Les hablaba como quien tiene autoridad

18 dic

Les hablaba como quien tiene autoridad

por SAMUEL ESCOBAR

No seamos ciegos al vigor renovado con que se está leyendo hoy la Palabra en iglesias y círculos donde antes se la desconocía. Algunos nos están llamando la atención a cosas que no nos habíamos dado cuenta que estaban ahí: el amor de Dios por los pobres, el juicio de Dios contra la injusticia, la condena de Dios contra la religiosidad sin ética y sin misericordia.

UNA VEZ ESCUCHE en la ciudad de Córdoba a un predicador comentando acerca de estas palabras que Mateo pone al fin del Sermón del Monte (Mt 7.29). ¿Qué quiere decir que Jesús hablaba con autoridad? El predicador era de esos que gritan al máximo que les da la voz, y adoptaba un tono plañidero, que correspondía al tipo de alegorización sentimental que usaba para interpretar la Palabra. Nos dijo que “la autoridad” estaba en el tono de voz que Jesús usaba.

Se podía deducir del resto de su sermón que este predicador se imaginaba a Jesús hablando como él mismo. Nada nos dijo sobre el contexto del pasaje, ni sobre la rica enseñanza que encontramos en el Nuevo Testamento acerca de la autoridad de Jesús. Queremos aquí reflexionar brevemente sobre el tema, especialmente en el texto del Evangelio según Mateo. (1)

El lector recordará que el Evangelista construyó su Evangelio alrededor de cinco grandes sermones o mensajes, que resumen la enseñanza de Jesús. Cada uno termina con unas breves líneas similares del autor (7.28; 11.1; 13.53; 19.21 y 26.1). En el caso del Sermón del Monte no sólo hay la referencia a que Jesús “terminó estas palabras” sino el comentario del evangelista: “la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.” (7.28-29).

En este mismo Sermón encontramos algunas claves para entender en qué consistía ese estilo de enseñanza “con autoridad” de Jesús, que contrastaba con el de los escribas, intérpretes oficiales de la Escritura en esa época. Tres son las notas que vamos a señalar en el Maestro: su identidad, su integridad y su originalidad. Nos parece que las tres son confirmadas por un examen paralelo en los otros tres Evangelios.

 IDENTIDAD: LA PERSONA DEL MAESTRO

Jesús ha establecido sin lugar a dudas el carácter único y singular de su propia persona como base de su enseñanza. Notamos en la primera sección del Sermón la repetición de un contraste entre “lo que fue dicho a los antiguos” y lo que Jesús mismo afirma con autoridad: “mas yo os digo” (5.21, 27, 31, 33, 38). En el ámbito judío de respeto por la tradición y la función de los maestros esto era una audacia. La claridad y naturalidad con la que Jesús afirma su “mas yo os digo”, sólo es comparable a otro tipo de afirmación directa que encontramos más adelante: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (7.21).

Esta afirmación de señorío tiene en el contexto una dimensión escatológica. Jesús anuncia que en “aquel día” (7.22) él actuará como juez del destino final de los seres humanos. Sin embargo la afirmación de señorío va también vinculada a su relación única con el Padre. Esta es una de las muchas ocasiones en que Jesús utilizaba esa expresión que tiene una nota de
exclusividad. Dios es el Padre de los discípulos al cual ellos pueden dirigirse como “Padre nuestro” (6.9), Padre amoroso que conoce las necesidades de los humanos. Sin embargo, en una forma única es el Padre de Jesucristo, a quien nadie conoce sino el mismo Jesucristo, “el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (11.27).

En este carácter único de Jesucristo, que él afirmó sin ambages, tenemos una de las razones por las cuales sus oyentes reconocieron que les hablaba “con autoridad”. En el curso de la historia, Jesús ha atraído a millones de seres humanos de toda raza, condición y color. No sólo como un maestro cuya mirada penetrante ha sacado a luz los vericuetos de la condición humana, sino como un Señor en cuyo nombre hay poder para resistir a todos los señores humanos.

Así resistió la iglesia primitiva a los Césares endiosados en Roma, así resistió Bonhoeffer con la Iglesia Confesante a Hitler y los señores del nazismo. Así resisten hoy humildes pastores evangélicos peruanos a los terroristas Maoistas que quieren embarcarlos en su causa. Jesús hablaba con autoridad porque hablaba como Señor, como el Hijo de Dios.

 INTEGRIDAD: LA COHERENCIA ENTRE HECHOS Y PALABRAS
Una segunda nota relativa a la enseñanza de Jesús es la total coherencia entre lo que hacía y lo que decía, entre su práctica y su teoría. Aquí el contraste con los escribas y los fariseos lo estableció Jesús mismo con absoluta claridad.

En el capítulo 23 de Mateo Jesús ataca en forma terminante y rotunda las tremendas contradicciones entre la enseñanza y la práctica de aquellos líderes judíos. Resulta notable la aclaración que hace Jesús para sus discípulos al comienzo de ese discurso:
Los maestros de la ley y los fariseos tienen la función de interpretar la ley de Moisés. Por lo tanto, obedézcanlos ustedes y hagan todo lo que les digan; pero no sigan su ejemplo, porque ellos dicen una cosa y hacen otra (23.2-3 DHH).

Jesús deja bien sentado su respeto por la ley de Moisés. El no ha venido con algo enteramente nuevo sacado del aire. Aunque El es el Señor, se ubica en la continuidad histórica de las grandes obras de Dios en el pasado. Se presenta como el cumplimiento de lo que los profetas habían anunciado, y relaciona lo que él mismo hace con los eventos salvíficos de los cuales da cuenta el Antiguo Testamento.

Lo que él quiere dejar bien establecido es que los intérpretes oficiales de la Palabra no eran coherentes. Su conducta negaba lo que ellos enseñaban en sus clases. Eran como ese vanidoso pastor del cual Kierkegaard cuenta, que a fin de llegar a llenar su ambición de ser obispo es capaz de recurrir a cualquier maniobra política sucia, pero que cuando por fin llega, predica un elocuente sermón sobre la humildad.

La autoridad de Jesús provenía de la completa coherencia entre sus acciones y sus palabras. Se puede hacer un estudio cuidadoso de cómo los Evangelios presentan este hecho. Sólo mencionaremos algunos ejemplos. En el Sermón del Monte, Jesús pone en guardia contra una religiosidad de relumbrón, una espiritualidad exhibicionista. Por ejemplo, advierte contra las oraciones públicas llenas de palabrería que están más dirigidas a impresionar a los oyentes que a comunicarse con Dios (6.5-8).

Aconseja otro tipo de vida de oración, que es precisamente la que él practicaba: una oración constante, intensa, una vida de comunión permanente con su Padre, practicada en el secreto de las madrugadas o las medianoches, que sólo sus seguidores cercanos llegaron a conocer.

Pero el ataque de Jesús contra la falsa espiritualidad adquiere un vigor chocante cuando ella va de la mano con la injusticia:
“Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas!, que separan para Dios la décima parte de la menta, del anís y del comino, pero no hacen caso de las enseñanzas más importantes de la ley, que son la justicia, la misericordia y la fidelidad. Esto es lo que deben hacer, sin dejar de hacer lo otro. ¡Ustedes, guías ciegos, cuelan el mosquito pero se tragan el camello! (23.23-24 DHH).

Notemos que contra una espiritualidad hipócrita la respuesta de Jesús no es “desespiritualizar” la vida, sino más bien darle una dimensión integral que incluya “lo uno” la obediencia a las demandas de justicia personal y social, y “lo otro”, el cuidado por los detalles del culto y la vida espiritual. Este aspecto de la vida y enseñanza de Jesús tiene especial pertinencia para América Latina. Los evangélicos siempre criticamos en el catolicismo la falta de coherencia.

En muchas partes señalamos en el pasado que junto al oro de los altares en los suntuosos templos, pululaban a la puerta los mendigos, fruto de un orden social injusto y corrupto, del cual la iglesia oficial era causante y beneficiaria. Lamentablemente ya no podemos señalar con el dedo. Nosotros también tenemos evangelistas millonarios que descienden con su tropilla de expertos, predican maravillas en un estadio, cuentan horrores sobre el socialismo, elogian a los peores dictadores, y luego regresan a sus palacetes de algún suburbio norteamericano. Jamás hablan de la justicia, la misericordia y el juicio, y es mejor no preguntar sobre su estilo de vida. Jesús hablaba con autoridad porque había completa coherencia entre su estilo de vida y sus enseñanzas.

 ORIGINALIDAD: HACIA EL SENTIDO MAS PROFUNDO DE LA PALABRA

La tercera nota que explica la autoridad con que hablaba Jesús era su originalidad. Cuando la gente exclamaba “jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7.46), estaba reconociendo el impacto de la novedad en las palabras del nazareno. Y sin embargo, la novedad se daba dentro de esa continuidad a la cual hemos hecho referencia. En el Sermón del Monte se ve con claridad esta manera nueva de leer y de interpretar las viejas palabras del Antiguo Pacto. Jesús no niega lo que dicen Moisés o los profetas, sino que penetra en el espíritu de sus palabras, saca a luz la pertinencia de lo antiguo con la fuerza de la realidad que él mismo representa como Palabra encarnada.

Los estudiosos nos dicen que el estilo de discurso de los fariseos y escribas era el mismo de muchos teólogos y comentaristas bíblicos de hoy: un rosario de citas de lo que decían otros comentaristas, una lectura tradicional de la tradición acumulada. Era discurso erudito pero alejado de la vida. Satisfacía la vanidad profesional de esos maestros, pero para el pueblo venía a ser piedras en vez de pan. Y por eso las multitudes estaban “desamparadas y dispersas, como ovejas que no tienen pastor” (9.36). Era lo que Jesús reprochaba con fuerza a esos líderes profesionales.

La originalidad de Jesús estaba a veces en la forma en que unía diferentes partes del Antiguo Testamento para darles una pertinencia dinámica. Así por ejemplo, cuando le preguntaron cuál era el mandamiento más importante de la ley (22.34-40), unió en su respuesta unas líneas del Deuteronomio con unas del Levítico, mostrando la íntima relación entre la exigencia del amor a Dios y del amor al prójimo, que por supuesto estaba en la estructura misma del Decálogo, las dos tablas. La visión que tuvieron los discípulos en el monte de la transfiguración resulta un símbolo elocuente de esta nueva síntesis que Jesús ofrecía en su persona(17.1-13).

En un lado Moisés, la palabra de la Ley que expresa el designio divino para el ser humano. En el otro lado Elías, la palabra profética de juicio, de esperanza y de promesa. Al centro Jesús, la palabra encarnada, el Verbo de Dios, cumplimiento de la Ley y voz profética de juicio y esperanza.

También había originalidad en la convocación a la obediencia simple y llana de esa palabra que era tan clara. Mateo cuenta el caso del joven rico que viene a Jesús con la pregunta “¿Qué cosa buena debo hacer para tener vida eterna?” La respuesta de Jesús es cortante y afirma luego: “si quieres entrar en la vida obedece los mandamientos” (19.23). El diálogo lleva entonces al desafío.

Esa obediencia implica una vuelta de ciento ochenta grados. Jesús se explica: “Deja de vivir para ti mismo; el mandamiento de Dios para ti es que encuentres una misión conmigo. Déjalo todo y sígueme”. No era ya cuestión de tener nuevas y más complicadas ideas. Había llegado el tiempo de la acción, porque ese joven ya sabía. Con maestría Jesús lo enfrenta no con una lectura escolar, simplista y literal del mandamiento, sino con una profundización en su sentido más íntimo. Y así sacó a luz la profunda y radical desobediencia del pobre joven rico.

¿Y QUE PASA CON NOSOTROS?
Ahora bien, nosotros no somos Jesús, si bien nos sometemos a Su autoridad y su Señorío. Pero ¿será posible que aprendamos a hablar con la autoridad con que hablaba Jesús? ¿En quién delega el Maestro la autoridad de hablar como él habló? Sigamos el itinerario de nuestras tres notas para responder a estas preguntas.

Un principio clave lo establece Jesús en sus palabras del gran sermón misionero del capítulo 10: “El que los recibe a ustedes me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió” (10.40). Jesús promete su presencia con los suyos por la acción del Espíritu (Juan 14.13-15), el mismo espíritu por cuyo poder Jesús había ministrado en la tierra (Mateo 12.28).

Es sólo por la acción poderosa del Espíritu que cuando nosotros anunciamos el Evangelio los que oyen llegan a comprender la identidad de Jesucristo, llegan a lo que Pablo llama “el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Corintios 4.6). Hablar con la autoridad de Jesús hoy no es hablar con el peso de la tradición o la sanción oficial de una institución, es hablar en fidelidad al Cristo de los Evangelios, en sumisión a su Espíritu, nunca con arrogancia.

Según el libro de Hechos, los primeros discípulos de Jesús fueron confrontados muchas veces por la pregunta respecto a con qué autoridad hablaban. En ese contexto se desarrolla la expresión “en el nombre de Jesucristo” que ellos tantas veces usaron. Pedro lo dijo con elocuencia: “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4.12).

En el nombre de Jesús había poder para hacer señales milagrosas y el anuncio apostólico decía rotundamente que sólo en ese nombre de Jesús había poder también para encontrar la salvación plena y final. Sólo en ese nombre hay todavía poder. Cuando hemos aceptado su señorío podemos invocarlo. Ese nombre hace referencia a esa identidad sin caracterizado su vida. La marca del amor al maestro sería la obediencia a sus mandamientos (Juan 14.21).

Es decir no sólo la ortodoxia de tener una doctrina buena, Cristocéntrica, que haga justicia a la Palabra revelada. Sino también la ortopraxis de un estilo de vida y de misión que siga el ejemplo de Jesús. A quienes hacen muchas “señales y milagros”, recalcando el poder que hay en el nombre de Jesús, hay que pedirles también esta coherencia en la obediencia, no sólo en el diezmo de las cosas pequeñas, sino en la justicia y la misericordia. Los seres humanos todavía distinguen a quien habla con la autoridad de Jesús, y muchas veces lo reconocen. Hasta les dan premios Nobel.

La originalidad del que enseña o predica la Palabra de Jesús hoy tiene que beneficiarse de ese estilo que hemos visto en el Maestro. Todo gran movimiento de renovación espiritual, como la Reforma o los grandes Avivamientos, ha sido también un movimiento de vuelta a la simplicidad, riqueza y profundidad de la Palabra. De pronto esa vieja Palabra ha adquirido nueva pertinencia. De pronto los que la escuchan han conseguido salir de la repetición mecánica de los credos, o de los sermones floridos para 

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Una respuesta hacia “Les hablaba como quien tiene autoridad”

  1. javier 20 diciembre 2008 a 10:56 PM #

    en primer lugar yo pienso, q los emos y todo elproblema de la vida q vienes conellos no son mas q puras patrañas , solo buscan llamar la atencion .asi q se olviden de sus costumbres extrañas y homosexuales y q se busquen una pinta mejor negros y colores oscuros q va , emos de miercoles medan asco , vayan a llorar alos brazos de sus amigos homosexuales igules q ustedes emos de cuarta .chaooo

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