El sexo de los angeles

 

El sexo de los angeles

Tentempié

Revisar viejas fotografías una tarde de lluvia puede ser ejercicio melancólico, pero es también terapia que recomiendo (La melancolía: por una libra de carne).

Encontré una imagen que me dio vértigo: la de una nena que todavía se me parece, jugando en brazos de una mujer morena, grácil y de sonrisa inigualable. Ella es Nina, según está borrosamente escrito atrás de la foto -esta última algo amarilla, o con los bordes quemados, no sé por qué efecto del tiempo.

El sexo de los ángeles

Veo -tengo memoria hasta de antes (La Memoria)- los dedos casi negros que empujaban mi cuna, y eran los de Nina, mi niñera. Ella era oscura, grande, joven (Esta noche es que vale ser joven) y, cuando yo lloraba demasiado, me levantaba y me mecía en sus brazos redondos cantando unas canciones portuguesas (Actitudes lingüísticas de los descendientes de portugueses sobre esta lengua), pero también recuerdo, o esto casi seguro fue un poco más tarde, que me tocaba todo el cuerpo, me besaba la espalda y el vientre y, abriéndolos muy suavemente, los brazos, como cuando partía en dos las mariposas amarillas en la plaza Belgrano y me ponía un ala en la boca y ella masticaba la otra dulcemente.
Nina me lavaba, me hacía trenzas gruesas y apretadas y me vestía con pollera escocesa (Macbeth) y suéteres del tono de las medias para llevarme a la plaza, en donde me contaba cuentos pícaros. Fue ahí mismo y a esa edad que aprendí confusamente que el sexo es bello, exquisito, estimulante, pero muy peligroso. Nina amaba el sexo sobre todas las cosas de la tierra, pero también le tenía miedo (Sobre el miedo).Yo despertaba en ella las sensaciones que despierta un gatito al que dan muchas ganas de apretar, de besar, de romper, y de que esté entero, perfecto y nuevo para siempre, con la belleza de las cosas flamantes (Los Gatos). Por eso Nina quería, y conseguía, convocar mi más pura curiosidad. Los cuentos que me contaba eran de ogros violadores, de princesas sumisas y de conejos lujuriosos. Nina creaba imágenes más variadas y más sórdidas que las que se hallan en el actual cine -y literatura- pornográfico.
Había vacas que parían y solamente esto, en sus labios, se transformaba en una bacanal (El “mal de las vacas locas”. Un tema de bioética en los nuevos escenarios). Las menstruaciones de las gatas tenían sus encantos especiales hasta llegar al éxtasis de los perros que se abotonaban -esa era su expresión- y no podían desprenderse jamás si no era por una complicada operación en la que el perro era castrado y la perra permanecía para siempre con un pedazo de carne masculina en su interior.
-¿Y cómo hace la perra para hacer después pis? -era la pregunta que más enfriaba a Nina. Me decía que fuera a ver el tren que paseaba a los chicos por la plaza.
Fue entonces, cuando fui a mirar el tren, que conocí a una chica bastante mayor que yo y nos hicimos amigas por un tiempo.
El tren (Lampo, el perro ferroviario) era una camioneta disfrazada no sé de qué manera, pero tenía ojos, boca y humo pintado sobre el techo.
Yo dije, cuando el tren ya se iba:
-¡Qué boca tan grande tienes, abuelita! (Shrek y los cuentos de hadas) -y la chica que estaba a mi lado, observando conmigo la maravilla, me siguió el juego y me miró haciendo muecas y simulando que me iba a dar un mordiscón.
Entonces estábamos las tres sentadas en el banco de la plaza casi todas las siestas.

Nina empezó lentamente con su catecismo: ¿Ana tenía hermanitos, gatos, perros? ¿No la había visto a su mamá con panza? ¿No había escuchado ruidos por la noche en el dormitorio de sus padres? ¿Y ruidos como qué, como caballos, como bombos, como elásticos flojos, como cuando los chicos saltan parados en la cama?
-Como víboras de cascabel -dijo Ana.
Nina trató de recordar, y sólo se le ocurrió pensar en el sonido del gorro de mi traje de duende con el que actué en la escuela, que tenía un cascabel en el bonete.
-¿Ustedes son muy pobres? -fue la pregunta que le hizo a Ana, que se quedó reflexionando, algo ofendida, y dijo de pronto “no” con furia.
-Digo -aclaró Nina- porque ese ruido es que cuentan monedas por las noches.
Ana tenía una sonrisa horrible, mejor dicho, era hermosa, pero cuando sonreía su boca, en lugar de estirarse, se llenaba de carne fruncida y roja y parecía muy mala. Y así sonrió.
Nina nos mandó a ver el tren.
Ana me tomó de la mano y me llevó corriendo hasta los árboles. Allí me levantó, tomándome las piernas por entre la pollera. Después me sostuvo mucho tiempo en el aire y finalmente me bajó preguntándome si me había dado miedo. Dije que no pero era sí, porque yo la veía tan grande y casi adulta y sentía que, por lo que me había contado Nina, ella podía tener cualquier cosa debajo del vestido, una gran hacha rosada, por ejemplo. Sentía -no sabía, pero era lo mismo- que era un momento en el que me violaban.
-¡Viene! -gritó Ana, y se puso a correr hacia el tren que llegaba. Yo no corría muy rápido, acaso apenas caminaba cansada, y ella se volvió y me arrastró.
Nos paramos enfrente de una vía pintada y Ana me ordenó:
-Mira hacia allá -y yo miré hacia ella que ya tenía preparada la mano y me dio una tremenda bofetada, seguida de su parte de una huida prodigiosa, porque nunca la volvimos a ver. Nina dijo que le había parecido escucharle decir que vivía en una de las casas que rodeaban la plaza, y pasamos la tarde tocando timbres y preguntando por ella. No la encontramos nunca, nunca más, aunque la buscamos con tanto odio, desesperadamente, en esa y muchas otras tardes, y yo la seguí buscando hasta mucho después, quizás hasta ahora.
Tal vez Nina, porque era mayor y porque no había recibido en carne propia la bofetada, y la sorpresa y la humillación de la bofetada, se olvidó pronto de Ana, pero yo se la recordaba y la traía a la plaza cada vez que ella empezaba a hablar de sus antiguos novios. Ana era mi amor imposible de algún modo retorcido y dramático, y Nina parecía celosa de ese mismo modo, y yo, que me daba cuenta de sus celos, jugaba con ella y le aseguraba que cuando fuera grande iba a sacar avisos en los diarios preguntando por Ana.
-Ana no existe -dijo Nina un día. Y allí nomás la afantasmamos.
Nina intercalaba en sus “cuentos eróticos” historias de fantasmas. Parece ser que no era la primera vez que había existido una Ana, y todas las Anas habían venido de lejanos lugares de después de la muerte a molestar niñitas parecidas a ellas.
-Ana no era parecida a mí y era más grande y era mucho más alta.
-Porque creció en el cielo. Murió cuando tenía siete años, pero después creció -decía con malicia.
-¿Y por qué, si está en el cielo, tiene que molestar niñitas?
Y Nina decía que quizá no era exactamente el cielo el lugar donde estaba.
-Estará en el infierno -aventuraba yo, que conservaba, mezclado con mi amor, todo el resentimiento.
Y creábamos un infierno imposible, en donde poníamos a todos los que amábamos y odiábamos a un tiempo.
Este infierno estaba plagado de novios de Nina que habían desaparecido y seguramente muerto, ya que no eran desapariciones explicables en algunos casos, y en otros quizás habían muerto de maldad, o se habían suicidado después de abandonar a Nina, por la culpa. En este infierno sus habitantes hacían el amor fascinantemente, como los perros, con los ángeles malos. Quedaban para siempre pegados a ellos y se arrastraban como siameses entre las llamas.
-Con las ángelas malas -corregía yo, pero Nina negaba la existencia de éstas, porque no podía soportar la competencia femenina.
-A los hombres también les gusta con los hombres -susurraba.
-¿A los muertos? -desesperaba yo.
-A los vivos y a los muertos.
-¿Y a las vivas y a las muertas, como yo con Ana?
Esto era demasiado hasta para Nina, y regresábamos a casa con la excusa de que ella me iba a preparar un “tentempié”. La palabra me parecía deliciosa y yo la saboreaba, pero lo comestible solía consistir en un café con leche con abundante formación de nata y algunas galletitas, aunque a veces habían preparado una exquisita isla flotante cuyo nombre, de cualquier modo, prometía siempre más que lo que finalmente me llevaba a la boca. Si tenía que hacer algún dibujo para la escuela, Nina me lo hacía. Lo calcaba de las revistas viejas, con papel transparente, en la ventana, y luego lo pasaba tan mal a mi cuaderno, y lo había calcado tan mal, que la maestra no sólo estaba segura de que verdaderamente lo había hecho yo misma, sino también de que, aún considerando mi edad, era completamente inhábil. “Debes ser más prolija”, escribía debajo del dibujo. Y yo venía triunfante a mostrarle la calificación a Nina, que decidió poner a mi maestra en el infierno.
Mucho tiempo después leí la Divina Comedia, pero Nina no había ni oído hablar de Dante y sin embargo hacía lo mismo que él. Ponía a algunos que todavía estaban vivos en el infierno, y daba explicaciones parecidas:
-Vive su cuerpo, pero su alma está en el infierno.
Fue justo en aquel tiempo en que creábamos infiernos cuando tía Julia decidió mandarme a estudiar el catecismo. Nina me dejaba en el atrio de la iglesia y pasaba a buscarme a la salida todos los sábados por la mañana.
Para mí era una fiesta porque al principio no creía verdaderamente en Dios, pero la fiesta se me fue aguando con temores. Dios existía y el infierno también, y más terrible que el de Nina.
Pero lo bueno, después de todo, era el pecado. Allí empecé a comprender los terrores y placeres de Nina: nada era más excitante que enfrentársele a Dios, porque el pecado siempre producía placer. Ya entonces me preguntaba si no sería al revés, es decir, que el placer estaba más que nada en enfrentarse a Dios. De todas formas aprendí a transgredir robándome el jabón del baño de la sala de catequesis, con inmenso gozo y dolor y remordimiento.
Salía del baño y pasaba corriendo por la puerta que comunicaba con el templo para lavarme las manos con el mismo jabón en la fuente de agua bendita.
Por las noches tenía sueños ardientes de infiernos y de sexos, o bien no dormía. Había una oración de la cual no recuerdo más que la palabra “pompa” unida a “demonio” y a “mundo”. Con esta oración se podía desterrar del corazón todo el sufrimiento, pero a qué precio. Era, me parecía, al precio de no ser jamás feliz en este mundo como se conseguía el cielo. Y el cielo era una parcela de azul adonde había que mirar eternamente el rostro barbudo de Dios, donde una también, casi seguro, se aburría muchísimo, pero donde al menos no se quemaba para siempre.
La oración que rezaba con más ganas la inventaba yo misma: “Dios, que no haya otra vida; Dios, que no existas”.
Al rezarla me imaginaba un ingenuo paisaje de hierbas y de flores, y allá abajo estaba sola, sólo mi cuerpo, y mi alma había muerto. Entonces, en el llanto más triste, encontraba aquella paz desconocida.
Nina estaba parada al lado de la cama aguardando que yo terminara de llorar. Entonces se metía en mi cama y aseguraba que el infierno no existía en realidad, aunque se desdecía por las mañanas, pero su infierno era tan especial como ella misma. No obstante creo que tenía mucho miedo y también creo que no era del todo inocente respecto de lo que me hacía a mí y de la excitación que me provocaba; también temía por esto, pero quizá no se podía contener o el placer de la culpa era muy grande.
Pero cuando por fin llegaron los días de la primera comunión, los previos, que fueron los más intensos, los más cargados de culpa y más cercanos al pecado -ya que todo lo era-, yo me alejé de Nina con admirable sagacidad.
En esos días los catequistas nos invitaban a un lugar especial de la iglesia donde se fabricaban las obleas que luego, bendecidas, serían el cuerpo de Cristo, las hostias consagradas. Se hacían en planchas diminutas, eran pequeñas obras artesanales, labores de monjas de manos delicadas y severas (recuerdo los dedos, la piel entre amarilla y rosada, no los hábitos ni los rostros).
Yo robé unas cuantas obleas y las llevé a casa para Nina.
Cuando las desparramé sobre la mesa de la cocina Nina tembló y abrió sus grandes ojos oscuros, a los que en momentos como estos les aparecía una minúscula gota de sangre.
-Es pecado -murmuró.
-Es sacrilegio -yo mejoré su afirmación con las últimas nociones de catecismo-. Pero las vamos a comer lo mismo.
Nina casi gritó cuando traje el frasco de mermelada de frutilla y me dediqué a untar tranquilamente las hostias y a pegarlas de dos en dos por la parte del dulce, como quien prepara con habilidad alfajorcitos de maicena.
Las coloqué en un plato de porcelana y empecé a comérmelas.
-¡Tantas ganas de cometer una herejía! -exclamó Nina.
-Y están tan ricas -dije yo, haciendo un esfuerzo de voluntad para no terminármelas a todas y reservarle su parte de pecado.
Nina estaba hipnotizada mirándome comer y cuando se me cayó un pedacito sobre la mesa lo tomó con la punta de los dedos.
-Es lo más rico que hay en el mundo -exclamé-. No es el sacrilegio lo rico, es la hostia con la mermelada. Son mejores que los alfajores del kiosco.
Nina se chupó el dedo con el fragmento de la oblea.
-No tiene gusto -dijo.
-No tiene gusto porque no es casi nada, no se le siente el gusto a nada que es tan poco. Y, además, porque no tiene dulce esa partecita.
Nina dijo:
-No voy a hacer un sacrilegio por un alfajor. -Y yo le contesté:
-Al sacrilegio ya la hiciste porque en el más mínimo de mínimo pedacito de hostia está el cuerpo de Cristo y ya te lo comiste para ver si era rico y sin haberte confesado. Así que ahora somos sacrílegas las dos.
-Bueno -dijo Nina y alargó la mano y comió con desesperación los tres últimos bocados como si se tratara de comerse su propia alma con veneno. Parecía un banquete larguísimo.
Al final nos miramos y ella quiso abrazarme pero yo corrí y la dejé sola en la cocina, espantada y entre sus mayores peligros, que eran sus deseos, y fregando cacharros y cucharitas de metal.

Yo quería alejarme de Nina en estos días porque había creído comprender que ella me acercaba, más que nadie, al infierno, así que me pareció ingenioso el truco de darle a comer obleas que no eran hostias todavía, pero que ella las suponía benditas, como si hubiéramos cometido juntas un pecado similar al de Adán y Eva, sólo que ellos saborearon manzanas. Pronto iba a ser el día de la “primera confesión” y yo -le decía- iba a borrar todas mis culpas. Ya no podría estar más a su lado, tan purificada yo, tan sucia ella.
Nina estaba convencida de que no tenía acceso a la confesión -pese a que había comulgado de niñita, en su país- porque jamás iba a la iglesia y porque a la iglesia adonde me llevaba a estudiar el catecismo veía entrar a señoras elegantes, a algunos de los hombres más distinguidos de la ciudad y a sus hermosos y maleducados niños. Yo no la saqué de esta certidumbre, pero lo cierto es que le conté a la maestra de catequesis toda la historia del sacrilegio de Nina, y ella me dijo que, en realidad, era yo quien había cometido el pecado mayor, no sólo por el robo de las obleas a las monjas sino por inducir a alguien a comerlas haciéndole creer que eran la hostia consagrada. Me dijo que debía decírselo a Nina, decirle que lo que había comido era un simple pedazo de pan, pero que, como lo había hecho convencida de que comía el cuerpo de Cristo con dulce de frutilla, debía utilizar con la debida urgencia el sacramento de la confesión. Y, por supuesto, yo también tenía que decirlo todo, con lujo de detalles, cuando me confesara por primera vez.
-Es más -dijo la señorita Sonia-. Voy a arreglar para que te confieses antes que las otras nenas y así puedas venir con Nina y lo haga pronto ella también.

Le dije a Nina:

-Mañana tenemos que ir a confesarnos porque yo le conté a la señorita que comimos las hostias -pero no me animé a darle mayores explicaciones.
Pasé una noche tenebrosa tratando de no llorar para que Nina no se acercara y se metiera en mi cama, temblando por el infierno e intentando decidir qué era más espantoso, si confesarle al cura todo, pero absolutamente todo, hasta lo de lavarme las manos en el agua bendita, o bien condenarme para siempre, cuestión que, por otra parte, estaba como a setenta años de distancia.
Me decidí por lo segundo, y a la mañana ya había recuperado la calma y la alegría, aunque tenía mucho sueño.
-¿Saben que omitir un pecado mortal al confesarse es más que un sacrilegio? -preguntó la señorita Sonia, que nos estaba esperando en la puerta de la iglesia.
-Sí -dije orgullosamente yo, y Nina dijo también, humildemente, sí, pero más que nada porque estaba abrumada por la presencia aristocrática de la señorita Sonia.
Le aseguré al cura que no tenía muchas faltas, apenas unas mentiras y alguna que otra desobediencia, y un día que no hice los deberes y otro que me pelee con una compañera, y el cura dijo:
-Eres un ángel todavía. Espero que no te dejes caer jamás.
-¿Qué es caer? -le pregunté levantando los ojos tratando de que me viniera el resplandor de la inocencia a la cara y que éste se viera a través de la mirilla del confesionario. Yo sabía que se hacía así: grandes ojos abiertos mirando hacia muy arriba y pensando en un cielo azul. por ejemplo. El me dijo que rezara un padrenuestro por toda penitencia.
Me arrodillé en el banco para rezarlo junto a Nina, que hacía un largo rato que lloraba y oraba.
Cuando salimos me dijo que lloraba porque no sabía exactamente de cuántas y de cuáles oraciones se componía un rosario y no se había atrevido a preguntárselo al cura, que le había dado a rezar un rosario como penitencia, tengo entendido que es la penitencia más grande que se da, y como no sabía, seguía estando en pecado.
Creo que lo estuvo para siempre, ya que yo jamás le revelé que son 53 avemarías, 6 padrenuestros y 6 glorias, porque ya había dejado de creer en Dios, en Nina y en el diablo y era mala y feliz.

Envío

Espero no haber herido ni escandalizado a nadie con este “tentempié” al que no me atrevo a llamar cuento, ni siquiera relato. Es un bocado pequeño pero jugoso en cuanto a conocernos un poco más: estoy abriendo el fuego para remembranzas muy íntimas, tal vez.

¿Cómo agradecer todo lo que me envían con palabras y gestos? Rezando por cada uno de mis amigos, ahora que no soy tan transgresora, y que intento Creer…

No se ofendan, pero hoy no mando saludos especiales. ¿Cómo seguir nombrando sólo a algunos de ustedes sin cometer una injusticia con todos los demás?

…sólo escribiendo exclusivamente sobre la gente de nuestro blog, preparando una especie de fiesta virtual como la que preparé hace mucho en este mismo sitio, cuando éramos menos (Post: Fiesta Virtual).

He mandado bordar un mantel, soplar cristales finísimos para que el vino que bebamos cante en esa fiesta… Al lujo nos lo merecemos todos acá, en este lugar, y además, por Internet… ¡sale muy acomodado!

Mándenme ideas para la fiesta de papel –o de vidrio, o de plasma-, y luego concretaremos el próximo encuentro con la realidad, con nuestras caras, cuerpos y sombras.

Los quiero mucho