dios entiende que el mayor acontecimiento de esta vida es cuando asumimos el papel de hijos de Aquel que nos amó tanto que dio a su único hijo para salvación y redención de la humanidad. El voltear los ojos al cielo y clamar al Altísimo es el parteaguas en nuestra existencia. Entender el poder del evangelio para mantener nuestro estatus de hijos y para transformar otras vidas requiere valor y coraje para vivir vidas contracorriente del caudal que el mundo ofrece para distracción y destrucción de nuestro llamado. “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:16-17). La palabra de Dios nos es esencial para mantenernos firmes en la libertad que nos ha sido otorgada. Sin el conocimiento de la palabra de Dios nunca dejamos de ser niños, y aunque habitamos en la casa del Padre no diferimos mucho del esclavo pues desconocemos los atributos de nuestra herencia y carecemos del poder para avanzar en el reino. “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: !Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo” (Gálatas 4:6-7). Y habrá muchos obstáculos en el camino, muchas voces susurrando el volver atrás, muchas nubes de duda, pero es exactamente en esos instantes cuando entendemos que Dios conoce nuestras limitaciones y que cada vez que nos rendimos a Su voluntad Dios provee la salida y el crecimiento a nuestra vida espiritual. “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1).
La santidad no consiste en ser perfectos sino en no cesar de intentarlo. Cada vez que le damos la espalda al pecado escalamos un peldaño más en la santidad a la que somos llamados. Y cuando fallamos, lo primero que debemos recordar es que no hay condenación par el que está en Jesús, y prontos al arrepentimiento continuamos con la mirada puesta en la meta. “Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (1 Pedro 1:13-16). Para permanecer hijos de Aquel que nos amó debemos cenar en Su mesa y degustar de Sus banquetes, del alimento espiritual que nos dará el vigor necesario para resistir al mundo. “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (1 Pedro 2: 1-3).
Y el mundo seguirá diciéndonos que la clave del éxito esta fundada en el egoísmo y en el materialismo, e incontables puertas se abrirán aquí y allá con grandes luces de colores para atraernos y para invitarnos a que crucemos sus umbrales, engañados por su apariencia de buen camino, pero sabemos con certeza que solo si establecemos todo lo que hacemos en el fundamento verdadero e inamovible de Jesucristo, Su obra redentora, Sus enseñanzas y Sus promesas caminaremos en terreno sólido, dibujado por Dios delante de nuestros pies, y alcanzaremos la meta. “Acercándoos a El, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:4-5). El sendero va a ser estrecho a todo lo largo, y aunque nuestros ojos vean alrededor la multitud de caminos y puertas debemos mantenernos firmes y a buen ritmo, sin desviarnos ni a diestra ni a siniestra. Porque tal es el caminar del hijo, que de entre el caos de voces y ruidos distingue la voz de su Padre que con hilos de amor y lámpara a sus pies lo atrae a El para celebración y comunión eterna. Tal es el destino de los hijos del Dios Altísimo, de Jehová de los ejércitos, del Alfa y Omega, que remando contracorriente y navegando en aguas turbulentas tengamos a bien recordar quienes somos en Cristo. Y que tan solo mencionar Su nombre calmará las aguas y dará serenidad a nuestros ojos para ver la realidad tal cual es y entonces esforzarnos por amar a amigos y enemigos así como el nos amó y trabajar por que más se añadan como hijos y reciban las promesas del Padre. Y como hijos del Dios eterno, no estamos solos; juntos constituimos una familia que avanza a su destino y que es la luz del mundo que mantiene a margen el dominio absoluto de la oscuridad. Entonces, permaneciendo hijos de Aquel que nos amó, es menester recordar cada día que “somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciemos las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable; nosotros que en otro tiempo no éramos pueblo, pero que ahora somos pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíamos alcanzado misericordia, pero ahora hemos alcanzado misericordia” (1 Pedro 2:9-10).
Que el Dios Altísimo, nuestro Padre Celestial, y Aquel que nos amó desde la fundación del mundo nos de la ligereza de pies para huir de las falsa puertas y caminos, y nos de la fortaleza y el coraje para permanecer en El y caminar con El hasta el bienaventurado día en que estemos con El por siempre y para siempre. En el precioso y poderoso nombre de nuestro Redentor y Salvador Jesucristo. Amen.