Biografia de Grandes Cristianos III – Henry Dunant

18 oct

Biografia de Grandes Cristianos III – Henry Dunant

El Fundador de la Cruz Roja 

Henry Dunant nació el día 8 de mayo de 1828 en Ginebra, Suiza. Fue el primero de cinco hijos de una familia rica y considerada de profundas convicciones cristianas.

En 1853 comenzó a trabajar en un banco.
Estaba convencido de que tenía el deber religioso de usar su capacidad para triunfar en los negocios y así poder usar ese talento y riqueza en favor de los necesitados.

Participó activamente en la fundación de la Alianza Mundial de Asociaciones Cristianas de Jóvenes (Y.M.C.A. por sus siglas en inglés) que se había creado en Londres.

En 1855, sugirió fundar una Asociación Mundial de la Alianza Universal de las Uniones Cristianas de Jóvenes, cuyos delegados se reunirían, cada año, en otro país de acuerdo a un turno establecido.
De esta suerte, la primera de dichas conferencias tuvo lugar en París en agosto de 1855.
Dunant aportó una contribución valiosa para que la Y.M.C.A. se convirtiera en el poderoso movimiento mundial que es hoy.

Además, fue el principal autor de la carta de la Y.M.C.A. Dunant se horrorizó al ver lo inadecuado de los servicios sanitarios militares y la agonía que sufrían los heridos durante la batalla de Solferino (Italia) que enfrentaba a Franceses y Austríacos.

Después de numerosas gestiones logró en 1864, en Ginebra, Suiza, sentar las bases de la Cruz Roja junto con los representantes de 17 países.
Esta entidad de auxilio para los heridos de guerra, sin distinción de nacionalidades, adoptó los colores de la bandera suiza pero invertidos: una cruz roja sobre un fondo blanco.
Sus esfuerzos ayudaron a crear la Conferencia de Ginebra (1863) y después la Convención de Ginebra (1864).
En 1901 compartió el primer Premio Nobel de la Paz.

Así relataron José Luis Santana Gómez y José Luis Peraza Fernández la vida de Dunant y el origen de la Cruz Roja Internacional

Anochecía, los soldados heridos trataban desesperados de respirar el aire viciado por el calor tórrido y el polvo, con voces cada vez más débiles imploraban auxilio. Al lado de algunos heridos, militares amigos se habían arrodillado, pero era muy poca la ayuda que les podían prestar para aliviar sus sufrimientos, pues carecían de medicamentos, víveres y agua.
Sólo podían estrechar las manos de los moribundos entre las suyas y consolar los lo mejor posible.

Era el 24 de junio de 1859, los ejércitos del imperio austríaco y de la alianza francosarda acababan de librar una batalla, en Solferino, un pueblo al norte de Italia, donde participaron 300000 soldados y resultaron muertos o heridos 40 000 de ellos. La carnicería había durado 16 horas.

Tales desgracias eran normales, después de una horrible matanza en una batalla anterior, un general famoso, encogiéndose de hombros, dijo lleno de resignación: “No se hacen tortillas sin romper huevos”. 

Pero en Solferino estuvo presente un civil, un comerciante que había ido a Italia en viaje de negocios. Lo que presenció en Solferino cambió su vida y la de millones de personas. Del horror que produjo en él, ese espectáculo de caos y dolor, surgiría más tarde el movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Su nombre era Henry Dunant.


Dunant nació en Suiza, en la ciudad de Ginebra, el 8 de mayo de 1828 en el seno de una familia religiosa y que se dedicaba más a realizar obras caritativas que a acumular riquezas. A los 18 años, Dunant ya era hombre serio y ferviente devoto.
Su entregada vida y su cristiana compasión por los menesterosos lo llevó a ingresar en la “Liga de las Almas”, cuyos miembros se dedicaban a socorrer espiritual y materialmente a los pobres y enfermos de Ginebra.

Luego de presenciar la batalla de Solferino y de brindar su ayuda durante varios días a los heridos en combate, la idea de que tanta desgracia se podía evitar, no se apartaba de la mente de Dunant y llegó a la conclusión de que la única forma de estar en paz consigo mismo era escribir sobre el horror del que había sido testigo.

Escribió un libro: Recuerdo de Solferino.
No sólo se limitó a narrar los hechos sino que demostró que la mayor parte del sufrimiento hubiera podido evitarse sin dificultad.

En ese libro, Dunant formula una pregunta esencial:
¿No se podrían fundar en tiempo de paz sociedades voluntarias de socorro compuestas de abnegados voluntarios altamente calificados cuya finalidad sea prestar o hacer que se preste, en tiempo de guerra, asistencia a los heridos?
(Brown P. Henry Dunant: Fundador de la Cruz Roja. Ginebra: Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y Media Luna Roja, 1989).

Dunant corrió con los gastos de la primera impresión de Recuerdo de Solferino y en noviembre de 1862 apareció la primera edición. La reacción que provocó el libro fue impresionante. El éxito arrollador de la obra dejó anonadado a Dunant.

Recuerdo de Solferino fue la chispa que encendió la llamarada de entusiasmo y los esfuerzos que conducirían a la fundación de la Cruz Roja.
El 23 de octubre de 1863, se reunió la primera conferencia de Ginebra, el propio Dunant quedó impresionado por la numerosa asistencia.

A pesar de cierta resistencia, Dunant ganó la partida de la neutralidad de los servicios sanitarios y se adoptó la recomendación de que fueran reconocidos como neutrales las ambulancias, los médicos y sus asistentes, así como los habitantes del país que prestaran socorro a los heridos.

Todos los países adoptarían un emblema universal, una cruz roja sobre fondo blanco que figuraría en ambulancias, hospitales militares, y como distintivo en la ropa del personal sanitario. Esta simple idea de Dunant puede parecer muy obvia, pero la verdad, es que antes de él nadie había encontrado la solución para evitar que se disparase, en el fragor de la batalla, sobre los miembros del servicio de sanidad. (Bugnion F. El emblema de la Cruz Roja. Reseña Histórica. CICR, Ginebra, 1977).

Los Convenios de Ginebra fueron el primer tratado multilateral firmado por países, reunidos en tiempo de paz para prevenir el sufrimiento. En el transcurso de los años el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) logró que los gobiernos actualizaran y revisaran estos convenios, los que cuentan con un reconocimiento prácticamente universal. (Pictet JS. La doctrina de la Cruz Roja. Ginebra: 1962).

El CICR junto a la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y las Sociedades Nacionales, integran el Movimiento Internacional de éstas y tienden a cumplir un mismo objetivo: ayudar indiscriminadamente a quien sufre, contribuyendo a mantener y promover la paz en el mundo. Todos los integrantes de este movimiento se rigen por 7 principios fundamentales: humanidad, imparcialidad, neutralidad, independencia, voluntariedad, unidad y universalidad.

La Primera Guerra Mundial representa el mayor desafío que debe afrontar la Cruz Roja, hasta ese momento: miles de voluntarios se movilizan para ayudar a los heridos en los campos de batalla y en 1917 el CICR obtiene el Premio Nobel de la Paz.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la Cruz Roja distribuye socorros por un valor total de 500 millones de francos suizos a la población civil de los territorios ocupados. El CICR realiza 11 000 visitas a prisioneros de guerra militares y civiles y les envía suministros de socorro evaluados en 3,5 mil millones de francos. Dos veces más obtendrá el Premio Nobel el CICR: en 1944 y en 1963 en unión de la Liga de Sociedades (hoy federación).

Henry Dunant, como ha ocurrido con muchas grandes figuras, vivió en la miseria durante muchos años, errante de ciudad en ciudad y enfermo. Su único consuelo era ver que la Cruz Roja crecía a grandes pasos. Sus ideas ya habían salvado miles de vidas. Uno tras otro los países organizaban sus propias sociedades nacionales y empleaban los años de paz en preparar la asistencia a los heridos de los ejércitos en campañas.
La bandera de la Cruz Roja comenzaba a ondear en muchos campos de batalla convirtiéndose en un emblema conocido, grupos de enfermeras diplomadas y camilleros, junto con suministros y socorros médicos iban detrás de cada ejército en marcha. En 1876, Turquía adoptó el símbolo de la Media Luna Roja en vez de la Cruz Roja: la Media Luna Roja que se extenderá a lo largo de los países musulmanes en todo el mundo.

Dunant vivió en Heiden, pueblo situado al Este de Suiza, casi en el olvido total. Así hubiera seguido hasta el final de sus días, si en 1895 un joven periodista no se hubiera dedicado a escalar las montañas próximas al poblado. Charlando con la gente del lugar supo que el fundador de la Cruz Roja vivía en el hospital del pueblo y como buen periodista concertó una cita y lo entrevistó.
Más de 30 años habían transcurrido desde la publicación de Recuerdo de Solferi no pero el público lo recordó.
El artículo de este periodista, llamado Baumberger, provocó una respuesta abrumadora. Dunant comenzó a recibir cientos de cartas y muchas visitas de viejos conocidos, las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y Media Luna Roja del mundo eterno le rindieron homenaje. Finalmente en 1901 se acordó entregar a Henry Dunant el reconocimiento internacional más importante en mérito a sus obras.
El Comité del Premio Nobel le concedió el primer Premio Nobel de la Pazen unión de Fréderic Passy, por quien Dunant sentía gran respeto.

Murió a los 82 años, el domingo 30 de octubre de 1910.
Del hombre peculiar de Ginebra, cuya visión casi fue demasiado grande para su propio bien, nació un movimiento que hoy se extiende por todo el mundo; que ha llegado a millones de personas; que presta socorro por igual a civiles y a militares: una realidad aún más pode rosa que el sueño de Dunant.

Hoy, 133 años después de la fundación de la Cruz Roja, 186 naciones han firmado los convenios de Ginebra y existen 169 Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y Media Luna Roja.
Ningún otro tratado en la historia de la humanidad ha alcanzado un número igual de signatarios, y no existe ninguna organización humanitaria que cuente con tantos miembros (127 millones) en tantos países.

- Daniel E. Dañeiluk. www.biografas.blogspot.com

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