El Amor de Dios, Parte II

20 oct

REFLEXIÓN E INSPIRACIÓN

El Amor de Dios, Parte II

por José Belaunde M. 

Continuamos con nuestra serie acerca del amor de Dios. Hemos estado hablando acerca del amor de Dios por los hombres y del amor de los hombres por Dios. Vamos a retomar este tema recordando lo que nos dice Pablo en Romanos 5:8.

Dios nos dio la más grande muestra de su amor muriendo por nosotros cuando aún éramos pecadores (5:8). Dios, en efecto, manifestó su amor por los hombres enviando a su Hijo a morir por nosotros. Lo hizo no porque hubiera algo bueno en nosotros, o porque lo mereciéramos, sino más bien, lo contrario. Nosotros no lo merecíamos. Pero Él quería salvarnos. Como dice el Evangelio de San Juan en el conocido versículo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su hijo unigénito para que todo el que crea en Él no se pierda sino tenga vida eterna.” (3:16).

¿Quién estaría dispuesto a morir por otra persona? Quizá una madre estaría dispuesta a morir por su hijo, o un hijo por su padre o por un hermano. A lo sumo moriríamos por un amigo. Pero ¿quién moriría por un ser a quien no conoce? ¿quién moriría por un ser odioso, por un criminal, por un malvado? Peor aún ¿Qué padre estaría dispuesto a entregar a su hijo a la muerte por un asesino, por un monstruo de maldad? ¿A la tortura más cruel y a la muerte más ignominiosa? Pues eso es lo que Dios hizo por nosotros. Entregó a su hijo a los verdugos más crueles para que muriera por criminales y desalmados; por hombres sensuales y deshonestos, por la escoria de la humanidad; lo hizo aun a sabiendas de que la mayoría de los hombres por los cuales moría no se darían por enterados, no apreciarían su sacrificio y no lo aprovecharían. Esto es, sabiendo que la mayoría de los hombres persistiría en su rebelión y se condenaría. ¡Qué dolor más grande para Dios ver cómo ese sacrificio supremo se vuelve inútil para la masa tan numerosa de seres humanos que Él quiso salvar! Creemos que la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní en gran parte fue causada por el pensamiento de que Él moriría en vano para muchos.

En su primera epístola el apóstol Juan expresa un pensamiento semejante al de Pablo que citamos antes: “Dios muestra su amor por nosotros en que envió a su Hijo a morir por nosotros, para que nosotros vivamos por Él.” (1Jn 4:9) ¿Qué quiere decir que nosotros vivimos por Él? En primer lugar, vivimos por Él físicamente porque Él “sostiene el mundo con su poder”, como se dice en la epístola a los Hebreos (1:3). El mundo fue no sólo creado por el Verbo, sino que además, si Él dejara de sostener al mundo con la palabra de su poder, el mundo volvería a la nada. Si Él dejara de pensar en nosotros un instante, nosotros dejaríamos de existir, despareceríamos, “porque en Él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser.” (Hch 17:18) Y, en segundo, vivimos por Él espiritualmente porque Él nos ha dado su vida espiritual, es decir, la vida eterna, resucitándonos con Él. Vivimos por Él espiritualmente porque si no fuera por su sacrificio en la cruz todos estaríamos irremediablemente condenados al infierno. Mucha gente se hincha la boca proclamando cuánto aman a Dios, como si la iniciativa de amarlo fuera de ellos. Pero fue Dios quien tomó la iniciativa de amarnos. Su amor no es respuesta al nuestro, sino, al revés: “Nosotros le amamos porque Él nos amó primero.” (1Jn 4:19).

Dios podría haber condenado al mundo, y haber hecho desaparecer a la humanidad a causa de sus muchos pecados, como una vez lo hizo en época de Noé (Gn 7). Nosotros merecemos en verdad que Él nos trate así. Hoy día mismo, vista la gran maldad que impera en el mundo, Él podría hacerlo. Pero Él ama a sus criaturas y su amor lo impulsa a salvarnos, a perdonar nuestros pecados y a reconciliarnos con Él a través de su Hijo. (Jn 3:17) ¿Tiene pues algo de extraño que Dios, amándonos de esa manera, desee que nosotros le amemos sobre todas las cosas y que nos haya dado un mandamiento en ese sentido?

Podría quizá decirse que Dios no debería pedirnos que le amemos, porque no se obtiene el amor de nadie dando una orden. En efecto ¿podría un hombre ordenar a una mujer que lo ame? Aunque fuera el más bello de todos los galanes difícilmente obtendría su amor de esa manera. Pero, en cambio, si se dedicara a tratarla con afecto, a llenarla de favores y regalos, y a satisfacer hasta sus menores deseos fielmente y sin exigirle nada a cambio, aunque fuese el hombre más feo de aspecto, acabaría por conquistar su corazón.

Dios no nos ha dado el mandamiento de amarle como si fuera la orden perentoria de un amo exigente y altivo. No nos ordena algo que sea contrario a nuestras inclinaciones naturales; sino, al contrario, nos ordena amarle como hace el amante que se postra a los pies de su amada, después de haberla colmado de bienes y de engreírla. Él ha hecho todo lo necesario, hasta lo más inconcebible, para que le amemos. No es difícil amarle, sino todo lo contrario, pues Él es infinitamente amable y bueno. Su misericordia y su fidelidad son infinitas. Él merece nuestro amor y lo retribuye con infinita largueza. No es difícil amarle, sino muy fácil.

Sin embargo, nos ha dado la orden de amarle sobre todas las cosas primero, porque Él se lo merece; segundo, porque nos conviene amarle; tercero porque Él es un Dios de verdad y era necesario que nos diera el patrón, el modelo del amor que le debemos. Y en cuarto lugar, porque el hombre, como no le ve, tiende a enredar sus afectos en las cosas visibles, en personas y cosas que valen menos que Él, pero que están más cerca de nuestros sentidos y de nuestras percepciones; es decir, de nuestra realidad corriente, y por eso se olvida de Dios. No es difícil amar a Dios de otro lado porque, como hemos sido hechos a su imagen y semejanza, y Él es amor, tenemos, aunque desfigurado, ese amor en nosotros que responde inmediatamente al amor de otro. Ese el motivo por el cual el ser humano suele amar a todo el que lo ama, y es amable con todo el que se muestra amable con él. Nadie es insensible al amor que otro siente por uno, salvo que sea un amor perverso. 

¿Y seríamos nosotros insensibles al amor que Dios nos ha mostrado? ¿Hay alguien que, conociéndolo, no amaría a Dios? En verdad, sólo los que no conocen a Dios, o los que no creen en Él pueden no amarle. Y no saben cuánto es lo que se pierden. Dijimos en nuestra charla pasada que el hombre es feliz cuando ama. El sólo hecho de amar lo colma de felicidad. Pues bien, no hay amor que pueda darnos mayor felicidad que amar a Dios. En primer lugar porque Él es el bien supremo y la felicidad que se reciba amando depende de cuál sea y cuánto valga el objeto amado. Y en segundo, porque el que ama y es amado posee. Pero el que ama a Dios y es amado por Él, lo posee todo. De ahí que nuestra gran tarea en esta vida sea conocer a Dios para aprender a amarle. Pero ¿cómo se conoce a una persona? Tratándolo. Frecuentando su compañía. Intimando con ella. Eso es lo que hacemos sin darnos quizá cuenta, cuando oramos. Tratamos con Dios. Intimamos con Él.

¿Cuántas veces no hemos oído a alguien decir: Esta persona no me caía bien, pero ahora que lo he tratado me cae simpático? No le era simpático porque no lo conocía, pero cuando lo trató descubrió en él, o en ella, muchas cualidades que lo hacen “amable”, esto es, digno de ser amado. Muchas personas, como he dicho antes, no aman a Dios porque no le conocen. Si le conocieran, le amarían. El que lo conoce poco, le ama poco. El que lo conoce mucho, le ama mucho.

Ese es el motivo por el cual cuanto más ora una persona, tanto más amará a Dios, porque cuanto más ora, tanto más le conocerá. Y también, porque en la intimidad Dios le hará sentir su amor. Un amor que no se compara con ningún amor humano. 

El otro día escuché a un pastor amigo recitar de memoria este soneto que es una joya de la poesía española del Siglo de Oro y una pieza maestra de la piedad cristiana.

A JESUS CRUCIFICADO

No me mueve mi Dios para quererte
El cielo que me tienes prometido;
Ni me mueve el infierno tan temido,
Para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
Clavado en una cruz y escarnecido;
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor de tal manera,
Que aunque no hubiera cielo yo te amara,
Y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
Porque, aunque lo que espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.

El soneto ha sido atribuido a varios autores (Teresa de Ávila, Francisco Javier, etc.) pero no hay seguridad alguna de quién sea su autor, de manera que figura como obra anónima.


Acerca del autor:

José Belaunde N. nació en los Estados Unidos pero creció y se educó en el Perú donde ha vivido prácticamente toda su vida. Participa activamente en programas evangelísticos radiales, es maestro de cursos bíblicos es su iglesia en Perú y escribe en un semanario local abordando temas societarios desde un punto de vista cristiano. Desde 1999 publica el boletín semanal “La Vida y la Palabra”, el cual es distribuido a miles de personas de forma gratuita en las iglesias de su país.

Para más información puede escribir al hno. José a jbelaun@terra.com.pe

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